CANADÁ 1

Toronto – Parte I

 

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VUELOS TRANSOCEÁNICOS

 

La primera vez que se cruza “el charco” se admira uno de lo larguísimo que puede llegar a resultar un vuelo.

Acostumbrado a viajes aéreos a través de Europa que suelen constar de dos o tres horas a lo sumo, las ocho que separan París de Toronto se convierten en una tremenda losa pese a la ilusión con que siempre se afrontan los comienzos de un viaje.

La cosa empeora si el trayecto en cuestión va precedido de otro vuelo de cerca de dos horas -entre Valencia y París, por ejemplo- de una larga escala en el aeropuerto previo al salto transatlántico; en mi caso, el Charles de Gaulle.

Si además se tiene la mala fortuna de no poder aterrizar al primer intento a causa de una meteorología adversa y de ver desviado el avión a otro aeropuerto -el de Niagara Falls- sin que por espacio de más de dos horas se sepa si el viaje se va a completar por carretera o bien con un nuevo intento en las pistas de Toronto (como aconteció en mi periplo), la peripecia acaba resultando contundentemente agotadora en lo físico y en lo mental.

 

Toronto   avion 2 pisos mejor

 

Y ello pese a las comodidades que ofrece la línea Air France en sus inmensos Boeint 747 de dos pisos, equipados con pantallas individuales en las que se puede acceder a varias decenas de películas, juegos (algunos, como el ajedrez, disponibles para enfrentarte a otros pasajeros) y música diversa.

 

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Es de temer el fenómeno llamado jet lag, que afecta a aquellos viajeros que modifican de forma drástica su franja horaria habitual, con los consiguientes e indeseados trastornos sobre el sueño.

Para evitarlos se suele recomendar, entre otras cosas:

- Evitar dormir en las horas que correspondan a la franja diurna de nuestro destino aunque en el lugar de origen sea de madrugada.

- Por el contrario, intentar dormir en las horas que correspondan a la madrugada de nuestro lugar de destino aunque sea de día en aquél del que partió el vuelo.

- No consumir alcohol ni café.

- Levantarse de vez en cuando para estirar las piernas durante el vuelo; especialmente en el caso de personas con problemas circulatorios.

Por desgracia, tan sencillos consejos resultan frecuentemente inútiles pues el organismo tiende a dormir o a permanecer insomne cuando le place y no cuando se le ordena que haga una cosa o la otra.

Tampoco los paseos a bordo son cosa sencilla debido al escaso espacio disponible y a los continuos paseos de los pasajeros que visitan los cuartos de baño y de los tripulantes que acarrean carritos por los estrechos pasillos.

En el peor de los casos, la selección de un par de películas atractivas del menú (aunque no todas dispongan de audio en castellano y las que lo posean exhiban un detestable idioma bautizado eufemísticamente “español neutro”) ayuda bastante a pasar el rato.

 

TEMPERATURA EN GRADOS FARENHEIT

 

Una cosa chocante cuando se visita Canadá (y también Estados Unidos) es ver cifras del rango de los 70 u 80 grados en los termómetros callejeros, por lo que resulta de la mayor utilidad observar la siguiente regla de conversión.

Basta con tomar la temperatura observada -78 grados, por ejemplo- y aplicar estos tres pasos:

1º) Se le restan 32; obtendríamos, en el caso de nuestro ejemplo, 46.

2º) Se divide por 2; estaríamos por tanto en 23.

3º) Se le suma 1; en el ejemplo, 24º es la traducción a grados centígrados de los 78 Farenheit.

 

CAMBIOS DE MONEDA

 

Sigamos con las traslaciones.

El dólar canadiense mantiene una cotización ligeramente inferior a la de su vecino estadounidense pero ambos presentan idéntico problema: la dificultad de obtener un buen cambio cuando ofrecemos nuestros euros.

Intentando evitar la carga de las comisiones a veces abusivas que aplican los bancos españoles, a mi llegada al aeropuerto de Toronto decidí acercarme a una oficina de cambio de la propia terminal. La comisión fue que evité las comisiones pero obtuve un cambio poco ventajoso.

La solución bien podría consistir en cambiar la divisa en nuestra ciudad de origen pero evitando hacerlo tanto en entidades bancarias como en las oficinas de cambio de nuestros propios aeropuertos, optando más bien por aquéllas “oficinas de cambio” que se ubiquen dentro del casco urbano. Al menos es lo que aconsejan ciertas experiencias ajenas que he podido cotejar.

La diferencia en la cuantía obtenida puede llegar a ser ciertamente grande aunque acarree el inconveniente de tener que cargar con mucho efectivo ya desde el origen del viaje. El que algo quiere...

Siempre podréis utilizar la tarjeta de crédito -ésta sí la mejor forma de sacar rentabilidad al cambio de divisa- aunque no resultará una opción demasiado apetecible para los más aprensivos al uso de las mismas en el extranjero.

 

TORONTO, UNA CIUDAD DESLABAZADA

 

De entrada me gustaría comentar que la etiqueta que señala a Toronto como “la Nueva York canadiense” es, a todas luces, exagerada.

Aunque sea cierto que en ocasiones sus calles son utilizadas en el mundo del cine para dar vida a la Gran Manzana, la ciudad carece por completo del glamour, el cosmopolitismo y el desenfreno que caracterizan a ésta.

Para empezar, su skyline (el perfil de sus altos rascacielos) es sensiblemente más modesto.

 

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Para continuar, no goza de un especial encanto y, lo que es peor, evidencia una sorprendente falta de cohesión que le priva de ofrecer una personalidad definida.

 

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Desde el barrio del puerto (actualmente afeado por una interminable sucesión de obras de dimensiones faraónicas) hasta su más bien deprimente Chinatown (donde los olores francamente desagradables andan parejos con los artículos polvorientos de sus insignificantes tiendas), el denso tránsito se arrastra por barrios en los que predominan los edificios de escasas alturas y factura bastante humilde.

Obviamente no faltan tampoco rincones dignos de ser visitados e incluso moderadamente atractivos -la zona aledaña a la CN Tower, el barrio universitario o el de Kensington- aunque lo que debería dejar claro es que si el único objeto del viaje lo constituyera Toronto debería desaconsejarlo por completo. Otra diferencia más que significativa con Nueva York, que justifica sobradamente una visita pese a la lejanía.

Eso sí, como contrapartida, la ciudad canadiense es mucho más segura, presenta índices de criminalidad netamente inferiores y una amabilidad casi proverbial por parte de sus habitantes, que contrasta con la rudeza o la mala educación que algunas achacan (no siempre con razón) a los neoyorkinos.

 

LA CN TOWER

 

Con sus 533 metros de altura, la “Canadian National Tower” es el auténtico emblema de Toronto además de constituirse en su momento en la estructura no sostenida por cables más alta del mundo.

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Desde su construcción en 2007, ha sido superada sucesivamente hasta quedar en cuarto lugar tras el Burj Khalifa de Dubai, el Tokyo Sky Tree y la Torre de televisión de Cantón, en China.

Las colas para acceder a ella son muy razonables -poco o nada que ver con los interminables plantones padecidos en otras visitas como las de la Torre Eiffel en París o el Empire State en Nueva York- pero las entradas algo caras: 44 dólares canadienses si se pretende subir a la cota más alta de las dos disponibles (la primera situada a 342 m y la segunda a 447).

La adquisición de una entrada combinada que incluya la visita a algunas otras atracciones de la ciudad -la “Casa Loma” o el Acuario- puede atenuar un tanto el sensible desembolso.

Pero si el dinero no es un problema y además os gustan los deportes adrenalíticos, podéis pagar unos 140 dólares canadienses y permitir que os coloquen un arnés con el cual quedar suspendido de una de las altas fachadas de la CN.

 

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Flanqueando la torre se encuentran por un lado el Ripley’s Aquarium y por otro el Rogers Center (antiguamente denominado SkyDome) donde disputan sus encuentros los Toronto Blue Jays de las Grandes Ligas de Béisbol y los Toronto Argonauts de la Liga Canadiense de Fútbol (muy similar al fútbol americano, de hecho) pero no estaba interesado en el primero y no pude visitar el segundo a causa del inoportuno concierto de One Direction y de las hordas de adolescentes seguidoras del grupo que pululaban por allí.

También frente a la CN se halla un pequeño Museo del Ferrocarril al aire libre que permite el paseo gratuito entre diferentes máquinas ferroviarias que forman parte de la antigua historia de Canadá. Una historia en cualquier caso no demasiado longeva para quienes procedemos del Viejo Continente, claro.

 

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Desde lo alto de la CN Tower se obtiene una vista de 360º sobre la ciudad de Toronto, sus barrios, sus rascacielos, sus altos hoteles, su inmenso lago, sus islas y hasta el minúsculo aeródromo que se ubica junto al agua y que exige la mayor de las pericias por parte de los pilotos que deciden aterrizar en él.

 

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          En el interior del recinto de la torre es posible fotografiarse con alguna figura simpática, caso de un alce o un oso, adquirir diversos artículos -sombreros, llaveros, camisetas, peluches- en su tienda de souvenirs o hacerse una fotografía sentados o tendidos sobre su suelo de vidrio transparente.

 

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LA CASA LOMA

 

A una considerable distancia de la zona portuaria se erige el castillo-mansión bautizado como Casa Loma.

Incluso si se accede a ella utilizando el metro hasta la estación Dupont, se hace necesario un pequeño paseo a pie desde la misma aunque se trata de un camino agradable de recorrer pese a la ligera pendiente de su parte final.

 

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Su situación, sobre un cerro elevado, permite una bonita panorámica sobre la ciudad con su omnipresente CN Tower en el centro pero la propia silueta de la Casa es un tanto sorprendente pues no guarda relación alguna con la arquitectura de Toronto, llegando a resultar ominosa o ligeramente siniestra al atardecer.

 

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Su construcción fue encargada por Sir Henry Pellatt, que pretendía emular al Castillo de Balmoral (próximo a la escocesa Aberdeen) y está profusamente amueblada, contando con tres alturas (más todavía en su “Torre Escocesa”) y unos profundos sótanos.

En ella se han rodado películas como “Cocktail”, “Skulls” y algunas otras.

Muebles decimonónicos, cuadros y fotografías contemporáneas e incluso algunos pasadizos secretos ocultos tras paneles de madera jalonan sus numerosos pasillos, destacando el luminoso invernadero con piso de mármol y el salón principal presidido por un piano y con vistas a los jardines.

 

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          Siguiendo un larguísimo y húmedo pasillo subterráneo se llega hasta los establos, donde se puede contemplar una pequeña colección de automóviles de época, pertenecientes igualmente al acaudalado propietario de la mansión.

 

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CANADÁ 2: Toronto - Parte II:

http://rincondesinuhe.com/homepage-2/45-canada-2-toronto-parte-ii

CANADÁ 3: Niagara on the Lake y Niagara Falls (cataratas del Niágara):

http://rincondesinuhe.com/homepage-2/46-canada-3-niagara-on-the-lake-y-niagara-falls

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