CONOCES A JOE BLACK?

 

La Muerte de vacaciones (remake)

 

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ANTECEDENTES

 

Martin Brest dirigió en 1994 este remake, contando para ello con un equipo de guionistas formado nada menos que por cuatro miembros. A saber: Ron Osborn, Jeff Reno, Kevin Wade y Bo Goldman, los cuales se inspiraron tanto en la obra teatral “La morte in vacanza” del comediógrafo italiano Alberto Casella como en el guión que Walter Ferris compuso para la primera versión cinematográfica de la historia.

Dicha versión, “Death takes a holiday”, filmada en los años treinta por Mitchell Leisen, repetía el título de la obra de Casella, que resulta obviamente mucho más revelador de su trama: “La muerte de vacaciones”.

Se trata de un film que ha envejecido con ciertas dificultades, arrastrando ciertos lastres achacables al cine mudo que desaparecía en esos momentos: una excesiva teatralización que recuerda las atmósferas del mismísimo Shakespeare y unos diálogos que comienzan siendo brillantes y acaban resultando un tanto indigestos.

Por otra parte, en la década de los setenta, la pieza teatral dio también origen a un telefilm que contaba nada menos que con Yvette Mimieux y Myrna Loy y que en nuestro país se tituló “La muerte tiene un dilema”.

 

LÍNEA ARGUMENTAL

 

En vísperas de su sexagésimo quinto cumpleaños, Bill Parrish, un magnate de las comunicaciones, despierta sobresaltado en su enorme mansión con un intenso dolor en el pecho. Mientras, una voz profunda susurra “sí” de forma reiterada.

Poco después, aparentemente repuesto, sube a un helicóptero junto a su hija menor Susan y el novio de ésta, Drew, que es además la mano derecha de Bill.

Durante el trayecto, Parrish interroga a su hija acerca de sus verdaderos sentimientos hacia Drew pues advierte en esa relación una llamativa ausencia de entusiasmo y de pasión, sin las cuales –recalca a su hija- la vida no merece la pena.

Tras el aterrizaje en Nueva York, donde Bill no sólo trabaja sino que tiene un lujoso apartamento, las voces vuelven a repetirse en su cabeza, lo que le desasosiega enormemente.

Algunas horas después, sufre un nuevo episodio de dolor en su despacho y de nuevo acompañado del inquietante susurro.

Mientras, Susan conoce en una cafetería a un joven guapo, optimista y lleno de entusiasmo que la sorprende muy gratamente, llegando a fascinarla. Ella produce en él el mismo efecto pues, apenas unos minutos más tarde, ambos se confiesan gustarse, tras lo cual se despiden.

 

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Los dos se giran para mirar al otro pero sus movimientos no coinciden y sus miradas no llegan a encontrarse.

Sin embargo, distraído mientras mira hacia atrás, el joven es brutalmente atropellado y muere en el acto sin que ella se aperciba de la tragedia.

 

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Esa noche la voz misteriosa reaparece en la cabeza de Bill y le indica que está esperándole en la puerta de su mansión.

Efectivamente, a requerimiento de Parrish, el ama de llaves confirma que un hombre espera en la entrada, por lo que le hace pasar a la biblioteca.

Allí, los peores temores de Bill se confirman; el recién llegado, aunque en forma humana pues ha ocupado el cuerpo del joven atropellado, no es otro que la Muerte y “sí” es la respuesta a la pregunta que se ha venido haciendo con cada aviso de su cansado corazón: el tiempo de Bill expira.

En realidad, sólo el hecho de haber sido elegido para guiar a la Muerte en las “vacaciones” que ésta ha decidido tomarse, aplaza por tiempo indeterminado la partida de Parrish.

Insólitamente, el recién llegado exige ser sentado a la mesa en la que ya esperan para cenar Allison y Quince, es decir, la hija mayor de Bill y el marido de ésta. También se halla allí Drew mientras que Susan no ha regresado todavía del hospital en el que trabaja como doctora.

 

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Interrogado por los comensales, Parrish balbucea un nombre inventado –Joe Black- para su nuevo invitado, cuyos modales torpes pero educados sorprenden a todos los presentes.

La llegada de Susan y su mayúscula sorpresa al encontrar en casa de su padre al hombre que la había fascinado esa misma mañana sólo es comparable con su consternación al comprobar que, exceptuando su aspecto, por lo demás parece un hombre totalmente diferente.

Drew, por su parte, se siente amenazado por el recién llegado, que parece usurpar su puesto ante su jefe y que además ha conocido a su novia en circunstancias que él desconoce.

Autoinvitado a pasar la noche en la mansión de los Parrish, Joe deambula por la casa conociendo a la servidumbre, lo que entre otras cosas le da la oportunidad de probar la crema de cacahuete, que le provoca un entusiasmo infantil.

Finalmente llega hasta la piscina cubierta, donde encuentra a Susan nadando. Ésta le afea su actitud que juzga interesada y atribuye al descubrimiento de la riqueza de su familia el cambio experimentado por Joe. Sin embargo, algo en él la desconcierta profundamente y resulta evidente que se sigue sintiendo atraída por el joven.

Al día siguiente, Joe insiste en acompañar a Bill a la reunión del Consejo de Administración que éste preside y su sola presencia irrita notablemente a Drew, ya receloso de él desde la cena de la noche anterior.

En la reunión se trata como único asunto la oferta de absorción recibida por parte de John Bontecou pero, defraudando las expectativas de Drew, Bill se muestra categóricamente opuesto a la idea de vender pues considera a Bontecou un tiburón sin escrúpulos y se resiste a permitirle que destruya la obra de su vida y corrompa el derecho a la libre información.

Durante la sesión, Joe permanece sentado junto a Bill, saboreando con deleite unas pastas e incrementando el malhumor de Drew con sus comentarios banales. Contagiado por esa negativa actitud, Bill abandona la reunión algo decaído, por lo que pide a Joe que le deje solo un rato.

El joven acepta darle un respiro y se dirige al hospital en que trabaja Susan, con la intención de “ser una visita” para la doctora. Después de intentar explicarle que sólo los enfermos reciben visitas allí, la muchacha se ve obligada a atender a una joven que acompaña a su anciana madre aquejada de cáncer.

La vieja no tarda en reconocer a Joe como lo que realmente es y ambos comienzan a hablar en portugués, lo que desconcierta por igual a Susan y a la hija de la enferma.

 

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Mientras ellas dos realizan el papeleo correspondiente, Joe accede aunque a regañadientes a aliviar de forma momentánea el sufrimiento de la anciana.

Cuando la doctora y la hija de la paciente regresan, ambas constatan con extrañeza que la paciente ha cambiado el rictus de sufrimiento por una expresión mucho más relajada.

De vuelta en el despacho de Bill y mientras toma un tentempié, Joe escucha con más interés del que él mismo preveía los recuerdos que el magnate comparte con él sobre su difunta esposa.

Interrumpidos por Drew, que viene a pedir explicaciones a su jefe por su negativa a la fusión, Parrish acaba perdiendo los estribos hasta el punto de que Joe le espeta: “cuidado, Bill, si te da un infarto, me arruinas las vacaciones”, broma que no es acogida con ningún humor.

 

UNA ACTUALIZACIÓN DE LA HISTORIA

 

Es ésta una deliciosa película impregnada de una gran sensibilidad a la que ni su ritmo lento ni sus tres horas de metraje logran restar un ápice de emoción ni de interés.

 

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Es obvio que su “americanización” puede desencantar a quien la compare con la obra italiana original (algo no tan fácil de conseguir, dicho sea de paso) y que la historia es sometida a una cierta actualización pero, con eso y con todo, ésta resulta respetuosa y contenida, en parte gracias a la competencia de su director Martin Brest.

Creo que no es necesario decir que la cinta cuenta casi con tantos detractores como admiradores debido a las causas citadas (ritmo, duración e incluso el hecho de tratarse de una versión).

Dotada de diálogos que distan mucho de ser convencionales, la trama se estructura en torno a tres temas principales:

- La ética en el mundo mercantil, con un conflicto algo artificial entre quienes propugnan la mera consecución de beneficios económicos frente a quienes se muestran partidarios de “construir” algo que suponga una aportación e incluso tenga posibilidades de perdurar.

- El Amor, con mayúsculas; ese que no sólo hace vibrar a quien lo experimenta y dota su vida de algún sentido trascendente sino que le lleva a sacrificar sus propias apetencias y necesidades en una renuncia altruista.

- La Muerte, obviamente.

Y, si nos fijamos, esta última no sólo se constituye en un personaje autónomo que preside a los demás, dominándolos desde una posición de fuerza (una posición a la que Parrish no se resignará) sino que aglutina a los demás temas, ya que engloba tanto las aspiraciones de permanencia de aquello que se crea como el ansia de eternidad que arrostra cada ser humano, sin por ello lograr que la Muerte siga siendo tan inexorable como Hacienda (comentario que suscita una de las escenas más divertidas del film).

Yendo más lejos aunque sin alcanzar los extremos de dulzura y lirismo de un Alejandro Casona (en “La dama del alba” y sobre todo en “Otra vez el Diablo”, en la que éste la convierte en un trámite casi amable), la Muerte se ablanda y, por momentos, sucumbe a la piedad hacia los que sufren dolor físico (la anciana brasileña en el hospital) o emocional (la Mujer por la que comienza a experimentar algo que no es capaz de entender objetivamente o el padre de ella, cuya entereza le hace cambiar su concepto del ser humano).

Aunque obvias, las reflexiones que se exponen en las conversaciones que la Muerte mantiene tanto con su anfitrión como con algunos de los personajes con los que se relacionará durante su periplo en la Tierra –en especial, el yerno de Bill o la anciana enferma cuya intervención tiene poco de anecdótica- cuentan con una hondura muy superior a lo que sus suaves formas parecieran presagiar.

Todo ello sin olvidar que el planteamiento inicial, la sola idea de que la Muerte pretenda tomarse unas vacaciones (aunque, contrariamente a la obra teatral y a la versión cinematográfica de 1934, ello no impida que las personas sigan muriendo durante ese periodo, como ella misma aclarará; “¿vosotros no podéis pensar en varias cosas a la vez?”), ya sitúa a la historia en un contexto de verosimilitud mínima en el que se hace precisa por completo la complicidad del espectador.

 

LA MUERTE Y LOS NEGOCIOS

 

            Resulta tremendamente divertido constatar el desinterés que suscitan en Joe las reuniones del Consejo de Administración presidido por Bill.

 

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            Aunque las mismas están cargadas de tensión en un momento en que ha de dilucidarse, de una vez y para siempre, lo que ha de ser de la empresa, el insólito invitado no hace sino mordisquear las pastas que le sirve la secretaria y escuchar como de pasada cuanto se habla en la sala.

A lo sumo, cuando alguna expresión excita su curiosidad, más desde un punto de vista semántico que financiero, pide las oportunas explicaciones, creando una mayor incertidumbre a su alrededor.

Y es que Parrish sólo lo presenta ante los miembros del Consejo ofreciendo su más bien tópico nombre pero sin otorgarle cargo o estatus alguno, lo que hace pensar a la mayoría –Drew entre ellos- que se trata de algún misterioso asesor salido de no se sabe dónde.

Para mayor inquietud de los presentes, cuando se formulan preguntas relacionadas con futuras acciones por parte de Bill, éste siempre responde que el factor tiempo “depende de Joe”, lo que llevará a Drew a exclamar exasperado en ausencia de su jefe: “¿pero quién coño es este tío?”.

            Por otra parte, Joe no logra entender la preocupación de Bill por su legado. Es decir, su lógica tiene serias dificultades para admitir que alguien que está a punto de morir (alguien cuyas horas están literalmente contadas) pueda tener el menor interés en saber qué será de su negocio cuando él ya no esté.

            Sólo al final entenderá a Bill y con ello obtendrá una visión más real de lo que supone ser humano.

 

LA MUERTE Y EL AMOR

 

            Al principio de su “aventura” entre las personas, el Amor no despierta en la Muerte (es decir, en Joe) una curiosidad mayor que cualquier otra sensación humana como la esperanza, la irritación, el miedo o los celos.

            Estos últimos, muy patentes en la figura de Drew, parecen divertir especialmente a Joe aunque obviamente, dado su plano de superioridad, no despiertan en él la menor inquietud.

 

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            Será cuando su relación con Susan se intensifique cuando comenzará a poner en relación lo que supone el Amor entre quienes lo experimentan y cuál es su verdadero peso en la voluntad de los seres humanos de aferrarse a su vida mortal.

 

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            Con lo que no cuenta la Muerte es con su propia e inopinada empatía, que le llevará a experimentar auténticos sentimientos más allá de todo pronóstico.

            Todo lo cual suscitará problemas de grave calado entre las personas con las que ha decidido pasar “sus vacaciones”, por lo que, pese a su propio despotismo, se verá obligado a replantearse algún que otro cambio en sus decisiones iniciales e incluso tendrá que rebajarse a tomar en consideración los sentimientos ajenos.

 

CURIOSIDADES DEL EQUIPO TÉCNICO Y ARTÍSTICO

 

Anthony Hopkins deslumbra con su honda interpretación del magnate Bill Parrish tanto como los jóvenes Brad Pitt (la Muerte) y Claire Forlani (Susan) lo hacen con su belleza en plenitud. Pitt contaba con 35 años en ese momento y Forlani con 27.

 

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Por lo que respecta a Hopkins, por aquel entonces ya ostentaba su estatus actual, habiendo roto taquillas con títulos como “El silencio de los corderos”, “Regreso a Howard’s End”, “Drácula de Bram Stoker”, “Lo que queda del día” o “Leyendas de pasión” (en la que coincidió con el propio Pitt).

Brad, tras darse a conocer para el gran público en “Thelma & Louise”, también había aparecido con éxito en “El río de la vida”, “Entrevista con el vampiro”, “Seven” o “Doce monos”.

 

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En cuanto a Forlani, ya se había significado como una de las sexy protagonistas de la “Mallrats” de Kevin Smith.

 

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El resto del elenco acompaña con notable brillantez y oficio, destacando la presencia tanto del excelente Jeffrey Tambor (del que recuerdo su hilarante colaboración en la magnífica serie televisiva “El séquito”) como de Marcia Gay Harden (en otro histérico papel, perfectamente comparable al que la convertía en letal fanática religiosa en “La niebla”, de Frank Darabont).

 

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Todos contribuyen, en comunión con la magnífica y melancólica banda sonora del prolijo y brillante Thomas Newman, a dar forma a esta bella y alegórica historia en la que la Muerte se humaniza hasta el punto de adoptar forma física y experimentar la existencia.

            Nacido en el mismísimo Bronx neoyorkino, el director Martin Brest, uno de los principales activos del film, sorprende en cambio por su diminuta carrera como realizador. Firmante de títulos tan dispares y exitosos como “Superdetective en Hollywood” (una desenfadada comedia policial al servicio de Eddie Murphy) o “Esencia de mujer” (de nuevo con un remake, esta vez de una cinta francesa, con Al Pacino, Chris O’Donnell y la desasosegante Gabrielle Anwar como protagonistas), Brest ni siquiera ha rodado una decena de películas.

            Posiblemente su alejamiento parece que definitivo del mundo del cine tenga mucho que ver con el descalabro artístico y financiero de “Una relación peligrosa” (Gigli, en su título original), una comedia más que fallida e interpretada (es un decir) por la pareja de moda en aquel entonces Jennifer Lopez y Ben Affleck. Una pena porque las enormes pérdidas económicas y las durísimas (y totalmente merecidas) críticas recibidas por el film dieron al traste con la que podía haber sido una brillante carrera como director.

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