HABANA

Ecos de Casablanca en la Cuba de la revolución

 

Habana Redford en estado puro

 

 

UNA CASABLANCA CARIBEÑA

 

La transición nada tranquila que marca la huida de Cuba del dictador Fulgencio Batista y la entrada en La Habana de las huestes revolucionarias de Fidel Castro ha sido, desde siempre, un terreno abonado para el cine y la literatura.

Así a bote pronto me vienen a la memoria una película con varias décadas de antigüedad y otra mucho más reciente que comparten con el "Habana" de Sydney Pollack un mismo contexto histórico.

Se trata, respectivamente, de “Cuba”, dirigida por Richard Lester y con Sean Connery y Brooke Adams como pareja protagonista y “La ciudad perdida”, dirigida por Andy García y con el propio realizador y la española Inés Sastre como protagonistas.

En el caso de "Habana", además, concurren algunas otras circunstancias que la hacen singular pese a las similitudes que la unen a las otras dos.

En primer lugar y por encima de cualquier otra, el evidente deseo de Pollack de homenajear con ella a “Casablanca”.

De ello dan buena muestra el gran número de coincidencias significativas con el film de Michael Curtiz. A saber:

a) La ubicación de la trama en un país que atraviesa una gran inestabilidad política y en el que abundan las tropas uniformadas de aspecto y actitud inquietantes.

b) La caracterización del protagonista masculino como un hombre maduro y carente en apariencia de todo ideal... hasta que se nos permite rascar un poco bajo la superficie.

c) La burbuja que se crea alrededor de los amantes protagonistas mientras a su alrededor se desata el caos y explotan los conflictos.

d) El altruismo de que harán gala, en algún momento del film, sus “héroes” masculinos protagonistas, haciéndose acreedores a tal consideración.

e) El regusto amargo que dejan los finales de ambas historias.

En cualquier caso, “Habana”, calificada por muchos críticos y por una gran parte del público como una "obra menor" en la filmografía de Pollack, tal vez se ha visto eclipsada por el fulgor de algunos de sus exitosos trabajos en "Los seis días del cóndor", "Las aventuras de Jeremiah Johnson", "Memorias de África", "Tal como éramos" o "La tapadera".

Lastrada según algunos por un ritmo algo premioso (opinión que no comparto), la trama guarda algún que otro as en la manga y el feeling, algo forzado al principio, acaba fluyendo entre su pareja protagonista: el ya crespuscular Robert Redford y la siempre hermosa y expresiva Lena Olin.

 

LÍNEA ARGUMENTAL

 

Jack Weil, un jugador profesional de póker, llega a La Habana en vísperas del triunfo de la revolución castrista.

El futuro de la isla es todavía incierto pero ya se huelen el miedo y la inestabilidad. Es en estas situaciones cuando los jugadores de verdad apuestan fuerte. Sin embargo, el responsable de la sala de juego -un viejo colega de Jack- no se atreve a plantear la partida que éste está esperando.

Sin resignarse, Jack se decide a caldear el ambiente -no sólo en materia de naipes, ya que aun tiene tiempo de participar en un trío con dos norteamericanas- hasta recabar la atención que cree merecer.

 

Habana con Ramos y las yankees

 

Con lo que no cuenta el jugador es con la irrupción en su vida de Bobby, una hermosa mujer que resulta ser la esposa de Arturo Durán, uno de los hombres más respetados de Cuba, cuya sola mención hace atragantarse a Julio Ramos, el dicharachero periodista que también distingue a Jack con su amistad.

La alta significación política de la dama y los inesperados acontecimientos que se cernirán sobre todos pondrán en la balanza la supuesta falta de fe de Weil y le enfrentarán a un destino que tal vez no sea capaz de decidir por sí solo.

 

LA HABANA, DICIEMBRE DE 1958

 

He estado en muchos sitios desde Pearl Harbour –nos dice una voz en off que corresponde al protagonista mientras la pantalla todavía permanece a oscuras- Me gusta algo de cada una de ellos. Incluso Las Vegas. Pero únicamente añoro una ciudad…

Como el propio Jack Weil nos dirá, el general Batista llevaba más de 30 años en el poder cuando a finales de 1958 nadie parecía preocuparse demasiado de los rebeldes que aguardaban su oportunidad en las montañas.

Lo único que sabíamos de La Habana era que las luces de El Prado nunca se apagaban y que tenías probabilidades de pasar los mejores ratos de tu vida”, prosigue la voz, aludiendo al rutilante Paseo del Prado y a su interminable oferta de placeres musicales, gastronómicos, lúdicos y sexuales.

Las imágenes se suceden mientras los acordes de la banda sonora de David Grusin nos introducen por sí mismas en la atmósfera de esa Cuba de finales de la década de los cincuenta; Jack lanzando un naipe, un prostíbulo repleto de mujeres bellas, una fiesta elegante en pleno apogeo, un hombre hablando por un radio transmisor, otro hombre huyendo, la puerta de un coche abriéndose y dejando caer el cuerpo sin vida de ese mismo hombre…

A bordo de un lujoso barco, Weil juega a cartas en el puente contra el capitán y la plana mayor de su tripulación mientras en esos mismos momentos dos agentes trajeados registran los coches que viajan a bordo.

En un momento particularmente delicado de la partida, el capitán es informado de la intromisión de los hombres del SIM. Se trata del Servicio de Inteligencia Militar, “la Gestapo de Batista”, como apunta uno de los presentes.

- Éste es un barco americano matriculado en Miami –protesta el capitán-. A todos los efectos es suelo americano.

Sin inmutarse, uno de los agentes, le espeta: En este barco hay armas.

- ¿Han encontrado alguna en mi barco?, insiste el yankee.

- Tenemos la matrícula del automóvil. Quizás tengamos que retener el barco en La Habana.

- ¿Van a retener el barco por una solitaria pistola? –pregunta atónito el capitán. Está prohibido el acceso a la cubierta de servicios excepto para la tripulación. Han violado las leyes marítimas internacionales. A menos que puedan mostrarme alguna orden de registro, les denunciaré a mi embajada.

- Nos han avisado de que lleva contrabando a bordo, capitán –replica con aplomo el segundo agente.

Ante el asombro de los presentes, en especial de un hombre de rostro enjuto que se ajusta incómodo el nudo de la corbata, Jack se inmiscuye en la escena, afirmando que la pistola es suya y que tiene el permiso correspondiente.

Después de pedir perdón al capitán por las molestias, Weil se lleva a los dos hombres a la cubierta para resolver la situación.

Mientras una bella mujer (Roberta) observa con preocupación la escena, un americano que dice ser periodista (Marion) se le acerca, recordándole que tiempo atrás fueron presentados en casa de un conocido común de La Habana.

El hombre inicia la conversación pretextando que va a escribir un artículo sobre la cocina caribeña y tiene entendido que ella conoce a una señora que cuenta con el mejor chef de La Habana.

Sin embargo, Roberta (o Bobby) no está interesada en esas minucias y le interrumpe preguntándole por lo que puede ocurrirle al “hombre de la pistola”. El americano le responde que tal vez le hagan pasar un mal rato y a continuación le ofrece una copa pero ella se disculpa y, con aspecto apesadumbrado, le deja poco menos que con la palabra en la boca.

Para entonces los hombres del SIM ya han comprobado que Jack carece de permiso alguno pero él les soborna para obtener uno. Los policías aceptan el dinero aunque lanzan la pistola al mar: Ya no concedemos ningún tipo de permiso.

Con aspecto claramente aliviado, Bobby, que ha asistido escondida al final de la conversación, regresa al bar y acepta la copa que antes rechazara. Simulando escuchar a su interlocutor, comprueba que Jack sale de nuevo a cubierta. En esta ocasión en compañía de un hombre sudoroso.

- Señor, se lo agradezco mucho pero ¿puedo preguntar por qué?

- 300

- ¿Cuánto?, pregunta escandalizado el hombre de rostro enjuto. Y, cuando Jack levanta tres dedos, añade: Pero eso es mucho dinero.

En ese momento unos hombres intentan acceder al lavabo en el que los dos están conversando pero Jack, cortésmente, les pide que utilicen el lavabo de abajo ya que hay un hombre enfermo.

- 400

- ¿No eran 300?

- No sea desagradecido.

- De acuerdo, le daré 350.

Otros dos hombres entran en los servicios y en esta ocasión Jack no hace nada por detenerlos, limitándose a susurrar: 500.

 

CONOCIENDO A BOBBY DURÁN

 

Apenas Jack vuelve a entrar en el bar cuando una bella mujer, que acaba de desembarazarse por segunda vez de su frustrado acompañante, le aborda, preguntándole si baila.

El rostro del aludido muestra una sorpresa mayúscula aunque se rehace para acercarse a la pista con ella.

- ¿Sorprendido?, pregunta ella ante la evidente estupefacción de él (magistral Robert Redford en uno de los gestos más dignos de recordarse no sólo del film sino incluso de toda su carrera). ¿No suelen invitarle a bailar?

- Jamás una mujer tan guapa.

Durante el baile, ella le pregunta si cree que los registros en el barco acabarán ahí, de modo que a Jack no le cuesta mucho esfuerzo deducir que la mujer lleva algo de contrabando y pretende que sea él quien le baje del barco el coche con su problema de “sobrepeso”.

 

Habana en el barco bis

 

Tras haberle ofrecido la desconocida diversas sumas de dinero, Jack, que ha notado lo mal que ella se desenvuelve, se muestra intrigado, de manera que cuando la dama insiste en preguntarle si lo hará, le responde:

- Iría contra mis principios… si los tuviera.

Coge pues el dinero y añade: En el Lido.

- ¿Cómo ha dicho?, pregunta ella a su vez, con total desconcierto.

- Allí tendrá su coche.

Ella le da las gracias y se da media vuelta para marcharse.

- ¿Quiere decirme qué coche es o lo intento con todos?

 

PONIENDO LAS BASES DE LA TRAMA

 

Una mano masculina abre una guantera y extrae de ella una linterna. A su tenue luz seguiremos las perneras de un pantalón, que se detienen ante un segundo coche. Se trata de Jack, disponiéndose a comprobar en qué consiste el presunto contrabando de perfume que le ha sido confiado.

En realidad resulta ser algo bastante más peligroso: un juego de transmisores de radio de fabricación estadounidense, que le hará murmurar contrariado: “Estupendo”.

Con el amanecer vemos despertar la ciudad, en la que abundan los carteles estadounidenses de “Esso” o “Coca Cola”, mientras los jeeps militares patrullan las calles y las olas rompen sobre el precioso Malecón de La Habana.

Efectivamente Jack logrará salvar el registro a la bajada del barco aunque no sin algún sobresalto. El mismo que experimentan los hombres de Arturo Durán cuando ven a la mujer de éste conduciendo un Cadillac descapotable y más todavía cuando ven el coche de Bobby conducido por un desconocido.

Antes que nada, Jack pasa por el Riviera, donde es saludado por su viejo amigo Ramos, un periodista local. Éste se hace cruces de que la gente no tenga miedo estando como están a las puertas de una revolución.

Sin embargo, una sorpresa desagradable espera al jugador pues su colega Joe Volpi no está por la labor de concederle la gran partida prometida. La situación es demasiado inestable –le dice- para pensar en el póker.

Comoquiera que Weil no está de acuerdo, decide apañárselas por su cuenta pero antes debe acudir a la cita con Roberta.

- ¿Para qué son los transmisores, Bobby?, le pregunta cuando ambos se sientan a una mesa y, viendo su desconcierto, añade: ¿creyó que no lo comprobaría?

- Para una buena causa.

- ¿Lo bastante buena como para que me metan en la cárcel?

- .

- ¿Qué es usted? ¿Una fanática?

- Gracias por ayudarme, sonríe Roberta y hace ademán de levantarse para evitar una confrontación.

Ya en la puerta del Lido, el jugador le espeta sin anestesia de ningún tipo que le gustaría volver a verla.

 

Habana flirteo sin exito

 

- Le dije que estoy casada.

- Se equivoca. No lo dijo.

- Lo siento. No fue intencionado.

- Tengo un apartamento –prosigue él, no dándose por vencido-. Es algo pequeño pero está en un edificio antiguo con mucha clase… y es discreto.

- Va usted al grano, ¿verdad, señor Weil?

 

EL ESPOSO DE BOBBY

 

Esa misma noche, Jack sale a tomar una copa con su amigo Ramos y un par de norteamericanas recién llegadas a Cuba y con ganas de marcha (en más de un sentido).

Mientras están acodados en una barra, Ramos casi se atraganta al divisar entre la multitud a Arturo Durán, un cubano influyente, de distinguida y adinerada familia, de quien se rumorea que ha estado en las montañas viendo a Fidel Castro.

Jack no demuestra el menor interés por el personaje hasta que observa a la preciosa mujer que está junto a él. Su esposa -le confirmará Ramos-, que no es otra que Bobby.

Cuando ella se apercibe de la presencia de Jack, le susurra algo a su marido y también éste mira en su dirección. Sin titubear, Durán se dirige hacia donde se encuentran y estrecha enérgicamente la mano de Jack ante la absoluta estupefacción de Ramos.

 

Habana los Duran

 

Weil no consigue eludir la invitación a cenar con que Durán pretende agradecerle el favor realizado a su esposa pero la cita resulta tensa y desafortunada, ya que Arturo está comprometido hasta el tuétano con la Revolución mientras que Weil experimenta una alergia casi patológica hacia todo lo que huela a política.

Durante la poco convencional cena, Jack pregunta a su anfitrión si no le preocupan “los tipos de gafas oscuras” (los omnipresentes agentes del SIM, al servicio del siniestro coronel Menocal) que pululan no sólo por el restaurante sino por todas partes.

No demasiado. Y no es porque sea muy valiente. Verá; para Batista existen dos clases de personas en Cuba: las torturables y las no torturables. Yo pertenezco a una familia conocida, muy antigua y rica. Demasiado rica. Así que…

Aunque Bobby, observando la franca incomodidad de Jack, intenta frenar a su marido, que abruma a su improvisado invitado con los detalles de los abusos cometidos por Batista e incluso amaga con pedirle ayuda de nuevo, también ella acabará sacando el tema político a relucir.

- A veces hace falta alguien responsable para cambiar las cosas, afirmará ya al final de la cena.

- Es posible –refuta Jack sin dejar de mirarla- pero no estoy capacitado para decidir quién.

- Entonces –tercia Arturo-, ¿por qué nos ayudó?

- Fue un trato de negocios.

- No comprendo por qué devolvió el dinero. Mi esposa me dijo que el sobre estaba en su bolso cuando llegó a casa. ¿Sabe? Es posible que crea en algo después de todo. Quizás crea en las mujeres hermosas, señor Weil.

 

LA PERLA DE LAS ANTILLAS

 

No es invención de Joe Volpi esa atractiva expresión que alude a La Habana prerrevolucionaria, también conocida como “el París del Caribe”.

Una gran ciudad, bella, luminosa y bulliciosa, que constituye un homenaje al hedonismo más absoluto.

Con dinero en el bolsillo no hay capricho o placer que no pueda alcanzarse. Y entre los lujosos Cadillacs, las candilejas, los trajes de noche y los faroles de las flamantes fachadas, los turistas se lanzan a la aventura como si no hubiera un mañana.

Todo se ofrece al forastero a cambio de unos dólares y así una muchacha abandona momentáneamente a sus compañeras para acercarse al coche de Jack y ofrecerle, sin el menor pudor, “¿una mamada americana?” mientras menudean los sofisticados espectáculos eróticos en directo y también las timbas de póker.

Pero La Habana es una ciudad, como los Durán se empeñan en señalar, que oculta tras de sí una parte oscura, caracterizada por la represión de los cubanos; en especial de los más desfavorecidos.

Lejos de las luces de El Prado, en el campo, la gente pasa hambre y necesidades pero sus protestas son sofocadas de forma violenta por la policía y el ejército con que el dictador Fulgencio Batista mantiene en un puño a su pueblo.

Todo ello con la aquiescencia de Norteamérica; del Gobierno estadounidense, de la CIA e incluso de los grandes jefes de la Mafia que explotan de forma enormemente lucrativa los mil y un recursos de la Babilonia caribeña.

Una de las escenas más impresionantes del film, ya en el tramo final del mismo, tiene lugar cuando, en pleno desenlace de la historia que protagonizan Jack y Bobby, se propaga la noticia de la huida del dictador en mitad de la fiesta de Nochevieja que tiene lugar en el Palacio Presidencial.

Con Batista fuera de la isla, la clase privilegiada del país siente la urgencia de seguir sus pasos y se abalanza escaleras abajo del Palacio. Mujeres encopetadas y hombres elegantemente vestidos se disputan los escasos taxis disponibles en busca de un barco que los saque a toda prisa de Cuba mientras, en las calles, el pueblo se lanza a una celebración desmesurada, destrozando parquímetros e irrumpiendo en los salones de juego para hacerlos trizas.

 

LOS PERSONAJES

 

- Jack Weil.- Jugador profesional de póker, este estadounidense veterano de la Segunda Guerra Mundial es, en apariencia, un hombre frío y calculador. Alguien que ha comprendido que “ya no morirá joven” y además de disfrutar de la vida de todas las formas posibles, pretende asegurarse el porvenir de una vez por todas ganando la partida de cartas definitiva. Y qué mejor lugar para ello que la efervescente Habana, en la que conserva un modesto apartamento y los contactos suficientes para hacer realidad su sueño. Por suerte o por desgracia, su fascinación por Roberta, más que la situación política del país, dará al traste con todos sus planes, sacando a relucir una faceta de su personalidad que hasta él mismo ignoraba. Sus últimas líneas de diálogo son, en su sencillez, de un lirismo arrebatador y otorgan a la película entera una pátina de clasicismo del que difícilmente podrá despojarla el futuro.

- ¿Me estabas esperando?, le preguntará Bobby al verlo sentado a una mesa del café del puerto.

- Toda mi vida.

Es entonces cuando ella advierte una venda en el brazo de Jack en que antes hubo un diamante.

- No te crees todo lo que sabes, ¿verdad?

- Sí, Bobby, lo creo. Sé que te quiero.

 

Habana ataque aereo

 

- Roberta Durán.- Bobby, como la bautizará Jack nada más conocer su nombre, es una mujer francamente bella y distinguida pero con un “algo” salvaje que la hace muy sensual. A dicho atractivo contribuyen de forma notable tanto el pasado que se le intuye como su compromiso con su esposo y con la Revolución que él simboliza. La traumática desaparición de Arturo y las torturas a las que será sometida por el brutal coronel Menocal la retrotraen a un tiempo pretérito en el que ella no era nadie y tampoco creía en nada. Y es que, en realidad, sus orígenes no son demasiado diferentes a los de Weil, de modo que su abanderamiento de la causa revolucionaria le ha devuelto su razón de ser y un verdadero motivo para vivir. “¿Quieres cambiar el mundo, Bobby? –le preguntará, desesperado, Jack: “Cambia el mío”.

 

Habana Lena guapisima

 

- Arturo Durán.- Nacido en el seno de una familia rica y poderosa, resulta paradójico que el aristócrata lidere la resistencia castrista en el nido de agentes del SIM en que se ha convertido La Habana. Su posición, su carisma y hasta el glamour de que hace gala junto a su bella esposa le granjean la admiración incondicional de muchos pero también el tenaz resentimiento de otros. Siendo su posición política un secreto a voces, sólo su incontestable estatus le salva de correr la misma suerte que sus colaboradores menos afortunados. Sin embargo, algo vendrá a truncar ese precario equilibrio.

 

Habana secuestro de los Duran

 

- Coronel Menocal.- El jefe del SIM es el típico militar corrupto al servicio de un régimen totalitario y abusivo. Pero Menocal guarda un secreto que es el germen de su odio no ya contra el comunismo como concepto sino contra el propio Arturo Durán como ser humano. Un secreto que en un momento dado confesará a Jack: “Mi pobre padre escupió los pulmones en los campos de caña. ¿Sabe a quién pertenecían esos campos? A Arturo Durán y su familia. Esa gentuza nos jodía de un modo y ahora quiere jodernos de otro”. En cuanto a su demagógica defensa de Batista, salvaguarda de todo aquello por lo que los estadounidenses llegan a La Habana –la buena mesa, las mujeres, el juego, los espectáculos-, no deja de constituir un patético intento por autoconvencerse, apartando de su propia vista la podredumbre de que hace gala el régimen.

 

Habana Tomas Milian

 

- Marion Chigwell.- Es, con mucho, el personaje más enigmático de la historia pero su ambigüedad obedece a una cuestión funcional de gran relevancia. De hecho, es una lástima que no se le otorgue un tratamiento más detallado a su figura, la de un periodista snob y amanerado que no manifiesta interés alguno por las mujeres ni al parecer por la política aunque acabe teniendo un papel más que decisivo en la resolución del conflicto cubano.

Muchos otros personajes pululan por el film –el desencantado Joe Volpi, el periodista Ramos con su entrañable ingenuidad, el repulsivo y prepotente Meyer Lansky, las alocadas norteamericanas con ganas de “probarlo todo”- y a todos ellos los dota el guión de una humanidad que conmueve.

Por poner un pero, quizás sobre el personaje del viejo profesor que fornica en el hotel Nacional con todas las viudas que se ponen a su alcance. Más que nada porque el breve y torpe diálogo que mantiene con Jack cuando éste se encuentra en la tesitura de tomar una decisión de importancia capital para el resto de su vida es de lo más endeble de una película en la que abundan los diálogos memorables.

 

INJERENCIAS ESTADOUNIDENSES Y OTRAS CUESTIONES

 

La tajante negativa del gobierno estadounidense –con las administraciones republicanas de Ronald Reagan y su sucesor George Bush padre- a que la película fuese rodada en Cuba obligó a trasladar dicho rodaje a la vecina República Dominicana.

Dicha negativa respondía, al menos de forma oficial, a la oposición de los estadounidenses a proporcionar divisas al “embargado” régimen de Fidel Castro, de modo que se prohibió expresamente a Sydney Pollack que gastara su dinero en la isla caribeña.

Por fortuna, dicha circunstancia no menoscabó ni la verosimilitud ni la estética del film.

Lo paradójico del caso es que las autoridades cubanas, a las que se les mostró el guión, estaban dispuestas a permitir el rodaje a pesar de que habrían preferido un mayor énfasis en el tema revolucionario, que en el guión queda en segundo término tras las historia de amor de los protagonistas.

Ignoro, por otra parte, si las autoridades estadounidenses ya barruntaban lo malparadas que iban a salir en la película porque lo cierto es que los diálogos y las situaciones que plantea “Habana” (“Havana” en el inglés original) no dejan lugar a la menor duda sobre el rastrero intervencionismo yankee, muy aficionado a derrocar gobiernos en Hispanoamérica y muy proclive a colocar dictadores-títere que mantengan a raya al comunismo a cualquier precio.

En este sentido no puede ser más revelador el contundente rapapolvo que Meyer Lansky, el omnipotente dueño de los hoteles Riviera y Nacional (con sus consiguientes salones de juego), le echa a Joe Volpi cuando comienzan a llegar a la ciudad las noticias de los enfrentamientos armados en la todavía lejana Santa Clara, a casi 280 kilómetros de la capital cubana:

 

Habana promocional 2

 

- Meyer, le presento a Jack Weil –introduce Joe cuando su jefe aparece como un torbellino pero éste, sin hacer el menor caso a su invitado, pregunta a bocajarro:

- ¿Cuándo ocurrirá la ofensiva que esperamos?

- Están preparando un tren blindado, responde Volpi intentando no amilanarse.

- Oh, así que un tren. Como en China, Siberia o la famosa rebelión bóxer.

Y, cuando Joe intenta excusarse, Meyer explota:

- Basta de promesas y escúchame. Mañana harás lo siguiente: verás a la gente de Batista y hablarás con ellos. Les dirás lo disgustado que estoy. Adviérteles que más vale que muevan el culo y empiecen a pelear enseguida o volverán a ser una pandilla de jodidos bananeros. Quiero que les recuerdes que la única razón por la que tienen fontanería en este país es porque los americanos en el 98 echaron a los españoles. El mismo palacio presidencial tenía sólo un cagadero fuera antes de instalarle lavabos. Y tienen un ejército porque se lo armamos nosotros, así que será mejor que lo utilicen. De lo contrario, el presidente se encontrará en la calle vendiendo porotos (judías) como hacía antes. Nosotros inventamos La Habana y podemos trasladarla a cualquier lugar si es incapaz de controlarla.

Meyer Lansky, por cierto, fue un personaje bien real. Un gángster estadounidense que creó un antiguo imperio del hampa junto con su amigo de la infancia Lucky Luciano.

De origen ruso y judío, Lansky fue el máximo responsable del blanqueo de dinero proveniente del juego, la prostitución y el narcotráfico a cargo de la Mafia estadounidense y su relación con el dictador Fulgencio Batista fue muy estrecha aunque el mafioso permaneciera durante la mayor parte del tiempo en la sombra.

Con la huida de Batista, también Lansky se vio abocado a abandonar el país y sus hoteles y salas de juego fueron nacionalizados por el nuevo régimen de Castro.

Evaluar el cambio político y social experimentado por Cuba tras la revolución es algo de lo que no se ocupa el film ni, por tanto, entra dentro del objeto de este artículo.

Baste decir, eso sí, que por espacio de casi sesenta años, las relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos han estado interrumpidas. Justo hasta ahora, ya que en este 2015 se podría asistir al acontecimiento histórico de la reapertura de embajadas de Cuba en Estados Unidos y viceversa gracias a las conversaciones mantenidas entre Raúl Castro, hermano de Fidel y presidente en funciones de Cuba y Barak Obama, el máximo mandatario estadounidense.

Por último, cabe reseñar que la película se beneficia de la siempre fructífera colaboración entre Pollack y Redford, en el que era su séptimo trabajo juntos (resultó ser el último) tras “Propiedad condenada”, “Las aventuras de Jeremiah Johnson", "Tal como éramos”, “Los tres días del Cóndor", “El jinete eléctrico” o la superlativa "Memorias de África".

Además de una fastuosa escenografía que se permitió reproducir la avenida de El Prado en una base aérea de la República Dominicana y de un impecable trabajo de vestuario,

 

Habana calle

 

el film hace alarde de una banda sonora magnífica a cargo de David Grusin y también de un elenco impecable en el que destacan:

- La actriz sueca Lena Olin (Bobby), a quien sólo se conocía hasta ese momento por su intervención en “La insoportable levedad del ser” y que luce más hermosa de lo que lo haría en toda su carrera, además de brindar una más que convincente interpretación.

- El actor puertorriqueño Raúl Julia (Arturo Durán), que no obstante la brevedad de su papel, es uno de los puntos fuertes del film debido al magnetismo que emana de su personaje.

- El siempre efectivo Alan Arkin, neoyorkino de origen ruso y judío como el verdadero Meyer, que otorga su sobria elegancia al personaje de Joe Volpi.

 

Habana Alan Arkin

 

- El magnífico Tomas Milian, estadounidense nacido en Cuba que parece un especialista en interpretar personajes despóticos y brutales, ya que quince años después de encarnar al coronel Menocal haría lo propio con el dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo en “La fiesta del chivo”.

Entre las curiosidades más llamativas de “Habana” destaca el cartel taurino colgado de una de las paredes del apartamento de Jack. En él se anuncia una corrida en la plaza de toros de Palma de Mallorca para el 13 de julio de 1958 a cargo de los diestros Manolo Vázquez, Gregorio Sánchez y Luis Segura. Una corrida que efectivamente tuvo lugar en la fecha citada.

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