EL AURA

 

Darín y Bielinsky se reencuentran tras “Nueve reinas”

 

El aura taxidermia

 

 

COMPARACIONES ODIOSAS

 

Bonaerense nacido en 1959, el de Fabián Bienlisnky es un caso ciertamente singular pues sólo dirigió a lo largo de su carrera dos cortometrajes –“El péndulo” (1981) y “La espera” (1983)- y otros dos largometrajes: “Nueve reinas” (2000) y “El aura” (2005). En los tres últimos fue también guionista.

A lo exiguo de su producción cinematográfica contribuyó obviamente su prematura muerte, a los 47 años de edad, víctima de un infarto.

Fabian Bielinsky

 

En cualquier caso, al realizador argentino le habían bastado dos “largos” para labrarse una prestigiosa reputación, de la mano sobre todo de ese “Nueve reinas” que se convirtió en absoluto éxito desde su estreno.

Bienlinsky fue tentado reiteradamente por la industria estadounidense para hacer un remake norteamericano del film pero se negó de forma sistemática, de modo que en 2004 el productor Gregory Jacobs pergeñó para la Warner un auténtico bodrio llamado “Criminal”, título que resume de modo magnífico la labor realizada por todos los participantes en el engendro.

Para los que piensan, como un servidor, que “Vanilla Sky” es un destrozo constitutivo de delito de la gran “Abre los ojos” de Amenábar, el subproducto de Jacobs (que podría haberse ahorrado ese innecesario paréntesis en su carrera de productor) todavía llega más lejos a la hora de convertir en vulgar y aburrido lo que en la cinta de Bielinsky es intriga, ingenio a raudales y tensión sin límites. También tiene su mérito hacerlo tan mal, no negaré la evidencia.

En cuanto a “El aura”, el principal hándicap de esta cinta es precisamente la comparación con la opera prima de su director.

Sin paños calientes, lo cierto es que esta película dista bastante de la brillantez de “Nueve reinas”, su ritmo narrativo es mucho más premioso, los diálogos tienen mucho menor peso en la historia y la trama es menos compleja también.

Pero probablemente era lo que el director pretendía. De haber querido hacer otro film en la misma línea que el anterior, tengo pocas dudas de que lo habría logrado. En cambio, para su segundo trabajo prefirió algo más intimista, con menos acción (aunque la hay) y con un mayor protagonismo del contexto natural, de manera que las localizaciones cobran capital importancia.

Lo que parece claro es que parte del mérito que se le sustrae a “El aura” se debe precisamente al fulgor de “Nueve reinas” cuando lo cierto es que no son películas comparables, persiguen fines distintos y perfectamente podrían haber sido escritos por autores diferentes y sus adaptaciones filmadas también por distintos directores.

 

LÍNEA ARGUMENTAL

 

Esteban Espinosa es un oscuro taxidermista de Buenos Aires que sufre esporádicos ataques de epilepsia y malvive vendiendo sus trabajos a un Museo de Historia Natural mientras sueña con realizar el atraco perfecto.

 Cuando su colega –que no amigo- Sontag le propone que vaya a cazar con él aprovechando que tiene disponibles unos pasajes de avión, Esteban declina la invitación.

Sin embargo, al llegar a su casa descubre que su esposa lo ha abandonado, por lo que se apresura a llamar a Sontag para informarle de su cambio de opinión aunque no de los motivos del mismo.

Al día siguiente ambos aterrizan en plena Patagonia pero, cuando intentan registrarse en el hotel en el que se aloja Sontag cada año, lo encuentran repleto.

La razón –les explica, azorado, el gerente- es que el casino abre por última vez esa semana antes de cerrar definitivamente, de manera que toda la región está saturada de visitantes.

Aunque deja claro que en condiciones normales no se lo recomendaría, el hostelero les propone que prueben suerte en las “Cabañas de Dietrich”, un lugar de poca monta pero más próximo a la zona de caza.

Sin otras alternativas, Sontag y Esteban se dirigen hacia allí, recorriendo con su vehículo alquilado un trecho considerable de camino que discurre en su mayor parte entre bosques frondosos.

Son recibidos con malos modos por Julio, un joven que les informa groseramente de que no hay ningún alojamiento disponible, pese a que no se ve a nadie por las inmediaciones.

El previsible enfrentamiento es abortado por Diana, la hermana del muchacho, quien desmiente a éste afirmando que sí disponen de una cabaña para los recién llegados.

Poco después, los taxidermistas averiguan por ella que se trata de la esposa de Carlos Dietrich. Éste, un hombre treinta años mayor, es el dueño de la propiedad aunque no se encuentra presente.

A la mañana siguiente, los dos huéspedes cogen sus escopetas y se internan en el bosque con el todoterreno hasta dar con una zona propicia. El resto del camino lo hacen a pie, por lo que Sontag recomienda a su colega que intente no perderse, a lo que Esteban responde que eso no puede ocurrirle debido a su memoria fotográfica.

 

El aura Darin y su colega

 

Avistan a un ciervo joven y Sontag se dispone a abatirlo cuando su compañero provoca un ruido que pone en fuga al animal. Más que molesto, el frustrado cazador le acusa de haberlo hecho a propósito y de “no tener huevos” para atreverse a disparar contra ninguna pieza.

Esteban le pregunta entonces si hacen falta tantos huevos como para “cagar a trompadas a su esposa y joderle la vida”, acusación que enfurece al otro por saberla cierta. En lugar de responderle, se marcha dejándole en mitad del bosque.

Mientras regresa caminando sin especial prisa, Esteban descubre a un ciervo de gran tamaño a pocos metros de él. Fruto de la excitación, sufre un ataque de epilepsia, a consecuencia del cual pierde el sentido.

Al despertar comprueba que el animal le está observando con curiosidad. El taxidermista coge la escopeta después de que el ciervo haya huido y lo localiza con la mira telescópica.

Mientras duda si dispararle o no, acariciando el gatillo, su presa desaparece entre los árboles.

Un ruido extraño proveniente del lado contrario sobresalta al improvisado cazador, que dispara su arma en un gesto mecánico. Horrorizado, descubre que ha abatido a un hombre.

 

EL TAXIDERMISTA

 

Personaje interesante el de este disecador de animales del que apenas se nos apuntan algunos rasgos al inicio de la historia.

Percibimos que es casado porque se escucha a una mujer parlotear tras la puerta de la habitación en la que él trabaja con la piel de un zorro. Más concretamente, lo que la desconocida hace es protestar por la absoluta falta de atención de Esteban, que ni se digna contestar cuando ella le pregunta si la escucha. Poco después se verán las consecuencias de tal abandono.

El dinero no parece interesarle mucho más que su esposa, ya que también le vemos abandonar la cola que conduce al cobro de sus emolumentos, con un “ya cobraré otro día”. Sin embargo, el taxidermista fantasea con el robo perfecto y ve posibilidades de realizarlo, amparado en su superior inteligencia y en su memoria fotográfica, cualidades de las que no se priva de alardear frente a su colega Sosa.

De la gélida relación que mantiene con éste deducimos que tampoco es un hombre con amigos. Con un carácter reservado y casi hosco, no evidencia el menor afecto hacia su compañero de profesión.

Tampoco es que Sosa sea un alarde de sutileza, empeñado en recordar a su colega las circunstancias de algunos de los ataques sufridos por éste con anterioridad. Circunstancias que éste no tiene ninguna necesidad de que le recuerden.

En la forma en que desdeña las fantasías de Espinosa se advierte sin gran esfuerzo que el “desafecto” es mutuo: “¿De qué hablás, boludo? ¿Quién crees que sos? ¿Billy The Kid?

Cuando Sosa le propone ir a cazar con él, ya que la persona que iba a acompañarle le ha dejado tirado, Esteban no se toma ni la molestia de pensarlo antes de darle una negativa rotunda. “No me gusta matar animales”, será su excusa. Sin embargo, cuando su colega le dice que no será necesario que haga semejante cosa, tampoco se muestra más proclive a la aceptación.

Sólo aceptará al comprender que, sin su mujer en casa, las paredes se le van a caer encima. Lo cual no deja de resultar curioso, ya que parecía estar deseando librarse de ella.

Es tal la parquedad del personaje que su nombre no se pronuncia ni una sola vez a lo largo de todo el metraje y es únicamente gracias a los títulos de crédito que esta reseña lo indica. A ese respecto resulta de lo más reveladora la escena en la que llega al Museo con sus zorros a cuestas y un empleado, tras confirmarle que estaban esperándole, le pregunta su nombre. El taxidermista se limitará a señalarlo sobre una planilla que no leemos.

Diana, la joven esposa de Dietrich, será la única persona con la que mantendrá una relación de cierta calidez. Una relación llena de silencios aunque las pocas palabras que cruzan están llenas de significado. Especialmente por el hecho de ser escasas serán más valiosas y definitorias.

 

El aura la chica

 

Entre ambos se establece una corriente de sutil simpatía que en ningún momento llegará a la efusión pero que evidencia, al menos, un interés por las circunstancias del otro.

En cuanto a la obsesión de Eduardo por el robo perfecto, siempre queda la duda –y el poco concluyente final no contribuye a disiparla- de si lo que ansía el hombre es el dinero que podría proporcionarle o más bien la satisfacción de ser capaz de triunfar allá donde casi todos fracasan (“porque son todos estúpidos”).

Sin embargo, lo que sí adelanto es que durante la historia Eduardo tendrá ocasión de poner a prueba sus tan cacareadas habilidades, lo que le pondrá en contacto con personajes poco recomendables y le situará en medio de un peligroso complot.

 

LA ATMÓSFERA

 

Como el propio Bielinsky reconoció en su momento, el film persigue más la recreación de una atmósfera que de una historia.

Las sensaciones se suceden incluso cuando no media el diálogo.

La primera nos atrapa ya desde el primer plano, con el aura que parece iluminar al protagonista hasta que éste despierta, aturdido y desorientado, tras sufrir un ataque epiléptico.

Prosiguen con el trabajo concienzudo de Espinoza en su gris cuchitril, escuchando música a considerable volumen no se sabe si por afición a la misma o simplemente para no oír las quejas de su esposa.

Incluso se imponen –las sensaciones digo- en la secuencia en la que los dos recién llegados se adentran en la abigarrada casa de Dietrich, curioseando entre las fotografías y los trofeos de caza que se amontonan sin orden ni concierto, haciendo que uno se pregunte dónde queda el toque femenino en la desangelada estancia.

Pero son particularmente intensas y oníricas en el entorno natural de la Patagonia en la que tendrá lugar la mayor parte de la historia.

Los trayectos en jeep por carreteras completamente desiertas que cruzan parajes húmedos y frondosos constituyen una atmósfera que subyuga y prepara para cualquier emoción ulterior.

 

El aura jeep

 

La caminata a pie del protagonista y su compañero en medio de la salvaje vegetación patagónica anticipan realmente que algo se avecina aunque no acertemos a averiguar de qué se trata hasta que los acontecimientos se precipitan.

Tras esa media hora inicial, de pronto, nos encontramos en una película distinta en la que la trama comienza a perfilarse perezosamente, con parsimonia, sin prisa alguna por unir las piezas desperdigadas de un complejo rompecabezas.

 

El aura Darin y malas companyias

 

Y todo, siempre, visto desde el punto de vista único del seco taxidermista. Sabremos lo que él sabe y veremos lo que él ve pero absolutamente nada más.

 

LA EPILEPSIA

 

El título del film viene dado por la sensación que experimenta Eduardo cada vez que se avecina un ataque de epilepsia.

En sus propias palabras, “Unos segundos antes, yo ya sé que voy a tener el ataque. Hay un momento, un cambio. Los médicos le dicen el aura. De pronto, las cosas cambian. Es como si el mundo se detuviera y se abriera una puerta en la cabeza que dejara pasar cosas. Ruidos, música, voces, imágenes, olores… Olor a escuela, a cocina, a familia”. “Es horrible y perfecto porque durante esos segundos eres libre, no hay opción, no hay alternativas. Nada para decidir. Todo se ajusta, se estrecha y uno se entrega”.

Lo cierto es que, sin entrar en muchos detalles, la epilepsia se define como un trastorno cerebral que provoca descargas anormales de la electricidad del cerebro, alterando así movimientos, sensaciones o pensamientos.

Aunque la imagen que todos evocamos es la de las convulsiones, parece que la sintomatología difiere bastante entre unos enfermos y otros.

Puede así manifestarse en forma de mareos, de dificultad momentánea en el habla, de desconexión del entorno, de rigidez muscular o, en efecto, también a través de convulsiones y pérdida de la consciencia.

Lo que sí parece contrastado es que, para cada víctima de esta patología, las crisis suelen ser muy parecidas entre sí, de modo que cobra verosimilitud la afirmación del protagonista, que siempre ve venir el ataque antes de que se produzca aunque, como él indica, no puede hacer nada para evitarlo. De hecho, está constatado que la voluntad no puede en modo alguno modificar las crisis.

Eso hace que las mismas puedan producirse estando los enfermos solos o acompañados de otras personas sin que ello suponga ninguna diferencia.

 

RICARDO DARÍN

 

Este excelentísimo intérprete argentino al que tuve el privilegio de ver en directo sobre un escenario valenciano allá por 2006 cumplirá 58 bien llevados años en enero de 2015 mientras estas líneas vean la luz.

 

El aura en el bosque

 

En 1960, con apenas tres ya hizo su primera aparición ante una pantalla aunque fue la pequeña, para la serie televisiva “Soledad Monsalvo”.

Muchos platós recorrería el bueno de Darín tanto en televisión como en cine hasta llegar en 1998 y 1999 a los rodajes de “El faro del sur” y “El mismo amor, la misma lluvia”, respectivamente. Los primeros trabajos significativos que le conozco.

Ninguno de las dos constituyen trabajos redondos pero ya permitían atisbar el tremendo potencial de este auténtico animal interpretativo.

Si en “El faro del sur”, un melodrama algo tedioso en torno a dos huérfanas que buscan su lugar en el mundo, descollaba Ricardo entre Ingrid Rubio y Norma Aleandro, en “El mismo amor, la misma lluvia”, una historia de encuentros y desencuentros amorosos con el trasfondo de la represión militar de los ochenta, daba cumplida réplica a la atractiva Soledad Villamil, con quien volvería a coincidir una década más tarde en la brillante “El secreto de sus ojos”.

A renglón seguido, en 2000, llegaría la citada “Nueve reinas”, un extraordinario thriller que gira en torno a dos estafadores de poca monta que se encuentran ante la posibilidad de dar el golpe de su vida.

Apenas un año más tarde, “El hijo de la novia” acabaría de encumbrar al actor con una historia deliciosa en la que el protagonista se ve obligado a ayudar a su anciano padre, un ateo irredento, para que éste cumpla el deseo de su esposa de casarse con él por la Iglesia. La cuestión es que ella, que padece de Alzheimer, está internada en un geriátrico. Darín interpretaba aquí al “hijo” del título, siendo su padre Héctor Alterio y su enferma madre Norma Aleandro. Nuestra Natalia Verbeke, por cierto, hacía las veces de novia del personaje de Darín aprovechando su origen y su acento argentino (del que no queda ni rastro cuando ella lo desea, por supuesto).

La amarga y hermosa “Kamchatka”, que narra las vicisitudes de una familia con dos hijos pequeños -vistas a través de los ojos de uno de ellos- durante la dictadura del general Videla, le uniría de nuevo en 2002 a Héctor Alterio.

Y un año antes del film que hoy comento vendría “Luna de Avellaneda” (2004), por tercera vez a las órdenes de Juan José Campanella, director de “El mismo amor, la misma lluvia” y “El hijo de la novia”. Se trata, en esta ocasión, de un emotivo film que expone la digna decadencia de un legendario club de barrio que se resiste a convertirse en sala de juego para poder subsistir.

Tras “El aura” (2005), vendrían otros títulos como la irregular “La educación de las hadas” (2006) de José Luis Cuerda, que empareja a Darín con la actriz suiza Irene Jacob (“Tres colores: rojo”), el fallido noir “La señal” (2007) que supuso también el debut de Ricardo como director tras el fallecimiento de su amigo Eduardo Mignogna que era el designado para hacerlo, “XXY” (2007) que bucea con delicadeza en el tema nada cómodo de la intersexualidad, la excesiva e inverosímil “El baile de la victoria” (2009) de un Fernando Trueba claramente fuera de su elemento, la brillante “El secreto de sus ojos” (2009) que suponía su cuarta colaboración con Campanella o “Tesis sobre un homicidio” (2013) que se queda a medio camino en su aparente intento de emular a esta última.

Tampoco es desdeñable en absoluto su labor en la simpática pero endeble “Un cuento chino”, en la que Darín interpreta a un samaritano al rescate de un chino perdido en mitad de Buenos Aires o en “Una pistola en cada mano”, obra coral en la que da vida a un hombre que recurre a los ansiolíticos mientras intenta comprender los motivos de su mujer para engañarle.

El último trabajo de Ricardo que he tenido ocasión de ver corresponde a su participación en la también coral (amén de negrísima y escabrosa) “Relatos salvajes”. En su capítulo, sin duda el menos extremo de los seis que la componen, un ingeniero perderá su paz espiritual y también los papeles cuando la grúa se le lleve el coche en una zona sin indicación alguna de prohibición.

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