CON LA MUERTE EN LOS TALONES

 

El "Hitch" más trepidante

 

Con la muerte   emborrachando

 

 

DIVERSIÓN EN ESTADO PURO

 

            De entre todas las películas del “mago del suspense” ésta es con toda probabilidad la que cuenta con un ritmo más alto (pese a lo que pueda deducirse de algunos otros títulos como “Frenesí”) y con un argumento más divertido.

            No diré que es mi preferida porque hay mucha tela que cortar en la fabulosa producción cinematográfica de “Hitch” pero, sin duda, se encuentra entre el ramillete de mis películas escogidas del genial director británico.

            Partiendo de una situación más o menos típica de confusión –el protagonista es tomado por quien no es, a causa de una fatal coincidencia-, la trama se va complicando a medida que el hombre se va metiendo, contra su voluntad, en el papel que todos le atribuyen erróneamente.

            La presencia de una bella y misteriosa dama que se cruza en su camino aporta a la historia unas gotas de romanticismo y glamour. Y el evidente feeling entre ambos contribuye a hacerla más atractiva si cabe.

            Por otra parte y al estilo de las películas de James Bond, los escenarios se suceden de modo que nunca sepamos adónde nos conducirá la acción en la secuencia siguiente.

            Ello incrementa el suspense y constituye también un notable estímulo estético. Eso sí, contrariamente a las películas de 007, en la cinta de Hitchcock, el protagonista no abandonará en ningún momento los Estados Unidos.

 

LÍNEA ARGUMENTAL

 

            Un publicista llamado Roger O. Thornhill sale de su oficina y, tras dictar unas notas a su secretaria en un taxi, entra en el restaurante de un hotel, donde ha quedado citado con unos amigos.

            Mientras está tomando unas copas con ellos, recuerda que debe poner un telegrama. Aprovechando que un empleado anuncia en ese momento que hay una llamada telefónica para el señor George Kaplan, Thornhill levanta el brazo y consulta al muchacho.

            A continuación, Roger cruza la puerta de la sala para enviar el telegrama pero es interceptado por varios individuos que le amenazan con un arma.

            Obligado a salir del local, es introducido en un coche, con el que le conducen hasta una gran mansión fuera de la ciudad.

            Allí es presentado al anfitrión y éste se dirige a Thornhill llamándole “señor Kaplan”, lo que confirma a Roger que ha habido una confusión.

            Sin embargo, el individuo en cuestión no sólo no le cree sino que pretende averiguar cierta información que, por supuesto, él desconoce.

            Ante lo que consideran una negativa a colaborar, Thornill es emborrachado a la fuerza con una botella entera de Bourbon.

            Es sentado frente al volante de un coche y uno de los tipos lo encamina en dirección a un precipicio.

            No obstante, Thornhill tiene el suficiente aplomo para empujar al individuo fuera del vehículo y evitar a duras penas que el coche se despeñe.

            Vuelve trabajosamente hasta la carretera y conduce a gran velocidad perseguido por sus secuestradores. Bajo los efectos del alcohol, la conducción de Roger resulta caótica y está a punto de provocar varios accidentes.

            Finalmente, colisiona con un coche de policía y es detenido por conducir en estado de embriaguez, con lo cual sus perseguidores deciden desaparecer.

            Al día siguiente, Thornhill se declara inocente ante el juez y, en compañía de su madre y de la policía, regresa a la mansión de la noche anterior, con la intención de esclarecer los hechos.

            La dama que abre la puerta se dirige a Roger como si le conociera íntimamente y le comunica que todos estaban muy preocupados por él, dado que cuando se fue “de la fiesta” la noche anterior, estaba bastante borracho.

            Cuando la policía pregunta por el dueño de la casa, la señora les informa de que su esposo, el señor Townsend, es un diplomático que trabaja en la ONU.

            De nada sirve que Thornhill afirme no haber visto nunca a la mujer o que niegue la historia de la fiesta puesto que no es creído ni por su propia madre.

            Con una acusación sobre sus espaldas, decide volver al hotel y averiguar quién es Kaplan. En compañía de su madre, se introduce en la habitación del misterioso sujeto, sólo para descubrir que nadie –ni la encargada de la limpieza ni el empleado que trae la ropa de la tintorería- le ha visto nunca.

            De hecho, al verle a él en la habitación, también ellos le toman por Kaplan. Suena el teléfono y es Roger quien contesta; se trata de uno de los hombres que lo secuestraron y ahora tiene la confirmación de que él es Kaplan,

            Thornhill intenta huir pero coincide con dos de los matones en el ascensor, donde la madre de Roger provoca una graciosa situación al preguntarles si en efecto pretenden matar a su hijo.

            En medio de las forzadas risas, llegan a la planta baja donde Thornhill, excusándose en una presunta caballerosidad, consigue salir el primero y situar a varias damas entre él y los asesinos. Echa a correr y toma un taxi, a cuyo conductor le pide que le lleve al edificio de las Naciones Unidas.

            Una vez allí, pregunta por el señor Townsend pero el caballero que aparece a su requerimiento resulta no ser el gangster que atentó contra su vida sino un amable diplomático que se extraña sobremanera cuando Thornhill le interroga.

            En ese momento, un puñal se clava en la espalda de Townsend, que cae muerto en los brazos del publicista. Éste tiene la pésima ocurrencia de tomar el cuchillo con una mano mientras sujeta al diplomático con la otra y un periodista aprovecha la ocasión para hacer la fotografía de su vida.

            La gente rodea a Thornhill pues le creen el asesino, por lo que Roger debe amenazar con el cuchillo a cuantos se le acercan antes de huir a toda prisa.

            Al día siguiente, la fotografía en que esgrime el arma es portada en todos los periódicos y los miembros de cierta organización estatal se congratulan de que Thornhill se haya convertido en un “cebo vivo” encarnando a un agente –George Kaplan- que es una mera invención suya para desviar la atención del agente verdadero.

            En la estación del ferrocarril, Roger intenta comprar un billete pero es delatado por el encargado de la taquilla, que le ha reconocido. A duras penas logra entrar en un vagón, donde choca con una bonita rubia.

            Cuando llegan los policías, que le pisan los talones, él se oculta en un compartimento y la dama informa a los agentes de que un hombre acaba de saltar al andén. Roger, sorprendido, le agradece su ayuda y a modo de disculpa insinúa: “Diez multas de aparcamiento”.

            La dama se encoge de hombros y a continuación se despide. Algo más tarde, Thornhill entra en el vagón-restaurante y el empleado le acomoda, curiosamente, en la mesa de su misteriosa benefactora.

            Roger se muestra encantado por la feliz coincidencia pero ella, tras presentarse como Eve Kendall, lo deja atónito al confesar que ha pagado al mozo para que lo sentara allí. Sin ambages, le confiesa que sabe quién es él pero que le resulta muy atractivo a pesar de ser un asesino, cosa que incomoda un tanto al aturdido publicista.

 

UNA PELÍCULA TREPIDANTE

 

            Sin lugar a dudas, estamos ante una de las películas más trepidantes de toda la Historia del Cine.

            Desde el mismo comienzo del film, la confusión inicial precipita los acontecimientos en una vorágine de sucesos que se encadenan unos a otros, complicando cada vez más la trama.

            Los diálogos, por su parte, son chispeantes, rezuman humor e ingenio y las frases de los protagonistas resultan, en muchos casos, absolutamente memorables.

            El atractivo de la pareja protagonista y el relieve del malvado de turno ponen el contrapunto a la historia, siempre bajo la atenta mirada de su genial realizador.

 

Con la muerte   protas

 

            Ni que decir tiene que, al igual que ocurre con la mayor parte de los grandes éxitos de Hitchcock -“Crimen perfecto”, “Atrapa a un ladrón”, “Vértigo (De entre los muertos)”, “39 escalones”, “Psicosis”, “La soga” o “La ventana indiscreta”-, el modelo ha sido imitado hasta la saciedad aunque, en el caso de la película que nos ocupa, haya dado como resultado algunos productos bien interesantes como la francesa El secreto de Anthony Zimmer.

            Incluso apuntaría que es fuente directa de inspiración para el remake de “39 escalones” que en 1978 dirigió Don Sharp y que contaba con el británico Robert Powell como protagonista.

            El ingenioso guión (original pues no se basa en novela alguna) corre a cargo de Ernest Lehmann, que fue nominado al Óscar por este film, cuyo título inicial era “North by Northwest” aunque es de sobra conocida la errática política que rige las traducciones de los títulos extranjeros en nuestro país y del que ya “rajaba” suficientemente en mi reseña sobre “Atrápame esos fantasmas”.

http://www.elrincondesinuhe.com/index.php/cine-y-tv/119-agarrame-esos-fantasmas-peter-jackson-antes-de-el-senor-de-los-anillos)

            Lehman es también responsable de los guiones de “West Side Story” o “Sabrina”, amén de “La trama”, el último largometraje de Hitchcock.

            El film sería también vehículo de lucimiento para el magnífico director de fotografía Robert Burks.

            En cuanto a la banda sonora, es obra del magnífico Bernard Herrmann -autor también de las partituras de “Psicosis” o “Vértigo (De entre los muertos)”-, con quien Hitchcock acabó de mala manera su fructífera y larga colaboración fílmica.

 

LAS ESCENAS

 

            La primera secuencia visualmente significativa muestra a Thornhill sujetado por varios hombres en un sofá mientras le obligan a beber una botella de Bourbon.

            Aprovechando su embriaguez, los criminales lanzan el vehículo del publicista -con él al volante- hacia un precipicio. La rueda trasera llegará a quedar suspendida en el vacío, en una de esas imágenes que ponen un nudo en la garganta. Sería repetida hasta la saciedad en un sinfín de películas posteriores.

            Otra de las escenas más icónicas del film tiene lugar cuando, en mitad del edificio de la ONU, Roger toma imprudentemente en su mano el cuchillo con el que acaba de ser apuñalado Townsend mientras todo el mundo le mira aterrado y un fotógrafo inmortaliza el momento.

 

Con la muerte   Asesinato en la ONU

 

       No menos memorable es la secuencia que se inicia mientras Thornhill espera impacientemente a los hombres con los que se ha citado por mediación de Eve. La cita tendrá lugar en medio del desierto y nuestro héroe se ha apeado del autobús que le ha conducido hasta allí. En medio de la nada, sin presencia humana alguna y cuando teme haber comprendido mal las instrucciones recibidas, la aparición de una avioneta fumigadora incrementará la tensión en el protagonista y también en los espectadores.

 

Con la muerte avioneta

 

            El film está repleto de frases para la Historia. Así, el publicista sorprende a la chica apareciendo en su habitación del hotel cuando ella lo creía muerto. ¿Sabes? -le pregunta él- Creo que podrías conducir a un hombre a la muerte casi sin proponértelo así que deja de proponértelo.

            En persecución de Eve, Roger llegará no mucho después hasta una sala de subastas en la que “el malo” ha de pujar para obtener un objeto muy concreto. Rodeado por los esbirros de Phillip Vandamm, la única opción del protagonista para escapar con vida consistirá en montar un buen escándalo en la sala. Sus hilarantes intervenciones a lo largo de la subasta (“le ofrezco un dólar por ese cromo, es más de lo que vale”) pertenecen por derecho propio a la Antología del Cine.

 

Con la muerte   Subasta

 

            En el amplio restaurante del Monte Rushmore tendrá lugar uno de los momentos estelares del film, cuando Thornhill insulta gravemente a Eve delante de Vandamm y la ofendida dama saca de su bolso una pistola.

 

Con la muerte   Eva con pistola

 

 

EL MONTE RUSHMORE

 

            Los mayores problemas del rodaje tuvieron que ver precisamente con la negativa de las autoridades a conceder el permiso pertinente para rodar en el Monumento Nacional Monte Rushmore, de Dakota del Sur.

            Éste, una imagen típica estadounidense, consiste en una gigantesca escultura -tallada en el centro de granito de las montañas Black Hills- que reproduce los bustos de los presidentes estadounidenses George Washington, Thomas Jefferson, Theodore Roosevelt, y Abraham Lincoln.

 

Con la muerte Monte Rushmore

 

            Las medidas para lograr la conservación de este monumento singular son realmente estrictas. A saber:

- No se puede acceder al mismo en transporte público.

- Se ha de estacionar en un lugar designado expresamente para ello y con tarifas fijas de 10 dólares para los turismos (aunque da derecho a aparcar durante todo un año) y de 50 dólares para los autobuses (que sólo pueden estacionar durante un máximo de 24 horas).

- Está prohibido encender fogatas, cazar, levantar rocas, coleccionar plantas o alimentar a los animales salvajes.

- También se prohíbe escalar el Monte así como acampar o alojarse en sus inmediaciones (ni siquiera en caravana).

- No se permite la presencia de mascotas (excepto perros lazarillos) salvo en un área reservada a tal efecto.

            La negativa pues estaba más que cantada, por lo que hubo de optarse por utilizar decorados (incluyendo la mansión del villano, erigida en la cumbre del Monte Rushmore) aunque, por otra parte, ello facilitara el rodaje de alguna secuencia del desenlace que hubiera resultado particularmente peligrosa de haberse filmado in situ. Así y todo no pudo evitarse que James Mason sufriera un severo ataque cardíaco, del que afortunadamente se repuso.

            Lo curioso del tema es que el permiso había sido inicialmente concedido pero fue la publicación de una nota periodística sobre las persecuciones que Hitchcock planeaba rodar sobre los rostros de los Presidentes lo que originó la revocación del mismo por considerarse irrespetuoso hacia la figura de los “Padres de la Democracia”.

            La aparición en la prensa nacional de la noticia tuvo como consecuencia airadas reacciones contra Hitch, al que un colega llegó a aconsejar que volviera a Inglaterra “a dibujar a la gente trepando por el rostro de la Reina”.

            Tan lejos fue la cosa que la prohibición de rodar persecuciones sobre los rostros esculpidos de los cuatro presidentes estadounidenses se hizo extensiva a los planos rodados en estudio, limitándose el permiso a tolerar que “sólo el hombro o cualquier otro lugar por debajo de la barbilla” pudieran ser mostrados en primeros planos en los que interviniesen actores.

            Tampoco el equipo tuvo mayor fortuna con el edificio de las Naciones Unidas, de las que hay alguna que otra “imagen robada” que se rodaron con cámara oculta. Para lo demás se tuvo que recurrir de nuevo a la reconstrucción en estudio.

            Algo que no suponía ningún problema para el realizador, de hecho más acostumbrado a los rodajes en espacio cerrado. Y es que tanto sus orígenes -con las adaptaciones casi sistemáticas de las obras teatrales exhibidas en Londres- como su vocación tienen un elevado poso de teatralidad. Algo fácilmente detectable en algunas de sus obras maestras como “La ventana indiscreta” o “La soga” con sus larguísimos planos-secuencia.

 

CARY GRANT

 

            El protagonismo del film recae en Cary Grant, que se ponía a las órdenes de Hitchcock por cuarta vez, tras “Sospecha”, “Encadenados” y “Atrapa a un ladrón”, en los que había tenido como acompañantes femeninas a Joan Fontaine, Ingrid Bergman y Grace Kelly, respectivamente.

 

Cary Grant

 

            Por aquel entonces, Grant ya era una grandísima estrella de Hollywood, en cuya espectacular filmografía destacaban, amén de las citadas:

- “Ésta es la noche”.- Comedia romántica dirigida por Frank Tuttle en la que Grant todavía no encabezaba el reparto y que gira en torno a los celos de un atleta.

- “La Venus rubia”.- Von Stemberg dirige este melodrama a mayor gloria de Marlene Dietrich, en el que Cary sigue estando en la periferia de la trama. Para amantes del Cabaret.

- “La gran aventura de Silvia”.- A las órdenes del gran George Cukor y con Katharine Hepburn como partenaire, Grant comienza a dar muestras de su gran talento para la comedia en esta onírica historia en la que coincide con un padre y una hija (disfrazada de muchacho) tan sinvergüenzas como él y con los que acabará asociándose.

- “La pícara puritana”.- Leo McCarey enfrenta a nuestro héroe con Irene Dunne en esta sofisticada comedia ambientada en la alta sociedad en la que una pareja que va a divorciarse a causa de un malentendido discute por la custodia… de su perro. Humor fino y quizás algo envejecido.

- “Vivir para gozar”.- De nuevo a las órdenes de Cukor y otra vez junto a Katherine Hepburn, Grant encarna a un personaje que recuerda al protagonista de “El filo de la navaja” de Maugham. Un hombre desenfadado que puede tenerlo todo casándose con una rica heredera neoyorkina y, sin embargo, valora más su libertad, no desea atarse a un empleo o un estatus y aspira a otro tipo de cuestiones más inmateriales. Algo que sólo la hermana de su prometida (la buena de Katherine) parece comprender.

-  “La fiera de mi niña”.-  Howard Hawks reúne de nuevo a Cary y a Katherine en este clásico de la comedia en que él es un paleontólogo a punto de lograr el éxito profesional mientras va a casarse con una joven sin demasiada sustancia cuando conoce a una millonaria caprichosa (por supuesto, la Hepburn) que trastocará todos sus planes.

- “Gunga Din” supone un cambio de tercio, ya que se trata de una historia de aventuras coloniales en la India británica, en la que Grant comparte protagonismo con Victor McLaglen (el bruto hermano de Maureen O’Hara en “El hombre tranquilo”) y Douglas Fairbanks Jr. El director era George Stevens antes de firmar sus obras maestras “La mujer del año”, “Raíces profundas” o “Gigante”.

- “Sólo los ángeles tienen alas” es también un film de aventuras centrado en la vida de una serie de arriesgados pilotos que atraviesan las montañas de Sudamérica con sus aviones. Dirigida por Hawks, supuso el debut cinematográfico de la bella Rita Hayworth.

- “Luna nueva”, una vez más a las órdenes de Howard Hawks, es una comedia magistral en torno a la frivolidad de un editor periodístico que intenta retener a su ex mujer (Rosalind Russell) cuando ésta está a punto de casarse con otro. Manipulando la ambición de ella, una brillante periodística, la embarcará en un caso de acusación poco clara contra un pobre diablo. La película ha conocido varios remakes, incluyendo “Primera plana” de Billy Wilder, con el dúo Walter Matthau-Jack Lemmon (la chica era Susan Sarandon) e “Interferencias” del canadiense Ted Kotcheff con Christopher Reeve, Kathleen Turner y Burt Reynolds.

- “Historias de Filadelfia”, otra obra maestra dirigida por Cukor en la que de nuevo Grant intenta reconquistar a su ex (en este caso Katharine Hepburn, haciendo patente una vez más el magnetismo entre ellos) cuando ella está a punto de desposarse de nuevo . Comedia sofisticada, de grandes diálogos y un James Stewart que lograría el Oscar al Mejor Actor.

- “El solterón y la menor”.- De nuevo una comedia romántica, el género donde Cary siempre se manejó a sus anchas, muestra a un pintor seduciendo a una ocupada juez (Mirna Loy) y a la joven hermana de ésta (Shirley Temple).

- “Arsénico por compasión”, una comedia de humor negro a cargo de Frank Capra en la que también intervenía el mítico Peter Lorre y que muestra a un grupo de viejecitas con aficiones eutanásicas más bien inquietantes.

- “Tú y yo” trae de nuevo al mejor Leo McCarey con una elegante comedia en la que Deborah Kerr da la réplica a Grant en una historia en la que un hombre y una mujer, ambos comprometidos, se conocen a bordo de un barco, quedando prendados el uno del otro. Era un remake del film del propio McCarey.

            Después de “Con la muerte en los talones”, un Grant maduro y ambiguo todavía sorprendería seduciendo a la encantadora Audrey Hepburn en esa inclasificable joya de Stanley Donen titulada “Charada”.

 

EL RESTO DEL ELENCO

 

            Junto al carismático Cary Grant, la “rubia” de turno resulta ser Eva Marie Saint (“Éxodo”), una atractiva actriz de carrera poco dilatada y que aquí alcanzaría el punto álgido de la misma.

 

Con la muerte   Eva Mary Saint

 

Fiel a su costumbre respecto de sus actrices, Hitch eligió minuciosamente y con mimo el vestuario que ella debería lucir en cada escena del film aunque la sucesora de Ingrid Bergman, Grace Kelly, Vera Miles, Kim Novak y las otras rubias que le habían precedido (y otras que le sucederían como Tippi Hedren) tuvo más fortuna que la mayoría de ellas en lo que al trato personal del director se refiere.

            El genial James Mason (“Viaje al centro de la tierra”, “20.000 leguas de viaje submarino”, “Lolita”, “Asesinato por Decreto”) presta su físico y su talento al villano que amenaza la vida del héroe.

 

Con la muerte conociendo al villano

 

            Y el siempre destacable Martin Landau, que aquí hace las veces de Leonard, el lugarteniente de Vandamm, completa un magnífico elenco, en el que también participan Jessie Royce Landis como la divertida madre del personaje interpretado por Cary Grant (aunque, paradójicamente, tuviese un año menos que él) y Leo G. Carroll, en nada menos que su sexta colaboración con Hithcock, como “El Profesor” o la cabeza pensante de la organización estatal que está detrás de la invención del agente Kaplan.

 

UN MACGUFFIN DE CATEGORÍA SUPERLATIVA

 

            Este film protagoniza uno de los más enormes “MacGuffin” jamás utilizado por Hitchcock y que se concreta en la existencia de un misterioso microfilm oculto en una escultura; la razón de que Vandamm puje por ella en la subasta.

            Aclaro el hecho de que, aplicado en general a la trama de cualquier thriller, un MacGuffin viene a referirse al falso pretexto que hace avanzar la acción pese a carecer de la importancia que aparentemente se le concede. De hecho, suele actuar como señuelo, desviando la atención de lo que realmente importa.

            Angus MacPhail fue quien estableció el término para designar el objetivo de un complot, deliberadamente misterioso, que no necesitaba elegirse hasta que el resto de la historia estuviera completamente planeado.

            Hitchcock adoptó rápidamente la palabra y, por supuesto, la utilizó durante todo el resto de su carrera.

            Según McPhail, el origen derivaba de una anécdota que contaba siempre y que protagonizaban dos hombres viajando desde Londres hasta Escocia en un tren. En la rejilla para los equipajes sobre sus asientos había un paquete extrañamente envuelto.

            - ¿Qué lleva usted aquí?, pregunta uno de los hombres al otro.

            - Oh, es un Macguffin, responde su compañero.

            - ¿Qué es un MacGuffin?

            - Es un aparato para atrapar leones en las tierras altas de Escocia.

            - ¡Pero si no hay leones en las tierras altas de Escocia!

- Bueno, entonces, supongo que eso no es un McGuffin

            En el caso de “39 escalones”, el primer ejemplo evidente de su uso, el MacGuffin es una fórmula secreta: las especificaciones de unos aviones de combate.

            Pero es precisamente para impedir que el secreto sea conocido –en lugar de para divulgarlo- que se precipitan la persecución y, con ella, la aventura.

            De este modo, la fórmula, que al principio parece crucial, queda inmediatamente reducida en su significado. Poco después de que se inicie la historia, pierde toda su importancia tanto para los personajes como para el público.

            Quienes hayan visto esta película de la etapa inglesa de Hitchcock (que, como comentaba unas líneas atrás, conocería un atractivo remake a cargo de Don Sharp), recordarán que dicha fórmula está oculta en la mente del memorista circense (Mr. Memory).

            En “Con la muerte en los talones”, por su parte, nunca sabremos qué contenía el microfilm de Vandamm (ni puñetera falta que hace) pese a que los protagonistas están a punto de perder la vida (despeñándose, por ejemplo, del propio Monte Rushmore) por intentar recuperarlo.

  

Con la muerte   colgando de Rushmore 

 

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