HISTORIA DE UNA MONJA

Audrey Hepburn muestra el peso de la fe

 

Historia de una monja Habito blanco

 

 

ZINEMANN, COMO EL BUEN VINO

 

            Decididamente, 1959 fue un gran año para el cine estadounidense. Ese año, en el que el “Ben-Hur” de William Wyler (remake del clásico del cine mudo protagonizado por Ramon Novarro) arrasó en la Ceremonia de los Oscar, Hitchcock estrenó también “Con la muerte en los talones”, Otto Preminger hizo lo propio con “Anatomía de un asesinato” y Fred Zinnemann puso en las pantallas su “Historia de una monja”.

            Zinnemann, vienés como Preminger, sólo firmaría seis películas más antes de retirarse de la dirección en 1982, quince años antes de su muerte.

            Curiosamente, algunos de sus mejores trabajos se encuentran dentro de ese “arreón final” de su carrera. Entre ellas “Un hombre para la eternidad” (drama biográfico sobre la vida de Santo Tomás Moro que protagonizaría Paul Scofield), “Chacal” (con un genial Edward Fox encarnando a un asesino a sueldo que pretende el magnicidio de De Gaulle) o “Julia” (el monumental drama interpretado por Jane Fonda y Vanessa Redgrave). Además, por supuesto, de la cinta que nos ocupa.

            De todos modos, y aunque el director austríaco completa una obra densa y bastante coherente, muchos le recordarán sobre todo por la realización de “Sólo ante el peligro”, un western paradigmático y “de culto” co-protagonizado por Gary Cooper y la fugaz Grace Kelly (su carrera apenas duró seis años, antes de pasar a ser Princesa de Mónaco).

 

LÍNEA ARGUMENTAL

 

            Gabriela van der Val, hija de un famoso cirujano belga, abandona el hogar paterno para ingresar como novicia en un convento.

 

Historia de una monja Cogiendo habitos

 

            Su máxima ilusión es ir al Congo a cuidar enfermos pero la naturaleza indómita de Gabriela choca desde el principio con la dura disciplina del convento y los problemas se suceden durante su noviciado.

            Es destinada, con el nombre de sor Lucía, al Hospital de Medicina Tropical de Amberes, donde destaca como una de las mejores alumnas.

            Su primera gran prueba llega cuando la superiora le pide que suspenda en un examen para favorecer a otra monja.

            Sor Lucía pierde la batalla contra la obediencia y la humildad y aprueba el examen, con el consiguiente disgusto de la jerarquía.

 

Historia de una monja Reconvencion

 

            Poco después es destinada a un sanatorio mental de Bruselas para cuidar locos violentos, en lo que parece ser un castigo en toda regla.

            Cuando al fin consigue ser enviada al Congo, no es a un hospital de negros como ella esperaba sino a uno de blancos, en el que enferma de tuberculosis.

            El doctor Fortunati logra su curación y también evita que sea repatriada a Bélgica. Sin embargo, poco después ha de volver a la metrópoli en servicio especial y allí le sorprende la Segunda Guerra Mundial, siendo destinada a un hospital de campaña con órdenes de estricta neutralidad.

 

UNA TEMÁTICA PELIAGUDA

 

            Nunca cuento los finales de las películas (aunque podéis preguntarme por ellos en el libro de visitas si es cosa de vida o muerte) y en este caso no voy a hacer una excepción pese a que el final de esta historia es de capital importancia. Pero así son las cosas.

            Basado en la exitosa novela homónima de Kathryn C. Hulme, que bucea en las experiencias reales de la hermana Marie-Louise Habets (quien, por cierto, colaboró en el rodaje y llegó a trabar una profunda amistad con Audrey), Robert Anderson escribió un notable guión que Zinnemann dirigió con una competencia admirable.

            Sobre todo teniendo en cuenta la controvertida temática de la historia y los muchos reparos que ésta pudiera suscitar a ambos lados de la barrera religiosa:

-          La curia y los devotos por un lado, temerosos de que la imagen de su institución resultase dañada.

-          Los antirreligiosos o directamente anticlericales, temerosos de encontrarse ante una trama mojigata y autocomplaciente.

            Aunque parezca casi imposible, la delicada mano del director austríaco dio como resultado un grandísimo film (nominado nada menos que para 8 estatuillas aunque, para su desgracia, en el gran año de la ya citada “Ben-Hur”) obteniendo el reconocimiento general. No hubo discrepancias: se trataba de una gran historia magníficamente contada.

            Una historia, por cierto, dotada de una extraordinaria sensibilidad que aborda cuestiones tan profundas como la vocación religiosa o la integridad moral y que encuentra en la deliciosa Audrey Hepburn a su protagonista idónea, ya que dota al personaje de una impecable humanidad y espiritualidad.

            La austeridad de Zinnemann, pese a conseguir evitar concesiones a lo folletinesco o lo morboso, no estuvo exenta de riesgo. Así, la corriente de romanticismo que se intuye entre el médico y la religiosa está tratado con una reserva y discreción absolutas pero sin caer en la hipocresía de negar la evidencia. Algo con lo que la propia protagonista de los hechos no pudo estar en desacuerdo.

 

Historia de una monja Audrey trabajando

 

            Resulta especialmente interesante el contraste entre las escenas que muestran la vida en el interior de un convento, incluyendo en la misma los ritos de iniciación al noviciado (no muy conocidos para el gran público), con aquellas otras en las que la monja-enfermera ejerce su ministerio.

 

Historia de una monja Profesando

 

            Un poco en la línea “aperturista” (desde un punto meramente cinematográfico) que casi una década después seguiría Michael Anderson en su adaptación de “Las sandalias del pescador” (en la que Anthony Quinn da vida al primer papa de la “Europa Comunista”, tal como vaticinaba la magnífica novela de Morris West).

            La orden dominica actuó como asesora en las partes religiosas del guión aunque debo agradecer el hecho de que no se inmiscuyeran en otros aspectos del mismo, circunstancia que queda demostrada por el hecho de que no faltó quien considerara algo duro el enfoque con que se muestra en el mismo la vida religiosa, la cual –en opinión de los discrepantes- otorga a cambio otras profundas recompensas espirituales que para ellos resultaban demasiado ambiguas en el film.

            A fin de contribuir a una mayor fidelidad hacia la historia narrada, el rodaje se realizó en los lugares reales en los que transcurre la acción –Brujas, Froyenne y West-Vlaanderen en Bélgica y la ciudad y alrededores de Kisangani (anteriormente conocida como Leopolville) en el Congo- aunque los interiores fueron rodados en los estudios romanos de Cinecittá.

 

Historia de una monja Secuencia 2

 

            De todos modos, sin restar un ápice de mérito a novelista, guionista y director, creo que estamos ante una de esas obras en las que la protagonista imprime su sello personal hasta tal punto en el personaje que interpreta que ya nunca seremos capaces de disociarlas. Un mérito indiscutible de una actriz excepcional con una de las miradas más luminosas de toda la Historia del celuloide.

            Peter Finch encabeza el resto del reparto en el relevante papel del doctor Fortunati, destacando la presencia en el mismo de las veteranas actrices Peggy Ashcroft y Edithe Evans.

            El dato curioso en lo que a la interpretación se refiere estriba en el hecho de que un ramillete de aristócratas romanas accedieron a participar del film encarnando a las discretas mojas del convento.

 

GABRIELA

 

            A pesar de su bondad y de su fe y a pesar incluso de su sincera vocación de servicio, Gabriela no deja de ser una joven guapa, rica e inteligente.

Adorada por los suyos, acostumbrada a satisfacer su voluntad pese a la disciplina impuesta por su padre y poco habituada a recibir órdenes.

Su misma decisión de ingresar en un convento es algo que contraria a su ilustre progenitor pero éste, que no es capaz de negarle nada, sacrificará la relación con su hija entregándola a la clausura junto con una generosa dote.

Es un hecho importante: la de Gabriela no es una incorporación más pues, a las prendas humanas que adornan a la muchacha, se une la generosa aportación económica que lleva aparejada.

            Por otra parte, la joven novicia tiene que afrontar el difícil reto de cumplir un triple voto: pobreza, castidad y obediencia.

 

Historia de una monja Audrey

 

            El primero constituye un hándicap para quien siempre ha vivido rodeada de comodidades y lujos. Sin embargo, la natural sencillez de la joven le permitirá adaptarse a las privaciones y a la austeridad de la vida monacal.

            En lo tocante a la castidad, aunque bella y de temperamento alegre, la joven no parece experimentar grandes problemas de conciencia. Al menos hasta la aparición en su vida del doctor Fortunati, cuyas tiernas atenciones e intachable integridad pondrán a prueba la resolución de Gabriela.

            Será, no obstante, el voto de obediencia el que probará de forma definitiva la fibra moral de la novicia. Acostumbrada desde la cuna no sólo a satisfacer sus caprichos sino también a imponer su voluntad –sin estridencias, valiéndose del amor que suscita en sus allegados-, la barrera que supondrá renunciar al poder de decisión, sometiéndose a las de sus superiores, se convertirá en el más difícil de los obstáculos a salvar.

 

Historia de una monja Sufrimiento

 

            Desde suspender un examen para favorecer a una compañera –algo que implica humillar su vivo orgullo- hasta reprimir sus ansias de viajar al Congo para ocuparse de los más humildes de sus pobladores, todas sus acciones estarán supeditadas a las decisiones de la jerarquía eclesiástica.

            Una renuncia muy dura para una muchacha no sólo de su extracción social sino también de su temperamento.

            Así, Gabriela tendrá que poner de su parte toda la fuerza de su fe y de su vocación para superar un reto de colosales dimensiones. La trama desvelará hasta qué punto será o no capaz de lograrlo y qué acontecimientos influirán en su devenir espiritual y vital.

 

AUDREY HEPBURN

 

            Audrey me ha resultado siempre un misterio y, según me ha demostrado la experiencia, no lo es sólo para mí sino que su celosa salvaguarda de su vida privada ha tenido como consecuencia que los aficionados cinematográficos en general sepan mucho menos de ella de lo que parecería lógico en un personaje de su fama y glamour.

 

Audrey Hepburn

 

            Para empezar, la señorita Hepburn nació en Bruselas pese a ser ciudadana británica, lo que ya de entrada añade más cosmopolitismo si cabe a su atractiva figura.

            Hija de padres separados cuando ella todavía era muy joven, las simpatías nazis de su padre contrastan dolorosamente con la filiación de su progenitor en la ficción cinematográfica propuesta por Zinnemann y ello debió tener mucho que ver con la aceptación de su papel en “Historia de una monja”.

            No muy alta (aunque su 1’70 no fuera desdeñable en  una mujer de su época), con ojos grandes y expresivos, una sonrisa cautivadora y una dulzura inherente a su persona, Audrey sólo intervino en una treintena de películas a lo largo de toda su vida.

            Algo increíble para alguien que alcanzó tales cotas de notoriedad y reconocimiento. Sólo comparable, en mi opinión, al fugaz estrellato de James Dean y sus tres películas legendarias.

            Retirada de las pantallas, dedicó los últimos años de su vida a labores humanitarias, siendo entre otras cosas embajadora de Unicef, lo que la llevó a algunos de los lugares más terribles de la Tierra, donde nunca faltó su encantadora sonrisa para confortar a los niños; una de sus debilidades confesas.

            Lógicamente, tras su desaparición –falleció de cáncer, en su casa de Suiza, a la edad de 63 años- mucho es lo que se ha divulgado y publicado acerca de su vida pero, aparte del hecho de que cuantos la conocieron afirman de ella que se trataba de un ser  humano excepcional, la mayoría de las semblanzas que se han hecho de su vida han tenido un sesgo amable.

            Ello en justa correspondencia a la amabilidad y simpatía que siempre derrochó en los platós y fuera de ellos pero también a la generosidad que derrochó incluso cuando su vida se apagaba. Ese último viaje a Somalia, apenas unos meses antes de su anunciada muerte, es algo que en Unicef todavía recuerdan con emoción.

            Ciñéndonos a su espectacular carrera cinematográfica, jalonada de éxitos rutilantes, un servidor destacaría los siguientes títulos

- “Vacaciones en Roma” (de William Wyler), una deliciosa comedia en la que interpreta a una joven princesa que decide prescindir de su identidad y del protocolo durante unas vacaciones en la capital italiana. En la misma vivirá no pocas aventuras en compañía de un periodista, al que da vida Gregory Peck.

- “Sabrina” (de Billy Wilder), otra comedia inolvidable en la que se constituye en vértice de un triángulo entre dos acaudalados hermanos –Humphrey Bogart y William Holden- a cuya familia sirve el padre de Sabrina en calidad de modesto chófer.

- “Guerra y Paz”·(de King Vidor), una fastuosa adaptación del drama de Leon Tolstoi en el que Audrey encarna a la condesa Natasha Rostova. Junto a ella destaca la presencia de Henry Fonda, Mel Ferrer, Vittorio Gassman y Anita Ekberg.

- “Una cara con ángel” (de Stanley Donen), un simpático musical en el que una publicación que busca una nueva modelo la encuentra en la tímida dependienta de una librería parisina; nuestra Audrey, naturalmente. Al lado del simpar Fred Astaire, Audrey demostraría sus dotes como bailarina (de hecho, había estudiado danza antes de triunfar como actriz).

- “Desayuno con diamantes” (de Blake Edwards), en lo que era la adaptación al cine de la novela breve de Truman Capote “Desayuno en Tiffany’s”. Audrey se pone aquí en la piel de Holly Golightly, una atractiva neoyorkina aspirante a actriz que mantiene relaciones poco altruistas con hombres mayores. Tanto la historia como su personaje son suavizados notablemente en el film, en el que George Peppard (que años más tarde lideraría al televisivo “Equipo A”) hace las veces de heterodoxo partenaire.

- “Charada” (de Stanley Donen), de nuevo a las órdenes de Donen, es un atípico thriller con algunas escenas memorables en compañía de un Cary Grant ya maduro y en un personaje más turbio de lo habitual en el galán.

- “My fair lady” (de George Cukor).- Otro musical en el que Audrey -con una caracterización más estrafalaria que nunca- interpreta a una florista harapienta y malhablada a la que un estirado profesor (Rex Harrison) intentará convertir en su particular Pigmalion.

- “Dos en la carretera” (de Stanley Donen) es su tercera y última colaboración con Donen; una relación profesional que, como puede observarse, ofreció magníficos resultados. Road-movie algo edulcorada pese a tratar temas tan sensibles como la crisis matrimonial, presentaba a Audrey y a Albert Finney en un viaje por carretera cuya finalidad era replantearse su larga relación de pareja repleta de altibajos.

- “Sola en la oscuridad” (de Terence Young) es un inolvidable thriller en el que Audrey es la esposa ciega de un fotógrafo que se verá involuntariamente envuelto en un crimen relacionado con las drogas.

- “Robin y Marian” (de Richard Lester), por su parte, es el último gran título de su filmografía. Se trata de una crepuscular visión del mito de Robin Hood en la que una Audrey ya no tan joven –pero igualmente bella, encantadora y elegante, tanto en su hábito de abadesa como cuando se desprende del mismo- afronta el regreso del hombre al que siempre amó y que marchó a las Cruzadas siendo todavía un muchacho.

Incluso yo me he sorprendido al hacer este resumen de las que considero mejores películas de Audrey porque son muchas y muy buenas (además de estar dirigidas por magníficos directores e interpretadas por grandes estrellas) para formar parte de una carrera tan exigua.

Y es que escenas como las de Audrey introduciendo su mano en la romana Bocca della Veritá, observando impertérrita cómo el hijo de su amiga moja con una pistola de agua a un trajeado caballero en una estación de esquí, tanteando aterrorizada en la oscuridad o fijando su hipnótica mirada en los escaparates de la joyería neoyorkina Tiffany’s forman parte, por derecho propio, de la antología del cine y, a decir verdad, del imaginario colectivo de varias generaciones.

Comentarios  

0 #1 Nicolas 24-05-2017 08:27
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