FILIAS Y FOBIAS DE CINE

 

Disquisiciones cinematográficas

 

Filmoteca detalle

 

 

ECLECTICISMO VS. CONFORMISMO

 

La gente que además de leer este blog me conoce personalmente, se sorprende de vez en cuando por lo que ellos aprecian como irregularidades de criterio.

No comprenden algunos de ellos que el eclecticismo bien entendido no sólo se fundamenta en el hecho de no renunciar de antemano a ningún género sino que, a consecuencia de esa misma diversificación, uno deja de conformarse con recibir dosis distintas de los mismos ingredientes.

Dicho de otro modo, si se consume mucho cine, alternando la comedia con el terror, el drama con la ciencia-ficción, el cine negro con el musical o el thriller con el western, la visión se amplía y la receptividad se hace mayor y más flexible pero, como contrapartida, al menos en mi caso, también se vuelve uno más exigente a la hora de juzgar una película concreta, con independencia del género al que se adscriba.

Ver muchas cosas permite comparar entre sí algunas que en principio no serían susceptibles de comparación, de modo que un servidor acaba tomándose la licencia de redactar mil listas –tantas o más que Rob Gordon, el protagonista de “Alta fidelidad” (2000)- en las que coexisten títulos de todos los pelajes, con escasa relación entre unos y otros.

 

Alta Fidelidad listas

 

Del mismo modo, el eclecticismo facilita el reconocimiento de mecanismos, estructuras y recursos propios de un género pero susceptibles de ser extrapolados a otros.

Sin embargo, que algo sea posible no significa necesariamente que sea deseable. Hacer algo sólo “porque se puede” es una actitud prepotente con la que nunca he comulgado, al igual que siempre he desdeñado aquello que únicamente destacaba por su originalidad.

En ese sentido, suscribo plenamente las palabras del Doctor Ian Malcom en “Parque Jurásico” (1993): "Les preocupaba tanto si podían o no conseguirlo que no se pararon a pensar si debían”.

 

Parque Jurasico Ian Malcolm

 

Acompañados de otros méritos, la innovación o la originalidad pueden resultar elementos valiosos y enriquecedores pero, únicamente “per se”, jamás obtendrán mi beneplácito. Y esto es algo tan aplicable al cine como a cualquier otra forma de expresión artística.

Eso no quita para que, fruto de esa mayor exigencia de la que hablaba hace un momento y que tenía que ver con el consumo masivo de cine, sí que me incline en ocasiones a valorar más aquello que se aleja de lo convencional, de lo formal y temáticamente ortodoxo. Y personalmente no veo ninguna contradicción en ello.

Así, puede que disfrute más de un western ambientado en el altiplano boliviano –caso del “Blackthorn (Sin destino)” (2011) de Mateo Gil- que de cualquier otra película “del oeste” que transcurra en los habituales pueblos polvorientos que suelen constituir su hábitat.

 

Blackthonr paisaje boliviano

 

Pero no por la mera originalidad de cambiar el contexto habitual sino por la propia aportación que supone para el film la belleza visual de paisajes menos identificables con aquello que se está contando.

Lejos de provocar confusión, refresca y dota de nuevas claves estéticas a un género tan antiguo como el mismo cine. Y es que en 1903 ya se rodó el western mudo “El gran robo al tren”.

No es que se trate precisamente de uno de mis géneros preferidos –antes al contrario- pero precisamente por ello, el western ilustra perfectamente lo que quería decir al respecto.

Como también podría afirmar que, aunque sea factible comparar “La Diligencia” (1939) de John Ford con el “Sin perdón” (1992) de Clint Eastwood, dado que ambos se encuadran bajo ese mismo género, el medio siglo transcurrido entre una y otra ha modificado tanto la mentalidad del espectador como las propias claves del western, por mucho que éstas sean bastante reconocibles a poco que se profundice.

 

La Diligencia

 

Por otra parte, lo que en los años cincuenta resultaba verosímil o incluso políticamente correcto puede resultar irrisorio, ridículo o embarazosamente ingenuo décadas más tarde a los ojos de un público más avezado, que además ha tenido ocasión de ver un número mucho mayor de películas y de comparar distintos parámetros de producción cinematográfica.

La cuestión del envejecimiento de un film, bueno o malo, dista mucho de ser baladí y es evidente que no todos los espectadores lo perciben del mismo modo.

Es precisamente ahí, junto a las preferencias “a priori”, donde se puede enfocar principalmente el tema de las filias y las fobias, con toda la carga de subjetividad que unos y otros acarrean.

 

CLASICISMO VS. ANACRONISMO

 

Cuando hablamos de “cine clásico”, por definición nos retrotraemos a una época anterior en varias décadas a la actual, un tiempo de gran esplendor de la cinematografía pero que parece centrarse sobre todo en:

- la alemana, con el Expresionismo de los años veinte.

- la italiana, sobre todo el Neorrealismo de los años cuarenta.

- la francesa, con la Nouvelle Vague de finales de los cincuenta.

- la estadounidense, cuya Edad de Oro sería anterior a 1960.

Sin embargo y sin ánimo de sentar cátedra, lo que desde luego sostengo es que no debería limitarse la etiqueta de clásico a estos pocos movimientos por brillantes que fuesen pues un reduccionismo tan radical deja fuera a muchas cinematografías objetivamente tan valiosas como ellas y a muchos directores con la misma o mayor trascendencia dentro de la Historia del cine.

No es que me parezca más deseable excederse por el extremo opuesto, abriendo demasiado la mano y metiendo en el saco todo lo que huele a antiguo pero, incluso si nos circunscribimos a las corrientes citadas, un servidor sería partidario de separar los “clásicos por derecho” de aquellos otros films que son entendibles en su contexto temporal pero que se han vuelto anacrónicos con el transcurso de las décadas.

Y ahí es donde se despistan conmigo algunos de mis lectores pese a que me considero razonablemente ecuánime a la hora de juzgar hechos, argumentos y posturas que corresponden a realidades sociales y culturales distintas.

Sin embargo, es obvio que algún posicionamiento cabe siempre hacer cuando se pretende ejercer cualquier tipo de crítica. Y en eso estamos.

No es infrecuente, por ejemplo, observar actitudes manifiestamente machistas en muchos de los personajes interpretados por John Wayne -“El hombre tranquilo” (1952), “Los cuatro hijos de Katie Elder” (1965)-, Charlton Heston –“Cuando ruge la marabunta” (1954), “55 días en Pekín” (1963)- o Sean Connery –“Agente 007 contra el Dr. No” (1962), “Marnie la ladrona” (1964).

 

El hombre tranquilo

 

Pero si la historia es interesante, si aquello que se relata goza del suficiente atractivo y además está bien contado, como en el caso de todos los títulos citados, aunque se pueda –y se deba- seguir censurando moralmente la actitud de sus personajes entiendo que no hay que dejar por ello de disfrutar de la película y de alabar sus virtudes.

En cambio, hay otras ocasiones en los que el mero planteamiento resulta pacato o directamente estúpido desde una perspectiva actual y ello me imposibilita para valorarla positivamente o disfrutar de su revisión.

Sería el caso de “Orgullo contra orgullo” (1955), un film en el que el orgullo de la protagonista femenina (Jane Wyman) consiste nada más y nada menos que en regentar una tienda de moda en un poblacho del medio oeste mientras que el del protagonista masculino (de nuevo Charlton Heston) depende de su voluntad para lograr que ella abandone dicha actividad. Una condición sine qua non para convertirse en su esposa.

 

Orgullo contra orgullo

 

 

El planteamiento y la conclusión de la película, en la que el “final feliz” se asocia necesariamente a la rendición del orgullo de ella y no a la entrada en razón del cerril novio, convierten en odiosa la historia, haciendo muy difícil la apreciación de otras supuestas virtudes cinematográficas.

A pesar de todo lo dicho, lo cierto es que una película alcanza la consideración de clásica cuando permanece en el imaginario colectivo y pasa a formar parte de las vidas de sus espectadores.

Técnicamente el fenómeno sólo debería acontecer cuando ya han desaparecido las personas que la crearon y, a pesar de ello, la película mantiene incólumes las sensaciones que suscitó desde su estreno pero a nadie se le escapa el hecho de que hay películas que nacen siendo ya clásicas y que trascienden desde el primer instante lo coyuntural.

 

DIRECTORES AMADOS

 

 

En otro orden de cosas, tampoco se puede obviar el hecho de que hay realizadores con los que uno se identifica más, sea por el perfil de las historias que les interesan, sea por el tenor que preside las historias cuando ellos las cuentan o bien por sus propuestas estéticas, formales o hasta emocionales.

En mi caso, sintonizo mucho con el cine de Sydney Pollack -“Tal como éramos” (1973), “Memorias de África” (1985), “Habana” (1980), “La tapadera” (1985)- debido a su tratamiento de personajes, la calidez de sus diálogos o la inteligencia que preside la mayor parte de sus tramas.

 

Memorias de Africa

 

También con el de Woody Allen –“Misterioso asesinato en Manhattan” (1993), “Balas sobre Broadway” (1994), “Poderosa Afrodita” (1995), “La maldición del escorpión de jade” (2001), “Scoop” (2006), “Midnight in Paris” (2011)- por su proverbial ingenio y la capacidad infinita de contar una y otra vez lo mismo pero de forma diferente y con una gracia casi inagotable.

 

Midnight in Paris

 

Con Atom Egoyan –“El liquidador” (1991), “Exotica” (1994), “El dulce porvenir” (1997)-, por la enorme carga emocional de sus personajes que, a pesar de ser muy intensa, siempre me resulta cercana e inteligible.

 

El liquidador

 

 

Asimismo me gustan los films de Alfred Hitchcock –“La soga” (1958), “La ventana indiscreta” (1954), “Vértigo (1958)”- por su extraordinario talento a la hora de filmar con elegancia sensaciones, acontecimientos y conflictos que en otras manos darían como resultado películas incómodas, sórdidas o directamente feas.

 

Vertigo

 

 

Además de que pocos directores han conseguido divertirme tanto como él con sus alambicadas mezclas de humor, acción y emoción. “Con la muerte en los talones” (1959) ó “Los pájaros” (1963) constituyen sendos ejemplos.

En una lista de mis directores predilectos tampoco podrían faltar:

- John Huston –“El halcón maltés” (1941), “Cayo Largo” (1948), “La noche de la iguana” (1964), “El hombre de Mackintosh” (1973), “El hombre que pudo reinar” (1975)-, por su vigoroso estilo tras las cámaras y su buen gusto a la hora de elegir guiones.

 

El hombre que pudo reinar

 

- Peter Weir –“Único testigo” (1985), “El Club de los Poetas Muertos” (1989), “Matrimonio de conveniencia” (1990), “Master and Commander. Al otro lado del mundo” (2003)-, por su minuciosidad a la hora de lograr historias redondas en películas de impecable factura.

 

El Club de los Poetas Muertos

 

- David Fincher –“Alien 3” (1992), “The Game” (1997), “La red social” (2010)-, por su brillantez a la hora de plasmar en la pantalla historias de inusitada sofisticación temática y visual.

 

La red social

 

- Alan Rudolph –“Elígeme” (1984), “Hecho en el cielo” (1987), “The Moderns” (1988)- por su personalísima forma de entender estéticamente el cine.

 

The Moderns trop fragile

 

- Daniel Monzón –“La Caja Kovak” (2006), “Celda 211” (2009), “El Niño” (2014)- por su incansable y acertada labor como renovador del cine español, en la que no duda en embarcarse en géneros hasta ahora prohibidos e imposibles para nuestra cinematografía.

 

La caja Kovak

 

- Steven Soderbergh –“Sexo, mentiras y cintas de video” (1989), “Traffic” (2000), “Erin Brockovich” (2000), “Ocean’s Eleven” (2001), “Che. El argentino” (2008- por su infinito talento para reinventarse sin por ello perder nunca su personalidad.

 

Traffic

 

La feliz circunstancia de que sean ellos los firmantes de un film no garantiza, de cualquier modo, mi aprobación del mismo como crítico que soy de cuanto me agrada y me desagrada.

De hecho, todos ellos sin excepción han perpetrado obras infames al menos por lo que a mí respecta. Óbviamente en un número insignificante en comparación con las obras maestras que han dejado tras de sí.

Entre los peores trabajos que recuerdo de ellos, algunos directamente fallidos y otros maltratados por el paso del tiempo, que desnuda vergüenzas sin la menor compasión destacaría:

- “Caprichos del destino” (1999) en el caso de Pollack.

- “Un final made in Hollywood” (2002) o “A Roma con amor” (2012) en el de Allen.

- “Cautivos” (2014) en el de Egoyan.

- “Pero ¿quién mató a Harry?” (1955) o “Frenesí” (1972) en el de Hitchcock.

- “Casino Royal” (1967) o “Evasión o victoria” (1981) en el de Huston.

- “La Costa de los Mosquitos” (1986) en el de Weir.

- “Perdida” (2014) en el de Fincher.

- “Pensamientos mortales” (1991) en el de Rudolph.

-  “El robo más grande jamás contado” (2002) en el de Monzón.

- “Full frontal” (2002) y “Contagio” (2012), en el de Soderbergh.

Y sería así incluso si la realización hubiese corrido a cargo de otros directores pero, lógicamente, me molesta más por el hecho de que se trate de obras suyas.

Mención aparte, dentro de esta sección de directores predilectos, sería la conformada por aquellos cineastas que empezaron cautivándome para ir luego decepcionándome de forma progresiva hasta dejar sencillamente de interesarme.

Los casos más extremos serían los de Steven Spielberg y Alejandro Amenábar.

En el caso del primero, su carrera comenzó deslumbrando gracias a excelencias tales como “El diablo sobre ruedas” (1971), “Tiburón” (1975), “En busca del arca perdida” (1981), “Indiana Jones y el templo maldito” (1984), “Indiana Jones y la última cruzada” (1989), “Parque Jurásico” (1993) o “La lista de Schindler” (1993).

 

En busca del arca perdida Idolo

 

Sin embargo, a partir del fatídico 1997, el director estadounidense comenzó a repartir su tiempo entre producciones fantásticas desprovistas por completo de la magia de sus primeros films –“El mundo perdido” (1997), “A.I.” (2001), “Minority report” (2002), “La guerra de los mundos” (2005), “Indiana Jones y la calavera de cristal” (2008)- con otros trabajos pretendidamente más serios que oscilan entre lo escasamente interesante y lo pretencioso.

Entre estos destacan “Amistad” (1997), “La terminal” (2004), “War Horse. Caballo de batalla” (2011) o “Lincoln” (2012).

Pero es que ni entre lo más salvable de la producción de Spielberg en estas dos últimas décadas –“Salvar al soldado Ryan” (1998), “Atrápame si puedes” (2002) ó “Munich” (2005)- encuentro ningún motivo especial de regocijo pues apenas se aprecia en ellas algún acierto puntual que no hace sino recordarme las muchas expectativas defraudadas.

Por lo que respecta al director hispano-chileno Alejandro Amenábar, tras un comienzo fulgurante en el que sacudió los cimientos de nuestro cine con sus excelsas “Tesis” (1996) y “Abre los ojos” (1997), la perfeccionista “Los otros” (2001) ya apuntaba a un inquietante cambio de estilo que no tardaría en manifestarse.

 

Tesis

 

Mar adentro” (2004) y “Ágora” (2009), a pesar de sus valores cinematográficos, están muy lejos de satisfacer las esperanzas depositadas en quien podría haberse convertido en el “maestro del suspense español”, un nuevo Hitchcock para el siglo XXI.

Su respetable cambio de dirección hacia temas más controvertidos y realistas puede convencer a muchos pero a mi únicamente me defrauda pues viendo esos trabajos me quedo con la sensación de que tanto talento debería utilizarse de otro modo.

Sin ser malas, no son “sus” películas. Y uno teme que, como le ocurriera a Spielberg, cuando pretenda retomar el camino perdido, sencillamente le resulte imposible porque el tren ya haya partido.

 

DIRECTORES ODIADOS

 

En el otro extremo del segmento se situarían aquellos realizadores que nunca han gozado de mi simpatía, bien entendido que me refiero únicamente a sus películas pues tengo la saludable costumbre de hacer una división radical entre artistas (sean directores o actores, cantantes o literatos) y obras.

El premio gordo se lo llevaría el danés Lars Von Trier, cofundador de un movimiento –el Dogma- que mutila de forma casi iconoclasta las posibilidades estéticas del cine.

 

Lars Von Trier

 

Según sus principios, se rechaza tanto el uso de decorados como el de efectos ópticos e incluso de toda música no grabada simultáneamente durante la propia secuencia.

Pero además se propugna el molesto uso de la “cámara en mano”, se prohíbe la aparición de crímenes en sus films y tampoco se permite el cine de género.

Tal carga de miopía cinematográfica no evita -sino que, por el contrario, propicia- que las películas adscritas a este movimiento resulten casi invariablemente tristes, sórdidas, pesimistas o decididamente deprimentes.

Y los films de Von Trier –”Rompiendo las olas” (1996), “Los idiotas” (1998), “Bailar en la oscuridad” (2000)- constituyen un excelente (o espantoso) ejemplo. En ellas se dan todas las características citadas amén de un hermetismo que personalmente me resulta más que irritante.

No me merece mejor opinión el realizador austríaco (aunque nacido en la alemana Munich) Michael Haneke. Antes al contrario, su estilo crudo y despiadado le hace acreedor, por mi parte, a una vívida antipatía.

 

Funny games

 

La violencia soterrada, los ambientes sombríos o la fuerza destructora del ser humano encuentran en el cine de Haneke un perfecto vehículo de expresión que hace de lo explícito (y desagradable) una de sus banderas.

Siendo como soy un amante de la intriga, el inmenso vacío argumental que presentan sus films me desagrada sobremanera. Pero también la forma brutal y seca que adopta en ellos la violencia en sus diversas manifestaciones.

La fealdad y la provocación inherentes a su cine son los que evitan el tedio del espectador pero a un alto precio: el del sobresalto y el malestar gratuitos cuyo didactismo me resulta altamente discutible.

Aparte de que, en mi modesta opinión, la misión principal de una película –por encima de cualquier otra consideración- es la de entretener.

Provocar, mover a la reflexión, concienciar ideológicamente, sacudir el letargo emocional y cualquier otra zarandaja de ese tipo me parecen vagas excusas cuando no se es capaz de mantener frente a la pantalla a un espectador. Disfrutando o sufriendo según los casos pero en ningún caso teniendo que circunscribir su entretenimiento al próximo susto (caso del mal cine de terror), al próximo gag con algo de gracia (caso de las malas parodias) o a la próxima escena desagradable y gratuita (caso del cine de Haneke),

Sin llegar a situaciones tan extremas de rechazo a un tipo de cine, también tengo serias dificultades con directores tan encumbrados como el neoyorkino Stanley Kubrick, cuyas obras más celebradas suelen chocar con mis gustos, bien aburriéndome, bien causándome una desagradable desazón.

 

La naranja mecanica

 

 

Películas tan populares como “2001: una odisea en el espacio” (1968), “La naranja mecánica” (1971) ó “La chaqueta metálica” (1987) quedan muy lejos de mi apreciación, debido a sus características más ostensibles: tediosa la primera, absurdamente violenta la segunda y brutalmente despiadada la tercera.

La diferencia con los dos realizadores vistos previamente es que el cine de Kubrick sí conecta puntualmente con mi sensibilidad cinematográfica. Puedo apreciar pues su talento en otros títulos como “Lolita” (1962) o “El resplandor” (1989) aunque en ambos casos tengan mucha culpa del asunto las dos obras literarias que adaptan.

Tampoco Tim Burton ha sido nunca santo de mi devoción aunque, en favor del director californiano (aunque sus seguidores más acérrimos pensarán justo lo contrario), debo admitir que con los años sus películas se van acercando más a mis gustos, llegando a satisfacerlos de tarde en tarde.

 

Charlie y la fabrica de chocolate

 

Frente a las espantosas “La gran aventura de Pee-wee” (1985), “Bitelchús” (1988), “Batman vuelve” (1992), “Mars Attacks!” (1996) o “El planeta de los simios” (2001), Burton cuenta con otros títulos bastante más salvables: “Batman” (1989), “Charlie y la fábrica de chocolate” (2005) o “Alicia en el País de las Maravillas” (2010).

Dentro de nuestro cine, un director con el desintonizo especialmente es Álex de la Iglesia.

 

El Dia de la Bestia

 

 

Y mira que me cae bien el hombre pero sus películas son horrorosas sin más excepción que algunas secuencias de las fallidas “El día de la bestia” (1995) ó “Los crímenes de Oxford” (2008).

Pese a mi perseverancia, el resto de su cine al que he tenido acceso me ha parecido invariablemente horrible o cutre (generalmente ambas cosas a la vez): “Acción mutante” (1993), “Perdita Durango” (1997), “800 balas” (2002) ó “Balada triste de trompeta” (2010).

 

EN CONCLUSIÓN

 

Creo que con la exposición –más somera de lo que pueda parecer, habida mi exacerbada tendencia a enrollarme como las persianas y también lo complejo del tema- de mis principios cinematográficos, queda más o menos claro qué es lo que aprecio y qué lo que detesto en un film.

Como dijera Groucho Marx, “estos son mis principios pero, si no le gustan, tengo otros”. No se trata pues de afirmaciones categóricas que pretendan modificar la opinión de nadie pero sí pretenden arrojar alguna luz acerca de las opiniones que se vierten en este blog, tanto en las reseñas puntuales de algunos films como sobre todo en los “balances de cine” anuales.

En tal tesitura, considero que mis valoraciones pecarán antes de previsibles que de incomprensibles aunque, en ocasiones, debo reconocer que yo mismo soy el sorprendido cuando me siento atraído o incluso subyugado por un film que en principio no reunía las características idóneas para gustarme (v. gr. “Reservoir dogs”).

 

Reservoir dogs

 

Del mismo modo que me decepciona enormemente asistir a la proyección de un film con un argumento a priori interesante, sobre un tema que me parece atractivo, dentro de un género que se cuenta entre mis preferidos, dirigido a su vez por un realizador dentro del ramillete de mis elegidos e interpretado por uno de mis actores o de mis actrices predilectas y no disfrutar del film (v. gr. “Interestellar”).

 

Interstellar

 

Ambas situaciones se dan, puede que no con frecuencia pero sí de cuando en cuando, evitando en cierto modo un excesivo acomodamiento por parte del que suscribe.

Y me hace arriesgarme también de vez en cuando con algunos films que en principio tienen pocas posibilidades de satisfacerme. Sólo de ese modo puedo atestiguar que mi desagrado por un director o una temática es fruto de la reflexión continuada y no de un mero capricho momentáneo.

No espero la conmiseración del respetable ni tampoco el reconocimiento de mi sacrificio pero sí desearía –y así se lo hago saber a mis allegados- que se me concediera al menos la intención honesta de la inconcebible imparcialidad.

Uno no puede evitar sentir agrado por ciertas cosas ni desagrado por otras pero cuanto menos debe evitarse cerrar los ojos ante la certidumbre de que hay muchas cosas bajo el sol para limitarnos sólo a las “seguras”.

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