NO HABRÁ PAZ PARA LOS MALVADOS

 

Cine negro español con el 11-M de fondo

 

No habra paz Coronado en el metro

 

 

ENRIQUE URBIZU, EL MAESTRO DEL CINE NEGRO ESPAÑOL

 

El director bilbaíno ya llamó la atención de la crítica allá por 1991 con “Todo por la pasta”, una película con muchas limitaciones pero que ya constituía un valiente intento por rodar un thriller en España sin tener que plagiar ambientes y personajes norteamericanos.

Ambientada en un Bilbao sórdido, gris e industrial, la película ya tontea aunque con cierta torpeza con temas –la corrupción policial, el terrorismo, las mafias o las adicciones- que luego encontrarían vehículos mucho más brillantes.

Después de decepcionar con las olvidables comedias “Cómo ser infeliz y disfrutarlo” (1994) o “Cuernos de mujer” (1995) y el fallido drama “Cachito” (1996), basado en una novela de Arturo Pérez-Reverte, Urbizu se despachaba en 2002 con un estupendo thriller: “La caja 507”.

En su primera colaboración con José Coronado, éste interpreta a un ex policía -al servicio de un mafioso italiano- que tiene la desgracia de cruzarse en el camino de Modesto Pardo, un hombre al que la vida ha golpeado demasiado y ya no tiene nada que perder (excelente Antonio Resines en su cuarta aparición en un film del director vizcaíno).

Personajes sólidos, localizaciones impecables y un modélico sentido del ritmo daban como resultado un film redondo y prolijo en escenas memorables.

Luego vendría el excelente drama “La vida mancha” (2003), también con Coronado, antes de dar paso a este excepcional “No habrá paz para los malvados” que, conjuntamente con las ya citadas “Todo por la pasta” y “La caja 507”, constituye una trilogía de noirs sin precedentes en nuestra cinematografía.

 

No habra paz Urbizu con Coronado

 

 

LÍNEA ARGUMENTAL

 

Un policía borracho perpetra, sin haberlo planeado, una absurda matanza en un club de alterne de las afueras de Madrid.

Las víctimas son el dueño del club, uno de sus hombres y una camarera que ha presenciado el crimen.

Sin embargo, el responsable de las cámaras de seguridad huye antes de que el asesino, Santos Trinidad, logre alcanzarlo.

A partir de entonces, Santos iniciará una febril investigación para dar con el incómodo testigo mientras la jueza Chacón y su equipo se esfuerzan en esclarecer el triple crimen.

Sin embargo, la identidad de los dos hombres asesinados sale a la luz durante las pesquisas y la turbia naturaleza de sus negocios hace temer a las autoridades que pueda tratarse de un ajuste de cuentas entre cárteles.

Por otra parte, los asuntos en los que anda mezclado el testigo huido, al que Santos busca ansiosamente, pondrán al policía ante un escenario mucho más terrorífico si cabe.

 

UNA NOCHE ACIAGA

 

El sórdido y familiar sonido de una máquina tragaperras es lo primero que oímos mientras un Santos Trinidad con largas greñas rizadas, grueso mostacho oscuro y barba y patillas canosos se empeña en extraer de ella algún premio.

Tampoco esta vez tendrá fortuna, lo que no impide que se gire hacia uno de los camareros –en el bar hay uno joven y otro viejo- en busca de cambio y de un nuevo cubata de ron con Coca Cola.

A su lado, otro parroquiano pide un poco de anís para su café –“El mono” ya no existe- mientras Santos arranca la Coca Cola de la mano del camarero joven pues apenas si necesita medio dedo para rebajar el alcohol.

Con mirada escéptica, Santos echa un vistazo al televisor, en el que un informativo especula con la posible intervención de grupos anti-sistema en la inminente cumbre del G-20 en Madrid.

 

No habra paz Coronado en un bar

 

El camarero viejo sube un poco el volumen y recibe la inmediata reprobación de Santos.

- Ha perdido el Madrid, se justifica apesadumbrado el camarero.

- ¡Que se joda!, responde Santos con amarga satisfacción.

Algo más tarde, cuando sólo queda él en el bar y el camarero viejo simula que barre en un rincón, el joven le dice educadamente:

- Señor, son 34 euros. Tenemos que cerrar.

- Ponme otra, responde Santos mecánicamente, con voz gangosa y alcoholizada.

- Hombre, jefe –tercia el viejo-, que hace media hora que teníamos que haber cerrado. Hay que irse a casa ya, a descansar.

- Que os den por culo, responde él sin ningún calor.

Se mete entonces en su coche, se enciende un cigarrillo mientras conduce y para a orinar junto a una valla.

Las luces de un helicóptero le arrancan una bravata de borracho –“baja a por mí, hijo de puta”- y justo entonces divisa un club nocturno en una zona retirada.

El neón del “Club Leidy’s” permanece encendido, al igual que las luces rojas que iluminan el sórdido local y todavía suena una música pachanguera cuando Santos entra trastabillando pero no hay ni un alma allí dentro.

Justo en ese instante sale una camarera de detrás de la barra tomando lo que parece ser su cena. Al apercibirse de la presencia de Santos, le dice sin acritud:

- Está cerrado.

- Tenéis la música puesta, argumenta el recién llegado.

Ella cruza la barra y apaga la música.

- Ya está. Cerrado. Las chicas ya se fueron.

- Quedas tú, repone él, sin darse por vencido y mientras se acerca hacia la barra haciendo eses. Colombiana, ¿no?, le pregunta.

- Española, le responde ella ahora sí más que molesta.

- Ponme un cubata de ron, cariño, le pide él riéndose aunque la chica se cruza de brazos, malhumorada y sin ninguna intención de acceder.

- No pone nada, interviene entonces un hombre que aparece por el fondo. Sin duda el responsable de la seguridad del club (por decirlo eufemísticamente).

Santos le mira atentamente, le espeta un “¿qué te apuestas?” y se enciende otro cigarro con toda tranquilidad mientras vuelve a pedir: “una copa, guapa”.

Ella permanece cruzada de brazos y su compañero repite:

- Te estoy diciendo que te vayas… por las buenas.

Santos introduce entonces la mano en el bolsillo interior de su chaqueta, saca una placa de policía y se descojona ante la mirada descolorida de su interlocutor.

 

No habra paz Coronado sacando placa 2

 

También le muestra la placa a la chica antes de chotearse del hombre -¿ves como sí me la voy a tomar?- y de pedirle a ella, con mejor humor: Y ahora ponme ese cubatita.

Una nueva voz se oye en el local. Obsequiosa, correcta pero también desagradablemente empalagosa. “Buenas noches. Discúlpeme, tienen que ser muy estrictos con el horario. Usted me entiende, ¿no? Ingrid, sírvale una copa al señor inspector, hombre”.

Bien peinado, con chaqueta y camisa pero sin corbata y una sonrisa un punto repulsiva (y no sólo por sus dientes ennegrecidos), el dueño añade: “Ponme algo a mí también. Un escocés. Seco.

Y, volviéndose hacia Santos: “Es una pena que haya venido tan tarde. Aquí tenemos unas chicas preciosas. Debería pasar una tarde de éstas, ¿eh? A cuenta de la casa, por supuesto”.

 

No habra paz Con camarero y dueño

 

Ingrid sirve las bebidas aunque, con un gesto, Santos la detiene al poco de empezar a verter la Coca Cola.

Tras un largo trago con la misma mano con la que sujeta el cigarrillo, Santos acaba derramándose parte de la bebida sobre la barba y también se le escurre el vaso de tubo, que cae en la barra.

Aunque la mirada de su anfitrión se endurece mostrando un inequívoco desprecio, éste pide con más seriedad: “Ingrid, póngale otra copa al inspector”.

No se preocupe amigo, se acerca el dueño del club al policía, cuya imagen aparece distorsionada en el espejo que él mismo contempla; todos tenemos un mal día.

 

No habra paz Coronado en el puticlub

 

La condescendiente mano que apoya sobre los hombros de Santos le cuesta un violento codazo en el estómago y, a continuación, su cabeza es estrellada brutalmente contra la barra.

Mientras su jefe agoniza en el suelo, el “matón” de éste saca su arma pero el policía le dispara antes de que pueda usarla.

 

No habra paz Coronado con pistola

 

La chica, por su parte, queda inmóvil ante el horror que acaba de presenciar y, cuando al fin intenta huir, también ella es abatida por la espalda.

Imprudentemente, el dueño gime y repta intentando escapar pero sólo consigue que Santos le dispare y luego le remate.

El policía repara entonces en la presencia de una cámara de seguridad. Asombrosamente despejado, sube por la escalera y, empuñando el arma, busca en la oscuridad la sala de vigilancia.

Da con ella pero la encuentra vacía, por lo que sigue mirando en otras habitaciones. En una de ellas ve el rostro de un joven y le dispara pero se trata de su reflejo en un espejo. El chico aprovecha su confusión para golpearle con la puerta y con su casco, antes de huir velozmente en una moto.

Tras robar las documentaciones y móviles de sus víctimas así como el dvd con las grabaciones de las cámaras, los pasos de Santos resuenan en la calle junto con los de otro hombre que camina por la acera contraria y que le mira por un instante.

Al llegar a su coche, el policía golpea furioso el volante: esa noche ha arruinado la poca vida que tenía.

 

PRIMEROS PASOS DE LA INVESTIGACIÓN DE SANTOS

 

Gracias a la grabación de la cámara de seguridad del club, el policía logra ver los rasgos del muchacho huido, que sólo había logrado entrever antes.

En un vertedero a pocos kilómetros de Madrid, Santos quema las carteras y móviles de sus víctimas después de cotejar sus datos y sus llamadas.

 

No habra paz En el vertedero

 

Se deshace de los casquillos de su pistola y también guarda una tarjeta-llave de hotel que pertenecía al matón asesinado. Llamando al hotel, pregunta por él y obviamente le dicen que no se encuentra allí pero de ese modo logra averiguar su número de habitación.

Ya en comisaría, su compañero Rodolfo le informa de la detención en Valencia de una joven a la que buscaban como desaparecida pero él asiente sin prestar atención pues lo que está buscando es las ficha policial de Pedro Vargas, el dueño del Leidy’s.

Resulta ser un colombiano detenido unos años antes por tráfico de drogas y “sospechoso” de tráfico de blancas.

Cuando se le ocurre poner en la base de datos el teléfono desde el cual Vargas recibió dos llamadas poco después de que él lo matara, Santos obtiene un nombre: Augusto Lora. También colombiano y detenido junto a Vargas bajo el mismo cargo, al que un año después añadiría otro por altercados en la Sala Machuca.

Dejando una vez más en la estacada a su compañero, al que no da explicación alguna, Santos se dirige al hotel Chamartín y allí hace uso de la tarjeta arrebatada al muerto. En la habitación encuentra una llave electrónica de coche, por lo que baja al parking del hotel dispuesto a averiguar qué vehículo abre.

El coche en cuestión es un Opel rojo en el que no halla nada interesante salvo el GPS, entre cuyas últimas “direcciones encontradas” descarta el aeropuerto de Barajas y el estadio Vicente Calderón pero no así la del número 21 de la calle Tribulete, pista que decide seguir.

Aunque en esa dirección no ve nada que le oriente, el policía decide quedarse por allí para ver quién entra y sale.

Dado el origen colombiano de sus víctimas, Santos piensa entonces en Rachid, un antiguo confidente marroquí que solía hacer trapicheos con ellos. Por esa razón se dirige a la Sala Machuca, donde Celia, la novia de Rachid, solía trabajar de gogó.

 

No habra paz Coronado en un pub

 

Después de tomarse el enésimo cubata corto de cola y de ver bailar a la chica, el policía la aborda en el propio rellano de Celia, dándole un buen susto. A regañadientes, ella le franquea la entrada aunque le dice que Rachid ya no vive allí.

Entre las cosas del marroquí que todavía quedan en el piso, Santos encuentra la fotografía de un equipo de fútbol posando antes de un partido. Entre los jugadores está Rachid pero también otro rostro árabe que pronto se cruzará en su camino.

 

PRIMEROS PASOS DE LA INVESTIGACIÓN POLICIAL

 

Siguiendo una ruta totalmente diferente, ya que desconocen la autoría y el móvil de los asesinatos perpetrados en el club, la jueza Chacón y el policía judicial Leiva llevan adelante su propia investigación, que en algún momento se cruzará con la de Santos.

Personados en el club a la mañana siguiente de la masacre, Leiva sintetiza las conclusiones: tres muertos a tiros, sin documentación salvo en el caso de la chica. Tampoco hay casquillos.

- ¿Y ese olor?, pregunta la joven jueza.

- Estos sitios huelen así, Señoría, le responde algo azorado Leiva.

Chacón ve abierta la disquetera en la sala de vigilancia y pregunta si tienen ellos el disco pero le informan de que no es así.

No tiene mayor fortuna con la cámara que ella misma ha divisado a la entrada del polígono, ya que lleva sin funcionar desde hace tres años aunque, por fortuna para la investigación, han localizado otra que podría serles útil.

De hecho, gracias a ella dan con el hombre que vio a Santos por la calle a la hora en que se produjeron los asesinatos aunque aparte del hecho de que llevaba el pelo largo son pocos los datos que puede proporcionarles.

Por las huellas dactilares de los cadáveres, el equipo de Chacón da con los datos de Vargas y, gracias a ellos y al número de teléfono que les proporciona la viuda y que la jueza pasa a la compañía telefónica, también con los de su socio Augusto Lora, un posible sospechoso para los crímenes.

 

No habra paz La jueza

 

También logran abrir la caja fuerte del club Leidy’s y encuentran en su interior 300.000 euros. De los billetes obtienen unas huellas que la Interpol identifica como las de un asesino a sueldo de las mafias colombianas, buscado por asesinatos en Francia, Holanda e Italia.

Cuando la jueza se pone en contacto con Cerdán, de la Brigada Central de Estupefacientes, éste también identifica la fotografía como la de Andrés David Hurtado (o Hugo Anglada, otro de sus alias), que también fue de la guerrilla de las FARK. “Un fenómeno”.

- Está relacionado con lo del Club Leidy’s, apunta la jueza.

- ¿Creen que ha sido él?, le pregunta entonces Cerdán.

- No. Es una de las víctimas

- Ya. Pues uno menos.

Después de que ella le felicite por el excelente trabajo que la Brigada realizó en la investigación del sumario de Vargas y Lora unos años antes, Cerdán la deja perpleja al comentarle que la investigación pasó luego a la Unidad Central de Investigación Exterior cuando los colombianos dejaron de trabajar con los gallegos y pasaron a hacerlo con las mafias magrebíes del hachís.

- ¿Y eso por qué?

- Debería hablar con ellos. Pensaban que los moros podían tener relación con actividades islamistas radicales.

 

SANTOS TRINIDAD

 

Básicamente, Santos Trinidad es un hombre arrasado, destruido. Algo ha pasado en su vida y en su carrera profesional –jalonada de distinciones y medallas en sus primeros años- hasta el punto de arruinarle ambas.

Amargo, oscuro y resentido, su explosión de violencia en el club nocturno no tiene justificación alguna.

Y su única motivación desde ese momento es eliminar el único cabo suelto que puede dar con sus huesos en la cárcel.

Ni el guión de Michel Gaztambide y Enrique Urbizu ni la interpretación (impresionante) de José Coronado le hacen la menor concesión al personaje ni buscan en ningún momento la complicidad del espectador.

Se le pinta así como un tipo duro, seco, sin empatía alguna ni por sus compañeros –Rodolfo ha de comerse todos los “marrones” que él ni se toma la molestia de considerar y además ha de cubrirle las espaldas por sus frecuentes desapariciones del trabajo- ni por sus víctimas ni por sus confidentes.

En las gráficas palabras del propio Coronado: “es un tío despreciable, no es un héroe para nada, sólo intenta salvar su culo”.

 

No habra paz Coronado desastrado

 

Son patentes sus problemas con el alcohol -que en un pasado reciente precisaron de atención psicológica y que también constan en su expediente- pero también tontea con otras sustancias.

De modo que, cuando Celia se hace un chino delante de él, se lo piensa antes de negarse a participar y sólo renuncia después de comprobar que no se trata de cocaína sino de caballo (heroína).

Solitario empedernido, cuando la propia Celia le pregunta si sigue “con la morenita aquella tan mona”, él responde sin ningún humor: A mí no me quiere nadie.

Ello suscita la sarcástica respuesta de la gogó –no sabes la pena que me das-, quien no llega a ver la dura expresión de perdonavidas que se dibuja en el rostro del policía sencillamente porque no le está mirando.

Autosuficiente, él mismo se coserá la herida cuando en un momento dado es apuñalado y también confía plenamente en su capacidad, como demuestra tras las prácticas de tiro junto a Rodolfo.

 

No habra paz Practicas de tiro

 

Éste se burla de él, comparando sus mutuos resultados, y Santos le responde con cierta fatuidad: “eso son muñecos”.

Ni siquiera se arredrará cuando su camino se cruce con el de la jueza que puede atraparle (la única escena que ambos comparten es una de las mejores del film) y menos todavía cuando se enfrente a asesinos tan despiadados como él mismo.

 

No habra paz Con la jueza

 

En el fondo uno tiene la sensación de que Leiva y él no debían ser tan diferentes cuando eran jóvenes pero mientras que uno ha seguido ascendiendo por el escalafón sin grandes contratiempos, el otro ha destrozado su vida sin que se nos permita saber otra cosa que algunos detalles inconexos de cierto incidente acaecido mientras trabajaba en la Embajada de España en Bogotá.

En cualquier caso, el único momento de auténtico humor que Santos se permite –y es apenas un atisbo de chiste- tiene lugar cuando, siguiendo a un grupo de sospechosos en plena noche, recala en un local de comida rápida y pide un café. Cuando ya la camarera se retira, él añade:

- Con un chorrito de anís.

Ante la cara de contrariedad de la chica, termina diciéndole inevitablemente:

- Anís del mono.

A lo que ella responderá con absoluta perplejidad.

- Lo siento pero no tenemos de eso.

- Entonces ponme sólo café.

Con eso y con todo, una de las peculiaridades más fascinantes del film reside precisamente en el hecho de que en un momento dado se produzca una cierta empatía (como queda dicho, no buscada) entre el personaje y el espectador por mor de circunstancias que no voy a desvelar aquí.

En cuanto al propio nombre del personaje, Santos Trinidad ya evoca en sí mismo ciertas connotaciones religiosas que, viendo como se desarrollará la acción, hasta podrían convertirle en un diabólico cruzado.

 

LOS PERSONAJES

 

Durante una buena parte del metraje, el antagonista del antihéroe protagonista no es otro que la jueza Chacón.

Una mujer joven y atractiva que parece sentir en todo momento la necesidad de demostrar su capacidad y profesionalidad para contrarrestar esas tres virtudes.

 

No habra paz La jueza 2

 

Trabaja en un mundo de hombres y tiene a muchos subordinados a su posición, de modo que se muestra indefectiblemente seria, áspera incluso y su inflexibilidad le impide ceder a ningún tipo de familiaridad con nadie.

Sólo en la breve secuencia en la que la vemos hablar por teléfono con su hijo, al que probablemente no ve casi nunca, se atisba algo de la humanidad que subyace tras su máscara social y profesional.

A su lado, fiel y casi protector, Leiva se convierte en su brazo ejecutivo. Es quien desarrolla en primera persona el trabajo de campo y el que se adentra en el territorio enemigo en su nombre.

 

No habra paz Interrogando al compañero

 

Como queda dicho, se trata de un buen policía que es lo que Santos pudo haber sido y probablemente fue en sus inicios en el cuerpo. Una curiosidad interesante: tal como averiguaremos más tarde, ambos fueron compañeros en la prehistoria de los personajes, lo que contribuye a hacer más patente la inevitable comparación.

En el film cuentan también con un peso específico considerable algunos otros personajes cuya presencia en pantalla no es comparable a la de los protagonistas, destacando:

- Rodolfo, el leal (y más que harto) compañero de Santos en el departamento policial de Personas Desaparecidas, hace lo posible por no delatarle aunque, por otra parte, no deje de hacerle ver lo mucho que le molesta su actitud. Preocupado por el empleo de su ingrato colega e incluso por su salud, no encontrará reciprocidad alguna en él. Algo que también justifica la evidente antipatía de la novia de Rodolfo hacia Santos cuando ambos coinciden.

 

No habra paz Coronado con su compañero 2

 

- Rachid es el confidente marroquí de la Unidad Central de Investigación Exterior. Su trabajo es el de relaciones públicas aunque, como él mismo dirá a la jueza, es también modelo y estríper. Su poco afecto hacia un Santos al que llevaba años sin ver se trasluce en su cara de contrariedad cuando el policía reaparece en su vida. Por otra parte, se trata de un tipo mujeriego, juerguista y con gran sentido del humor aunque la mezcla de servilismo y compadreo que mantiene hacia el comisario Ontiveros producirá en la jueza un notorio desagrado.

- Augusto Lora es el dueño de la Sala en la que baila Celia y a la que presta Rachid sus dotes como public relations pero, más allá de sus salas de fiesta, Lora arrastra un turbio pasado que le une al asesinado Vargas. Extremadamente educado y amable cuando es interrogado por la policía, cuesta integrar su manifiesto encanto con la naturaleza supuestamente criminal de sus actividades.

 

No habra paz El italiano

 

 

EL ELENCO

 

No habra paz El equipo

 

En la ya dilatada carrera de José Coronado son muchos los policías a los que el madrileño ha tenido ocasión de encarnar.

Agentes de los más diversos pelajes desde el Lucas de la ya lejana serie “Brigada Central” hasta el repeinado y resentido Jaime Peña de “El cuerpo”, pasando por el autoritario pero ecuánime Ricardo Ventura de la también televisiva “R.I.S. Científica”, el rastrero Ricardo de “El Lobo”, el violento y homosexual Guillermo de “La distancia” o el vengativo Carlos en la reciente “Fuego”.

Sin embargo, sus dos trabajos más logrados en este rol los ha firmado al servicio de Urbizu, destacando todavía más en este “No habrá paz para los malvados” porque sobre su magnífica caracterización recae gran parte del peso dramático de una película compleja pero magnífica.

La mirada abisal de que en todo momento hace gala su personaje trasciende con mucho su desaliñado aspecto e incluso las cargas de profundidad que suponen muchas de sus frases.

 

No habra paz Coronado entra a saco

 

En cuanto al descubrimiento del film, éste es sin ninguna duda el de Helena Miquel, una periodista y cantante de excelente dicción que apenas contaba con una aparición en la gran pantalla antes de ponerse a las órdenes de Urbizu.

Su caracterización de la joven jueza Chacón es sencillamente impecable y, de hecho, le roba indefectiblemente todas las escenas a un Juanjo Artero (el rubio Javi de la entrañable “Verano azul” y que luego fue popularizado por la también televisiva “El comisario”) que es de lo poco endeble dentro de un ajustadísimo casting en el que todo parece encajar a la perfección.

A destacar las breves pero intensas apariciones de Pedro Mari Sánchez (el untuoso comisario de la Unidad Central de Investigación Exterior),

 

No habra paz Pedro Mari Sanchez

 

        Rodolfo Sancho (muy de actualidad por sus papeles en las series “Isabel” y “El ministerio del tiempo”, interpreta en el film al sufrido compañero del protagonista) o Younes Bachir (actor marroquí que también aparecía en un breve papel en “La caja 507” y que aquí encarna al confidente Rachid).

 

No habra paz Younes Bachir

 

 

CINE NEGRO ESPAÑOL

 

El film no rehúye en ningún momento los paralelismos que lo relacionan con los terribles atentados del 11-M en Madrid.

Por el contrario, el guión parece bucear de forma deliberada en el submundo, en la trastienda de esos sucesos, todavía hoy de absoluta (y desafortunada) actualidad.

Empezando por el planteamiento que relaciona el narcotráfico internacional con la financiación del terrorismo y acabando por la propia elección de las localizaciones, que reproducen de forma casi mimética los escenarios en los que se gestó el atentado de Madrid.

Así, tienen su reflejo en la historia desde las bombas hechas en Morata de Tajuña hasta la estación de autobuses; desde la zona de Madrid Sur hasta la propia estación de Atocha.

A ese respecto, resulta un tanto controvertido el papel que juega en la película el centro comercial “Islazul”. Especialmente por la dudosa publicidad que le otorga el inquietante epílogo del film.

De todos modos, aunque fundamental, esta subtrama que será desvelada por una mera casualidad va acompañada desde el principio por otra serie de elementos que ya se anticipaban en la escena inicial con la tragaperras.

Como en los dibujos de ésta, el azar, el dinero y las armas de fuego serán las protagonistas de esta historia oscura y absorbente en la que el cine negro adopta para su causa algunos elementos difícilmente extrapolables a otros cines.

Al margen de la actualización de la historia, no es lo mismo un club de extrarradio en Madrid que un lupanar en Chicago ni tampoco resultan comparables entre sí los personajes más tópicos del género con los que Urbizu hace desfilar por su película.

En un inspirado intento de circunscribir la historia a un contexto muy particular, la típica femme fatal del cine negro americano da paso aquí a una pobre gogó adicta al caballo, el héroe de la función resulta un antihéroe en toda regla y hasta el abogado o el fiscal indómito e insobornable de tanta producción yankee se convierte en esta ocasión en una jueza más dura que el pedernal.

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