EL SECRETO DE SUS OJOS

 

Un noir argentino monumental

 

El secreto de sus ojos Irene

 

 

 

LA FÓRMULA MÁGICA CAMPANELLA-DARÍN

 

Resulta asombroso que una cinematografía tan fértil como la argentina –no ya en número de producciones sino más bien en ideas y en aportaciones brillantes al séptimo arte- haya logrado únicamente dos Oscars en la categoría de “Mejor película en lengua no inglesa”.

Cierto es que son muchísimas las naciones que ruedan en idiomas distintos del inglés y que hay que repartir un solo premio anual entre todas ellas pero, con eso y con todo, pocas pueden alardear de contar con tantas obras maestras en las últimas dos décadas.

Entre otras, “Un lugar en el mundo”, “Nueve reinas”, “La ciénaga”, El hijo de la novia”, “El abrazo partido” y, por supuesto, “El secreto de sus ojos”.

Y ello a pesar de sus más que precarios medios, no en vano es en muchas ocasiones la tampoco demasiado sobrada cinematografía española la que ha de colaborar en forma de coproducciones que permitan ver la luz a proyectos que de otro modo estarían abocados a la inexistencia.

En el caso de “El secreto de sus ojos”, segunda cinta argentina en lograr la estatuilla después de que en 1984 la obtuviera “La historia oficial”, supuso la cuarta colaboración entre el director Juan José Campanella y el también bonaerense Ricardo Darín, que ya antes se había puesto a sus órdenes en “El mismo amor, la misma lluvia”, “El hijo de la novia” y “Luna de Avellaneda”.

La excelente química existente entre los dos paisanos se haría extensiva una vez más al resto del elenco, conformando una maquinaria de absoluta perfección e indudable verosimilitud.

Todo al servicio, cono la oscura fotografía de Félix Monti y la música de Federico Jusid y Emilio Kauderer, de una modélica adaptación de la novela de Eduardo Sacheri “La pregunta de sus ojos” a cargo del propio autor en colaboración con Campanella.

 

LÍNEA ARGUMENTAL

 

Benjamín Espósito acaba de jubilarse tras pasar casi toda su vida como oficial de juzgados.

 

El secreto de sus ojos Benjamin maduro

 

En parte porque no tiene otra cosa a la que dedicarse y en parte porque no ha logrado olvidar, se dispone a escribir una novela sobre un caso que tuvo lugar veinticinco años atrás y que marcó tanto su vida como la de los que le rodeaban.

Sus recuerdos se remontarán pues hasta 1974, cuando llega al Juzgado de Instrucción de Buenos Aires una nueva jefa de departamento, la doctora Irene Menéndez Hastings, de la que Benjamín se enamorará al instante.

Poco después tiene lugar la brutal violación y asesinato de Liliana Coloto, una joven recién casada.

Un caso que nunca debía haber llegado a manos de Espósito pero que acaba haciéndolo a causa de las malas artes de otro agente judicial llamado Romano, con la aquiescencia del juez Fortuna Lacalle, con quien Benjamín nunca ha tenido una buena relación.

 

El secreto de sus ojos Romano

 

A regañadientes, Benjamín se desplaza hasta el escenario del crimen para ver algo –el bello cuerpo desnudo de una muchacha salvajemente maltratada hasta la muerte- que le dejará una herida indeleble en el alma.

El oficial acaba involucrándose personalmente en el caso y arrastrando consigo tanto al alcoholizado Pablo Sandoval, su colega y amigo, como a la jefa de ambos, la aristocrática Irene.

El encarcelamiento de dos albañiles, acusados absurdamente de haber cometido el crimen y apaleados para obtener su confesión, enfurece a Espósito hasta el punto de llegar a las manos con Romano, el artífice de todo el manejo, e interponer una denuncia contra él.

Cuando más tarde visita a Ricardo Morales, el desolado viudo de la joven asesinada le muestra una serie de fotografías de Liliana. En varias de ellas, Benjamín descubre a un muchacho que siempre la observa de forma obsesiva.

El muchacho resulta ser Isidoro Gómez, un conocido de la joven a quien Espósito decide seguir la pista pero que, curiosamente, desaparece de la faz de la tierra justo cuando las pesquisas se centran sobre él.

Espósito y Sandoval llegarán al extremo de penetrar en la casa de la madre de  Isidoro, de la cual sustraen un fajo de cartas de éste en las que aparecen un buen número de nombres que no logran identificar.

 

El secreto de sus ojos Benjamin y Pablo 2

 

La “aventura” les cuesta a los improvisados detectives una buena bronca por parte del juez Fortuna, a quien su colega de Chivilcoy denuncia los hechos. Sólo el buen hacer de Irene les salva la cabeza aunque tampoco ella se abstenga de participarles su malestar.

La causa es sobreseída y archivada y Espósito hace ademán de resignarse pero, cuando encuentra al atormentado Morales en una estación de tren y éste le confiesa que va allí a diario por si alguna vez se topa con el desaparecido sospechoso, el oficial vuelve a la carga.

Será entonces cuando un golpe de fortuna en forma de experto futbolístico les permita descubrir que los nombres que aparecen en las cartas de Isidoro a su madre no se refieren a vecinos de Chivilcoy sino a antiguas estrellas del Racing de Avellaneda.

Eso hace concebir a Sandoval un nuevo plan un tanto descabellado: acudir al siguiente partido de Racing para encontrar entre la multitud al presunto asesino, quien puede cambiar de nombre o de casa “pero no de pasión”.

 

OJOS, MIRADAS Y PUERTAS

 

Los ojos de una mujer son lo primero que vemos en el film, dentro de una secuencia difuminada que transcurre en una estación de ferrocarril.

La mujer observa a un hombre que se aleja de ella con un maletín en la mano. Cuando él ya está sentado en el interior del vagón, la dama corre hasta su ventana y posa su mano sobre ella. El hombre hace lo mismo desde el otro lado del cristal.

El convoy gana entonces velocidad y la mujer sigue corriendo desesperada mientras el hombre atraviesa el vagón hasta la parte posterior del tren para verla quién sabe si por última vez.

 

El secreto de sus ojos Irene estacion

 

Sólo entonces la imagen se normaliza y comprendemos que la secuencia estaba difuminada porque un escritor intenta plasmarla en un papel aunque, descontento con el resultado, acabe arrancándolo de la vieja máquina de escribir.

Tampoco tendrá más éxito cuando lo intente con otra escena en la que una pareja recién casada disfruta de un alegre desayuno sin saber que será el último que compartan. Más tarde, el esposo recordará los rasgos de la muchacha, sus labios, su risa y, sobre todo, el brillo de su mirada.

 

El secreto de sus ojos Liliana Colot

 

Unos segundos más tarde, el frustrado escritor –que no es otro que Espósito- cierra los ojos, horrorizado, al imaginar una vez más cómo la muchacha es violada y golpeada por un agresor desconocido.

A lo largo de todo el metraje, las miradas se constituyen en personajes de gran relevancia en la historia:

- Los ojos a los que hace referencia el título probablemente sean los de Irene. Unos ojos que guardan en secreto la naturaleza de sus verdaderos sentimientos por Benjamín.

 

El secreto de sus ojos Irene 2

 

 

- Las miradas entre ambos -desde el momento en que se conocen hasta que, veinticinco años después, se reúnen para hablar de la novela que Espósito ha decidido escribir- tienen una intensidad y una profundidad rara vez vistas en una pantalla.

- Cuando ambos son presentados, la doctora Menéndez Hastings (“se pronuncia Jeistings porque es escocés”) se muestra espontánea y graciosa aunque sin quitarle los ojos de encima ni por un instante mientras que él permanece anonadado sin ser capaz de articular una sola palabra.

- La turbia mirada que Benjamín descubre en los ojos de Isidoro Gómez será la clave para convertirle en sospechoso del crimen.

- Cuando, un cuarto de siglo más tarde, Irene le confiese que esa hipótesis sobre la mirada del sospechoso siempre le pareció un tanto pillada por los pelos, Espósito le responderá: “Los ojos hablan”. Aunque luego, ante el obstinado silencio de ella, añada jocosamente: “Hablan pedoso. Mejor que se callen. A veces mejor ni mirar”.

Tan importantes como las miradas son los juegos que los personajes se traen con la puerta del despacho de la doctora. Ésta siempre parece estar esperando una revelación personal que el espectador fácilmente puede si no deducir sí al menos sospechar pero dicha revelación no acaba de llegar.

En la citada primera visita del jubilado Espósito a la jueza, ella le pregunta si le quiere hablar de algo importante y él le responde que no. Ello da pie a que Irene le pida a uno de sus subordinados: “deja abierto, nene”.

Luego veremos que esa situación no era nueva entre ellos pues se repite en varias ocasiones durante los años en que Benjamín e Irene trabajaron juntos en el juzgado.

En una ocasión, él hace ademán de cerrar la puerta de la doctora pero ella le replica pidiéndole que la deje abierta porque no va a hablarle de nada personal. De hecho, se dispone a contarle severamente su intercesión para evitar que el juez le expediente por el asunto de las cartas robadas.

En otra ocasión es Irene quien se apresta a cerrar su propia puerta pensando que Benjamín va a hacerle alguna confidencia pero Sandoval se interpone, indicándole que su colega le ha pedido que esté presente en la charla, lo que supone una clara decepción para la doctora, a quien en realidad sólo quieren pedirle que reabra el caso de Liliana Coloto.

 

LA MÁQUINA A LA QUE NO LE FUNCIONABA LA “A”

 

Al principio del film, Irene recuerda que en uno de los armarios del juzgado se conserva todavía la vieja máquina de escribir que sacaba de quicio a Espósito.

La misma máquina que él se quitó de encima exasperado y que acabó, no se sabe cómo, en el despacho del juez.

Sin embargo, la dulzura del recuerdo hace que el novel escritor acepte el regalo de buen grado, aun a sabiendas de que la tecla con la “A” sigue sin funcionar después de tantos años.

Esa “A” que luego veremos multiplicada y escrita a bolígrafo en cada palabra de cada texto que Benjamín teclee en la vetusta Olivetti.

Y la misma “A” que dará lugar a un significativo juego de palabras cuando en un momento dado TEMO se convierta en TE AMO.

 

UN SENTIDO DEL HUMOR MUY ARGENTINO

 

A pesar del dramatismo que impregna la historia –el brutal crimen cometido, el sufrimiento sin cuento del joven viudo, el amor imposible de Benjamín por Irene, el alcoholismo in crescendo de Sandoval y sobre todo los acontecimientos que se desencadenarán a partir de la secuencia en el estadio de fútbol-, los personajes hacen gala de un divertidísimo sentido del humor, desplegando un sinfín de ironías que mueven a la risa cuando no a la carcajada.

Así, por ejemplo, en la visita que al principio de la película realiza el ya jubilado Benjamín a los juzgados para participar a Irene de su intención de recuperar “la causa de Morales” con fines novelescos, ella encarga cafés con leche para los dos.

- Más leche que café para mí, por favor –protesta él.

- Ah, cierto, que estás con ese temita. ¿Cómo era lo que tenías? ¿Vejez?

En esa misma visita, Espósito requiebra a una dama de largas piernas con la que se cruza al entrar:

- ¿Se abrieron las puertas del cielo, que se escapó un ángel?

En la misma línea, cuando el cariacontecido Benjamín Espósito se dirige al lugar del crimen -una vez que el juez se ha puesto del lado de Romano, adjudicando a éste un simple hurto en una verdulería y colocándole el asesinato a él-, un inspector de la Policía Federal le espera allí.

- ¿Qué dice, Báez? –le interpela Espósito.

- Aquí me ando, ¿y usted?

- Cansado de ser feliz.

- Se lo nota contento.

- Como perro con dos colas. Si hay algo que disfrute en esta vida es que el pelotudo del juez me mande a ver una muerta.

Más escabrosas son las respuestas que ofrece Pablo Sandoval, el subordinado de Benjamín, cada vez que suena el teléfono del despacho:

- Banco de Sangre, buen día.

- Banco de Esperma, sección Préstamos.

 

El secreto de sus ojos Pablo 2

 

El personaje de Irene, no obstante su natural elegancia y su ascendente profesional, también hace alguna que otra concesión al humor, uniéndose a sus dos oficiales cuando estos se burlan del juez a espaldas de éste:

- A ver, Benja –dice Sandoval-, si te gusta esto: “Por la presente, yo, el Juez en lo Criminal de Instrucción, Doctor Raimundo Fortuna Lacalle, declaro mi total insanía e incapacidad de acción”.

Mientras Benjamín ríe la gracia, hace su aparición la doctora, que lo ha oído todo y les interrumpe:

- No, no, no es así, está mal eso. Es así: “Por lo dispuesto en los artículos 141, 142 y 143 del Código Civil resuelvo, con mayúsculas, declarar que Raimundo Fortuna Lacalle es un enfermo mental, demente en sentido jurídico, bajo la forma de trastorno crónico delirante y, por lo tanto, incapaz absoluto para ejercer por sí actos de la vida civil”.

Justo en ese momento aparecerá el juez mientras los tres aparentan una total normalidad. Más todavía: con un aplomo a prueba de balas, Sandoval, que ha escrito a máquina la ingeniosa declamación de la doctora, le da el papel al mismísimo Fortuna Lacalle para que lo firme junto con el resto de documentos pendientes.

Con todo, la escena que a mi entender se lleva la palma tiene lugar cuando el propio juez hace llamar a su despacho a Espósito y a Sandoval después de que estos, saltándose su expresa prohibición, se hayan dedicado a indagar, allanando incluso la vivienda de la madre del presunto sospechoso.

Cuando yo hablo, usted escucha mi voz, ¿verdad, Espósito?

- Sí, doctor.

    - Entonces tengo que suponer que, si yo le digo algo y usted hace exactamente lo contrario, no es que no me oyó sino que usted se caga en la orden que yo le di, ¿verdad Espósito?

    - No, no es así, doctor… –balbucea Benjamín una disculpa.

   - Y si me llama mi colega de Chivilcoy muy enojado para contarme que dos empleados de mi Juzgado asaltaron la casa de una pobre vieja, eso significa que lo que yo digo no vale una reverenda mierda. (…) Porque tal parece que yo no soy un juez sino un reverendo boludo. Porque yo digo que hagan A y acá hacen Z. ¡Con esta máquina de mierda que me metieron! finaliza el juez, señalando con saña a la Olivetti.

 

el secreto de sus ojos El juez

 

 

GALERÍA DE PERSONAJES

 

El análisis de personajes que desarrolla el guión es, por decirlo llanamente, magistral. Las pinceladas que definen los rasgos más característicos de aquéllos, lejos de convertirlos en estereotipos, les dotan de una humanidad y de una realidad que desarman.

El protagonista absoluto es, en cualquier caso, Benjamín Espósito. Un tipo ingenioso, honrado y cabal que es capaz de afrontar de cara los enfrentamientos que le deparan la vida y su propio trabajo pero que, sin embargo, claudica cuando se trata de dar rienda suelta a sus sentimientos más íntimos.

Su flechazo con Irene es tan tierno como divertido y la ambigua (o en realidad no tanto) respuesta que recibe de ella le obliga a andar a trompicones en su relación tanto profesional como personal con su jefa.

Ello divertirá enormemente –y también le valdrá ciertas dosis de conmiseración- a su amigo y subordinado Pablo Sandoval, con quien le une una amistad inquebrantable, como corresponde a una relación entre porteños de pura cepa.

En cuanto a la obsesión de Benjamín por ese dramático caso jamás cerrado se debe tanto a lo impactante del crimen en sí como a las consecuencias del mismo, que acabarán alcanzando a todos. Pero también obedece a la fascinación que en el oficial de juzgados ejerce el viudo de la chica asesinada, un Ricardo Morales en cuyos ojos –de nuevo la mirada protagonista- aprecia un desmesurado y Absoluto Amor. Con mayúsculas y con A: la misma que la máquina de escribir le niega.

Nada dispuesto a dejar inconclusas la historia y su propia novela, Espósito se mostrará inflexible a la hora de perseguir hasta el final el hilo de la madeja.

Irene Menéndez Hastings, por su parte, es una mujer deliciosa. Alguien de quien no sólo Espósito sino cualquier hombre se enamoraría. Inteligente y divertida, no duda en comprometer su posición y hasta su vida por aquello que considera justo. La nobleza de su carácter y la dulzura de su mirada traspasan la frontera de la pantalla en todo momento y todavía nos reserva una gran sorpresa en la escena en la que el sospechoso del crimen ha de ser interrogado sin prueba material alguna que corrobore la acusación.

Casada con un hombre de su misma extracción social y con una competencia profesional fuera de toda duda, su belleza madura a lo largo de la historia pero está muy lejos de marchitarse. Antes al contrario.

Más correcta que severa y –como ella misma afirmará- más joven que rígida, el paso de los años la volverán más sabia pero no menos dulce.

Sin embargo, su instinto de conservación le lleva a no querer mirar al pasado: “Mi vida entera fue mirar hacia delante. Atrás no es mi jurisdicción. Me declaro incompetente.”

Pablo Sandoval es el fiel colega de Benjamín. Un tipo ingenioso, con un sentido del humor a flor de piel pero al que en muchas ocasiones su alcoholismo convierte en un personaje casi surrealista. Su adicción ha torpedeado su relación conyugal y amenaza con destruir cualquier otra faceta de su vida pero, más que resignado, él parece encantado con la idea.

 

El secreto de sus ojos Pablo

 

Seguirá a su jefe y amigo hasta el final, dando muestras de una lealtad admirable pero hay momentos en que dan ganas de estrangularlo más que de otra cosa.

El viudo de la muchacha asesinada, Ricardo Morales, también hace alarde de una lealtad incorruptible pero en este caso hacia la desaparecida Liliana. Encontrar al asesino de su mujer y lograr que pague por lo que hizo se ha convertido en la obsesión de su vida, en su único motivo para seguir viviendo.

 

El secreto de sus ojos el viudo

 

Su relación con Espósito trasciende en ocasiones la mera profesionalidad debido a la admiración que sus sentimientos suscitan en aquél. Ambos colaborarán para encontrar el asesino y también él tomará la iniciativa en un momento dado aunque involucrarse de lleno en la investigación le duela más de lo que está en condiciones de soportar.

Romántico a la vieja usanza, su enorme vacío tras la pérdida de su esposa se tiñe de un evidente y comprensible deseo más de venganza que de justicia.

Isidoro Gómez es el sospechoso del asesinato. Un tipo taimado y callado al que Irene, Benjamín y Pablo intentarán desenmascarar sin ninguna garantía de éxito. Amigo de la víctima desde la infancia, la cuestión estriba en si esa devoción por ella que se intuye en las fotografías de Liliana le llevó al extremo de matarla.

 

El secreto de sus ojos Isidoro Gomez

 

De todos modos, culpable o inocente de ese execrable crimen, lo cierto es que resulta un personaje inquietante, turbio como poco y con una especie de violencia latente, contenida, que no hace mucho por concederle el beneficio de la duda.

Su duelo con Irene en la sala de interrogatorios, en la escena más arriesgada del film, resulta cuanto menos impactante.

 

EL ELENCO

 

Ricardo Darín que interpreta a Benjamín Espósito y Soledad Villamil, que hace las veces de la jueza Irene Menéndez, ya habían coincidido tras la cámara en “El mismo, amor la misma lluvia” igualmente a las órdenes de Campanella y esa complicidad se evidencia en “El secreto de sus ojos”.

 

El secreto de sus ojos Benjamin e Irene

 

De hecho, uno tiene toda la sensación de que efectivamente ellos dos se conocen durante toda la vida y que no precisan de palabras para saber lo que el otro está pensando.

En cualquier caso, si en ocasiones se critica la falta de feeling entre dos actores, este sería un ejemplo justo de lo contrario pues entre ambos fluye un magnetismo que hace que sus miradas, más que encontrarse, se enreden la una en la otra sin generar ningún tipo de embarazo.

Darín, de quien hablaré más extensamente en alguna otra ocasión, ya era una estrella indiscutible desde muchos años atrás, gracias a los éxitos de cintas como “Nueve reinas”, “El hijo de la novia”, “Luna de Avellaneda”, “Kamchatka”, “El aura” o “XXY”.

A ella la vimos también en la estupenda “No sos vos, soy yo” (junto a Diego Peretti, Cecilia Dopazo y el “Luthier” Marcos Mundstock), en la que interpretaba un papel bastante menos amable.

Curiosamente, pese a tratarse de una extraordinaria actriz, Soledad Villamil apenas si ha intervenido en una decena de películas, sin contar sus intervenciones en series televisivas.

A Guillermo Francella, que encarna a Pablo Sandoval, no lo conocía cuando se estrenó la cinta de Campanella aunque con posterioridad he tenido ocasión de verle en “El misterio de la felicidad”, del interesante director argentino Daniel Burman. En cualquier caso, un repaso rápido a la filmografía de Francella evidencia una notable modestia.

 

El secreto de sus ojos Benjamin y Pablo

 

Pablo Rago, el desconsolado viudo del film, cuenta con una carrera más dilatada pero también dedicada en gran parte al espacio televisivo. Curiosamente coincidió con Juan José Campanella en el film de animación “Futbolín”, en el que éste dirigía y ambos prestaban sus voces a dos de los personajes.

 

El secreto de sus ojos con el viudo

 

Por su parte, Javier Godino, el siniestro sospechoso, es un actor madrileño al que se ha tenido ocasión de ver en films como el también argentino “Todos tenemos un plan”, donde coincidía precisamente con Soledad Villamil y también con Viggo Mortensen, o el televisivo “Prim, el asesinato de la calle del Turco”.

 

El secreto de sus ojos actor espanyol

Comentarios  

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