EL VALLE DE GWANGI

 

Un western con dinosaurios y otras sorpresas

 

El valle de Gwangi viendo al caballito 2

 

 

UNA CONCESIÓN AL RECUERDO

 

            De tanto en tanto, me gusta descubriros en este blog algunos títulos poco conocidos que opino merecen vuestra consideración.

            Algunos de ellos son ciertamente antiguos pero no han alcanzado la consideración de clásicos por motivos de lo más diverso: una temática peliaguda, un reparto poco glamouroso, un olvido injustificado…

            Debo reconocer que no es el caso de esta película. Y es que, en realidad, mi reseña de hoy viene a ser un tributo a mi infancia más que otra cosa.

            Sólo había visto “El valle de Gwangi” en una ocasión y fue en la pequeña pantalla. Por aquel entonces únicamente había un canal y, además, la imagen era en blanco y negro. Al menos en mi casa.

            De modo que me hacía ilusión rescatar con su visionado una parte de mi infancia aunque, de la película, sólo recordara la presencia de un diminuto caballo de tamaño inverosímil y poco más.

            Reencontrarme con este film casi treinta años después ha sido todo un impacto y no sólo por lo mucho que ha llovido desde entonces sino porque me ha permitido descubrir un montón de cuestiones que ignoraba por completo y que me han hecho ir de sorpresa en sorpresa.

            Por desgracia, tendré que incluir algún que otro SPOILER a la hora de realizar este análisis y la verdad es que es una lástima pero me encuentro en esa difícil tesitura en la que:

            - O bien revelo alguna cuestión que hagan aconsejable ver esta película pese a su innegable modestia.

            - O prescindo de dar las pistas necesarias para que cada cual las descubra por sí mismo, en cuyo caso lo más probable es que nadie se tome la molestia.

            Entre ambas disyuntivas, he optado por la primera aun sin convenciéndome ninguna.

 

EL VALLE DE GWANGI

 

            Carlos encabeza un grupo de gitanos que busca, en las áridas tierras del norte de México, a su desaparecido hermano Miguel.

            Cuando dan con él, sólo pueden constatar su muerte. Sin embargo, en las manos del fallecido permanece todavía un saco en el que un animal de pequeño tamaño emite sonidos que recuerdan al relincho de un caballo.

 

El Valle de Gwangi atrapando caballito

 

           Desafiando las advertencias de la ciega tía Zorina, Carlos se lleva al animalito consigo, burlándose de la maldición que recae sobre el “Valle Prohibido” y sus moradores.

            Poco después, en un pueblo no demasiado lejano, irrumpe una cabalgata en la que no faltan ni elefantes ni majorettes ni tampoco hombres disfrazados de indios. Todos sus integrantes anuncian cierto “Espectáculo del Salvaje Oeste” a cargo de un circo.

            Justo entonces hace su aparición en el pueblo un estadounidense llamado Tuck Kirby, que de inmediato es abordado por el pequeño Lope, quien le ofrece sus servicios de guía y, una vez rechazados estos, la venta de un caballo.

            Aunque Kirby no lo sabe, va a tener necesidad de ambas cosas, ya que el circo –al que pretende llegar- está enclavado a dos millas del pueblo. Lope se saldrá pues con la suya.

            Llegados a la plaza de toros en la que los artistas del circo llevan a cabo su rodeo, el recién llegado es recibido con resentimiento por Champ, que no le perdona haber abandonado a la hermosa Terry unos años atrás.

            Precisamente la bella joven se dispone a realizar su número-estrella dentro del espectáculo. Se trata de saltar, junto con Omar, “el caballo genial”, desde una base de madera hasta una cuba circular llena de agua pero rodeada de llamas.

            Al apercibirse de la presencia de Tuck, la amazona titubea, generando algunas dudas en las semivacías gradas, aunque finalmente logra realizar con éxito su salto.

 

El valle de Gwangi espectaculo

 

            El reencuentro entre el vaquero y la dueña del circo no resulta agradable pues ella no le perdona que la abandonase y él, por su parte, sólo ha regresado por motivos profesionales, ya que trabaja como intermediario para Buffalo Bill, quien pretende comprar a Omar.

            Tuck es despedido pues con cartas destempladas y vagabundea por la zona en compañía de Lope cuando ambos encuentran al magullado profesor Bromley, un paleontólogo al que su mula ha coceado, dejándole abandonado.

            Tras acompañarle a su campamento, el profesor les muestra un interesante fósil de gran tamaño que muestra la pisada de un diminuto eohippus, un antepasado de los actuales caballos.

            De regreso a la plaza de toros, en las que toreros y rejoneadores ensayan sin público, Lope comete la imprudencia de lanzarse al ruedo con un capote y Tuck está a punto de perder la vida salvando la del niño aunque es finalmente el gitano Carlos quien ha de salvar la suya.

            Viendo a Tuck herido y en peligro, afloran a la superficie los verdaderos sentimientos de Terry, que se deshace en atenciones con él.

            De este modo, su romance se reanuda y él tiene acceso al secreto que está a punto de revolucionar el mundo del circo: la posesión de un pequeñísimo caballo (en realidad, un eohippus) al que han bautizado como Diablo.

            Cuando el profesor Horace Bromley tiene conocimiento de su existencia, se confabula con los gitanos para devolver al animal al Valle de Gwangi… y de paso seguirle hasta su lugar de origen en busca de otras especies teóricamente extintas.

 

UN WESTERN DE SERIE B CON DINOSAURIOS

 

            Sólo en una producción de serie B rodada a finales de los sesenta (en 1969) podemos encontrar una combinación de este calibre: un western ambientado en una época en la que los asaltos de los indios a las caravanas de colonos son ya cosa del pasado (y materia de recreación, como hacen de forma bastante vistosa en el rodeo, por cierto) que entra en intersección con un valle aislado en el que subsiste la vida prehistórica.

            La mención durante la película tanto de Buffalo Bill como de los hermanos Ringling ubican perfectamente el contexto en el que transcurre la película, ya que ambas corporaciones alcanzaron enorme celebridad con sus respectivos espectáculos circenses, de los que el circo de Terry y Champ sólo es un pálido reflejo.

            A pesar de ello, debo insistir en que los números incluidos en el teóricamente modesto espectáculo son bastante llamativos y están bien ejecutados. Destaca, en ese sentido, la secuencia de la persecución, por parte de un grupo de falsos indios, a un carromato que acaba en llamas a causa de las flechas incendiarias.

            El espectáculo es, por tanto, mucho mejor de lo que cabría esperar de un circo ambulante que se arrastra por poblaciones menores del norte mexicano. Imagino que ello se debe a la voluntad de guionista y director de hacer hincapié en el espectáculo y no en la miseria que probablemente debió presidir dichos ambientes.

            Por otra parte, resultan interesantes las peculiares relaciones que se entablan entre el protagonista, un pobre diablo que actúa como intermediario para Buffalo Bill en la contratación de nuevos números circenses, el paleontólogo que sirve más a sus propios y ambiciosos fines que a la Ciencia a la que dice deberse o los gitanos que creen supersticiosamente en la maldición que Gwangi hará recaer sobre quienes desafíen su Ley.

            Más tópica es la relación sentimental que mantienen Tuck y Terry. Sólo a consecuencia de los muchos años de la cinta, a uno le cuesta menos creer que ella readmita con tanta facilidad al hombre que le rompió el corazón (ante una situación muy similar, Marion le atizaba un buen puñetazo a Indiana Jones en En busca del arca perdida) al olor del compromiso.

            Del mismo modo que su decisión de abandonar el negocio (cuyas perspectivas, con animalitos prehistóricos, resultan más que halagüeñas) para enterrarse en vida en un rancho de Wyoming (la gran ambición de Tuck) resulta sospechosamente machista y me trae a la memoria la frustrante película Orgullo contra orgullo, en la que Charlton Heston se pasaba todo el tiempo chantajeando a Jane Wyman para que clausurara su exitosa tienda de modas como razón sine qua non para desposarla.

            En cualquier caso, como en toda película de dinosaurios que se precie, el protagonismo recae más en la “fauna local” y su vistosidad que en los personajes humanos, que distan de tener una mínima consistencia al igual que ocurriría décadas más tarde con la saga “Jurásica”.

 

RAY HARRYHAUSEN, EN LOS EFECTOS ESPECIALES

 

            Por desgracia, en aquel lejano 1969 los efectos “stop-motion” estaban a años-luz de lo que se vería a partir de Parque Jurásicoy, por tanto, los planos en que intervienen los grandes saurios del pasado, pese a contar con el indudable talento de Ray Harryhausen como responsable, cantan por soleares.

 

El valle de Gwangi triceratops

 

            También es verdad que, al menos, las criaturas se mueven con cierto decoro y es únicamente su integración con el resto de la imagen lo que chirría.

            En ese sentido, resultan bastante peores algunos clásicos del género fantástico como La guerra de los mundos(Byron Haskin, 1953) u otras producciones de una década antes, que ahora difícilmente pueden contemplarse sin que cunda el sonrojo.

 

El valle de Gwangi dino alado

 

            Harryhausen, a quien siempre recordaré por esos inquietantes esqueletos animados de Jasón y los argonautas, fue también el responsable de los efectos de, entre otras, Los viajes de Gulliver, La isla misteriosa, Hace un millón de años, Simbad y el ojo del tigreo Furia de titanes(obviamente, la versión de 1981), su último trabajo.

            En los últimos años, Ray –que ya cuenta con más de noventa años de edad- apenas ha intervenido como director y productor en un par de películas menores.

            Por otra parte y según he sabido, la película fue en su día acusada de constituir un plagio de King Kongpero, aunque su influencia es escandalosamente evidente, en el peculiar western que ahora comentamos coexisten otros elementos que lo convierten en distinta y peculiar.

 

LA MAYOR SORPRESA DE LA PELÍCULA… Y UNA DE LAS MAYORES QUE HE EXPERIMENTADO VIENDO CINE

 

            Aunque os pueda haber dado esa impresión al principio de mi reseña, la mayor sorpresa de esta revisión del film no ha sido el hecho de ver a dinosaurios enlazados por cowboys o a pterodáctilos sobrevolando a un pelotón armado de vaqueros sino las localizaciones, que me han dejado estupefacto.

            Teniendo en cuenta que la acción tiene lugar presumiblemente en México, me ha sorprendido sobremanera ver que el Valle de Gwangi (el “Valle Prohibido”) fue recreado, de forma inequívoca, en la Ciudad Encantada.

 

El valle de Gwangi Ciudad Encantada 2

 

            No había posibilidad de duda pues tengo muy reciente en la memoria mi última visita a este paraje, de la cual hace apenas unos meses.

            De hecho, resultan tan evidentes los contornos de sus curiosas y caprichosas (“encantadas”) formaciones pétreas como en el prólogo de “Conan el bárbaro” cuando un Conan niño (al que interpreta Jorge Sanz antes de que Arnold Schwarzenegger tome el relevo) asiste al asesinato de sus progenitores.

De todos modos, la gran difusión de la cinta de John Milius en 1982 no tiene nada que ver con la modesta distribución de este “Valle de Gwangi” estrenado trece años antes.

            Eso explica que un servidor no tuviese la menor idea de lo que iba a acontecer en las últimas secuencias del film, cuando la acción del mismo se traslada de nuevo a una población mexicana y ésta comienza a recordarnos sospechosamente a la preciosa localidad de Cuenca.

            Una fachada sospechosa aquí, un arco allá y de repente, atónito, contemplo las majestuosas torres góticas (de curiosa inspiración anglo-normanda) de la Catedral de la propia Cuenca, el protagonismo de la cual resultará de capital importancia en el desenlace de la historia.

 

El valle de Gwangi dino y catedral

 

            Así, el cóctel explosivo se completa: dinosaurios en la Ciudad Encantada y un western crepuscular y mexicano ambientado en la mismísima Cuenca. Todo ello a cargo de una subdivisión menor de la Metro Goldwyn Mayer. ¿Sois capaces de encontrar una mezcolanza semejante? Os reto a intentarlo.

            Para redondear la cuestión, el resto de localizaciones (desérticas en su práctica totalidad) son íntegramente almerienses, según he podido averiguar aunque eso es más habitual en las producciones estadounidenses y no necesariamente en los westerns (Pattono El reino de los cielos, entre decenas de producciones yankees, han hecho uso de sus peculiares y áridos paisajes).

 

UN ELENCO MODESTO

 

            De todo el reparto, únicamente el protagonista, James Franciscus experimentó cierta notoriedad aunque para mí siempre será la copia “en bajito” (o en menos alto) de Charlton Heston, especialmente debido a su intervención en Regreso al Planeta de los Simios(la primera secuela de la saga, rodada apenas un año más tarde que El Valle de Gwangi), al cual llegaba como astronauta con el fin de rescatar a aquél.

 

El valle de Gwangi Los protas

 

            También le he visto recientemente (en dvd claro, ya que Franciscus murió en 1991, a la edad de cincuenta y siete años) en Tiburón 3, una película sobre escualos más divertida de lo que suelen serlo las secuelas del célebre film de Spielberg.

            Por lo demás, su carrera no es que sea especialmente selecta sino más bien todo lo contrario, menudeando producciones menores como Los impresionantes dobermans, Las pirañas asesinaso Atrapados en el espacio(un subproducto deleznable pese a la sorprendente presencia de Gregory Peck o Gene Hackman).

            La actriz polaca Gila Golan, que interpreta a Terry, sólo intervino en media docena de películas, de las que ésta constituye su penúltima interpretación cinematográfica.

            También se le puede ver en la comedia italiana El bello Giorgio(junto a Vittorio Gassman), en la también comedia Tres en un sofá(con Jerry Lewis y Janet Leigh), en el film de aventuras Flint, agente secreto(junto a James Coburn) o en la comedia futbolística italiana L’allenatore nel pallone, su despedida del cine.

            El resto del elenco oscila entre completos desconocidos como el uruguayo Gustavo Rojo (que encarna al gitano Carlos) y correctos secundarios como Richard Carlson.

            En cuanto al director, Jim O’Connolly, apenas dirigió media docena de películas en su vida, más dedicado en general a labores de producción.

De hecho, únicamente tuve ocasión de ver otro trabajo suyo –el film de presunto terror El circo del crimen, con Joan Crawford como protagonista- y es bastante peor que la película de la que hablamos.

            El guión (por supuesto, original) corrió a cargo de William Bast, que años después firmaría medio centenar de episodios de "Los Colby".

            La música quedó en las manos de Jerome Moross y la fotografía en las del alemán Erwin Hillier.

 

UNA BREVE CONCLUSIÓN FINAL

 

        La pregunta que subyace alrededor de mi reseña versa sin duda acerca de la conveniencia o no de ver esta película.

            A mí sin duda me ha merecido la pena volver a verla y no únicamente por recordar tiempos pasados sino también porque se trata de toda una rareza.

            Es evidente que la película me había dejado un aura mítica que ahora produce  cierto sonrojo a la vista del modo en que hemos envejecido ambos pero, con eso y con todo, es un film insólito que escapa a cualquier encasillamiento debido a la mezcolanza de elementos que la conforman. Y, como tal, es casi carne de coleccionista.

            Por otro lado, es un hecho constatado mi interés por las películas de dinosaurios y ésta sin duda lo es pero, por encima de ello, el mero hecho de contemplar la catedral de Cuenca en mitad de una secuencia de acción creo que ya me merecería  sobradamente la pena.

            Lo que me parece evidente es que, con mucha probabilidad, la película gustará más a vuestros hijos pequeños que a vosotros. A no ser que estén demasiado resabiados a causa de los modernos efectos tecnológicos que hoy en día pueblan el cine.

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar