EVEREST

 

El cine reaviva la polémica

 

Parte I

 

Everest paisaje

 

CRÓNICA DE UNA TRAGEDIA

 

A estas alturas, nunca mejor dicho, confío en no descubrirle a nadie que la historia que relata “Everest” no es otra que la tragedia real acaecida el 10 de Mayo de 1996 en la cumbre más alta del mundo.

Ese día, marcado en rojo en la Historia del Alpinismo, murieron 8 personas pertenecientes a tres expediciones distintas. A lo largo del mes siguiente morirían otras 4, elevando el trágico balance de esa primavera a 12 víctimas.

Aun teniendo en cuenta que, estadísticamente, de cada 4 personas que logran coronar el Everest hay una que muere en el intento, esa cifra de 1996 era hasta hace bien poco la más negativa en la larga tradición de las escaladas a la mítica montaña.

Sin embargo, el 16 de Abril de 2014 un alud en la cascada de hielo Khumbu arrastró consigo y provocó la muerte a otras 16 personas, curiosamente todas ellas sherpas, señalando una nueva cota dramática en la Historia de las expediciones al Everest.

Por si ello fuera poco, en Abril de este mismo 2015 un tremendo terremoto en Nepal que alcanzó los 7,8 grados en la escala de Richter, dio como resultado un estremecedor balance de más de 4.000 muertos, incluyendo varias decenas de víctimas que en esos momentos estaban en diferentes fases de ascenso al Everest.

En cualquier caso, la película dirigida por Baltasar Kormákur Samper, un actor, director y productor de cine y teatro de origen hispano-islandés, se centra en los días transcurridos desde la llegada de los protagonistas a Katmandú en marzo de 1996 hasta el funeral de alguno de ellos apenas dos meses más tarde.

 

Everest director

 

Dado que se trata de una historia real, no creo necesario advertir que los spoilers están a la orden del día a lo ancho y largo de este artículo.

 

EVEREST, EL FILM

 

“1953: Edmund Hillary y Tenzing Norgay se convirtieron en los primeros montañistas en llegar a la cumbre del Everest. Durante los siguientes 40 años, sólo montañistas profesionales expertos intentaron lograr la misma hazaña. Uno de cada cuatro murió.

1992: el neozelandés Rob Hall creó el concepto de las expediciones comerciales guiadas al Everest para montañistas no profesionales. Durante los siguientes 4 años, su equipo, “Adventure Consultants”, guió exitosamente a 19 clientes hasta la cumbre, sin una sola muerte.

1996: Otros operadores comerciales siguen el ejemplo de Rob Hall, entre ellos “Mountain Madness”, de Scott Fischer. Más de 20 expediciones compiten para llegar a la cumbre del Everest en el mismo lapso de 2 semanas”.

Con estos tres rótulos se da inicio a la proyección, en la que una breve introducción nos muestra a Rob Hall arengando a sus clientes para que se crean capaces de coronar con éxito su expedición. La imagen muestra luego el trabajoso avance de los escaladores, a los que la cámara deja atrás para ir subiendo hasta la cúspide de la montaña mientras el título llena la pantalla: Everest.

La acción se retrotrae entonces seis semanas antes, cuando el equipo de Rob carga material de escalada en Christchurch, Nueva Zelanda.

Rob les da entonces la noticia: “Tenemos a Krakauer”, lo que significa que han logrado reclutar para su expedición al célebre periodista y montañero.

Todos se muestran entusiasmados excepto Helen Wilton, que le pregunta con toda intención cuánto va a pagarles. Quitándole importancia, Hall responde que sólo se pagará su billete de avión pero que, a cambio, les dará 5.000 palabras y la portada del próximo número de la revista “Outside”.

Poco después tiene lugar la emotiva despedida entre Rob y su embarazada esposa Jan. Ella, también una avezada escaladora, le pide que regrese a tiempo para el parto de su primer hijo. O hija…

Unos días después, en el aeropuerto de Katmandú, Doug Hansen y el escritor Jon Krakauer coinciden con Beck Weathers, que se muestra un tanto arrogante con ellos. Son tres de los ocho clientes que han contratado la expedición con Adventure Consultans.

Ya en la capital nepalí, todos se alojan en el hotel Garuda, del turístico barrio de Thamel y muy popular entre quienes participan en expediciones al Himalaya.

 

Everest Katmandu

 

Alli, Rob les reúne para que lo conozcan a él y a sus otros dos guías y también para sentar las bases de lo que serán las próximas semanas.

Están a punto de seguir –les dice- los pasos de George Everest, de George Mallory, Tenzing Norgay, Edmund Hillary… ¡Y Rob Hall!, añade uno de ellos para regocijo general.

Pero no todo va a ser diversión, les advierte ya de antemano. “Porque sobre todo es dolor”, afirma para sorpresa de todos. Y, para ilustrarlo, anima a Mike Groom a mostrar uno de sus pies, del que falta un dedo amputado.

Han de familiarizarse con la idea de que los seres humanos no están diseñados para vivir a la altitud de vuelo de un Boeing 747. Por encima del Collado Sur, los cuerpos literalmente empiezan a morir. El reto, por tanto, consiste en llegar desde ahí hasta la cumbre y regresar antes de que eso ocurra.

Es el 30 de marzo y la idea es llegar a la cima el 10 de mayo, por lo cual disponen de cuarenta días para entrenar cuerpos y mentes a fin de intentarlo con garantías.

Al día siguiente parten del aeropuerto internacional de Tribhuvan a bordo de un helicóptero Mi-17, una reliquia rusa de la guerra de Afganistán, del tamaño de un autobús y tremendamente ruidoso, por lo que se les facilitan tapones para los oídos.

Desde la aldea en la que son depositados comienza una larga caminata que les lleva a cruzar endebles pasarelas suspendidas a gran altura sobre el río.

Finalmente llegan a Namche Bazar, a 3.750 metros de altitud, donde se les conmina a presentar sus permisos de escalada ante las autoridades locales.

Reanudan entonces la marcha en dirección al campamento base y, durante el trayecto, Beck pregunta a Doug si se quedó muy cerca de coronar en su primer intento.

De hecho, Doug reconoce que así fue pero también que el cansancio acabó por vencerle.

Cuando Beck insiste en las razones por las que no lo intentó, Rob media para aclarar que fue él quien le hizo bajar. “Está muy bien llegar a la cumbre pero me han contratado para que los traiga sanos y salvos de vuelta”.

En el Monasterio Tengboche, a 3.867 metros, toda la expedición participa respetuosamente de los ritos budistas, en los que el rimpoche (la reencarnación viviente de un antiguo e ilustre lama) les bendice por turnos y les ciñe al cuello los katas (pañuelos ceremoniales de seda blanca).

Más arriba, a 4.877 m, guardan un sobrecogido silencio ante los Monumentos de piedra que se levantan en hilera para recordar a los escaladores muertos en el Everest.

Al fin, a 5.364 metros de altitud alcanzan el campamento base, donde conocerán a Helen Wilton y a la doctora Caroline Mackenzie, que les pone al corriente de los principales riesgos de la altitud.

Está a punto de comenzar la verdadera aventura.

 

Everest pasarela

 

MAL DE ALTURA

 

Considerado uno de los mejores libros jamás escritos sobre montañismo, la obra de Krakauer constituye un documento valiosísimo para ponderar los acontecimientos que tuvieron lugar en el monte Everest en abril y mayo de 1996.

El autor -escritor y periodista además de escalador- narra en primera persona todo lo ocurrido, arrancando con la prehistoria de la expedición y terminando con su abrupto y trágico final.

 

Everest Jon Krakauer verdadero

 

Por supuesto, el film no es en modo alguno una adaptación de esta crónica novelada pero, tal como fueron las cosas durante la preproducción, ha acabado por asemejarse más de lo previsto.

La cuestión es que “Everest” estaba pensado casi como un biopic de Rob Hall y por ello se contactó con Christian Bale para que encarnase al legendario alpinista neozelandés.

Sin embargo, la negativa de la estrella galesa obligó a bajar el perfil del protagonista, recayendo la responsabilidad en el actor australiano Jason Clarke.

Ante ese cambio de escenario, se optó por un sutil cambio de guión y el argumento pasó a ser más coral, de modo que se pudo sacar más partido de las descripciones que Krakauer realizó en su libro acerca de sus compañeros de escalada.

Cierto es que con ello se pierde la oportunidad de conocer en profundidad a un tipo singular como Hall, que sin duda merece un estudio detenido pero, como contrapartida, el espectador tiene la oportunidad de identificarse más con los escaladores de a pie que sufren a la sombra del gran hombre.

Obviamente el libro recrea detalles que una película de dos horas no puede en modo alguno ofrecer. Aparte de que intentar plasmar tantos datos en un film redundaría en un ritmo tedioso y muy difícil de digerir.

En cualquier caso, su lectura aunque sea posterior al visionado del film ofrece una perspectiva muy interesante, ya que el punto de vista se centra en el periodista que observa y deduce, en tanto que la película, en la que Krakauer sólo es un personaje “de reparto”, se muestra en principio mucho más objetiva.

Así, el film de Kormákur no juzga los hechos sino que se limita a mostrarlos para que cada cual extraiga las conclusiones que considere oportunas.

Krakauer, por el contrario, sí analiza y censura cuando lo considera oportuno. Y sus críticas alcanzan desde algunos errores gravísimos que también reproduce la película (las cuerdas no preparadas con tiempo, la falta de actitud de los sherpas enfrentados entre sí, la insuficiencia de oxígeno) a alguna acusación concreta.

La mayoría recaen en el ruso residente en Kazajistán Anatoli Boukreev, a quien el escritor pinta como un hombre individualista y asocial.

 

Everest Anatoli verdadero

 

Precisamente el tratamiento de este personaje es una de las mayores diferencias que se observan entre el libro y la película, ya que en ésta Anatoli habla un inglés más fluido del que Krakauer le atribuye y también parece tener una relación bastante cordial con Scott Fischer.

En cambio, Krakauer sostiene que fue la negligencia del ruso una de las principales causas de varias de las muertes, en especial de la de su propio jefe.

Así, la víspera del ascenso final, Scott habría ordenado a Boukreev que cerrase la marcha hasta el campamento alto y vigilara a todo el mundo pero el ruso hizo caso omiso, se levantó tarde, se duchó y se puso en camino casi 5 horas después que el último cliente. Cuando uno de ellos se vino abajo con una cefalea, el ruso no estaba para ayudarle y Scott tuvo que bajar corriendo a por él y bajarlo hasta el campamento base antes de volver a subir. Como consecuencia, Fischer estaba reventado antes de iniciar el ascenso, en lugar de disfrutar del imprescindible día y medio de descanso.

También la decisión de Boukreev de subir sin oxígeno y sin mochila es considerada por Krakauer una irresponsabilidad, ya que se suponía que el guía no ascendía para sí mismo sino que estaba trabajando, de modo que su temeraridad supuso que no tuviera la fuerza suficiente para ayudar a los clientes cuando estos empezaron a derrumbarse ni tampoco el material (oxígeno, botiquín, cuerdas) necesario para hacerlo.

Siguiendo con el personaje de Fischer, éste había intentado escalar el Everest en cuatro ocasiones y al fin lo había conseguido en 1994 pero no como guía. La primavera de 1996 marcaba su primera visita a la montaña al frente de una expedición comercial pero su empresa ya se perfilaba como la gran rival de la neozelandesa Adventure Consultants.

Es una de las razones por las que Rob Hall, sabiendo que una empresa estadounidense como Mountain Madness podía comerle una porción de mercado demasiado grande entre su clientela básicamente norteamericana, decidió hacer una contraoferta a la revista Outside y “robarle” a Krakauer aunque, en el film, el neozelandés niegue toda responsabilidad y atribuya a la propia publicación la responsabilidad de la ruptura del acuerdo tácito que ya existía entre Krakauer y Scott.

Por otra parte, en la crónica escrita se afirma que Scott fumaba mucho cannabis aunque parece ser que no lo hacía nunca mientras trabajaba, lo que no queda tan claro viendo el film. También se afirma que el alpinista bebía más de lo recomendable.

 

EL PLAN DE ROB

 

Tanto en la crónica novelada de Krakauer como en la película de Kormákur se muestra la estrategia de Rob Hall para aclimatar a su grupo.

Con un poco de ganas, cualquier idiota puede subir esta montañita –habría dicho Hall-; la gracia está en volver con vida”.

Las líneas maestras de su plan incluían la realización de tres salidas de aclimatación con un carácter progresivo.

Los sherpas irían estableciendo diversos campamentos por encima del campamento base, saltando unos 600 metros de altitud entre uno y otro.

La idea era tener todo el material (comida, combustible y oxígeno) a 7.900 m en el Collado Sur y realizar un mes después el asalto definitivo a la cumbre desde ese campamento alto.

En la primera salida prevista por Hall se abandonaba el campamento base para llegar al campamento I, donde se permanecería apenas una hora antes de descender de nuevo.

 

Everest campamento

 

En la segunda se pernoctarían dos noches en el campamento I y se continuaría hasta el campamento II, donde se pasarían otras tres noches antes de volver a bajar hasta el campamento base.

En la tercera y última salida, se subiría hasta el campamento III y se pasaría la noche a 7.300 metros antes de volver a descender.

Como comenta Rob en el film, el punto más crítico de su plan estribaba en el hecho de que en cada una de esas tres salidas había que atravesar, tanto a la ida como a la vuelta, la Cascada de Hielo del Khumbu, el punto del Collado Sur más temido por los escaladores.

Y es que a una altitud superior a los 6.000 m, dicha cascada se precipita abruptamente por un declive y, dado que el movimiento del glaciar es de alrededor de un metro al día, ello provoca fracturas del hielo en forma de enormes bloques (seracs) que pueden ser tan altos como un edificio. Si alguno se desmorona sobre los escaladores… sencillamente es el fin.

Por ello, los grupos que se ocupan cada temporada de trazar una línea segura a través de la Cascada, tendiendo kilómetros de cuerda e instalando escalas de aluminio sobre la superficie del glaciar, cobran un “peaje” al resto de expediciones que las utilizan.

 

CONCATENACIÓN DE ERRORES

 

Para evitar la previsible aglomeración que se iba a producir frente a las cuerdas en caso de que todas las expediciones optaran por las mismas fechas, Rob organizó una reunión entre las expediciones presentes –la suya, la de Scott, una taiwanesa, otra surafricana y otra de IMAX, encabezada por el prestigioso David Breashears- a fin de establecer un calendario.

Aunque su idea no fue recibida con calor, el rechazo de la expedición surafricana fue frontal y su díscolo responsable, Ian Woodall, se opuso groseramente, abandonando la reunión con muy malos modos.

Finalmente los surafricanos no resultaron ser un problema ya que su diezmada expedición llegó reventada al día 10 y ni siquiera llegaron a salir de sus tiendas.

Sin embargo, los taiwaneses rompieron su palabra y se pusieron en camino en la fecha a la que habían renunciado, lo que contribuyó a aumentar el tráfico.

Por otra parte, las rencillas existentes entre el sirdar de Hall (Ang Dorje) y el de Scott (Lopsang Jangbu), que hasta un año antes había trabajado también para Adventure Consultants, provocó que el primero se negara a colocar las cuerdas, dado que el segundo había hecho una total dejación de funciones.

El retraso se fue acumulando debido a la espera frente a una cornisa que no podía escalarse sin dichas cuerdas.

Para colmo de males, según relata Krakauer en su libro fue Rob Hall quien animó a Doug Hansen a seguir escalando cuando éste había decidido rendirse debido a su mal estado físico.

De hecho, para entonces ya cinco de los ocho clientes de Rob habían desistido y cuatro de ellos regresaban hacia el campamento base mientras Beck Weathers esperaba a un lado de la ruta con problemas oculares.

Teniendo en cuenta que prácticamente todos los clientes de Scott iban a hacer cumbre, es posible que el ego de Rob le jugase una mala pasada y por ello insistiera a Doug para cumplir su sueño aunque la película, que es mucho más benigna con el duelo de Adventure Consultants, muestra a un Doug desesperado por conseguirlo y a un Rob que no sabe cómo negarse.

Lo que no está tan claro es que las botellas de oxígeno que Andy Harris reclama a gritos en la película no se hubieran subido. De hecho, Krakauer sostiene que en esos momentos Andy ya había perdido el norte y que probablemente no fue capaz de distinguir las botellas vacías de las llenas.

En cualquier caso, el cansancio extremo de un Scott Fischer que debía haber estado en plena forma, la falta de previsión e irresponsable individualismo de Boukreev y la sorprendente volubilidad de Rob hacia unos horarios que él sabía eran innegociables se aliaron con una sucesión de errores en un lugar en el que uno sólo de ellos ya era excesivo. La inopinada y virulenta tormenta que se desató durante el descenso acabó de complicar las cosas hasta un punto insuperable.

 

FILMANDO EN LA MONTAÑA

 

La alta montaña siempre resulta espectacular en la gran pantalla e incluso films mediocres como “Límite vertical” o “Máximo riesgo” lucen de maravilla cuando las luces se apagan.

 

Everest 2

 

De hecho, a pesar de que las historias que se desarrollan en plena escalada van ineludiblemente unidas al riesgo -y, con frecuencia, a la tragedia-, ello no les resta ni un ápice de atractivo.

El espectador, por ello, tiende a identificarse con el ansia del escalador por llegar arriba, hasta el final, por coronar su sueño y plantar la bandera en el punto más alto.

Incluso para quienes ni en la peor de sus pesadillas se cargarían de pertrechos para ponerse a escalar un plano vertical, el hecho de ver plasmada en la pantalla la belleza de las cúspides de nuestras mayores y más peligrosas montañas suele ser una auténtica catarsis en nada exenta de placer.

Así, lo habitual en este tipo de producciones suele ser alternar lo placentero con lo doloroso, la diversión con el sufrimiento. Y, por lo general, se suele pasar gradualmente de lo primero, cuando todavía prima la ilusión, a lo segundo, cuando surgen los problemas (siempre graves en esas latitudes) y toca pasarlo mal.

Por ello sorprende que en “Everest” se nos advierta ya desde el primer momento, por parte de los protagonistas más expertos, que en realidad hay muy poco de divertido en lo que ellos hacen y mucho, en cambio, de retos personales, de cuentas pendientes con uno mismo y, sobre todo, de dolor.

Relata Krakauer en su “Mal de altura”, una de las diversas fuentes utilizadas por los guionistas de “Everest”: Hacía cincuenta y siete horas que no dormía. La única comida que había sido capaz de tragar en los tres días precedentes era un bol de sopa de ramen y un puñado de cacahuetes. Semanas tosiendo con violencia me habían dejado dos costillas separadas que convertían en un tormento el mero hecho de respirar. A 8.848 metros, en la troposfera, me llegaba tan poco oxígeno al cerebro que mi capacidad mental era como la de un niño retrasado.

Es importante señalar que la “zona de la muerte”, a la que se alude en el film, es un término utilizado para describir un área de una montaña por encima de los 8,000 metros de altura, donde el cuerpo humano ya no puede aclimatarse y simplemente comienza a morir. No importa el entrenamiento previo o la buena condición física; sin oxígeno suplementario el cuerpo humano no puede vivir más de 48 horas en la zona de la muerte, una región que sólo se encuentra en 14 montañas de todo el mundo (los catorce “ochomiles”), incluyendo el Everest.

El nivel de oxígeno es escaso, lo que significa que el cuerpo humano agota su suministro más rápido de lo que tarda en reponerlo. Los estados mentales y físicos se ven afectados, provocando que los escaladores experimenten alucinaciones, sufran pérdida de conciencia, padezcan severas migrañas y gastroenteritis, sean incapaces de comer o dormir, experimenten sensación de asfixia o vean cómo sus cortes y rasguños no cicatrizan.

Al igual que en la novela de Krakauer, también la película recrea la atmósfera de la escalada en términos poco halagüeños.

Algunos de los personajes se cuestionan incluso por qué están allí, no sólo jugándose la vida sino también sufriendo como perros. Al frío atroz, que se acentúa cuando sopla el fortísimo viento del Himalaya, hay que unir las crecientes dificultades respiratorias por la escasez de oxígeno y el empeoramiento crónico del estado de salud de todos los miembros del equipo.

Por supuesto, ello no es óbice para que la fotografía resulte excelsa y deleite al espectador con la belleza desmesurada y salvaje de que hace gala el techo del Himalaya.

 

Everest vertigo

 

La recreación de escenarios es uno de los puntos fuertes del film, acreditando una concienzuda documentación gráfica, ya que obviamente no se filmó en la cumbre del Everest.

De hecho, las secuencias filmadas en Nepal corresponden a Katmandú, Namche Bazaar y la falda de la montaña, así como en el campamento base de las expediciones que escalan realmente la cúspide del mundo.

El resto fue rodado en exteriores de los Alpes italianos y en interiores de los estudios también italianos de Cinecittá y británicos de Pinewood.

Se le ha achacado, por el contrario, la poca verosimilitud de algunas escenas como aquellas en la que Scott toma el sol sin camisa en pleno campamento base u otro escalador se quita las gafas protectoras a más de 8.000 metros de altura.

 

Everest Scott descamisado

 

Posiblemente no les falte razón a los críticos y dichas escenas rocen el límite de lo improbable pero con lo que no estoy en absoluto de acuerdo es con la opinión más o menos generalizada de que, para tratarse de una obra coral, la película desaprovecha la ocasión de hacer un buen análisis de los personajes.

Más bien al contrario, si algo le reconozco a este film, que dista mucho de ser redondo, es precisamente su capacidad de describir al amplio número de personajes que participan de la historia con pocos pero certeros trazos.

No es necesario conocer en profundidad la vida de cada uno de ellos ni los entresijos de sus personalidades sino que basta (o al menos a mí me parece suficiente) con que se esbocen las líneas maestras de su carácter y de las motivaciones que les han llevado hasta allí. Y eso la película de Kormákur lo hace francamente bien.

 

ROB HALL, NACIDO PARA LA AVENTURA

 

De Rob Hall comenta Krakauer en “Mal de altura” que medía cerca de un metro noventa y era flaco como una estaca. También afirma que, debido a sus marcadas arrugas junto a los ojos o al aire de autoridad que transmitía, aparentaba más de los 35 años que tenía.

Krakauer completa la descripción del mítico alpinista afirmando que una mata rebelde de pelo castaño le asomaba a la frente y que su barba necesitaba un buen corte. Lo cierto es que el casting de la película otorga un físico bastante aproximado a esa descripción aunque el actor Jason Clarke, encargado de dar vida a Hall en la pantalla, no sea ni mucho menos escuálido.

 

Everest Rob Hall falso vs verdadero

 

En cualquier caso, parece que su cáustico humor típicamente neozelandés convertía a Hall en un excelente narrador. Una de las razones, sin duda, por la que al escritor estadounidense le cayó bien desde el primer momento.

En la película de Kormákur también se presenta a Rob como una persona afable, valiente y honesta, altamente profesional y con un gran sentido de la responsabilidad.

Incluso aparece como un hombre tan implicado con sus clientes que acaba convirtiendo a muchos de ellos en amigos, dejando en un segundo plano la cuestión crematística que tantas críticas le acarreó.

Es el caso de Doug Hansen, un empleado de Correos que al principio del film agradece a Hall la rebaja de sus emolumentos (“tienes tres trabajos, Doug, es lo mínimo que podía hacer”).

Pero también el de Beck Weathers, que recuerda demasiado tarde la fecha de su aniversario de boda y al que Rob “regala” una llamada gratis a su esposa a pesar de los escandalosos 25 dólares por minuto que cuesta la conexión con Estados Unidos (aunque Krakauer en su novela reduzca el precio de dichas llamadas a 5 dólares por minuto). Ese altruismo del montañero le costará la crítica de la responsable del campamento base aunque también denota un interés manifiesto del guión por agrandar su figura.

Sin embargo, la generosidad de Hall irá mucho más lejos cuando ponga en gravísimo peligro su vida a fin de que el propio Doug cumpla su sueño de hacer cumbre en su segundo y previsiblemente último intento.

Ello resulta especialmente significativo si se tiene en cuenta que su esposa Jan le esperaba a miles de kilómetros, embarazada de la que iba a ser la primera hija de ambos, Sarah

Nadie mejor que Jan, por otra parte, para entender que su marido estuviera tan lejos del  hogar en un momento tan importante para la familia.

De hecho, Jan Arnold dirigía la clínica fundada por la Himalayan Rescue Association en Pheriche, un villorrio a 4.200 m de altitud donde se tratan principalmente afecciones relativas al mal de altura, cuando en 1990 conoció al que acabaría convirtiéndose en su marido.

Él iba a camino de su primera cumbre en el Everest y decidió conquistar a la doctora tan pronto lograra hacerlo con la montaña. Ya en su primera cita, le propondría ir a Alaska y escalar junto a él el McKinley, a lo que ella accedió.

Se casaron en 1992 y un año más tarde Jan subió con Rob al Everest, convirtiéndose en la segunda mujer de Nueva Zelanda en conseguirlo, tras Lydia Bradey.

 

Everest Jan Arnold y Rob Hall

 

En 1994 y 1995, Jan trabajó como médico en el campamento base y no repitió en 1996 por estar embarazada de siete meses, con lo que su puesto fue ocupado por Caroline Mackenzie.

Dejando al margen el enfoque que la película hace del personaje de Rob Hall y al que algunos pueden achacar una cierta intención de reivindicar al hombre a quien tantos criticaron por mercantilizar el Himalaya, aquí quedan unos cuantos datos rigurosamente reales acerca de su vida:

- Nacido en 1961, en el seno de una familia católica de clase obrera en Christchurch, Nueva Zelanda.

- Es el menor de nueve hermanos y al cumplir los quince años deja los estudios tras un conflicto con un déspota profesor.

- En 1976 entra a trabajar en Alp Sports, una empresa neozelandesa fabricante de equipo para escalada en el que la innata capacidad organizadora de Rob pronto le lleva a dirigir en solitario la producción. Por entonces empieza a escalar.

- En 1980, con diecinueve años, Hall participa en una expedición que ataca la difícil arista Norte del Ama Dablam, un pico de 6.799 metros. Es su primer viaje al Himalaya y durante el mismo visita también el campamento base del Everest, a escasos 24 km de distancia. Allí decide que algún día subirá al techo del mundo.

- Le cuesta diez años y tres intentos pero en mayo de 1990 corona por fin la cima del Everest como jefe de una expedición en la que también se encuentran Peter Hillary (el hijo de sir Edmund, uno de los dos primeros hombres en llegar a la cumbre) y un guía de Auckland llamado Gary Ball, a quien había conocido dos años antes y que se convierte en su principal compañero de escalada y en su mejor amigo.

- A poco de regresar a Nueva Zelanda, ambos pergeñan un ambicioso plan para escalar las cumbres más altas de cada continente (7 en total) en sólo 7 meses. Logran el patrocinio de la compañía eléctrica Power Wild y el 12 de diciembre de 1990, apenas unas horas antes de que expire su plazo, conquistan la aguja de la séptima cima: el monte Vinson, en la Antártida.

- Entendiendo que para seguir logrando patrocinadores se ha de optar por retos cada vez más difíciles y peligrosos hasta acabar teniendo previsiblemente un accidente mortal, Rob y Gary cambian de enfoque y se convierten en guías especializados en alta montaña. Ya no realizan las escaladas que más les gustan sino que el reto consiste en hacer subir y bajar a los clientes sanos y salvos, lo que constituye un tipo de satisfacción diferente.

- Juntos crean una empresa a la que bautizan con el nombre de Adventure Consultants (Asesores de Aventura) con la que en 1992 conducen a seis clientes hasta la cumbre del Everest y en 1993, en una expedición en la que también se encuentra la esposa de Rob, a otros siete.

- De regreso a Nueva Zelanda, topan con las inesperadas críticas de sir Edmund Hillary, que censura el papel de Hall en la creciente comercialización del Everest. Las masas de novatos que pagaban para ser conducidos a la cumbre, decía sir Edmund, estaban engendrando una falta de respeto por la montaña.

- Cinco meses después de las invectivas de Hillary, en octubre de 1993, Gary Ball fallece de un edema cerebral (hinchazón del cerebro debida al exceso de altura) durante una escalada al Dhaulagiri, con sus 8.172 metros, el sexto pico más alto del mundo. Comatoso dentro de una pequeña tienda de campaña en lo alto del pico, Ball expira en brazos de su amigo Rob Hall, quien al día siguiente lo entierra en una grieta del glaciar.

- Sobreponiéndose, Hall sigue en solitario con su empresa y en 1994 completa la mejor expedición en la historia de la empresa, ya que los seis clientes alcanzan la cumbre, incluyendo al noruego Erling Kagge, que se convierte en la primera persona en alcanzar la cima del Everest y ambos polos a pie.

- Menos suerte habría en 1995, cuando la profundidad de la nieve y los retrasos provocados por otros equipos que se agolpan ante las cuerdas obligan al grupo de Rob a regresar desde la cima Sur, afortunadamente sin tener que lamentar tampoco en esta ocasión desgracias personales. De hecho, incluso hubieron de rescatar a una alpinista francesa de otro grupo en su camino de vuelta. Con todo y de forma justificada, Hall sigue anunciando Adventure Consultants como la agencia líder en escalada al Everest, con más ascensiones que cualquier otra organización.

- En 1996, cuando sobrevendrá la tragedia, Hall está cobrando 65.000 dólares por cada cliente que desee ser guiado hasta el techo del mundo. Ninguna empresa tiene tarifas tan elevadas (50.000 cobra “Mountain Madness” o Locura de Montaña, la empresa de Scott Fischer) y algunos competidores incluso cobran una tercera parte de lo que pide Adventure Consultants. Sin embargo, gracias a su increíble historial de éxitos, Hall no tiene problemas para completar la lista de su octava (y funesta) expedición al Everest.

- Al hacer cima se convierte en la primera persona en escalar 5 veces el Everest.

 

 

 

PRÓXIMAMENTE: Everest – Parte II: Personajes, reparto, Historia de las Escaladas al Everest y consideraciones éticas

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