39 ESCALONES

 

El memorable remake de Don Sharp

 

39 escalones reloj

 

 

UN CLÁSICO DE HITCHCOCK

 

A lo largo de mi vida he leído infinidad de estudios, tratados, entrevistas y análisis sobre la vida y obra de Alfred Hitchcock y guardo como auténticos tesoros tanto la magnífica biografía que de él escribió Donald Spoto en 1983 ("Alfred Hitchcock, la cara oculta del genio") como el voluminoso y extraordinariamente ilustrado "Hithcock/Truffaut" en el que el director francés, mediante una serie de entrevistas desarrolladas a lo largo de varios años, realiza una semblanza de la obra del "mago del suspense" contando con su valiosísima colaboración.

El estudio de su vida y el de su obra me ha llevado a considerarlo, como tantos antes que yo y muchos más que lo harán a continuación, como uno de los mayores genios de la Historia del Celuloide, con independencia del género cultivado, que en este caso fue obviamente el suspense.

Como consecuencia de la admiración generalizada que la producción cinematográfica de Hitch ha provocado siempre en sus colegas de profesión (tanto como entre la crítica y el público), son muchas las influencias de sus películas en los thrillers rodados con posterioridad.

Desde guiños más o menos evidentes a influencias confesas e inconfesas, plagios ignominiosos y, por supuesto, remakes en toda regla.

Entre estos últimos destacan por su notoriedad “Un crimen perfecto” (1998), dirigida por Andrew Davis y con Michael Douglas, Gwyneth Paltrow, Viggo Mortensen y David Suchet en el destacado reparto; la mediocre y televisiva “La ventana de enfrente” (1998), realizada por Jeff Fleckner, con Christopher Reeve y Daryl Hannah como protagonistas; o la mismísima “Psycho (Psicosis)” (1998), perpetrada por Gus Van Sant e interpretada por Vince Vaughn, Anne Heche, Julianne Moore y de nuevo Viggo Mortensen, que plagiaba plano a plano y sin el menor sonrojo al film original.

El propio Hitchcock se atrevió con un remake de “El hombre que sabía demasiado” (1956) que actualizaba su propio film homónimo de veintidós años antes, permitiéndole además añadirle color, una más cuidada producción y un elenco a la altura de su nuevo status en Hollywood (aunque en el film original interviniera nada menos que Peter Lorre).

Dicho esto, debo añadir también que, en general, no soy demasiado partidario de las nuevas versiones. Sobre todo si considero que la obra primigenia no precisa de ninguna actualización por ser completa, redonda y perfecta en sí misma.

Pero, como para toda regla hay excepción, aquí nos hallamos frente a una de ellas, al menor por lo que a mí respecta.

Curiosamente, los dos remakes que se han hecho de la película "39 escalones" de Hitchcock han sido de nacionalidad británica pero, mientras considero que la versión dirigida por Ralph Thomas en el 59 es perfectamente olvidable (también puede influir el hecho de que la vi hace bastantes años y en una grabación de escasa calidad audiovisual), no ocurre lo mismo con la de Don Sharp de 1978.

 

LÍNEA ARGUMENTAL

 

El coronel Scudder, un miembro ya retirado del servicio de inteligencia inglés, descubre un complot organizado por espías prusianos para asesinar al Primer Ministro griego, Karolides, mientras éste comparezca ante el Parlamento británico.

El papel de Karolides es básico para la paz internacional ya que, mientras él mantenga unidos a los Balcanes, no se iniciará la guerra contra Prusia, dando tiempo a Francia e Inglaterra para prepararse.

Reunido con Sir Hugh Porton y Lord Harkness, las denuncias de Scudder sólo encuentran apoyo en este último, que es asesinado horas después frente a su propia casa por Appleton, un conocido millonario que alterna con el mismísimo Rey.

Al día siguiente, tras una sesión de urgencia de la Cámara de los Lores, Sir Hugh sale en compañía de Appleton.

En medio de la multitud, éste mira hacia un edificio y de pronto agarra al político, situándolo en un determinado punto. Se oye una detonación y Porton cae muerto.

Scudder, que ha presenciado lo ocurrido, se encuentra con los ojos del millonario, que lo taladra con la mirada.

 

39 escalones villano

 

El coronel decide acudir entonces a su vecino Hannay, un ingeniero de minas que está a punto de regresar a Sudáfrica, donde ha vivido casi toda su vida.

Primero le amenaza con una pistola pero pronto concluye que puede confiar en él, por lo que le transmite el secreto que ha descubierto, informándole de que todos los detalles del complot se hallan anotados en su agenda.

Sin embargo, y aunque presta atención a las explicaciones del coronel, Hannay decide seguir con sus planes de visitar su pueblo natal, una pequeña localidad escocesa, antes de iniciar el viaje de regreso a Ciudad del Cabo.

Después de vaciar el cargador de la pistola de su invitado, el ingeniero sale hacia Union Castle para sacar un billete a Sudáfrica, tras lo cual pretende acercarse a la estación de St. Pancras a fin de reservar un asiento para Escocia.

En esos mismos momentos, dos agentes prusianos fuerzan la puerta del apartamento de Hannay mientras el coronel descubre horrorizado que su anfitrión le ha dejado sin balas en el arma.

 

39 escalones Scudder

 

Disfrazado de aristócrata, Scudder huye por la escalera de incendios pero, ya en la calle, es detectado cuando el lechero lo reconoce y lo saluda sin mala intención.

Desesperado, deposita un paquete en un buzón y toma un taxi hacia St. Pancras, siendo perseguido hasta allí.

Cuando al fin ve a Hannay en una de las taquillas de la estación, el coronel le llama y el ingeniero sale a su encuentro pero Scudder es apuñalado justo entonces, muriendo en los brazos de su reciente amigo, por lo que Hannay es tomado por el asesino y detenido.

El teniente Lomas, responsable del caso, se empecina en obtener una confesión que el detenido no está en condiciones de realizar puesto que es inocente de los cargos.

Aun así y tras una vista preliminar, el juez deniega a Hannay la posibilidad de salir bajo fianza.

Sin embargo, cuando va a ser trasladado a la prisión, unos hombres asaltan a la policía y se llevan al prisionero consigo.

Los secuestradores llevan a Hannay ante Appleton, a quien el ingeniero no conoce, para que éste le interrogue.

Convencido de que Hannay no tiene la agenda pero sí sabe de su existencia, el millonario ordena a sus hombres que lo dejen escapar y le sigan hasta que el ingeniero dé con la libreta.

Efectivamente, el fugado la encuentra bajo una báscula de la estación, donde ha ido a parar de un puntapié tras la confusión de la víspera y se las arregla para escapar de sus perseguidores tras robarle la ropa a un vicario. Es descubierto al arrancar el tren en el que escapa pero los espías no logran subir al mismo.

 

39 escalones en el tren

 

En mitad del trayecto, Hannay acciona la palanca de frenado y se apea del vagón, colgándose de la parte inferior de un puente. Nadie consigue encontrarle, por lo que el tren continúa su viaje aunque la zona es rastreada de inmediato.

Localizado con la ayuda de un avión, muy pronto tiene a dos prusianos tras él mientras los hombres de Lomas también lo buscan con ayuda de perros.

Los alemanes lo encuentran antes y disparan contra él sin alcanzarle, de modo que Hannay se introduce en un bosque privado.

Los espías le persiguen y asesinan al guarda cuando éste les impide el paso.

Poco después, el ingeniero llega a un claro donde algunos aristócratas se encuentran cazando y Hannay les hace creer que está intentando ganar una apuesta en una especie de “caza del hombre” con unos amigos.

 

39 escalones caza humana

 

Invitado a cenar en la mansión de uno de los improvisados cazadores, el ingeniero se sentirá atraído por Alex, la prometida de su anfitrión, comprobando que la atracción es mutua.

 

UN REMAKE SORPRENDENTEMENTE BRILLANTE

 

Don Sharp, un director australiano no especialmente brillante y cuya carrera estuvo muchas más veces ligada a la televisión que a la pantalla grande, es el autor de un remake que, amén de respetuoso, constituye un magnífico ejemplo de lo que supone "versionear homenajeando y no plagiando sin más".

 

 

39 escalones Don Sharp

 

Porque, utilizando al divertido Robert Powell como protagonista y con la colaboración de Michael Robson en la reescritura, Sharp dota a la historia de más acción, coreografiándola de modo admirable, en la misma dirección y con el mismo espíritu con que Hitchcock lo había hecho dos décadas antes en "Con la muerte en los talones".

De tal combinación resulta un híbrido a la vez simpático, entretenido y con enormes dosis de aventura romántica (en más de un sentido).

Y hablo de híbrido porque de “Con la muerte en los talones” toma prestado mucho más que el ritmo.

Por ejemplo, la escena en la que el coronel cae muerto en los brazos del protagonista, que es tomado de inmediato por el asesino, constituye algo más que un simple guiño. Tampoco falta una secuencia en un tren ni el acoso de una avioneta. Sería de una ingenuidad manifiesta achacarlo a la mera casualidad.

Con eso y con todo, el guión sigue obviamente la línea del “39 escalones” de 1935, en la que Robert Donat y Madeleine Carroll eran los protagonistas.

A dicha versión corresponden secuencias como las de “Mr. Memory” en el teatro o aquella otra en la que Hannay se ve obligado a intervenir (de forma bastante grotesca, por cierto) en un mitin político.

 

39 escalones Mitin

 

También se encuentran elementos de la ya citada “El hombre que sabía demasiado”, como la trama internacional que pretende asesinar a un líder europeo durante su estancia en la capital británica.

En cualquier caso, el acierto en la elección de exteriores y lo trepidante del ritmo hacen de la cinta de Sharp un film atractivo y muy estimable pese a haber sido tradicionalmente infravalorada por la inevitable comparación con el original de Hitch, a la que sin embargo supera en ritmo y, lógicamente, en diseño de producción.

Escenas como la persecución del protagonista a cargo de los agentes prusianos por los bosques y páramos de Escocia, el aprieto en que se ve nuestro héroe cuando, drogado, lo suben a una silla de ruedas para sacarlo del hotel o sus peripecias "a lo Harold Lloyd" en el reloj de la torre londinense constituyen motivos más que suficientes para dedicarle una buena revisión.

 

 

39 escalones drogado 2

 

 

PLANTEANDO UN ENIGMA

 

El film comienza con una introducción escrita que una voz en off lee en voz alta: “A principios de 1914, una potencia europea envió un telegrama en clave a una casa del oeste de Londres. Descifrado decía: «que despierten los dormidos»”.

Por si ello no fuera lo suficientemente enigmático, vemos a continuación unos pies descienden por unos escalones mientras una voz masculina los va contando. Al llegar al final, el hombre, cuyo rostro no podemos ver, escribe “39” en su cuaderno.

Poco después tendrá lugar la reunión de Scudder con dos de los ilustres miembros de la Cámara de los Lores. Una reunión que el pérfido Appleton y sus hombres espían desde el exterior y que tendrá como consecuencia la muerte, en apenas unas horas, de sus tres protagonistas.

La escena en la que el coronel amenaza primero y convence después a Hannay de que le preste su ayuda es bastante prototípica del cine de Hitchcock, en lo que parece ser un intento de seducir a la propia audiencia a la vez que se hace lo propio con el protagonista.

Éste desconfía abiertamente de su vecino ante lo inverosímil de su historia pero debe rendirse a la evidencia cuando constata que, efectivamente, el coronel está siendo vigilado desde la calle por unos hombres a quienes Scudder atribuye la condición de miembros del servicio de inteligencia prusiano.

Scudder ya sabe bastante de Hannay aunque éste no le conozca en absoluto y ello hace que el ingeniero no se sienta nada cómodo con la situación, lo que provocará que le desarme sin hacérselo saber, lo cual desencadenará la tragedia.

Sin embargo, antes de que el militar británico sea abatido, ha tenido ocasión de saber por su propio anfitrión los planes de Hannay de recalar en la escocesa Strathallan, “lo que en Sudáfrica llamamos una «Aldea de un Caballo»” y esa circunstancia resultará de vital importancia para los sucesos posteriores.

 

LOS INTERROGATORIOS

 

Dos de las escenas más ingeniosas y divertidas de la película de Sharp la constituyen los dos interrogatorios a los que será sometido Hannay.

Las religiosas que han presenciado (o eso creen) el asesinato del militar sostienen sin ningún género de dudas que el ingeniero es el autor del crimen, ya que le han visto con la mano sobre la espalda de la víctima, de la que sobresalía un mortífero puñal.

Como le ocurrirá a Roger Thornhill en la posterior “Con la muerte en los talones”, a nadie se le ocurre que la víctima busque auxilio en la persona sobre la que se abalanza, que es inocente de su asesinato y pronto todas las miradas acusatorias recaen sobre él.

Más suerte tendría, dentro de la desgracia, el doctor Ben MacKenna en “El hombre que sabía demasiado” pues recibe igualmente a la víctima pero nadie le acusa de haber sido él el artífice de su muerte.

En cualquier caso, debido en gran parte al testimonio de las mujeres, Hannay es conducido a comisaría y allí el teniente Lomas se muestra aparentemente paciente con él:

- Cuando le dejé entrar –intenta explicar el acusado-, me apuntó con una pistola. Me dijo que estaban vigilando su piso y que le perseguían. Y añadió algo sobre el día 15 y sobre un complot para asesinar a Karolides.

 

39 escalones Powell

 

- ¿Puede demostrar lo que dice?, inquiere el inspector.

- Lo han matado, ¿no? ¿Por qué lo iban a matar si lo que dijo era mentira?

- Pero usted no le creyó.

- ¡Claro que no!, responde exasperado Hannay.

El interrogatorio prosigue y entonces empezamos a ver la transformación de Lomas; de comprensivo a implacable. Es el momento de hacer partícipe a su interlocutor de cuáles son sus sospechas en torno al presunto móvil del asesinato:

- ¿Cuánto tiempo ha vivido en Sudáfrica?

- Veinticinco años, desde que era niño, responde el acusado.

- Y, de todos esos años, ¿cuántos pasó en las colonias alemanas de África?

- Cinco.

- ¿Haciendo qué?

- Soy ingeniero de minas.

- Demuéstrelo.

- ¿Cómo lo demuestro? ¿Haciendo un pozo? Escríbales, pregúnteselo.

- ¿A quién? ¿A las autoridades alemanas del este y el oeste de África?

- ¿Qué quiere decir?, pregunta ahora Hannay con preocupación, haciéndose cargo de las insinuaciones del inspector.

Después del juicio, cuando el ingeniero es arrebatado de las manos de sus captores por los siempre eficientes y letales agentes prusianos, estos le conducen hasta Appleton, que también le interroga.

Aunque la poco creíble negativa inicial de Hannay no convence al traidor, que hace que uno de sus hombres golpee dolorosamente al prisionero, éste opta por mostrarse firme y le cuenta que, si bien el coronel parecía muy asustado cuando irrumpió en su casa, no le dijo a qué se debía su temor, explicación que debía darle al día siguiente por la tarde pero que su asesinato ha impedido.

No sabiendo qué pensar, Appleton ordenará a sus agentes que dejen escapar a Hannay pues o bien éste es tan inocente como pretende hacerles creer o, por el contrario, sabe dónde se encuentra la agenda de Scudder.

Si se trata de esto último, seguirle les conducirá hasta ella, ya que dicha libreta es la única forma de demostrar su inocencia a la policía.

 

LA APUESTA

 

Otra escena realmente ingeniosa que sucede a la enconada persecución que sufre el héroe a través de los páramos de las Highlands escocesas tiene lugar cuando aparece de pronto entre un grupo de aristócratas que parecen algo aburridos en mitad de una inocua cacería de aves.

Su hostilidad es manifiesta cuando el presunto vagabundo irrumpe en el claro en el que ellos intentan cazar con escaso éxito.

Le sondean con cierto escepticismo y parece claro que están deseando que se largue pero todo cambiará de forma radical cuando el desconocido haga alusión a la apuesta que le ha llevado hasta allí. El desinterés y la desconfianza se trocan entonces en animado entusiasmo.

- ¿Qué clase de apuesta?, le preguntan de inmediato.

- He apostado 500 guineas., responde ingeniosamente el aludido.

- No está nada mal.

- Y, ¿cuál es la apuesta?, tercia la atractiva Alex.

- Dos amigos se apostaron eso a que con una hora de ventaja no llegaría a Inverness sin que me alcanzaran.

- ¡Qué divertido!, se emociona ya abiertamente Alex-: la caza del hombre.

 

39 escalones la chica

 

- Sí, realmente emocionante. Dormir en cualquier parte, cambiar la ropa por la de un vagabundo para despistarles… aunque no huela precisamente a rosas. En fin, no sólo huelo que apesto. Estoy muerto de hambre.

- Oh, David –no se hará de rogar la chica-: tenemos que invitarle a comer.

 

EL REPARTO

 

El protagonista es ingeniosamente interpretado, como queda dicho, por el expresivo actor inglés Robert Powell, a quien muchos habíamos conocido apenas un año antes del film de Sharp cuando encarnó a Jesucristo en la mini-serie de Franco Zeffirelli “Jesús de Nazaret”.

 

39 escalones Powell 2

 

Pero también destaca sobremanera la intervención en el film de David Warner, “villano” habitual en un gran número de producciones británicas y que, curiosamente, nació como Powell en Manchester aunque en 1941, apenas tres años antes.

 

39 escalones David Warner

 

A este prolijo actor le recordaremos igualmente por sus papeles en “La profecía”, “Los pasajeros del tiempo” (en la que interpreta a un Jack el Destripador proyectado al futuro), “Los héroes del tiempo” y las series televisivas “Holocausto”, “Masada” o “Marco Polo”.

Por último, la "cara bonita" del film, ya que el papel femenino no está demasiado perfilado, corre a cargo de Karen Dotrice, una actriz británica de carrera muy breve que, curiosamente, interpretaba a la niña protagonista en la "Mary Poppins" de Julie Andrews.

 

39 escalones chica y su novio 2

 

Aunque sólo contaba con veintitrés años cuando rodó “39 escalones”, la británica no volvería a participar de ninguna producción cinematográfica, limitándose a aparecer un par de veces y de forma episódica en otros tantos episodios televisivos.

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