CLEOPATRA

La película más cara de la Historia del Cine

Parte I

 

Cleopatra portada 1

  

AL BORDE DEL ABISMO

 

A lo largo de la Historia del séptimo arte, varias han sido las películas que han arruinado a los estudios que las produjeron o que los han dejado al borde de la bancarrota.

Presupuestos que se disparan, contratiempos que alargan los rodajes hasta lo insoportable, desavenencias entre los miembros del equipo, accidentes que destruyen decorados o causan heridas a los intérpretes… muchas pueden ser las causas que llevan a una situación tan al límite.

Y, por lo general, esos mastodónticos presupuestos rara vez se traducen en recaudaciones del mismo nivel ni tampoco en resultados artísticos que los justifiquen.

Es el caso de “La puerta del cielo” (1980), un fallido western épico dirigido por Michael Cimino y protagonizado por Kris Kristofferson que se disparó hasta los 44 millones de dólares, cuadruplicando su presupuesto inicial. Con sus poco más de tres millones y medio de recaudación, hizo quebrar a la United Artists, que tuvo que ser absorbida un año más tarde por la Metro Goldwyn Mayer.

También el de “Waterworld” (1995), dirigido por Kevin Reynolds y con su amigo Kevin Costner como intérprete principal, que igualmente cuadruplicó su presupuesto inicial de 60 millones de dólares para situarse en 235 (gastos publicitarios incluidos), la cifra más alta jamás invertida en un film hasta ese momento. Dentro de la desgracia, al menos la Universal recaudó una cantidad similar aunque es bien sabido que se necesita duplicar como mínimo el presupuesto para contar con beneficios.

Pero si hay un film que haya acumulado errores y desgracias durante su rodaje es precisamente “Cleopatra”. Y unos y otras costaron una buena cantidad de dinero hasta alcanzar los 40 millones de dólares. La producción más cara de la Historia en términos relativos puesto que estamos hablando de los años sesenta.

 

Cleopatra cartel

 

La primera anécdota, sin embargo, no tuvo connotaciones dramáticas sino únicamente sorprendentes y tuvo lugar antes de comenzar a rodar, cuando le propusieron a Elizabeth Taylor protagonizar la película.

Al parecer, la actriz no tenía el menor interés en participar del proyecto pero, en lugar de rehusar sencillamente, se despachó con unas exigencias monetarias desorbitadas; nada menos que un millón de dólares ¡¡¡de 1963!!! Huelga decir que jamás un estudio había pagado tal cantidad a un actor pero, para sorpresa general, la Fox aceptó.

El rodaje comenzó en Inglaterra, lo cual era un absurdo en sí mismo, con el veterano Rouben Mamouliam como director.

Se recrearon templos, palacios y hasta campos de batalla en los estudios Pinewood pero la niebla espesa y el frío intenso de Londres no se correspondían en absoluto con la soleada Alejandría.

Una grave enfermedad de Liz Taylor frenó en seco el rodaje, ya que su personaje aparecía prácticamente en todas las escenas a rodar.

La actriz aprovechó su hospitalización para demandar todo tipo de cambios en el guión del film, lo que acabó llevando a Mamoulian a amenazar con dimitir. Para sorpresa suya, el estudio, por indicación de la Taylor, aceptó dicho renuncia. Cuando el director abandonó el rodaje, habían pasado 16 semanas y se habían gastado 7 millones de dólares pero apenas si había 10 minutos de película utilizable.

Era un buen momento para que Spyros Skouras, el sucesor de Darryl F. Zanuck al frente de la maltrecha 20th Century Fox, clausurara el proyecto minimizando las pérdidas pero el griego optó más bien por una huida hacia adelante.

Dado que el sibilino contrato firmado con Liz la facultaba para aprobar o rechazar al director del film, hubo que plegarse a sus deseos, que únicamente convergían en dos nombres: George Stevens y Joseph L. Mankiewicz., con quien ella acababa de rodar la inquietante e interesante “De repente, el último verano”.

 

Cleopatra Joseph L Mankiewicz

 

Stevens estaba ocupado en esos momentos y Makiewicz disfrutaba de unas merecidas vacaciones, por lo que tampoco estaba demasiado por la labor. Skouras se tiró entonces a la piscina haciéndole una oferta de varios millones de dólares que el realizador no fue capaz de rechazar.

Para disparar de nuevo los gastos, el nuevo director, en connivencia con el marido de su actriz-estrella, exigió trasladar el rodaje a exteriores egipcios y a decorados en Roma (estudios Cinecittà) mientras que los protagonistas masculinos Peter Finch y Stephen Boyd (el Messala de “Ben-Hur”) alegaron compromisos contractuales para marcharse, debiendo ser sustituidos por Rex Harrison y Richard Burton.

Ello provocó que el exiguo material filmado hubiera de ser rodado de nuevo. Aparte de que hubo que indemnizar a la compañía de Broadway con la que Burton estaba trabajando en esos momentos y que les arrancó un pellizco de un cuarto de millón de dólares.

Cuando parecía que al fin se empezaba a arrancar, la gripe asiática de la que se recuperaba Liz se convirtió inesperadamente en neumonía y la actriz estuvo literalmente al borde de la muerte, lo que pudo evitarse gracias a una drástica traqueotomía de emergencia. Su período de convalecencia se aventuraba largo, por lo que una debilitada Elizabeth regresó de nuevo a los Estados Unidos.

Aunque en diferentes momentos se planteó la posibilidad de sustituir a la actriz, barajándose el nombre de Marilyn Monroe, finalmente la película se terminó con la Taylor como protagonista aunque eso sí, un año y medio después de comenzar a rodarse, lo que acabó totalizando tres años de proyecto.

Entre medias hubo también escándalos de alto nivel como la adúltera y tórrida relación entre la propia Elizabeth y Richard Burton, quienes traspasaron el idilio de sus personajes a la vida real, escandalizando a la puritana sociedad estadounidense de la época.

Por fortuna para la Twentieth Century Fox y, al contrario que las citadas “La puerta del cielo” o “Waterworld”, “Cleopatra” es una película espectacular y brillante y batió records de taquilla aquel año, con 26 millones de dólares, lo que alejó la amenaza de la desaparición de los míticos estudios.

Las posteriores reposiciones y los derechos para televisión y más tarde vídeo acabaron convirtiéndola incluso en una película rentable a pesar de los numerosos montajes que ha experimentado a lo largo y ancho de su trayectoria comercial.

El propio Mankiewicz manifestó su total desacuerdo con la versión que fue exhibida en los cines, lo cual no fue óbice para su éxito en taquilla y para la nominación a 9 Oscars, de los que únicamente logró cuatro en apartados técnicos: fotografía, dirección artística, diseño de vestuario y efectos especiales.

 

LÍNEA ARGUMENTAL

 

En Farsalia, las legiones de Julio César destruyen a las de Pompeyo, dando fin a una sangrienta guerra civil que ha durado dos años. Pero no hay júbilo para César como en otros de sus triunfos “porque los muertos que sus legiones contaban, enterraban e incineraban eran los de sus compatriotas”.

 

Cleopatra Cesar gana guerra civil

 

El centurión Canidio, perteneciente a la caballería de su lugarteniente Marco Antonio, le informa allí mismo, entre las piras funerarias erigidas en pleno campo de batalla, de que Pompeyo ha huido disfrazado de buhonero. Una galera le esperaba, preparada para un largo viaje cuyo destino bien podría ser Egipto, donde le deben mucho.

César debe ir a Egipto de todos modos, a fin de mediar en la guerra entre los reyes Ptolomeo y Cleopatra pues dicho conflicto entre hermanos amenaza las reservas de trigo de las que se nutre Roma.

Así, aunque algunos le reclaman que regrese a Roma para disfrutar de “su mayor victoria”, no la juzga así César, que prefiere enviar a Canidio con todas las legiones, excepto la Xª y la XIIª, para que se las haga llegar a Marco Antonio.

Las dos legiones restantes se hacen a la mar rumbo a Egipto, donde también se libra una guerra civil, a resultas de la cual el joven rey Ptolomeo ha expulsado de la ciudad de Alejandría a su hermana Cleopatra mientras planea su muerte.

El soberano y sus tres asesores–el eunuco Potino, el general Aquilas y el preceptor Teódoto- reciben tibiamente a César en el puerto de Alejandría y tildan a la ausente Cleopatra de traidora pero el cónsul romano pretende impartir justicia sin dejarse influir por opiniones partidistas.

En cualquier caso, el rey Ptolomeo ofrecerá a César un tétrico regalo de bienvenida: el anillo de Pompeyo… y su cabeza.

Lejos de complacerle, César se siente herido y ofendido con el presente en cuestión, no en vano Pompeyo, aunque su enemigo, también fue su yerno y, sobre todo, un romano.

Esa misma noche, un falso mercader de alfombras trae un nuevo regalo al recién llegado pero éste más agradable: la propia Cleopatra.

 

Cleopatra sale de alfombra

 

La joven no pierde el tiempo y, ya de entrada, comunica al romano que las opciones de Roma para seguir recibiendo de Egipto el trigo, la mies y los tesoros que anhela pasan por su reinado en solitario pero César considera prematura esa conclusión y sólo le ofrece su protección aunque ella afirme ser la anfitriona y no una invitada en su propio palacio.

La tarde siguiente, Agripa informa de que multitud de galeras egipcias han estado cargando hombres y armas a lo largo de todo el día, por lo que César ordena a su almirante que las incendie, a pesar del peligro de que el fuego alcance la ciudad.

Finalmente, la Gran Biblioteca de Alejandría es pasto de las llamas y tanto los manuscritos de Aristóteles y Platón como los mapas y el Libro de los Hebreos son reducidos a cenizas, lo que enfurece a Cleopatra, que tilda de bárbaros a los romanos.

Poco después, el ejército de Ptolomeo ataca la ciudad con catapultas que también lanzan proyectiles incendiarios contra los muros pero, a la mañana siguiente, se constata que la estrategia de César le ha dado la victoria, ya que Rufio y los ejércitos de Mitrídates, a quien ordenó avanzar en secreto hacia Egipto, tienen rodeado a Aquilas.

Cuando Cleopatra está a punto de ser envenenada por una de sus sirvientas, ésta delata a Potino como instigador, de modo que César lo hace ejecutar y también expulsa a Ptolomeo y a su tutor Teódoto, a quienes las legiones conducen junto al rodeado Aquilas.

En una espectacular ceremonia, César corona a Cleopatra como reina de Egipto y es obligado por ella a arrodillarse como los demás, lo que provoca el enfado de Agripa, al que sus compañeros se ven obligados a contener.

Pese a los alarmantes mensajes que Marco Antonio le hace llegar desde Roma, César se demora en Egipto más de lo previsto y finalmente desposa a la reina por el rito egipcio y engendra en ella un hijo: Cesarión.

Sólo entonces se decide a regresar a Roma aunque tardará más de dos años en llegar, frenado por diversas guerras en África y Asia Menor que le reportan nuevos triunfos que celebrar en su apoteósica entrada en la capital romana.

En agradecimiento por sus victorias, el Senado concede a César el privilegio de ser Dictador vitalicio de Roma y, en calidad de tal, Julio invita formalmente a Cleopatra a visitar la ciudad.

La entrada de la reina egipcia en Roma superará en fastuosidad y opulencia a ningún evento que jamás haya visto la ciudad y Cleopatra seducirá así al pueblo romano como antes hiciera con su máximo representante.

 

Cleopatra y Cesarion descienden de carroza 2

 

Sin embargo, la ambición de la pareja llevará a César a exigir que le nombren Emperador de Roma, lo que provoca la rebelión de muchos de los senadores, que acabarán dándole muerte, asestándole Bruto el golpe de gracia.

Para salvar la vida de Cleopatra y de Cesarión, Marco Antonio lee el testamento de César, en el que éste nombra heredero a su sobrino Octavio. Sólo así, la reina y su hijo pueden abandonar Roma para regresar a Egipto aunque Antonio se ofrece a visitarles en Alejandría.

Más de dos años tardará Marco Antonio en capturar a los asesinos de César y por fin, en Filipos, logra cercarles con sus legiones y las de Octavio. Allí mueren Casio, Bruto y los demás.

Todavía tardarán un año más en coincidir Antonio y Cleopatra y será en Tarsos, donde el romano la convoca y adonde ella acude pero sin dignarse descender de su embarcación, a fin de permanecer en suelo egipcio.

Los dos se declararán su amor esa noche y el romano la acompañará a Alejandría, resistiéndose a abandonarla.

Cuando finalmente se ve obligado a hacerlo, Octavio le hace caer en una sutil trampa al ofrecerle en Brindisi la mano de su hermana, recientemente enviudada, para sellar una alianza entre ambos.

Cleopatra se sentirá traicionada como reina pero sobre todo despreciada como mujer y su venganza será terrible cuando Marco Antonio, una vez han sido rechazados todos sus embajadores, se ve obligado a personarse en Alejandría para negociar un Tratado con Egipto, que ha dejado de suministrar trigo y oro a Roma.

Ella lo humillará públicamente, instándole a entregarle un tercio del Imperio a cambio de dicho Tratado. Un precio desorbitado que, sin embargo, el romano pagará gustoso cuando, reconciliado con la reina, ella vuelva a pedírselo en privado.

La guerra se hará inevitable y en ella Antonio cosechará una severa derrota marítima, una modalidad de batalla que no domina y que le obligará a volver a los brazos protectores de Cleopatra aunque ello suponga el fin para los dos.

 

Cleopatra Batalla naval

 

 

CÉSAR, LA HABILIDAD DE UN GENERAL

 

Mientras contempla el negro humo que desprenden los cuerpos incinerados de los legionarios romanos, César afirma que fue Pompeyo y no él quien quiso la guerra.

En un gesto de magnanimidad, el victorioso general alista en sus propias legiones a los derrotados soldados de Pompeyo, a los que permite regresar a Roma como romanos.

 

Cleopatra Cesar envia legiones a Roma

 

Otro tanto ofrece a los oficiales de su enemigo pese a que, en su opinión, sirvieron muy mal a Pompeyo. Sin embargo, les advierte, se les vigilará y, en caso de que le traicionen, serán ejecutados.

A renglón seguido y mientras prepara su propia marcha hacia Egipto, el general dispone: “en Roma, Marco Antonio hablará por César. Que nadie discuta su autoridad para actuar en mi nombre”.

- Su palabra será la tuya –afirma, fervoroso, Canidio- y la palabra del gran César será la ley.

- Bien –se concede César un pequeño gesto de humor- pero que mantenga sus legiones intactas. Hacen a la ley legal.

No menos hábil se mostrará el cónsul romano cuando llega a Alejandría en pleno día de mercado y no halla guardia de honor para recibirle ni representación real o militar.

De inmediato aparece el rey Ptolomeo, que se acomoda lo bastante lejos para que los romanos tengan que atravesar el atiborrado mercado para reunirse con él.

César no es tonto y pronto comprende que lo que se espera de él es que envíe a sus soldados a abrirse paso por la fuerza, de modo que decide ir comprando tranquilamente por los puestos del mercado: “debéis pagarlo todo sin regatear, envainad las espadas y llevad el dinero en la mano”, dirá a sus sorprendidos hombres.

Eso frustra al joven rey, que esperaba que los atropellos de los extranjeros enfurecieran al pueblo, por lo que busca en su chambelán mayor una explicación. “Las mentes degeneradas de los romanos les convierten en seres imprevisibles”, será cuanto Potino acierte a decir.

 

Cleopatra joven rey con eunuco

 

Cuando César saluda a Ptolomeo, pretende hacer lo propio con su hermana, con la que comparte la corona pero el joven le informa de que Cleopatra intrigó contra él y fue perseguida hasta que encontró la muerte.

Potino, chambelán mayor y jefe eunuco de Ptolomeo, no tiene inconveniente en desmentir a su soberano: es cierto que Cleopatra conspiró contra su hermano pero sólo se halla huida, no muerta.

Tras saludar al propio Potino y a Teódoto, tutor del rey, el romano pregunta directamente a Aquilas, “de soldado a soldado”, dónde está Cleopatra, a lo que él responde que ella se encuentra junto a su ejército.

 

Cleopatra Cesar llega a Alejandria

 

El motivo de su presencia en Egipto –responderá César cuando se le pregunta al respecto- es averiguar la razón por la que Cleopatra ha sido depuesta y limar las asperezas entre los dos hermanos para que gobiernen pacíficamente, tal como lo dispuso el padre de ambos en su testamento, nombrando a Roma tutora y ejecutora del mismo.

Potino se apresura entonces a manifestar que ella ha perdido ya todos sus derechos pero un César conciliador se limita a decir que intentará impartir justicia.

Su gesto se torcerá, sin embargo, cuando Aquilas le ofrece el anillo de Pompeyo como regalo de bienvenida, al que sigue un cesto que contiene la cabeza cercenada del propio Pompeyo.

Ptolomeo pregunta al romano si su regalo le complace pero César se limita a despedirle con delicadeza y firmeza a la vez y, una vez el monarca fuera de la escena, preguntará a Aquilas:

- Tu mano no intervino en esto…

- Si, como dices, te hablaron de mí –responde el interpelado-, ya sabes que no.

Después de exigir alojamiento y alimento para sus hombres y habitaciones en palacio para sí mismo, César declina la invitación de Potino a acompañarle y ordena a Rufio que “arranque mil lenguas si es necesario” pero que dé “con el resto de Pompeyo” para purificar sus restos, poniéndole la moneda en la boca y efectuando el preceptivo ritual.

La habilidad diplomática de César correrá pareja con su merecida fama de insuperable estratega cuando, a espaldas de sus propios asesores, moviliza las legiones de Mitrídates para que avancen hacia Egipto, conformando finalmente una tenaza junto a los hombres de Rufio que atenazará y destruirá el ejército de Aquilas.

- Ningún general en su sano juicio confiaría en mantener Alejandría con dos legiones como tú y otros me habíais aconsejado –sorprenderá al almirante Agripa.

 

UNA PRESENTACIÓN ALGO ACCIDENTADA

 

Cuando Apolodoro, haciéndose pasar por mercader, aparece con una alfombra cargada al hombro en medio del palacio de Alejandría, insiste en que sólo los ojos de César pueden contemplar el regalo que le trae, por lo que pide al cónsul romano que haga salir a sus colaboradores: el almirante Agripa, el general Rufio y Germánico.

César desoye los consejos de sus hombres y acepta el reto aunque les pide que le dejen una espada antes de salir y, cuando lo hacen, pide al extraño que deposite la alfombra en el suelo y le dé la vuelta pese a que él le asegura que ya está del derecho.

Siguiendo esa misma lógica, el romano afirma preferirla del revés y, de hecho, la desenrollará con un hábil movimiento de la espada, revelando lo que la alfombra oculta en su interior: a la propia Cleopatra, a la que él mismo ayuda a incorporarse mientras Apolodoro desgrana los títulos de la reina.

A pesar de su pintoresca aparición, Cleopatra se muestra poco dispuesta a cumplir órdenes de nadie –“no soy vuestra prisionera; vos sois mi huésped”- y César, que parece divertido con la situación, se muestra tolerante con la joven reina.

 

Cleopatra con Cesar 2

 

Ella tiene un claro objetivo: lograr que César la nombre reina en solitario. No obstante, cuando el romano bromea acerca de su supuesta divinidad, Cleopatra se revuelve:

- Insisto en que debes medir tus palabras. Yo soy Isis. Me adoran millones de personas que lo creen. No debes confundir lo que soy y represento con el tan discutible origen divino que parece adquirir cada general romano triunfante, junto con su escudo. ¿Fue de Venus de la que tú elegiste ser descendiente? –le zahiere.

Como mujer inteligente que es, comprende que el asesinato de Pompeyo no ha complacido a César en lo más mínimo. Al contrario, le ha hecho recordar cuánto le amó su hija, que murió al intentar darle a su vez un hijo.

- Hemos empezado con mal pie –se muestra ella más conciliadora. No hago más que frotarte a contrapelo.

- No sé si deseo que me frotes en ningún sentido –responde él, algo picado.

Perfectamente dueña de sí, la reina dirá a los soldados romanos que la escoltan hasta sus aposentos: “algunos corredores están oscuros pero no debéis temer; voy con vosotros”.

Pronto abandonará sus estancias junto a Apolodoro para espiar la reunión de César con su Estado Mayor desde detrás de una pared en la que se han dispuesto dos oportunos agujeros.

Así asistirá a la lectura que Agripa hace en esos momentos y que le atañe por completo: “En realidad es de ascendencia macedónica. No tiene sangre egipcia; al menos reconocida. Se la considera extremadamente inteligente y de agudo ingenio. La reina Cleopatra es muy instruida y versada en ciencias naturales y en matemáticas. Habla siete idiomas con soltura.

Ella se gira halagada y sonríe a Apolodoro, que le guarda las espaldas.

Para alcanzar sus objetivos –lee ahora Rufio-, se sabe que Cleopatra ha empleado la tortura, el veneno e incluso sus artes sexuales, que al parecer son muchas. Dicen que la lista de sus amantes se desgrana más fácilmente por sus números que por los nombres”.

Después de que sus hombres se retiren y mientras la reina sigue espiándole, César sufre un ataque epiléptico y debe ser auxiliado por su fiel y mudo Flavio.

 

CÉSAR Y CLEOPATRA

 

César ve a Cleopatra como a una niña caprichosa; ella a él como un conquistador legendario que ha arrodillado al mundo y tiene a su alcance lograr el sueño que ya ambicionó Alejandro Magno.

- Creo que ha llegado el momento de que nos entendamos –le dirá él cuando la reina cubre a los romanos de improperios tras el incendio de la Biblioteca-; Quienquiera que yo sea en tu opinión, ante todo soy el César.

 

Cleopatra grita barbaros

 

- Y yo soy la Reina Cleopatra, descendiente de Isis –replicará ella.

- Si yo lo decido y cuando lo decida. Tú sólo serás lo que yo determine y nada más.

- Ave César –se inclinará ella sin el menor humor.

- Tú, descendiente de generaciones de consanguíneos incestuosos y degenerados, ¿cómo te atreves a llamar bárbaro a nadie?

- ¡Bárbaro! –insiste ella.

No te metas en mis asuntos y obedece”, le dirá explícitamente el romano, haciendo ver a la reina que no es más que otra de sus conquistas.

Esta situación de superioridad, basada no sólo en la edad y la experiencia sino también en el poder intrínseco a su persona, contrasta altamente con la actitud servil que años después mantendrá Marco Antonio, siempre a la sombra del gran hombre.

Si César se aviene a arrodillarse ante Cleopatra una vez la ha coronado él mismo es porque la situación le divierte y, de hecho, ella no osa ordenárselo sino que se lo pide con coqueto humor.

- Isis renunciaría a su lugar en el cielo por tu belleza –le dice él, admirándola mientras el resto de los asistentes a la coronación permanecen de rodillas y con la mirada baja.

- No deberías poder contemplarme. Ni nadie –protesta ella con suavidad.

- Nadie lo hace desde mi posición –es la respuesta de César.

- Ponte de rodillas –le susurra la reina.

- Ni hablar. ¿Delante de esos tres Reyes? –se resiste él- Simula que no sabes que nos observan.

- Aliviará tus rodillas huesudas –insiste Cleopatra, arrojándole un cojín.

- Además de huesudas, poco acostumbradas a doblarse –responde él de buen humor, antes de acceder a los deseos de su amante.

 

Cleopata arrodilla a Cesar

 

Lejos de considerar la epilepsia de César como un signo de debilidad, a Cleopatra le fascina esa dolencia que también arrostraran otros grandes hombres de la Historia como Aníbal y Alejandro Magno aunque al romano le preocupa que un día no pueda ocultar su mal y se desplome frente al populacho con espumarajos. “Se reirán y luego me harán pedazos”. La reina le promete con dulzura que ella impedirá tal cosa.

En cuanto a las habilidades literarias de César, ella ha leído su Diario sobre sus campañas en las Galias, de modo que él le pide que compare su estilo con el de Cátulo pero Cleopatra se limita a responder que son diferentes.

- ¿Aburrido?

- Tal vez demasiado descriptivo.

César alaba su tacto y reconoce que algunos críticos como Bruto opinan que su latín es incorrecto y hasta vulgar. Ello da pie a que ella le pregunte:

- Le perdonaste la vida en más de una ocasión. Dicen que la razón es que Bruto es tu hijo. ¿Es cierto?

- No tengo hijos –será su respuesta.

En cuanto al sueño de Alejandro de convertir al mundo en un solo país cuya capital fuese Alejandría, César comentará modestamente frente al mausoleo del macedonio que “murió a los 32 años tras conquistar el mundo” mientras que “a mis 52, mi única ambición es que el mundo no me conquiste a mí”.

 

 Cleopatra y Cesar frente mausoleo Alejandro

 

La naturaleza de su relación con Cleopatra queda sellada en el momento en que nace Cesarión. La reina ordena que tan pronto nazca el niño y después de ser ungido y reconocido como príncipe, sea depositado a los pies de César delante de los hombres de éste.

Rufio recuerda entonces a César que, según la Ley romana, si coge al pequeño ante testigos lo habrá reconocido como hijo, ciudadano romano y heredero pero, si Julio albergaba alguna duda, ésta se disipa tan pronto comprueba que se trata de un varón.

Cogiendo amorosamente al bebé, exclamará: “¡Tengo un hijo varón!

 

OROPEL Y AMBICIÓN

 

César regresará a roma tras cosechar por el camino nuevas victorias en África y Asia Menor.

La capital le verá llegar coronado de laurel y ataviado con una hermosa capa blanca sobre una cuadriga tirada por cuatro caballos igualmente blancos. Tras él, a caballo, cabalga su fiel Marco Antonio.

En agradecimiento por sus victorias, el Senado concede a César el justo privilegio de ser Dictador vitalicio de Roma”, lee Rufio a una alborozada Cleopatra, que exclamará “Por fin se convierte en el amo de Roma”.

El general deberá sacarla de su error pues ningún hombre puede declararse “amo de Roma”. Se asemeja demasiado a una palabra que ningún romano puede tolerar: Rey.

 

Cleopatra decepcionada con Dictadura

 

El de Dictador es pues un título más honorífico que real pues incluso sus dictados precisan de la aprobación del Senado.

A pesar de ello, la reina Cleopatra será formalmente invitada a visitar Roma y su espectacular llegada a la ciudad es celebrada con inusitado entusiasmo por un gentío enfervorecido.

Detrás de un sinfín de soldados a caballo, bailarinas, cuadrigas, palomas, guerreros africanos, arqueros con flechas de fuego, acróbatas y humos de colores, hará su aparición bajo el Arco de Triunfo la gigantesca carroza con forma de Esfinge en la que viajan los “dorados” Cleopatra y Cesarión y de la que tiran varios centenares de servidores.

 

Cleopatra Carroza de Esfinge

 

César se levanta para recibirla ante los vítores de la enaltecida multitud y los senadores se ven obligados a seguir su ejemplo, al igual que las damas cuando Calpurnia, a quien César abandonó para unirse a Cleopatra, se alza también de forma respetuosa.

Pronto la ambición de la pareja les llevará a convocar en su propio palacio a los miembros del Senado, a los que César sermonea:

- ¿César debe sugerir lo que debería ordenar? ¿Desecar las marismas es para mi beneficio? ¿Controlar las inundaciones del Tíber desviando su curso y mejorar el puerto de Ostia es para saciar mi ambición?

Dando un paso más, el Dictador manifestará sentirse como un colegial que precisa de la aprobación del Senado cuando él debería ser la ley y su Palabra el bienestar de Roma.

Sus palabras inquietan a los senadores y Bruto se verá obligado a recordarle la naturaleza simbólica del título de Dictador que se le confirió.

César le hará callar, tachándole de ingrato al igual que al resto, que le deben su honor y su fortuna.

A renglón seguido, les escandalizará del todo al compartir con ellos su deseo de ser nombrado “Emperador de Roma”.

Ante la fría respuesta del Senado, el Dictador decidirá no insistir por el momento en su demanda pero, espoleado por Cleopatra, se hace considerar un dios por decreto, lo que aumenta el malestar de sus opositores más recalcitrantes.

Una conspiración liderada por Bruto se conjurará entonces para cometer el magnicidio a plena luz del día en la Curia del Senado justo el día en que César acuda para ser nombrado rey.

Cleopatra desconfía cuando es Décimo quien acude a escoltar a César hasta el Senado y le pide que mantenga a Antonio cerca de sí.

Pese a los malos presagios –sucesos singulares, extraños pájaros sobre el foro-, César se niega a doblegarse ante el miedo a la muerte.

- El mundo salvo tú está lleno de hombres pequeños, le despedirá ella con estas palabras en la última ocasión en que le verá con vida.

Ingeniosamente, la cámara muestra a la sacerdotisa de Cleopatra reproduciendo entre las llamas los sucesos que están acaeciendo en esos instantes: la llegada del palanquín de César hasta las escalinatas del Senado, cómo Antonio es separado de él con un pretexto para que entre solo, cómo los conspiradores le apuñalan y cómo Bruto le asesta el golpe de gracia.

 

Cleopatra Asesinato de Cesar

 

 

 

 

 

 

CLEOPATRA – Parte II:

http://rincondesinuhe.com/homepage-3/268-cleopatra-parte-ii

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