CLEOPATRA

Parte II

 

Cleopatra abandona Roma

  

MARCO ANTONIO Y CLEOPATRA

 

Las tropas jalean a Marco Antonio cuando éste, después de cubrir el cadáver de Bruto con su propia capa, recibe de Rufio la corona de laurel. Ha caído el último de los asesinos de César.

Prácticamente obligado por Rufio a visitar al postrado Octavio en la tienda de éste, Marco Antonio se mostrará contrariado por la presencia junto a éste del almirante Agripa, al que profesa una declarada animadversión.

Tras un hiriente comentario acerca de las expectativas de lluvia, ya que la batalla de Filipos se ha librado tierra adentro y no en el mar, Agripa se retira ofendido y sólo entonces los dos hombres se reparten el Imperio en un Triunvirato que incluye también a Lépido.

Este último regirá África y las islas, Octavio hará lo propio con Hispania y la Galia y los tres juntos administrarán Italia y la Galia.

- ¿Y tú?, le pregunta consecuentemente Octavio.

- El resto.

- Entonces –concluye satisfecho su forzado aliado-, con Lépido en África y tú en el Oriente, mantener el orden en Roma e Italia sería mi problema.

- En efecto –concede Antonio.

Un año después (tres desde la muerte de César y el regreso de Cleopatra a Egipto), Roma se verá necesitada de oro, barcos y provisiones.

Tanto Antonio como Rufio saben que Egipto es la respuesta pero Antonio se enfurece sólo con la insinuación de esa visita pues no quiere aparecer frente a Cleopatra con la mano tendida como un mendigo.

Sin querer humillarse, enviará a Rufio a Egipto para que convenza a Cleopatra de reunirse con él a mitad de camino, en la ciudad turca de Tarso.

Cleopatra interpreta correctamente la invitación de Antonio como un requerimiento de Roma y se niega a abandonar suelo egipcio aunque en una sutil jugada acabará apareciendo con su majestuosa trirreme real en Tarso.

 

Cleopatra Trirreme real

 

La reina se negará a descender de la nave pues sigue siendo “suelo egipcio” y el romano se ve obligado a acudir a ella, encontrándose en medio de una increíble fiesta que se va convirtiendo en bacanal.

La fastuosa cena, en la que se sirven jabalíes, pavos reales y todo tipo de manjares, resulta un suplicio para un Marco Antonio al que Cleopatra mantiene a raya.

Cuando él le propone que despida a todos para quedarse a solas, la reina parece acceder pero también le informa de que pretende zarpar al amanecer de vuelta a Alejandría, lo que decepciona al romano, que se siente burlado.

 

Cleopatra bacanal con Marco Antonio 2

 

Antonio bebe demasiado y acaba besando a una doble de Cleopatra que se exhibe junto a un falso Baco. La reina aprovecha la grotesca danza para escabullirse pero el romano la sigue hasta su cámara, rasga las cortinas de su lecho e insiste en hablarle.

- Yo no soy un César, ¿lo sabías? Siendo el más valiente, el más inteligente y el más fuerte ¡sigo sin ser César! ¿Quién puede superar a César, que gobernó mejor, amó mejor y luchó mejor? Huyas donde huyas, no hay escapatoria. La sombra de César te cubre, abarca el Universo hasta el fin del tiempo.

En realidad, su miedo es injustificado pues ella se enamoró muchos años antes, cuando apenas tenía doce años y Antonio era un joven oficial de caballería destinado en Alejandría al mando del general Gabinio.

De hecho, esa noche consumarán su amor y ella lo prodigará como nunca pudo hacer con César porque el orgullo de éste nunca sucumbió a sus encantos.

 

Cleopatra con Marco Antonio 2

 

En cambio, la rendición de Marco Antonio será absoluta e incondicional y desde ese instante hasta que las vidas de ambos se apaguen seguirá los dictados de su amada sin pensar en las consecuencias.

A su lado, Cleopatra vuelve a soñar con un Egipto poderoso que no deba pleitesía ninguna a Roma mientras Antonio sencillamente sueña con permanecer a su lado.

Si Julio César era “el hombre” -dominante, condescendiente, protector-, Marco será más bien un niño asustado, al que su mítico coraje en batalla le abandona en presencia de una mujer que le hace sentirse indefenso con su elocuencia y su belleza.

 

Cleopatra con Marco Antonio

 

Sólo una cosa hará él sin consultarle cuando se ve obligado a abandonar Roma ante las intrigas de Octavio y éste le tiende una brillante trampa política en Brindisi.

Cleopatra, que sólo anhela noticias de su amado desde la marcha de éste, recibe a un mensajero en plena noche. Una galera ha traído noticias de Roma: “mi señor Antonio y Octavio César han sellado un pacto; Antonio toma 10 legiones y todo el Oriente queda bajo su mando. Egipto será un aliado de Roma”.

Lo conseguimos”, susurra la reina mientras el mensajero se estremece de temor porque hay más noticias: “perdona, Divina Majestad, ha habido un matrimonio. Un matrimonio de Estado entre Octavia, hermana de César, y mi señor Antonio”.

Los bellos ojos de la reina se abren como platos sin acertar a creerlo. Despide a todos para quedarse sola y grita con voz desgarradora: “¡Antonio!

Luego se entrega a un frenesí de destrucción, acuchillando trajes, esculturas, cortinas y hasta su propio lecho antes de derrumbarse entre lágrimas.

Cuando finalmente Marco Antonio se ve obligado a presentarse ante ella, dejando a su esposa Octavia en Atenas, Cleopatra rechaza recibirle en audiencia privada y lo hace ante toda la Corte, provocando la indignación del romano.

- No concedo audiencias privadas a personas cuya identidad desconozco –le dirá ella delante de todos.

- Yo soy Marco Antonio –intenta calmarse el aludido.

- Ya sé quién eres. Pero ¿qué eres ahora?

- Enviado de Roma. Procónsul de todo el Imperio romano al este de Italia.

- Un título impresionante –admite ella.

- ¿Merecedor quizá de una audiencia privada?

- Sin un Tratado de alianza con Egipto no podrías mantener esos territorios bajo tu mando, ¿cierto?

- Es posible –reconoce él con cautela.

- Entonces, mi señor Antonio, te presentas como suplicante…

- Si como tal deseas considerarme…

- Lo deseo. En consecuencia, adoptarás la postura de los que suplican ante este trono. De rodillas.

- ¿Qué es lo que dices? –se escandaliza él.

 

Cleopatra Incredulidad de Antonio

 

- ¡De rodillas!, endurece la reina la voz.

- ¿Te atreves a pedirle eso al procónsul del Imperio Romano?

- Al gran Julio César se lo pedí. A ti te lo exijo –acaba de humillarle la reina.

Dada la gravedad de la situación, Antonio accede sin más aspavientos e hinca la rodilla sin mediar palabra. Cleopatra concede entonces:

- Ahora tendrás ese Tratado que me pides –y cuando la esperanza empieza a brillar en los ojos del romano, prosigue: Con las siguientes condiciones: por la autoridad que tienes como Procónsul del Imperio Romano deberás ceder a Egipto los siguientes territorios: Judea, Jordania, Armenia, Fenicia, las provincias de Arabia y Sinaí y las islas de Chipre y Creta.

- ¡Me pides un tercio del Imperio Romano!, brama Antonio.

- Dilo de otra forma: yo te doy a ti dos tercios.

Para acabar de mortificarle, cuando él se niega a aceptar dichas condiciones, ella le sugiere que consulte “a sus superiores de Roma”. Marco Antonio se muestra extrañado con ese comentario y Cleopatra añade entonces: “Octavio. César Octavio”.

Tratando de hacerlo mejor, no he podido hacerlo peor”, reconocerá Antonio ante Cleopatra cuando ya a solas, ella le haga ver que se ha encadenado a Octavio y el autoproclamado César marca tanto su destino como el del Imperio, además de haberla señalado a ella como una simple ramera de Antonio.

Es obvio que ambos siguen amándose, por lo que las condiciones cambian significativamente: Cleopatra le pide que se case con ella por el rito egipcio como ya hiciera Julio César, que en virtud de su autoridad declare a Cesarión Rey de Egipto para que ellos dos gobiernen en su nombre… y que entregue a Egipto los territorios que enumeró en la audiencia pública.

Esta vez, rendido a la mujer que le ha vuelto a abrir los brazos, accederá de buen grado. “Que se sepa que la grandeza de Roma no se mide por lo que toma sino por lo que da”, proclamará públicamente en Alejandría para indignación del Senado romano.

 

Cleopatra Antonio regala territorios

 

El pueblo romano todavía ama lo suficiente a Marco Antonio como para resistirse a declarar la guerra a su consorte pero, cuando Sisógenes consigue de su reina la autorización para viajar a Roma y negociar la paz con Octavio, éste utiliza el testamento de Antonio, en el que éste declara su voluntad de ser enterrado en Alejandría al final de sus días, para levantar al Senado como ya lo está el pueblo.

 

Cleopatra Octavio y Germanico testamento

 

Enarbolando la lanza dorada de la guerra, la proclamará ante el populacho antes de enterrarla violentamente en el indefenso pecho de Sisógenes.

 

UN PEPLUM ATÍPICO

 

Se conoce con el nombre de “Peplum” a las producciones cinematográficas que se ambientan en la Antigüedad Clásica (Egipto, Grecia, Roma) pero sobre todo si las mismas se realizan con presupuestos exiguos o con mala calidad.

Y ese parecía el destino de “Cleopatra” en 1958 cuando Walter Wanger, un anciano productor independiente responsable de títulos como “Cristina de Suecia” o la ya comentada “Enviado especial”, poseía los derechos de la novela “La vida y la obra de Cleopatra”, de Carlo Maria Franzero.

De hecho, su proyecto estaba inspirado en los “péplums” italianos de la época y proponía a la joven actriz Joan Collins para protagonizarlo pero, cuando se dirigió a la Fox en busca de financiación, las dimensiones del asunto comenzaron a cambiar.

La Collins fue apartada del proyecto sin razón aparente y nombres tan variopintos como los de Sofia Loren, Marilyn Monroe, Audrey Hepburn o Brigitte Bardot sonaron en los estudios hasta que, como queda dicho, el papel protagonista recayó sobre Elizabeth Taylor a cambio de un sueldo astronómico.

La modesta idea de Wanger se convirtió en una aparatosa superproducción en la que curiosamente priman los diálogos y la psicología de los personajes sobre la mera acción, a pesar de los miles de extras que participan de ella y de la fastuosidad de los decorados.

Por supuesto, cuenta con escenas tan grandiosas como la llegada de Julio César al puerto de Alejandría, la entrada de Cleopatra en Roma o la batalla naval de Accio en la que Antonio es derrotado por Octavio, al igual que todas las secuencias que hacen alarde de extras.

 

Cleopatra miles de extras

 

Sin embargo, se la recordará más bien por la escena en la que Cleopatra sale de la alfombra, por los sueños compartidos frente al mausoleo de Alejandro o incluso por la patética rendición amorosa de Marco Antonio en la noche de Tarso.

 

EL ELENCO

 

Una bellísima ELIZABETH TAYLOR, en la que son visibles las marcas de la traqueotomía con la que se le salvó la vida in extremis, interpreta con notable acierto el papel de la ambiciosa Cleopatra, desbordando erotismo pero también autocontrol e inteligencia… salvo cuando su propia pasión la arrastra.

 

Cleopatra especialmente sensual

 

Pese a su llamativa incompatibilidad con el clima londinense, lo cierto es que la actriz había nacido precisamente en la capital británica, si bien sus padres eran estadounidenses y regresaron a su país antes de la II Guerra Mundial, cuando Liz apenas tenía siete años.

Cuando interpretó a la reina del Nilo, la actriz ya acumulaba un buen número de éxitos como “Mujercitas” (en el papel de Amy), “Un lugar en el sol”, “Ivanhoe” (como la judía Rebecca), “La última vez que vi París”, “Gigante” (que cierra la mítica trilogía de James Dean), “El árbol de la vida” o “La gata sobre el tejado de zinc” (junto a Paul Newman).

REX HARRISON encarna a Julio César, el primero de los hombres de Cleopatra. El actor británico había intervenido en destacados títulos como “Ana y el rey de Siam” o “El fantasma y la Sra. Muir” (junto a Gene Tierney) pero sería un año después de interpretar al general romano cuando llegaría su más brillante papel en el musical “My fair lady”.

 

Cleopatra Cesar

 

El galés RICHARD BURTON, que se enredaría en una apasionada relación con la Taylor durante el rodaje pese a estar ambos casados, interpreta a Marco Antonio, el verdadero amor de Cleopatra (y de la propia Liz, con la que contraería matrimonio hasta en dos ocasiones). Curiosamente, siete años antes, Burton había interpretado a Alejandro Magno en “Alejandro”.

 

Cleopatra Marco Antonio en Tarso

 

Cuatro años después de hacer de Leonard, el lugarteniente del villano de “Con la muerte en los talones”, el neoyorkino MARTIN LANDAU interpreta al general Rufio. Sin embargo, lo más llamativo de su carrera vendría de la mano de la televisión en las décadas siguientes, con “Misión imposible” y “Espacio:1999”.

 

Cleopatra Rufio

 

RODDY McDOWALL, por su parte, encarna al taimado Octavio. La carrera del actor londinense está muy vinculada a la saga de “El planeta de los simios”, no en vano interpretó el papel de Cornelius en el film original y luego participó también de la secuela “Huida del planeta de los simios” y de la serie televisiva.

 

Cleopatra Octavio

 

 

CLEOPATRA, LA ÚLTIMA REINA DE EGIPTO

 

Dicen de ella que era culta, instruida en literatura, música, ciencias políticas, matemáticas, astronomía y medicina.

También que dominaba el egipcio demótico –fue la primera de su dinastía en aprenderlo, ya que los ptolemaicos recibían una educación puramente griega-, el griego, el hebreo, el sirio y el arameo. Y, probablemente, también el latín.

Fue la última reina del Antiguo Egipto y, por ende, de su dinastía, que había sido fundada tres siglos antes por Ptolomeo I Sóter, un general de Alejandro Magno, y que daba por concluido el período Helenístico de Egipto.

En cuanto a la Cleopatra mujer, se dice de ella que no era particularmente bella pero lo suplía con un considerable encanto.

 

Cleopatra VII

 

Hábil e inteligente, se afirma que poseía una voz incomparablemente seductora, lo cual le fue sin duda de utilidad a lo largo de su reinado.

Plutarco escribió sobre la reina: “Los encantos de su figura, secundados por las gentilezas de su conversación y por todas las gracias que se desprenden de una feliz personalidad, dejaban en la mente un aguijón que penetraba hasta lo más vivo. Poseía una voluptuosidad infinita al hablar, y tanta dulzura y armonía en el son de su voz que su lengua era como un instrumento de varias cuerdas que manejaba fácilmente y del que extraía, como bien le convenía, los más delicados matices del lenguaje”.

La Historia le ha reservado el ingrato papel de ser la última gobernante del Antiguo Egipto, antes de que el país fuese anexionado por Roma. Quizás por ello no se la recuerda en este país con especial fervor, al contrario de lo que ocurre con grandes faraones como Tutmosis III, Amenhotep III, Akenaton (Amenhotep IV) o Ramsés II.

De hecho, en todo Egipto tan sólo queda una representación de Cleopatra, como comentaba en el artículo dedicado al templo de Dendera.

http://rincondesinuhe.com/homepage-2/102-egipto-4-templo-de-dendera

No obstante, su figura ha seducido a generaciones de lectores y cinéfilos pues su figura oscila entre lo real y lo legendario, a causa sobre todo de sus amores con los romanos Julio César y Marco Antonio.

En el film, una Elizabeth Taylor con 31 esplendorosos años hace alarde de su exuberante belleza, insuflando al personaje una prestancia y un magnetismo que le vienen al personaje como anillo al dedo.

No faltan a lo largo de la película los baños de leche de burra ni los sensuales masajes así como un monumental despliegue de vestuario que permite admirar tanto la elegancia de la figura de la Taylor como su sólida carnalidad.

El guión la presenta como una mujer determinada a cumplir su voluntad (aunque ella la llamará “su sueño”). Fuerte, inteligente y también manipuladora cuando las circunstancias lo precisan, se la muestra a la vez como una mujer apasionada, capaz de sacrificarlo todo por amor.

 

HISTORIA VS. FICCIÓN

 

Nacida en el año 69 antes de Cristo, Cleopatra fue hija de Ptolomeo XII Auletes, un rey nada querido por su pueblo y sustentado en el trono por Roma, a quien resultaba útil.

El rey tuvo que sofocar un levantamiento popular y, exiliado por su propia hija Berenice IV (la hermana mayor de Cleopatra), sobornó a Pompeyo el Grande para ser restituido en el trono, tras lo cual hizo ejecutar a Berenice.

A su muerte, el trono quedó por testamento en manos de sus hijos Cleopatra VII Filopátor (que contaba 17 años en ese momento) y Ptolomeo XIII (12 años) y, como apunta el personaje de César en el film, Roma fue nombrada tutora y ejecutora de su última voluntad.

Los hermanos contrajeron matrimonio, algo muy común en la época, pero su inestable unión apenas duró dos años. Los que tardó Ptolomeo en apartar a Cleopatra del reinado, asesorado por sus tres consejeros: el eunuco Potino, el general Aquilas y el retórico Teódoto.

Sin embargo, en un giro de la Historia, la guerra civil romana entra en intersección con las cuitas de los hermanos cuando Julio César llega a Egipto en persecución de su enemigo Pompeyo, a quien aquél había derrotado en la batalla de Farsalia.

Un cálculo erróneo llevará al propio Pompeyo a pedir asilo al joven Ptolomeo pero éste lo hace asesinar, con intención de agradar a César aunque logra justo lo contrario.

Aunque enemigos en el campo de batalla, Pompeyo había sido su yerno hasta el fallecimiento de la hija de César y algún rescoldo de afecto quedaba en el viejo general. Aparte del hecho de que resultaría bastante humillante para él que un romano fuese decapitado por manos extranjeras.

En ese sentido y contrariamente a lo que cuenta el film, parece que fue la mano de Aquilas la que ejecutó a Pompeyo, por lo cual César le hizo ejecutar a él además de a Potino, que es el único al que manda matar en la película.

En la subsiguiente Guerra Alejandrina perdería la vida Ptolomeo y también sería incendiada la famosa Biblioteca de Alejandría, que ardería hasta los cimientos con toda su fabulosa colección de libros.

En cualquier caso, César se convertiría en amante de la nueva reina Cleopatra, fruto de lo cual nacería Cesarión.

Tras el asesinato de César en los idus de Marzo del año 44 a.C., su sucesor Marco Antonio llega a Egipto y Cleopatra se deshace de su joven hermano para vivir con el romano el gran amor de su vida. De su unión nacerán tres hijos.

Poco después estallará la Guerra Ptolemaica, en la que Octavio Augusto luchará contra Marco Antonio por el poder de Roma.

Derrotado por Octavio en la batalla naval de Accio, Marco Antonio logra huir a Alejandría, donde se refugia junto a Cleopatra.

Cuando las tropas de Augusto toman la ciudad, Marco Antonio se suicida y poco después la reina sigue sus pasos, haciéndose picar por un áspid aunque no está claro si se mató por amor o para frustrar los planes de Octavio de exhibirla como prisionera en Roma.

De cualquier forma, el romano sí accedió a la última voluntad de la reina de ser enterrada junto a su amado Marco Antonio, si bien se desconoce el emplazamiento de dicha sepultura.

 

 

 

 

 

CLEOPATRA – Parte I:

http://rincondesinuhe.com/homepage-3/266-cleopatra-parte-i

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