MEMORIAS DE UNA GEISHA

 

La sensibilidad por encima de la sensualidad

 

Memorias de una geisha Sayuri con sombrilla

 

 

EL MISTERIO DE LAS GEISHAS

 

La protagonista nos introduce a su propia historia con una voz en off que alude al misterio que rodea al mundo de las geishas.

Una historia como la mía nunca debería ser contada”, será su primera afirmación pues es precisamente en el secretismo donde radica la relevancia de sus enigmáticas figuras.

Y es que sobre ellas se ignora prácticamente todo y, de hecho, la novela del estadounidense Arthur Golden no hizo sino sembrar todavía más la polémica, insinuando cuestiones que no están del todo claras.

Por ejemplo, el tema tabú de las actividades sexuales de las geishas; a día de hoy todavía se ignora si éstas se engloban o no dentro de sus servicios.

Teniendo en cuenta que el sexo de por sí un tema tabú en la hermética sociedad nipona, saber si las geishas cobran o no por practicarlo o si venden su virginidad  parece cuanto menos complicado.

Abundando en el asunto, la geisha Mineko Iwasaki, una de las principales fuentes de Golden a la hora de escribir su novela, demandó al escritor por incumplir el contrato suscrito entre ambos, al sentirse difamada y haber perdido su anonimato.

Según ella, no era cierto ni que sus padres la hubieran vendido a una casa de geishas ni que su virginidad fuera subastada al final de su vida de maiko, una costumbre que insistió en que no había existido jamás en Gion.

A pesar de su denuncia, Iwasaki recibió amenazas de muerte y peticiones de censura por deshonrar su profesión aunque finalmente alcanzó un acuerdo extrajudicial con el escritor por una cantidad que no trascendió.

Siete años más tarde de la publicación del libro de Golden, en 2004, escribiría su propia autobiografía, titulada “Vida de una geisha”.

Lo que sí parece bastante constatado en el mundo de las geishas es su tendencia a poseer un “danna” (amante). Generalmente un hombre adinerado, algunas veces casado, con recursos para financiar los considerables gastos de formación y manutención de una geisha.

En cualquier caso, reducirlas al papel de meras prostitutas sí parece estar fuera de lugar pues, en esencia, se trata de refinadísimas artistas que bailan, cantan e interpretan diversos instrumentos, amén de ser ingeniosas y cultas conversadoras.

La cuestión es que pocas son las que quedan en nuestros días, circunscritas la mayoría a la región de Kinki, de la que Osaka, Kobe y Kioto son sus poblaciones más importantes.

En Kioto siguen teniendo una gran tradición y se las puede encontrar, a última hora de la tarde, en el barrio de Pontocho y, sobre todo, en el de Gion, donde transcurre la acción tanto de la novela como de la película y en el que cada tarde se agolpa una multitud para intentar tomarles una fotografía.

 

Memorias de una geisha Geishas reales

 

 

Tanto la imagen anterior como la siguiente fueron tomados en el barrio de Gion en abril de este 2016..

 

Memorias de una geisha Geisha real

 

 

Conscientes del revuelo que levantan, la mayoría de las geishas se afanan en desaparecer con prontitud mientras los turistas –sobre todo las mujeres chinas, sobre las cuales parecen provocar una auténtica fascinación- las siguen con la mirada y con los objetivos de sus cámaras.

Los elaboradísimos peinados, los sofisticados kimonos, las uñas pintadas, la piel blanca salvo la zona de la nuca, de especial sensualidad en la cultura japonesa… Todo en ellas las delata, separándolas radicalmente de las jóvenes maiko, más alegres y espontáneas, que suelen disfrutar como niñas (lo que son) del interés de los turistas por fotografiarse con ellas.

 

LÍNEA ARGUMENTAL

 

Cuando la madre de Chiyo enferma gravemente, el padre decide venderla tanto a ella como a su otra hija, Satsu.

Sin comprender lo que sucede, las dos niñas son arrancadas de su hogar y trasladadas hasta la lejana ciudad, donde son separadas a la fuerza; Chiyo pasa a formar parte de la okiya de la señora Nitta (“Mamita”) en tanto que su hermana es enviada a un prostíbulo.

El destino de Chiyo será pues convertirse en geisha aunque la niña, que por aquel entonces, sólo tiene nueve años, desconoce incluso el significado de dicha palabra.

En la casa de geishas tendrá como compañera a Calabaza, otra niña que se halla en sus mismas circunstancias, por lo que entre ambas nacerá una entrañable amistad, acrecentada cuando las dos comienzan a asistir juntas a la escuela.

 

Memorias de una geisha Calabaza 2

 

 

Sin embargo, la geisha que mantiene la okiya, una bella y despiadada joven llamada Hatsumomo, manifestará desde el principio una viva animadversión hacia la recién llegada.

La niña llegará a un acuerdo con su forzosa “hermana mayor”; a cambio de que ésta le informe de dónde puede encontrar a Satsu, ella la obedecerá fielmente en todo.

 

Memorias de una geisha Chiyo tapa a Hatsumomo

 

Ese “todo” resultará ser mucho más comprometido de lo que Chiyo pudiera llegar a pensar pues una noche, en compañía de una amiga, Hatsumomo sustrae un valiosísimo kimono a Mameha, una de las geishas más populares de la ciudad, y obliga a la niña a estropearlo con tinta y a llevarlo hasta la casa de Mameha.

A resultas de este incidente, Chiyo es golpeada con una vara sin compasión y acusada de ladrona.

Hatsumomo, no obstante, cumplirá su palabra pues no hay nada que desee tanto como perder de vista a la niña y es evidente que ésta pretende escapar de la ciudad en compañía de su hermana, de manera que le comunica su paradero y al fin las niñas se reúnen.

El problema es que la hermana de Chiyo necesita un día más tanto para ultimar su fuga conjunta como para robar el dinero que ambas precisan, por lo que la cita para la noche siguiente en un puente cercano.

La desgracia hace que, al regresar a su okiya, Chiyo sorprenda a Hatsumomo en compañía de su amante. Descubierto el complot, la geisha intenta desviar la atención de sí misma acusando a la niña de haberle robado pero Chiyo, que no soporta más golpes ni más injusticias, la delata.

 

Memorias de una geisha Hatsumomo castigada

 

Ello supone el cierre a cal y canto de la casa de geishas, por lo que a la noche siguiente la pequeña se verá obligada a huir por los tejados en dirección al puente en que ha quedado citada con su hermana.

A punto de alcanzar su objetivo, una inoportuna caída dará al traste con sus planes, teniendo que recibir asistencia médica, lo que no hace sino incrementar su enorme deuda con la okiya.

Será entonces cuando la niña sea informada de que su madre ha muerto y también su padre, que no ha sido capaz de soportar la pérdida. Para colmo, su hermana ha huido y ya nunca podrá regresar, de modo que Chiyo pierde de un solo golpe a toda su familia, a la vez que su futuro como geisha se desvanece, quedando reducida a la condición de mera esclava.

Una mañana en que languidece mirando el río desde el mismo puente en el que se malogró la cita con su hermana, un elegante y apuesto caballero abandona momentáneamente a las geishas que le acompañan para interesarse por ella.

La niña ni siquiera se atreve a mirarle y mucho menos a hablarle pero el hombre, a quien las geishas llaman “Presidente”, se muestra dulce y gentil con ella y, después de alabar sus maravillosos ojos “de agua”, le regala un helado.

 

Memorias de una geisha El presidente y la niña

 

Ese sencillo gesto hará que Chiyo se sienta por primera vez “alguien” y, en ese mismo momento, decide que se convertirá en geisha y volverá a encontrar a ese hombre.

 

UNA TRISTEZA CONTENIDA

 

Un halo de tristeza cubre esta historia como no podía ser de otro modo, tratándose de una niña que es arrancada de su hogar y a la que se le impone un destino.

Un destino, además, que en principio supone renunciar a la propia libertad para ser alguien sólo de puertas afuera, privándose de tener una vida personal.

El sórdido ambiente de las casas de geishas, con las mezquinas rivalidades entre éstas y también entre ellas y sus “hermanas menores”, el tema siempre presente de los beneficios y las deudas así como la difusa frontera entre aquellas facetas de la mujer que están o no a la venta, constituyen el inquietante telón de fondo de este mayúsculo drama.

El mayor mérito del argumento consiste en no permitir que la tristeza, más tenue que sofocante, devore la historia ni se haga tan desgarradora que fagocite la esperanza. No estamos pues ante una actualización de las obras de Charles Dickens. Afortunadamente, diría yo, para quienes no disfrutamos sufriendo.

Porque desde que uno descubre la tierna humanidad de la pequeña Chiyo, la empatía se desborda y sus padecimientos se hacen nuestros, de modo que se agradece sobremanera que los obstáculos que la vida va poniendo en el camino de la niña sean al menos salvables, gracias a la inesperada intervención de algunos personajes que alumbran con su propia luz las tinieblas que presiden ese mundo hermético y misterioso.

La milagrosa transformación de la pequeña Chiyo en la seductora maiko Sayuri permitirá que sus sueños avancen aunque sea a trompicones, imponiendo la esperanza a la desazón por mor del propio encanto de Sayuri pero también de la inestimable ayuda recibida de quienes en principio no parecían poder otorgársela.

Y mientras la historia se desarrolla y vemos a la niña convertirse en mujercita y el mundo de las geishas se nos va revelando poco a poco, también con cuentagotas asistimos a algunos retazos bellísimos de esa maravillosa ciudad que es Kioto.

Fushimi Inari en concreto tiene un hipnótico efecto sobre el espectador –en especial por quienes hemos tenido el privilegio de ascender sus interminables escalones y atravesar sus incontables puertas-, similar al que los ojos de la protagonista ejercen sobre quienes los observan.

 

Memorias de una geisha Fushimi Inari

 

Cierto es que el film no hace un uso excesivo de localizaciones en el país nipón, algo que personalmente lamento, pero también cabe reconocer que estamos ante un complejo retrato interior –de Chiyo-Sayuri pero también del mundo secreto en el que ella es iniciada-, por lo que probablemente resultaba desaconsejable convertir el entorno físico en un personaje más.

Algo que, desde luego, no sucede fuera de la claustrofóbica atmósfera de las okiyas del barrio de Gion y de la oscuridad casi impenetrable de las noches de un Kioto singularmente poco iluminado. Esto se observa sobre todo en la escena en que la protagonista busca a su hermana de burdel en burdel.

En cualquier caso, si por algo nos desgarra “Memorias de una geisha” no es por sus escenas tristes -que son tratadas con delicadísima contención, evitando siempre caer en lo tétrico o lo lúgubre- sino por las pretendidamente alegres.

La esperanza en los ojos muy abiertos de una niña, la franqueza de una sonrisa otorgada sin condiciones, la bondad en el gesto de un hombre, las palabras consoladoras de una maestra, la constatación de un florecimiento…

La Felicidad con mayúsculas no se da cita en esta historia pero tampoco la Tristeza absoluta, quedando todo en un tono de eterna esperanza satisfecha sólo a medias, de manera que al final nos conformemos con poder seguir simplemente adelante, sólo un poco más, sin rendiciones ni grandes logros, arañando de la vida al menos algunos girones de auténtica alegría en busca del incierto final.

 

FASCINANTES PERSONAJES

 

Aunque, por supuesto, el peso de la historia recae sobre los personajes femeninos, hay que señalar que los masculinos no carecen precisamente de interés aún sin llegar a su altura.

Comenzando por ellas, como es preceptivo, hay que decir que el personaje de Chiyo -que luego se convertirá en Sayuri- está tratado con una extrema delicadeza.

Tanto es así que algunos han achacado a su papel en concreto y a la película en general una llamativa falta de sensualidad y cabe reconocer que así es en cierto modo pues la historia persigue más el dramatismo romántico, al estilo de los antiguos folletines, que cualquier tipo de escabrosidad.

Escenas como la del primer encuentro de Chiyo con el Presidente, con la luminosa y entrañable sonrisa de la niña al recibir el primer obsequio de su vida –un helado- o la de la subsiguiente carrera de Chiyo bajo las puertas Torii de Fushimi Inari sobrecogen, de hecho, por su belleza dramática y su hondura emocional pero en ningún momento se pretende oponerles escenas de contenido sexual o sensual equivalentes.

 

Memorias de una geisha Chiyo sonrisa 3

 

Cuando el desvergonzado barón desviste a la Sayuri de quince años en plena fase de pujas de su virginidad, la secuencia resulta triste y sobrecogedora pero carece del menor morbo sexual. Algo deliberado y posiblemente acertado a tenor del resultado final.

 

Memorias de una geisha Sayuri

 

Son los ojos claros de la niña, unos ojos en los que rebosa el agua, quienes le abrirán las puertas del mundo de las geishas. Un destino vedado en principio para una hija de pescadores procedente de las rurales costas del Mar de Japón.

Chiyo es, además, una niña despierta, ingeniosa y con una gran determinación pese a su corta edad y a las desgracias que la persiguen desde la cuna.

Su descubrimiento del amor, en la figura del primer hombre que la ha mirado con ternura y que le ha hecho un obsequio (además, de forma desinteresada), descubrirá en su interior a una nueva Chiyo desconocida incluso para ella misma.

Encontrar un objetivo en la vida le permitirá salvarse en más de un sentido aunque todavía le queden muchos sinsabores que experimentar y al espectador con ella.

Dulce, ingenua y sensitiva, la casa de geishas amenazará con aplastar la incipiente personalidad de esta pequeña, sometida a la crueldad y a las intrigas de la malvada Hatsumomo y con la única ayuda en principio de su asustadiza amiga Calabaza.

Precisamente Hatsumomo es otro de los personajes clave de la historia. Pérfida y retorcida, en su amargado corazón no queda ni siquiera un resquicio para la compasión. Obligada a renunciar al amor, su resentimiento recaerá sobre la más indefensa de sus “hermanas”, la pequeña Chiyo, a quien no se cansará de recordarle su pasado, acusándola de apestar a pescado.

 

Memorias de una geisha Hatsumomo

 

Envidiosa de la fortuna de las geishas que han logrado independizarse, ella llevará su deuda con la okiya como un yugo del que no es capaz de librarse, de modo que sus desplantes alcanzarán incluso a la todopoderosa señora Nitta, quien sólo ve a los demás no como personas sino como potenciales fuentes de ingresos.

La forma de vengarse de Chiyo, en quien verá desde el principio a una futura rival debido a sus sorprendentes ojos, será tomar como “hermana” a la ingenua Calabaza.

El tercer gran personaje femenino es el de la también geisha Mameha. Ella es todo lo que Hatsumomo no podrá llegar a ser jamás y lo que, en cambio, querría alcanzar Chiyo.

 

Memorias de una geisha Mameha

 

Elegante, sutil, enormemente hábil con las palabras y con la mirada, a la dureza de Hatsumomo ella opondrá una suavidad en absoluto desprovista de fortaleza. Pero lo que la hace irresistible son su bondad y sus grandes dosis de misterio. Algo sumamente seductor en una mujer.

Serán las alas protectoras de Mameha y sus valiosas enseñanzas las que harán volar a Chiyo, convirtiéndola en la encantadora Sayuri, la geisha a la que todos los hombres de Gion desearán.

 

Memorias de una geisha Mameha apuesta

 

Uno de esos hombres es Nobu, un héroe de la guerra de Manchuria a quien el Presidente debe literalmente su propia vida.

 

Memorias de una geisha Nobu 3

 

Con la cara deformada a raíz de esa misma acción bélica, su fealdad provoca la repulsa de la mayoría de mujeres –Hatsumomo incluida-, pese a su considerable fortuna.

Esa será la razón por la que Mameha lo pondrá como objetivo de su pupila aunque el empresario no parezca sentir entusiasmo por nada que no sean los combates de sumo o los negocios, manifestando un particular desdén por las geishas.

Otro de los hombres de “Memorias de una geisha” es el Barón. Protector –o “danna”- de la mismísima Mameha, la relación entre ambos recuerda en algunos momentos si no la de un matrimonio sí al menos la de un concubinato y resulta bastante ostensible que el ascendente del caballero sobre la geisha excede a lo meramente económico.

 

Memorias de una geisha El Baron 2

 

El Barón es un hombre próspero, atrapado por un matrimonio de conveniencia, que vuelca en Mameha el afecto que no existe en su vida marital aunque sin ningún tipo de exclusividad por parte de ninguno de los dos. De hecho, la geisha no tendrá mayor reparo en reconocer que su danna tiene un voraz apetito por las damas.

Por otro lado, el evidente encaprichamiento del Barón por la “hermana menor” de su protegida pondrá a prueba las relaciones entre los tres.

El “Presidente” Iwamura -que lo es no del país sino de la importante empresa de la que también es socio el “director” Nobu- es el principal de los personajes masculinos. Tan apuesto como caballeroso, tiene algo de los personajes más cálidos de Jane Austen. Será él quien ponga la nota de serenidad en cada escena en la que aparece, no extrañando por tanto lo más mínimo que cautive a Chiyo-Sayuri desde la primera vez que sus caminos se cruzan.

 

Memorias de una geisha El Presidente 2

 

En el film no se nos indica en ningún momento si tiene o no esposa y su relación con la protagonista está siempre revestida de una cierta ambigüedad, ya que suele permanecer en segundo plano, negándose a interferir en la relación que intuye entre su socio y amigo Nobu y la fascinante criatura que Mameha presenta como su hermana menor.

Una duda que subyace durante toda la película es si el Presidente reconoce en la nueva y bellísima geisha a la niña a la que un día iluminó con un simple helado. Pero esa, como las demás preguntas, sólo serán respondidas en la parte final de la historia.

Otros personajes con cierto peso en la misma son:

- “Mamita”, la dueña de la casa de geishas que acoge a Chiyo. Una mujer con un sentido absolutamente pragmático de la vida y sin ningún sentimiento aparente hacia nadie. Refugiada tras sus gafas y el humo del tabaco que fuma en su larga boquilla, resultará tan enigmática (o tan vacua) al final como al principio de la historia.

- Calabaza es uno de los personajes que experimentan un cambio más drástico a lo largo del relato. La niña ingenua e inocente del principio acabará maleada por el pésimo ejemplo de Hatsumomo y por las decepciones de sus promesas sin cumplir, convirtiéndose en algo distinto que sólo al final constataremos.

 

Memorias de una geisha Calabaza

 

- El Doctor Cangrejo, por su parte, es un médico eficiente y adinerado con una enfermiza predilección por las jovencitas. Especialmente si son vírgenes, lo que explicará su interés por la pujante y todavía maiko Sayuri, a quien Mameha le presentará haciendo valer un subterfugio.

 

Memorias de una geisha Doctor Cangrejo

 

 

GEISHAS ¡¡¡¡CHINAS!!!!

 

Que dos actrices chinas (Ziyi Zhang y Li Gong, que interpretan a Sayuri y a Hatsumomo, respectivamente) y una tercera malaya pero de origen chino (Michelle Yeoh, que encarna a Mameha) coparan los papeles protagonistas en una película sobre geishas es algo que, literalmente, escandalizó en el país nipón y también fuera de él.

En China, por ejemplo, se evidenció cierto malestar al considerar que se había preferido a mujeres de su nacionalidad para interpretar a prostitutas japonesas, otorgando a las geishas tal condición, lo que no contribuyó a mejorar la histórica tirantez entre ambas comunidades.

Tampoco gustó mucho más que el rodaje se realizara en inglés y que las tres actrices en cuestión lo interpretaran deliberadamente con acento japonés pero así es como sucedió.

No obstante la arriesgada decisión, las tres están maravillosas en sus respectivos roles y, de hecho, su trabajo aparece entre lo mejor de un film ya de por sí muy estimable.

A ZIYI ZHANG algunos ya la habíamos visto muchos años antes en la conmovedora producción china “El camino a casa”, donde con 20 años ya protagonizaba este romántico drama rural. Eso quiere decir, entre otras cosas, que ya tenía 26 cuando encarnó a la quinceañera Sayuri.

 

Memorias de una geisha La geisha

 

A continuación, la actriz pequinesa intervino en títulos mucho más taquilleros como “Tigre y dragón” (donde, por cierto, se enfrenta en mortales combates con el personaje de Michelle Yeoh), “Hora punta 2” y “La casa de las dagas voladoras” aunque en los últimos años apenas ha rodado fuera de su país.

Muy internacional resulta también la carrera de MICHELLE YEOH, con intervenciones en títulos tan reconocibles como la producción Bond “El mañana nunca muere”, la ya citada “Tigre y dragón”, el film de ciencia-ficción “Sunshine”, la tercera y última entrega de “La Momia” (La tumba del emperador dragón) o la fallida “Babylon” junto a Vin Diesel y Gerard Depardieu.

 

Memorias de una geisha Michelle Yeoh

 

En cuanto a LI GONG, cuenta con una espectacular carrera fílmica a sus espaldas en la que descollan títulos como “Sorgo rojo”, “La linterna roja”, “Qiu Ju, una mujer china”, “Adiós a mi concubina”, “¡Vivir!” o “La caja china”.

 

Memorias de una geisha Hatsumomo 2

 

Por otra parte, la niña que interpreta el papel de Chiyo es la japonesa SUZUKA OHGO, que firma un trabajo excepcional, trufado de sutiles matices interpretativos. Hubiera sido más que deseable seguir su carrera posterior pero lo cierto es que ésta ha discurrido enteramente en su país natal, lo que siempre dificulta la cuestión.

 

Memorias de una geisha Chiyo ojos

 

En cuanto al elenco masculino, el encantador personaje del Presidente corre a cargo del japonés KEN WATANABE, perfectamente recordable por sus papeles de Katsumoto en “El último samurái”, Ra's Al Ghul en “Batman begins”, general Kuribayashi en “Cartas desde Iwo Jima” o Saito en “Origen”, amén de contar con una más que prolija carrera en el cine nipón.

 

Memorias de una geisha El Presidente

 

Al también japonés CARY-HIROYUKI TAGAWA, que encarna al Barón, le hemos visto en títulos como “Sol naciente”, “Mientras nieva sobre los cedros”, “El arte de la guerra”, el remake de Burton de “El planeta de los simios” o “Pearl Harbor”.

 

Memorias de una geisha El Baron

 

La cinta, dirigida por el coreógrafo y director estadounidense Rob Marshall (“Chicago”, “Piratas del Caribe: En mareas misteriosas”) y producida por el mismísimo Steven Spielberg, ganó tres Oscars en las categorías de Mejor Dirección Artística, Mejor Diseño de Vestuario y Mejor Fotografía (Dion Beebe), siendo nominada para otros tres: mejor banda sonora original (el gran John Williams fue el compositor), sonido y edición de sonido.

 

Memorias de una geisha Sayuri bailando

 

Su éxito de taquilla fue también considerable pese a las reticencias que provocó la polémica con la novela y a las críticas recibidas por la elección del reparto.

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