EL NOMBRE DE LA ROSA

 

Parte II

 

El nombre de la rosa incendio

 

 

DISQUISICIONES FILOSÓFICAS Y MUNDANAS

 

Tal como se afirma durante la “agitada” reunión que tiene lugar en la Abadía, la principal cuestión a dirimir no es tanto determinar la pobreza de Cristo (“si era o no dueño de la ropa que llevaba puesta”) sino si la Iglesia Católica habría de serlo.

Diáfanas quedan las posturas:

 

-          De un lado, el Emperador Ludovico, por evidente interés, defiende la separación de la Iglesia del poder temporal y la conveniencia de que ésta viva en la pobreza. Es la razón por la que apoya a la orden franciscana, encabezada por el citado Michele da Cesena. El hecho de acusar de herético al mismísimo Papa no hace sino enconar todavía más la situación.

-          De otro lado, el Pontífice Juan XXII que, al ideal de pobreza de los seguidores de San Francisco de Asís, opone la opulencia y ejerce su poder al mismo nivel que el emperador. La orden franciscana constituye toda una amenaza para el Papado, que ha trasladado su sede de Roma a Aviñón, pero las herejías que van naciendo a la sombra de la orden “oficial” le legitiman para reprimirla de forma brutal, a cuyo propósito servirá enérgicamente la Inquisición.

 

El nombre de la rosa delegacion papal

 

Otra de las cuestiones de fondo en la historia es la disyuntiva entre el libre acceso al saber frente a la censura de aquellos libros que, por su contenido o por la naturaleza ideológica de sus autores, puedan corromper la fe.

La postura de la Iglesia oficial queda definida por el férreo control que en la Abadía ejercen el triunvirato Abbone-Jorge-Malaquías. Sólo ellos deciden quiénes pueden acceder a según qué libros incluso entre sus propios hermanos.

El hermetismo se acrecienta cuando los visitantes son extraños, forasteros, miembros no sólo de otras procedencias sino incluso de otras órdenes.

Ello desborda el deseo de los monjes de acceder a aquellos conocimientos y libros que les son vedados, en una suerte de “lujuria intelectual” que Guillermo llegará a asimilar con la carnal y que incluso, en la práctica, entra en comercio con ésta.

Por último, se pone en tela de juicio el mismísimo humor, la risa, que el venerable Jorge condena como una forma de perder el miedo a Diablo, lo que haría innecesaria la existencia de Dios.

En la risa sitúa el burgalés Jorge el origen de las herejías y del pecado. No sólo porque la considera algo antinatural “que deforma las facciones” asemejándonos a los monos, sino porque, en su opinión, hay cosas que no son risibles.

De ahí que, como afirma explícitamente, simpatice más bien poco con la orden franciscana, que ve la risa con indulgencia.

Amén de reconocer que San Francisco de Asís tenía mucha tendencia a la risa, Guillermo replicará que ésta es un atributo puramente humano (“los monos no ríen”).

Su mención de la anécdota según la cual San Mauro, al ser sumergido por los paganos en agua hirviendo, se quejó de que el agua estaba fría, provocando que el sultán metiera su mano en ella y se la escaldara, suscitará la risa de los presentes y el feroz enojo del anciano.

Un santo sumergido en agua hirviendo no bromeacon gracias infantiles; reprime sus gritos y sufre por la verdad”.

La existencia o no de un libro –el segundo tomo de la Poética de Aristóteles- dedicado a glosar las virtudes de la comedia, centrará la polémica entre Jorge y Guillermo, afirmando el primero la inexistencia de semejante obra.

 

LAS HEREJÍAS DEL MEDIEVO

 

“Herejía” viene del griego heresis (elección), que en la Sagradas Escrituras aparece como sinónimo de grupo, facción o escisión.

El Código de Derecho Canónico, que recoge las normas jurídicas que regulan la organización de la Iglesia católica, la define por su parte como “la negación pertinaz, después de recibido el bautismo, de una verdad que ha de creerse con fe divina y católica, o la duda pertinaz sobre la misma”.

La existencia de distintas corrientes de pensamiento e interpretación de la doctrina cristiana fue habitual durante los primeros siglos de existencia de la Iglesia, hasta que la ortodoxia cristiana quedó fijada en el Concilio de Nicea del 325.

La lucha contra la heterodoxia se iría endureciendo progresivamente en los siglos siguientes hasta llegar en 1184 a la fundación de la Inquisición, cuya función principal sería combatirla, siendo con frecuencia castigados los herejes con la pena de muerte.

Pese a ello, ni la conversión del Papado en una monarquía teocrática (que, por derecho divino, aunaba el poder político y temporal con el religioso) ni el desarrollo del aparato represor, impidieron que a lo largo de toda la Edad Media continuaran apareciendo movimientos fuera de la ortodoxia.

Muchos de ellos surgieron en el seno de la propia Iglesia y buscaban reformas que la devolvieran a sus orígenes, lejos de la riqueza y la corrupción, como preconizaban los franciscanos.

En otros de esos movimientos, el aspecto reformador incluía reinterpretaciones de los dogmas de la Iglesia o de la liturgia o bien rompía directamente con los principios en los que asentaba la Iglesia, lo que les enfrentaba frontalmente a la jerarquía de la misma.

            Algunos de los principales movimientos de la Edad Media, que aparecen reflejados en la novela de Eco son:

Begardos (o Beguinos).- Condenaban la propiedad privada y el matrimonio, creían que eran tan puros que no podían pecar y que, una vez llegado como ellos a la perfección, podían conceder al cuerpo todo lo que éste pidiera. No se consideraban sujetos a ninguna obediencia humana ni creían tener que practicar virtud alguna. Por otra parte, vivían con sencillez y pobreza y oraban de forma asidua. Esta corriente nació probablemente en Alemania, a imitación de las Beguinas flamencas, extendiéndose luego por Francia, Países Bajos e incluso España. Dieron lugar, en siglos posteriores, a las herejías de los alumbrados y los molinosistas.

Bogomilitas (o Bogomiles).- La corriente de violencia que se manifestó en el siglo X en el norte y centro de Italia contra los obispos simoníacos (que compraban y vendían cargos eclesiásticos, reliquias y hasta sacramentos) fieles al emperador fue capitalizada por una doctrina de origen búlgaro que era, más que religiosa, una lucha de los campesinos oprimidos contra los aristócratas opresores. Luego se extendería por los Balcanes, con singular arraigo en Bosnia Herzegovina hasta la islamización turca. A nivel doctrinal, negaban el nacimiento divino de Cristo, la Trinidad y la validez de los Sacramentos y ceremonias.

Patarinos (o Pordioseros).- Surgidos en el siglo XI, toman su nombre del arrabal Pataria de Milán, no en vano eran en su mayoría obreros del sector textil, gente miserable y excluida. Su contienda contra el Papado tuvo un marcado  sesgo político, desde la llegada de los Hohenstaufen, una poderosa dinastía de príncipes electores del Sacro Imperio Romano Germano.

  1. Humillados.- Un siglo después, también surgió esta corriente en Milán, reuniendo a ciertas clases industriales como los obreros de la lana y gente de condición muy humilde que hizo suyos los preceptos de los patarinos.

Valdenses (o Pobres de Lyon).- Rechazaban el ejercicio por parte de la iglesia del poder temporal, la imposición de la fe a la fuerza, el derramamiento de sangre humana o la ostentación en los edificios religiosos. Practicaban una pobreza extrema y hacían un alegato particular a la renuncia de los bienes materiales en favor de los menos privilegiados, como lo hizo su fundador, un rico comerciante lionés llamado Pedro Valdo, que en el siglo XII repartió sus posesiones en forma de limosnas y se lanzó a predicar. Alemania, Suiza y España fueron otras regiones en las que caló su mensaje. Entre lo que la Iglesia Católica considera errores doctrinales de los valdenses se encuentran la negación del purgatorio, de las indulgencias y de las oraciones por los muertos. Peregrinaban y predicaban de dos en dos; descalzos y con hábitos penitenciales mientras denunciaban los actos de corrupción de la Iglesia católica tradicional. La iglesia valdense actual puede ser considerada como una iglesia protestante de tipo calvinista.

Cátaros (o Albigenses, Puros o Elegidos).- Su teología era dualista radical, basada en la creencia de que el universo estaba compuesto por dos mundos en absoluto conflicto, uno espiritual creado por Dios y otro material forjado por Satán, del que formarían parte la propia Iglesia Católica y las guerras. Rechazaban el bautismo (por haber sido creado por Juan el Bautista y no por Cristo), el matrimonio como forma de procreación y la reencarnación de Cristo (consideraban que se había tratado de una aparición espiritual pues el mundo material era pecaminoso en su totalidad). En cambio, creían en la reencarnación, eran vegetarianos y practicaban una vida de ascetismo y estricta castidad. Enraizaron sobre todo en el Languedoc francés y, desde el siglo XII, su nombre pasaría a designar a todos los heréticos occidentales emplazados fuera de la Iglesia Romana.

Seguidores del Espíritu Libre (o Hermanos o Frailes del Espíritu Libre).- Surgieron en el siglo XIII, inspirados en las teorías panteístas del teólogo Amaury de Bène y desarrolladas por Ortieb, un profesor de Estrasburgo. Defendían la negación de toda autoridad, de la ley moral (no existe el pecado) y de los sacramentos, en virtud del principio de que el Espíritu Santo está en nosotros y eso basta. Precursores del anarquismo, también preconizaban el amor libre, el nudismo y la magia y se extinguieron en el siglo XIV.

  1. Fraticelli.- Movimiento tardío, del XIV, surgen en Italia como escisión de la orden Franciscana por disputas concernientes a la pobreza. El excomulgado hermano Angelo da Clareno fundó una Orden Franciscana independiente, negando que Juan XXII fuese realmente papa, dado que derogó la Regla de San Francisco, la cual, de acuerdo a su doctrina, representa al Evangelio puro y simple. Los fraticelli sostenían pues que los decretos del Papa eran inválidos, de manera que condenaban a todos los otros religiosos y prelados y consideraban que el haber cometido pecado mortal privaba a los sacerdotes de su dignidad y poder.
  1. Espirituales.- En un segundo momento, huyen de Toscana a Sicilia, denominados al principio como Hermanos Rebeldes y Apóstatas, y luego como Fraticelli de paupere vita (Fraticelli de vida pobre). Declaraban a la Iglesia de Roma como carnal y corrupta, negaban pues a los sacerdotes de Roma todo poder y jurisdicción; prohibían tomar los votos, sostenían que los sacerdotes en estado de pecado no podían otorgar los sacramentos; y también que sólo ellos cumplían verdaderamente con el Evangelio. Para esa época, adoptaron una vestimenta ajustada, corta y sucia como hábito religioso.
  1. Joaquinistas.- Los seguidores de Joaquín de Fiore creían en el comienzo de una nueva era, que se iniciaría con la llegada de un virtuoso papa procedente de la orden franciscana, que podría ser Celestino V. La renuncia de éste y su posterior muerte en las mazmorras del siguiente papa, Bonifacio VIII, fue considerado un signo de la venida del Anticristo. Por lo tanto, en el pensamiento joaquinista, la Iglesia Católica era la ramera de Babilonia y el papa el mismo anticristo, pensamiento que sería recuperado por Lutero en la reforma protestante, y que condujo a una ruptura con el catolicismo.

Dulcinistas (o Pseudoapóstoles, Segalelianos o Apostólicos).- Fundada por Gherardo Segalelli, que agrupó a sus discípulos y los envió a predicar la penitencia (“Penitenciagite”, susurra Salvatore en el film) y la pobreza por Italia, España y Alemania. Su abstención de todo trabajo, el incesante peregrinar, la mendicidad cotidiana, la promiscuidad de sexos y la ausencia de toda autoridad moderadora le llevaron a la hoguera. Fue relevado por Dulcino de Novara, que correría idéntica suerte. Dulcino define su secta como una congregación espiritual, que vive como los Apóstoles, sin ningún lazo de obediencia exterior, sino solamente interior. Reclamaba la libertad de espíritu y rechazaba el culto exterior, defendiendo que, para reparar los pecados, la Iglesia romana debía vivir como San Pedro, en absoluta pobreza y humildad, sin hacer guerras y permitiendo vivir a cualquiera en su libertad.

Como puede verse, hay muchos puntos en común entre las distintas sectas pero también sensibles diferencias. Lo segundo no fue óbice para que, con frecuencia, fuesen englobados en un mismo grupo,  como denuncia Fray Guillermo.

Así, por ejemplo, se cometía el grave error de asimilar a los valdenses con los cátaros, como hiciera Bernardo Gui (que, como queda dicho, fue un personaje histórico) en su "Manual de Inquisidores”.

La explícita oposición valdense a las tesis cátaras y el hecho de que su rama occitana apoyara decididamente la reacción católica contra el catarismo, son pruebas más que suficientes del abismo que separaba a ambas corrientes heterodoxas.

            En cualquier caso, sobre lo que hay cierta controversia es sobre el aspecto violento de muchas de estas sectas; en especial, el Dulcinismo, a cuyos seguidores se acusa, tanto en la novela de Eco como en la película de Annaud, de asesinar a sacerdotes y obispos (“los obispos ricos y rechonchos son los objetivos de los dulcinistas, no los traductores de griego”, responderá el franciscano a su novicio cuando éste sospecha de Salvatore por su pasado dulcinista).

 

ASPECTOS TÉCNICOS DEL FILM

 

Partiendo de la extraordinaria obra de Eco, el equipo de guionistas formado por Gérard Brack, Alain Godard, Howard Franklin y Andrew Birkin acertó a construir un guión que prescinde de lo menos cinematográfico (las excelentes descripciones artísticas o las disquisiciones filosóficas que jalonan el texto original) y pone su acento en los aspectos más dinámicos de esa larga y densa novela.

 

El nombre de la rosa abadia

 

A propósito, en los títulos de crédito iniciales, bajo el rótulo principal aparece el subtítulo “un Palimpsesto de la obra de Umberto Eco”. La traducción del término “palimpsesto” es la siguiente: “manuscrito que todavía conserva huellas de otra escritura anterior en la misma superficie, pero borrada expresamente para dar lugar a la que ahora existe”. Una sutil aunque innecesaria forma de no comprometerse a ser totalmente fiel al texto original.

En un considerable esfuerzo de financiación, se optó por una coproducción netamente europea (germano-franco-italiana, para ser exactos) cuya responsabilidad se depositó en las manos del director francés Jean Jacques Annaud, brillante realizador de “En busca del fuego” (y, con posterioridad, también de “El oso”, “Enemigo a las puertas” o “Siete años en el Tíbet”). Como consecuencia de ello, la película cuenta curiosamente con un doble título oficial: “Le nom de la Rose” y “Der name der Rose”.

No se escatimaron esfuerzos ni en la búsqueda de los exteriores adecuados –finalmente se decantaron por el monasterio alemán de Eberbach, del siglo XII- ni en la participación de un elenco tan variopinto como espectacular, en el que predominan los secundarios con físicos impactantes.

Entre los protagonistas, el escocés Sean Connery, que no era en absoluto una de las primeras opciones, acababa cambiando el smoking, la pistola y las mujeres por una sobria túnica franciscana y un discípulo novato, a la vez que sustituía el estrépito de los disparos y las persecuciones que le acompañan en sus interpretaciones del agente 007 por la mera deducción en medio de una época oscura y tenebrosa.

 

El nombre de la rosa Guillermo y torre

 

Por su parte, los estadounidenses Christian Slater (en el papel del joven Adso), Fred Murray Abraham (interpretando al siniestro inquisidor Bernardo Gui; otro papel arriesgado de los que otorgan carácter a un actor, como en su día hizo con Salieri, el envidioso rival de Wolfgang “Amadeus” Mozart), y el poco agraciado Ron Perlman (que aquí interpretaba al jorobado Salvatore y que en los últimos años triunfa en la gran pantalla con su saga “Hellboy”) ofrecían una réplica más que adecuada.

El contrapunto lo ponen el actor francés Michael Lonsdale (que da vida al Abad y a quien años después veríamos en la magnífica “Ronin” o en las menos buena “Munich” de Spielberg o “Ágora” de Amenábar) o la bellísima actriz chilena Valentina Vargas, habitual en algunos títulos menores de la cinematografía francesa y que aquí interpreta a la “Rosa” que da título a la historia.

Para aderezar un magnífico equipo técnico en el que destaca la fotografía del italiano Tonino Delli Colli (“Érase una vez en América”, “Lunas de hiel”, “La vida es bella”), la banda sonora corrió a cargo de un inspirado James Horner (“Titanic”, “Braveheart” o “Avatar” entre los más de cien trabajos firmados por el californiano), cuya partitura es ya un clásico de la música de cine.

La música de Horner, que tan pronto resulta lúgubre como tenebrosa o inquietante –especialmente en momentos como la aparición del corazón de buey o el extravío de Adso en el laberinto- contribuye enormemente a dotar al film de una atmósfera sugestiva y perturbadora.

 

 

VERSIÓN EXTENDIDA EN DVD

 

Una última puntualización: en la más reciente adaptación de la película al formato dvd (cuya fotografía preside este artículo) se incluyen varios insertos que no aparecían en la versión proyectada en los cines.

En el primero de ellos, Adso sale de la Abadía por la misma trampilla por la que acostumbra a introducirse en la misma la muchacha de sus ensueños y da con ésta en la aldea en la que ella malvive, en medio de toda la suciedad y sordidez inimaginables.

Tras espiarla en lo que es posiblemente la escena más desagradable y escatológica del film, el muchacho huye despavorido hacia la Abadía.

A continuación, el propio novicio y su maestro intercambian miradas de complicidad cuando ven a Malaquías aparecer por un pasadizo secreto antes de tomar asiento en su lugar del coro.

Por último, se asiste a la partida clandestina de Ubertino, que antes de marchar exhorta a Adso a no tomar mal ejemplo de los excesos intelectuales de su maestro.

Debo afirmar con rotundidad que ninguna de las tres escenas resultan especialmente relevantes, no aportan nada significativo a la trama y considero muy acertada su exclusión del montaje final cinematográfico.

Pero lo peor de la cuestión es que el doblaje de esas pocas escenas es de lo peorcito con lo que me he topado en muchos años de consumir todo tipo de cine.

La voz en off (correspondiente al Adso anciano que hace las veces de narrador de la historia) que preside la incursión del novicio en la aldea es patética y no guarda relación alguna con la que se escucha al principio y al final del film pero eso no es nada comparado con la vocecilla esperpéntica que le endosan a Ubertino en el inserto de su huida. Si pretendían o no cachondearse del personaje o de la propia audiencia es una duda que no he conseguido despejar. La que acompaña a Fray Guillermo en ese misma escena también es de “toma pan y moja”.

Un problema que podrían haberse ahorrado con la simple utilización de subtítulos. Cualquier cosa antes que semejante chapuza, que empaña la por otra parte magnífica edición en doble dvd.

 

UNA ADAPTACIÓN TEATRAL

 

En 2013, una compañía bajo la dirección de Garbi Losada comienza a interpretar en los escenarios españoles la adaptación teatral que José Antonio Vitoria y el propio Losada han realizado de la novela.

 

Libreto El nombre de la rosa

 

Los papeles protagonistas empezaron siendo desempeñados por Karra Elejalde (“Días contados”, “Los cronocrímenes”, “Los sin nombre”, “Invasor”) y el joven Juanjo Ballesta (“El Bola”), como Fray Guillermo de Baskerville y Adso de Melk, respectivamente.

 

El nombre de la rosa teatro 2

 

Para cuando, en febrero de 2014, tuve ocasión de asistir a la representación en el Teatro Principal de Valencia, Elejalde había sido sustituido por mi admirado Juan Fernández (“La caja 507”, “El alquimista impaciente”, “El lobo”, “RIS Científica”) cuyo físico es tremendamente congruente con el de Sean Connery.

 

El nombre de la rosa teatro

 

En realidad, aun siendo bastante fiel a la novela de Eco, la obra sigue la estética de la película de Annaud, en lo que es una escenografía fantástica sin sombra de efectismo.

Los decorados cambian a gran velocidad, sin alardes pero con una enorme eficacia y contribuyen de forma decisiva a crear la atmósfera en la que se mueven los personajes, brumas incluidas.

No deja de sorprenderme, por ejemplo, la sencillez conceptual con que los decorados pasan de representar el exterior de la Abadía a su interior o la iglesia se transforma en el (magnífico) laberinto de la biblioteca.

 

El nombre de la rosa teatro 3

 

Juan Fernández, por su parte, realiza una labor soberbia, aportando al personaje de Guillermo un toque de ironía menos sutil que el de Connery mientras Juanjo Ballesta no desentona, que ya es mucho.

En cuanto a los actores secundarios, además de cumplir con intachable profesionalidad y oficio, interpretan varios personajes cada uno (Berengario se convierte en el jefe de la legación papal, por ejemplo) de forma natural, sin que rechine en ningún momento.

Por lo que respecta al texto, sigue aproximadamente el argumento de la película hasta que, con la aparición del personaje de Bernardo Gui, adopta el final de la novela en un híbrido que no carece de coherencia.

Un ejercicio en suma de corrección, academicismo y magníficas escenografía e interpretación que no puedo dejar de alabar.

 

 

 

 

EL NOMBRE DE LA ROSA - Parte I:

http://rincondesinuhe.com/homepage-3/42-el-nombre-de-la-rosa-parte-i

 

 

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