SAMSHA

 

Experiencia deslumbrante gracias a Valencia Cuina Oberta

 

Samsha

 

VALENCIA, CUINA OBERTA

 

            Esta loable iniciativa ("Valencia Cocina Abierta", en castellano) permite, a quienes no disponemos de un alto poder adquisitivo, la posibilidad de acceder a algunos de los mejores restaurantes de la ciudad, cuyos precios habituales quedan fuera de nuestro alcance.

            Carece de fechas fijas y tampoco las tienesu periodicidad lo es, por lo que resulta necesario estar permanentemente alerta en espera de su “aparición”.

            Cuando ésta se produce, se concede una semana (aunque algunos restaurantes ven copadas sus reservas en apenas unas horas), con aproximadamente un mes de antelación a la semana de “disfrute”, para que quienes estén interesados, puedan contratar un menú cerrado en alguno de ellos.

            Dichos menús se especifican públicamente por cada restaurante y se ofrecen por un precio que es, en todos los casos, de 20 euros por persona (bebidas aparte) para comidas y 30 euros por persona (bebidas aparte) para cenas.

            No es ningún regalo, pensaréis algunos con razón, pero sí lo es si tenemos en cuenta que en algunos de dichos establecimientos es imposible comer por menos de 60 ó de 90 euros, según los casos.

            Con motivo de la que ya era la IV Edición de este certamen, 66 restaurantes de la ciudad de Valencia y sus alrededores se adhirieron al programa.

            En esta ocasión, las fechas señaladas para poder disfrutar de las reservas efectuadas con el citado mes de antelación (una reserva, por cierto, que no implicaba el pago de cantidad alguna, ya que sólo se paga al finalizar la cena en el propio restaurante) fueron del 14 al 20 de febrero de 2011.

            También contribuyó a una mayor comodidad la colaboración de Atrapalo, a través del cual podían hacerse efectivas las reservas.

            Sí me gustaría advertir de una circunstancia que cabe tener en cuenta. Así como hay restaurantes donde es imposible comer por menos de 90 euros (y tengo in mente uno muy concreto), también hay otros donde rara vez se gasta uno esa cantidad por menús muy similares al que ofertan en “Cuina Oberta”.

            Del mismo modo que hay otros en los que el precio durante todo el año no es significativamente superior (33 euros en lugar de 30, por ejemplo).

            Todos los valencianos tendremos, sin duda, claros ejemplos de todos ellos pero, dado que no es “Cuina Oberta” el tema de esta reseña, dejaremos ahí la cuestión.

            En cualquier caso, Samsha no es uno de los más caros pero sí es fácil que una cena te salga por 50 ó 60 euros.

 

UBICACIÓN DEL RESTAURANTE

 

            Radica el establecimiento en la ciudad de Valencia; el número 4 de la Plaza Periodista Ros Belda, que curiosamente no es ninguna plaza sino una calle. Perpendicular, por cierto, al Paseo de Aragón. El teléfono del establecimiento es el 963 89 19 02, si bien la confirmación de la reserva que me hicieron esa misma mañana tuvo lugar a través de un teléfono móvil.

            A los valencianos os bastará saber que, si accedéis al Paseo de Aragón desde la Avenida del Puerto o desde el puente de la Gran Vía Marqués del Turia, encontraréis el “Samsha” en la segunda calle a la derecha nada más sobrepasar la famosa “gasolinera” del Paseo de Aragón (BP para más señas).

            Si, por el contrario, venís por el Paseo de Aragón desde la avenida Blasco Ibáñez, una vez sobrepasado (quedará a vuestra derecha) el estadio de Mestalla y, más adelante (a vuestra izquierda) el Edificio Europa con sus cristales negros, tendréis que girar justo antes de llegar a la gran rotonda que conduce a la Alameda (derecha), al puente (recto), al Palau de la Música (izquierda) o a la avenida del Puerta (más izquierda todavía).

            Si pasáis de largo, no os preocupéis: bastará con que completéis dicha rotonda y volváis a entrar al Paseo de Aragón, pasando frente a la gasolinera y entrando en la segunda calle perpendicular al paseo por su derecha (es la primera calle de ese lado que no está en contacto con la BP).

            Resulta menos complicado aparcar en el principio del Paseo de Aragón, cerca de Blasco Ibáñez, que en ese tramo final en el que se encuentra la calle del restaurante y también cuesta mucho más estacionar un sábado que un viernes.

            En el peor de los casos, seguís teniendo a vuestra disposición el cercano parking sito en la plaza de Alfredo Candel.

            Éste es bastante nuevo y espacioso y sus precios resultan bastante razonables para tratarse de Valencia.

 

EL RESTAURANTE SAMSHA

 

            Lo primero que encontramos al llegar fue un discreto cartel, en el lugar donde habitualmente aparece publicada la carta, en el que se hacía constar la circunstancia de que durante toda la semana se serviría un menú único, cuyos platos se especificaban, además de su precio. Ello en base al “Valencia Cuina Oberta” del que hablaba con anterioridad.

            Debo señalar el hecho de que un par de parejas que llegaron estando nosotros allí lo hicieron sin reserva previa pero, dado que había dos mesas disponibles, pudieron beneficiarse de la excepcional promoción sin haberlo planeado de antemano.

            Después de atravesar un mínimo recibidor, en el que se exhibían tarjetas del restaurante (con un original y alargado formato, por cierto) y menús de la promoción, fuimos invitados a ocupar una mesa en un lateral de la sala.

            Ésta tiene casi forma de ele, de modo que no es posible abarcar con la mirada la totalidad de las mesas, que se distribuyen de un modo bastante cómodo y racional sin que el resto de comensales te supongan problema alguno.

            Hasta quince mesas conté, si bien cuatro de ellas se habían agrupado dos a dos para dar cabida a un par de grupos de cuatro comensales cada uno. Lo que queda claro es que, pese a haber pasado ya San Valentín, lo que predominaba de forma abrumadora eran las parejas.

            La decoración supura diseño por todas sus paredes, que están pintadas con tonos lisos y alternos mientras que las mesas, convenientemente separadas unas de otras, presentan una bonita cristalería (las copas eran Schott-Zwiessel) y unos caminos de mesa realmente atractivos.

            La discreta barra se encuentra al fondo de la sala y, tras ella, se ubican los modernos (y quizás algo asépticos) baños, cuyos puntos fuertes son los lavabos (planos) y las toallas ¡¡de tela!! que tenemos disponibles en uno de los cajones del armario inferior. Algo que he visto pocas veces, la verdad.

            Me gustó el detalle de que la señorita que nos recibió se ofreciera a llevarse nuestros abrigos (hace frío estas noches en Valencia) al guardarropa. Ella misma nos los trajo de vuelta al finalizar la cena.

 

UN APERITIVO “FUERA DE CARTA”

 

            Dado que íbamos dispuestos a degustar un menú muy concreto, que era el que había determinado nuestra elección, nos dispusimos a escoger el vino de la completa y amplia carta que pusieron a nuestra disposición.

            No tenía yo la noche aventurera, por lo que nos decantamos por un vino tinto, ya conocido, de la tierra (denominación de origen Valencia); concretamente un “Les Alcusses”. Os comento, a modo de curiosidad, que este vino toma su nombre del poblado ibero de Les Alcusses, en la valenciana localidad de Moixent (Mogente, en castellano).

            La primera sorpresa llegó a renglón seguido, cuando el camarero (realmente entrañable, por cierto, pues era muy afable sin dejar de ser discreto) apareció con lo que parecía una tabla de pizarra, sobre la cual reposaban tres parejas idénticas de aperitivos con los que nos obsequiaba el local.

            Se trataba de sendos chupitos de aceituna con espuma de Martini (que había que sorber con pajita), dos Biscuits de queso parmesano con tomate (cuya textura y aspecto recordaban absolutamente las tabletas finas de chocolate blanco aunque, por supuesto, nada tenían que ver con su sabor) y otros dos helados de setas, servidos en sendos recipientes con forma de pequeña cuchara sopera.

            Nos parecieron deliciosos todos ellos, jugando de forma espectacular con el sabor y la textura: las sensaciones sobre la lengua decían una cosa mientras el sabor decía otra muy distinta.

 

EL ENTRANTE

 

            Éste, según lo previsto, consistía en una “miniatura” realmente sorprendente: Carbón de aceituna Kalamata, gotitas de tomate, queso de cabra y helado de dátiles con una base de berenjena.

            Por difícil que pueda parecer, conseguías notar todos y cada uno de dichos sabores sin que estos pugnaran por sobresalir, lográndose por otra parte un sabor delicioso de conjunto que no pudo por menos que admirarnos.

            Dado el reducido tamaño de la singular “tostada” (aunque con base de berenjena), correspondían dos unidades a cada comensal, siempre primorosamente servidas, como parece ser encomiable norma de la casa.

            En recipiente aparte nos sirvieron también, como acompañamiento, unas rosquilletas de semillas y dátiles muy agradables al paladar y que acompañaban de forma magnífica.

 

LOS PLATOS PRINCIPALES

 

            No teníamos muy claro si era un solo plato por comensal, a elegir entre dos opciones, o si se trataba, en efecto, de un doble plato principal.

            Resultó ser esto último, sirviéndose primero el plato de pescado y más tarde, siempre con un ritmo más que adecuado para que las pausas entre platos no menguaran el apetito, el de carne.

            Por fortuna, nos hallábamos en un establecimiento de cocina creativa y no en una boda al uso donde un plato de pescado y otro de carne, seguidos de unos copiosos entrantes y de una tarta nupcial, pueden acabar con el estómago de cualquiera.

            Quiero decir que el modesto tamaño de los platos consigue que se llegue al final de la velada sin hambre pero también sin hartazgo.

            Así pues, en primer lugar llegó la corvina con rocas de calabaza, teriyaki de piña y burbujas de orégano.

            Confieso que soy un pésimo gourmet, dado que no me gusta el pescado, pero aun así disfruté de esa corvina en combinación con la salsa dulce que en realidad es el teriyaki de piña y con la espuma de orégano que otorgaba un etéreo punto de sabor al conjunto.

            Venía el plan “maridado” con un pan focaccia de calabaza y orégano sencillamente exquisito.

            A continuación degustamos el Solomillo de buey aromatizado con vainilla, yema de foie, caviar de shiitakes y esponjas de frambuesas.

            En el obligado platito auxiliar llegó el pan irlandés de avellana y vainilla que no sólo maridaba magníficamente con la carne de buey sino que resultó ser uno de los más deliciosos panes que he probado nunca.

            Me sorprendió mucho la yema de foie, que había que romper como si de un huevo se tratara, para disfrutar de su excelente y suave sabor.

            Y no me disgustó, aunque tenía un punto alto de sal que no lo hace apto para todos los paladares, el japonés caviar de shiitakes.

 

EL POSTRE

 

            ¿Qué cabe esperar de un postre que responde al rimbombante nombre de “Lingote de oro y Baileys sobre brownie de chocolate con café, helado de sésamo caramelizado y arena de cacao”?

            Sin duda, lo mejor. Toda una provocación para los sentidos y un broche final espléndido para una magnífica cena.

            Para nuestra sorpresa, también venía acompañado de un pan (como los anteriores, todavía caliente); en este caso, de leche y café.

            A propósito, llamaba mucho la atención el intenso color dorado del pequeño lingote pero todavía más la singular mezcla de sabores como el del chocolate y el Baileys (muy logrado), en contraste con el del sésamo, que por muy caramelizado que estuviera resultaba "exótico" en semejante compañía.

            El sésamo caramelizado resultó ser una curiosa y muy agradable combinación y la arena de cacao una delicia que recordaba al Cola-Cao por su textura. Ahí terminaban las semejanzas, ya que se trataba de algo bastante más selecto.

 

UNA SORPRESA FINAL

 

            Por si os lo estábais preguntando, no se trató de una sorpresa económica (que suelen ser desagradables) sino del hecho de ver aparecer de nuevo a “nuestro” camarero con otra plancha de pizarra y, de nuevo, los chupitos, los biscuits y los helados en cuchara.

            Disfrutando visiblemente de nuestro desconcierto, el camarero parecía retarnos así a comenzar la cena de nuevo, lo que nos hizo dudar de, si debajo de su cordialidad, se escondía alguna enfermedad mental que le había hecho olvidar la circunstancia de que llevábamos allí una hora y media y no éramos recién llegados.

            Después de acoger con buen humor nuestros tímidos comentarios, el caballero comenzó a descargar su mercancía sobre nuestra mesa y nos hizo notar que, pese al idéntico aspecto (salvo el color más verde de los chupitos), se trataba de productos totalmente diferentes.

            En este caso, chupitos de hierbabuena con espuma de mojito, biscuit de yogur y frambuesa y helado de whisky y cacao.

            El hecho de que las texturas fuesen idénticas a las del aperitivo y los sabores resultaran tan diferentes constituye un absoluto puntazo que te deja casi tan perplejo como su aparición.

 

BUEN SABOR DE BOCA

 

            Fascinados quedamos con este restaurante, al que prometimos volver. Y no sólo por lo agradable del ambiente y la cordialidad del trato sino muy especialmente por el juego de diseños, aromas, texturas y sabores que convirtieron la velada en una extraordinaria experiencia gastronómica.

            Parece que habitualmente funcionan con carta y no con menú cerrado pero los platos que degustamos se encontraban todos, en ese momento, entre las opciones de dicha carta.

            De cualquier modo, un cambio en la misma sólo sería excusa para nuevas aventuras culinarias en el futuro.

           Desde aquí mi felicitación y agradecimiento tanto a Cuina Oberta como a los responsables y empleados (todos ellos, los que vimos y los que permanecen “en la sombra”) del restaurante Samsha.

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