RADISSON BLU ROYAL

 

Un lujo de hotel en BRUSELAS

 

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UBICACIÓN

 

            En el número 74 de la céntrica calle Fosse aux Loups se ubica este lujoso hotel  de la cadena Radisson Blu en el que he tenido la suerte de alojarme en mis dos últimas visitas a Bélgica.

            Hay que tener cuidado con los nombres de las calles porque en Bruselas aparecen siempre en los dos idiomas oficiales del país: el francés y el flamenco.

            Así, en algunos navegadores GPS, la Rue Fosse aux Loups aparece únicamente como Wolvengracht mientras que, en la placa de la calle, aparece de las dos formas.

            En cualquier caso, se trata de una ubicación inmejorable, a unos doscientos metros de la Catedral y a similar distancia tanto del Centre Belge de la Bande Dessinée (Museo Belga del Cómic) como de las elegantes galerías St. Hubert.

            A unos cinco minutos andando se encuentra la Grand Place (Grote Markt en flamenco) y, en realidad, dado el tamaño del centro de Bruselas, todos los recorridos por el mismo pueden realizarse a pie desde el hotel.

            Existe un segundo hotel Radisson en la ciudad pero debo advertir que está bastante más desplazado, en las proximidades del Parlamento Europeo y del Museo Real de Ciencias Naturales, lo cual lo hacía menos interesante para mis propósitos.

            Curiosamente, es fácil acceder del uno al otro utilizando la línea 38 de autobuses locales. Lo digo por si alguna vez os alojáis en alguno de los dos y queréis visitar los monumentos o museos que hay junto al otro.

 

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LA RECEPCIÓN

 

            Fácil de divisar desde cierta distancia por el considerable tamaño del edificio y por su cúpula de cristal, al hotel se accede por una gran puerta giratoria, dando paso a un amplio y elegante hall en el que encontramos:

            - A la izquierda la recepción, con varios mostradores altos dedicados a tal efecto y que ocupan los empleados encargados de los distintos trámites (check-in a la llegada ó check-out a la salida, por ejemplo). Hay otra mesa más, ocupada por otra persona que se dedica a proporcionar la información turística que demandan los huéspedes, incluyendo la facilitación de planos o, como fue en nuestro caso, las líneas de metros o autobuses que conducen a las zonas más alejadas de la ciudad.

            - En el centro, varias zonas con sofás y sillones donde acomodarse mientras se espera.

            - A la derecha, el “Bar Dessiné”, una agradable cafetería cuyas paredes están decoradas con portadas de cómics (entre ellas, “El loto azul” de Tintín), lo cual justifica su nombre.

 

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            Es de destacarla amabilidad del personal de recepción, entre los cuales había una señorita española (Sara) en la primera de mis visitas aunque todos se esfuerzan por entender a aquellos que no dominan el francés o el inglés, idioma este último siempre subsidiario en Bélgica. Especialmente en la zona de Flandes, donde algunos no gustan demasiado de escuchar el francés pese a ser su lengua co-oficial, por cierto.

            En general, en Bruselas es difícil no encontrar a alguien que chapurree el español en casi todos los restaurantes y tiendas del centro.

            A la llegada se nos requiere una tarjeta de crédito en la que se realiza un bloqueo por valor de 50 euros en previsión de saqueos de mini-bar o similares, tan tristemente frecuentes.

            Como anécdota, comento que en mi visita de 2011 cogimos dos habitaciones dobles y, al poco de ocuparlas, el que parecía ser director del hotel (aunque quizás fuese el jefe de recepción) se dirigió a nosotros con la petición de que cambiáramos una de ellas, ya que había llegado un grupo muy numeroso y preferían agruparlos.

            La petición nos fue hecha en español y con absoluta corrección, sin obligarnos a nada, por lo que accedimos sin mayor problema.

            El caballero correspondió franqueándonos el paso al Bar Dessiné e invitándonos a pedir lo que deseáramos, por cuenta del propio hotel.

 

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            Lo curioso es que fuimos discretos y sólo pedimos unos zumos y unos cafés pero también nos sacaron por su cuenta unas brochetas de pollo (que estaban deliciosas, por cierto) y unas papas.

 

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            Puede parecer una fruslería pero, teniendo en cuenta los precios que suelen primar en el establecimiento (otra tarde tomamos unos cafés y cada uno costaba 4'5 euros), no estuvo mal la invitación, además de constituir un buen detalle.

            Tras la zona de los sillones, zona en la que solía publicitarse la información acerca de los eventos que se encontraban en marcha en el hotel (a nuestra llegada y por espacio de dos días coincidimos con un seminario internacional de periodistas al que sucedió más tarde un simposio sobre cosmética dermatológica), se encontraba uno de los restaurantes del hotel.

            En realidad, el hotel cuenta con dos: el “Sea Grill”, distinguido con 2 estrellas Michelín, y el “Atrium”, recientemente remodelado, con aspecto elegante y un cierto toque exótico.

            No los utilizamos porque sus precios, sin ser escandalosos, sí eran superiores a lo que estábamos dispuestos a gastarnos (calculo que se podría cenar por 40 ó 50 euros, lo cual no es excesivo para su categoría) y, además, los desayunos, que sí estaban incluidos en el precio de nuestra reserva, se servían en una sala del primer piso.

            Los tres ascensores que daban acceso a las habitaciones estaban situados a la izquierda del restaurante, eran realmente veloces y requerían de la introducción de una de las tarjetas-llave que abrían cada habitación para ser activados.

 

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LA SALA DEL DESAYUNO

 

            Situada, como comentaba, en el primer piso, era razonablemente amplia, tenía forma de L y generalmente éramos recibidos en su entrada por el responsable del comedor, que por cierto era hispanoamericano (probablemente cubano) y muy amable, como parecía ser la norma del establecimiento (también las encargadas del servicio de limpieza del hotel eran agradables y colaboradoras).

            Una vez comunicado el número de habitación, pasabas a ocupar la mesa que te designaban aunque, contrariamente a otros hoteles en los que he estado, aquí te dejaban libertad absoluta para sentarte donde quisieras.

            Y, después de que te preguntaran si querías café y/o leche fría o caliente para poder ofrecértelos, procedías a “auto-servirte” como es habitual.

            Sin resultar excelsa, la calidad de los productos ofrecidos en el buffet era más que suficiente y contaba con una discreta variedad de un día para otro, destacando:

            - Quesos de varios tipos (Gouda, Camembert) en piezas completas de las que se podían cortar las porciones que se deseara con ayuda de un cuchillo, aparte de las típicas lonchas ya cortadas.

            - Jamón york, jamón serrano (en realidad, algo más salado que el nuestro), fiambre de pavo, salchichón o salami.

            - Huevos escalfados, revueltos o fritos y tantas patatas hervidas como se desearan.

            - Zumos de tomate, naranja o frambuesa, además de agua con y sin gas. Cuidado con esto porque en Bélgica, si no dices lo contrario, suelen servírtela con gas (sparkly water) en lugar de sin él (still water).

            - Yogures blancos o de sabores (algunos de ellos de marca Danone).

            - Cereales para tomar con leche.

           - Croissants, porciones de plum-cake y varias opciones de bollería, además de panes de diversos tipos, incluídos los “de leche” y los de molde.

            - Fruta fresca ya cortada: naranja, piña, melón, kiwi y otras.

 

LAS HABITACIONES

 

            Dependiendo de las plantas (y en cada una de mis visitas me alojé en una distinta), las habitaciones y suites del hotel se encuadran en 5 estilos diferentes: clásico, marítimo, Art Deco, At Home y oriental.

            No es que las diferencias entre ellas sea espectaculares pero sí suponen un cierto cambio de estilo que afecta a cuestiones como la decoración o el tipo de suelo (unos de parqué, otros de moqueta).

            Tanto el amplio lavabo como la gran bañera eran cómodos y el brazo articulado de la ducha (la popular “alcachofa”) muy sencilla de utilizar, sin grandes complicaciones “hidromasajísticas” aunque alguno puede que las eche de menos.

            En todo caso, el agua caliente fluye rápidamente y con buen caudal.

 

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            Las camas de las más bien amplias habitaciones podían ser de matrimonio o dos camas según la elección de cada cual pero todas ellas estaban vestidas con una funda nórdica que resultaba demasiado calurosa para mi gusto, a pesar del intenso frío exterior. Para más inri, en mi visita de 2013, que tuvo lugar en pleno verano, tuve que lidiar también con ella.

 

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            En cuanto a los colchones, eran realmente cómodos.

            Los armarios merecen mención aparte porque no sólo eran amplios sino que cada uno respondía a una necesidad concreta, por lo que en ellos tenían cabida desde los compartimentos para prendas largas como los cajones para la ropa interior o los suéters.

Había una plancha para ropa y también menaje con todo lo necesario para prepararse un té o un café en cualquier momento del día o de la noche.

 

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            Una pantalla plana de televisión, muchos canales internacionales y también alguno de pago perteneciente al propio hotel, conexión wifi (se dispone de la misma en todo el hotel), dos sillones, una cómoda, una lámpara de pie con lector extensor y dos lámparas pequeñas en las mesitas de noche completaban el mobiliario de la habitación.

 

OTRAS CONSIDERACIONES

 

            Además de los servicios ya citados en materia de restauración, el hotel cuenta con un moderno gimnasio con sauna y servicio de masajes, servicio de canguro para niños, lavandería, tintorería, desayuno en habitaciones, planchado, cambio de divisas, lustrabotas disponibles en cada planta, fax y fotocopiadora así como parking subterráneo y, por supuesto, servicio de habitaciones durante las 24 horas.

            El parking tiene una entrada no demasiado sencilla aunque sus plazas son muy amplias. Con eso y con todo, no aconsejo su uso debido a su altísimo precio: 40 euros al día.

            Por fortuna, en las inmediaciones existe un magnífico aparcamiento, también subterráneo (en la paralela calle Rue de l’Ecuyer), en el que el precio desciende drásticamente hasta los 15 euros por día.

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