HOTEL RURAL SANTA CRUZ

 

Arruinando maravillosas posibilidades cerca de Villarcayo

 

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UBICACIÓN: EN BUSCA DEL HOTEL PERDIDO

 

            La ubicación de este pequeño hotel es el primer hándicap con el que se encuentra quien lo busca.

            Y es que Santa Cruz de Andino es una pedanía de Villarcayo, la capital de la comarca burgalesa de Las Merindades, que al parecer no merece la molestia de poner un solo cartel que permita encontrarlo.

            Tras desafiar al GPS a lograrlo, el aparatejo fracasó con todas las de la ley y eso que lo conecté una vez ya en Villarcayo. Comenzó enviándome en dirección totalmente opuesta a la correcta (lo que averigüe bastante después) para acabar sentenciando que había “llegado a mi destino” cuando estaba más bien lejos del mismo.

            Al final hube de preguntar a un par de personas antes de dar con la minúscula población. La segunda de las lugareñas me encaminó correctamente por la carretera que une Villarcayo con Medina de Pomar.

            A unos 3 kilómetros de la ciudad di por fin con Santa Cruz aunque la señal que indica la entrada al mismo es pequeña y está prácticamente encima del estrecho desvío, por lo cual es fácil pasarlo de largo.

            Si me las prometía felices una vez llegado a las cuatro casas que conforman la pedanía, lo cierto es que no podía estar más equivocado.

            Dado que no tenía claro si el hotel estaba entre dichas casas o bien en medio de los campos circundantes, atravesé unas cuantas veces la única calle del pueblo sin ver indicación alguna y sin toparme tampoco con ningún ser humano.

 

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            No era cuestión de rendirse y menos mientras caía la noche, de modo que aparqué y afronté la búsqueda del hotel a pie. O al menos la de alguien que pudiera darme razón del mismo.

            Tardé un rato en encontrar a un par de niñas que jugaban tras la valla de un chalet y ellas amablemente me acompañaron hasta el hotel… que estaba allí mismo. En la segunda línea de casas concretamente aunque sin cartel alguno que lo indicase ni en las inmediaciones ni en la fachada misma del establecimiento.

 

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            Volví atrás a por el coche y, después de hacerlo entrar por una esquina particularmente estrecha, aparqué sobre las hierbas del campo en la misma puerta del hotel… que sí, que parece ser que lo era aunque los jóvenes que emergieron de su interior parecían hablar otro idioma porque tampoco es que nos aclararan mucho al respecto.

 

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            En todo caso, nos decidimos a bajar los equipajes del coche y entonces sí fuimos recibidos amablemente por una anciana bilbaína que fue la única que se desvivió por hacer que nos sintiéramos cómodos.

            Fue entonces cuando se aclaró el entuerto: la dueña del hotel era la hija de esta señora pero se encontraba ese fin de semana asistiendo a una boda en Jerez de la Frontera, por lo que había hecho venir a su madre desde Bilbao hasta la burgalesa Villarcayo a fin de encargarse de nosotros. Los jóvenes eran su nieto y un amigo de éste que pasaba por allí y al que no volvimos a ver el pelo.

 

RECEPCIÓN Y HABITACIONES

 

            Una vez hallado el lugar se trataba de tomar posesión de las habitaciones; todas ellas situadas en los dos pisos superiores, a los que se accedía por escaleras, ya que el hotel carece de ascensor.

Digamos, por ser suaves, que el hijo de la dueña (y nieto de la dama que nos recibió) no perdió el trasero para ayudar a subir las maletas. Ni siquiera las de nuestras acompañantes femeninas.

 

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En todo caso, tanto las escaleras como las habitaciones evidenciaban que el hotel no abre de forma continuada.

            Nos adjudicaron una habitación doble bastante moderna y otra más bien pequeña y presidida por una cama con dosel que no complació a la segunda de las parejas aunque debo decir que no nos pusieron pegas para cambiarla por una tercera, adornada ésta de forma algo más rústica eso sí.

 

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            Ni que decir tiene que la buena señora tuvo que ponerse a “prepararla” a toda prisa pues ni las camas estaban hechas ni el polvo presumiblemente quitado.

 

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            Una vez solucionado este asunto sin tener que esperar demasiado, vimos que las camas eran cómodas, el espacio amplio y las vistas a través de la ventana muy agradables.

 

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            Los baños eran pequeños y funcionales, con duchas encerradas en mamparas traslúcidas y lavabos más bien modernos.

 

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En ellos, como en el resto de la habitación, quedaba patente la falta de algunas comodidades tan elementales como habilitar una repisa para dejar el champú, el gel o un simple peine.

 

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En las habitaciones, por su parte, no había otro lugar donde sentarse que las propias camas y los armarios, aunque bonitos, tampoco es que estuvieran muy surtidos de perchas. A propósito, no había televisión en las habitaciones, algo sorprendente, la verdad.

 

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Para poder verla tuvimos que reunirnos los cuatro en la sala de la planta baja mientras nuestra anfitriona permanecía discretamente en las cercanías (la moderna y preciosa cocina contigua que no tuvo funcionamiento durante el tiempo que permanecimos allí salvo un par de detalles para el desayuno) sin interferir pero presta a solucionar cualquier petición que pudiéramos hacerle.

 

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DESAYUNO TRAS UNA PRECIOSA CRISTALERA

 

            El desayuno constaba básicamente de tostadas a base de fiambres, aceite, tomate natural y pan de molde además de un poco de bollería (sobaos industriales, croissants y madalenas) pero la señora tuvo el buen detalle de servirnos unas torrijas que debo reconocer estaban deliciosas.

 

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            Por otra parte, el lugar designado para servirlo fue lo mejor de todo: una preciosa galería acristalada con muy bonitas vistas.

 

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            Lástima que algunos pequeños detalles denotaran una vez más que, con independencia de lo buenas que puedan ser unas instalaciones, siempre se precisa un mínimo de mantenimiento.

            En definitiva, el alojamiento estuvo bien y el precio muy correcto (60 euros por habitación doble y noche, incluyendo desayuno) pero me dejó un mal sabor de boca la poca profesionalidad de la propietaria, no sólo delegando sus funciones en su pobre madre sino también descuidando lo que podría ser un magnífico establecimiento.

            Un paraje excepcional y un edificio magnífico se ven así desaprovechados por la falta de cuidados, la total y absoluta carencia de señales para llegar al hotel, la presencia de polvo y trastos por doquier y la sensación general de que el hotel sólo se abre de forma esporádica. Una verdadera lástima.

            Lo mejor con diferencia la belleza de las instalaciones y del entorno, la sala acristalada de los desayunos y la bondad y hospitalidad de la madre de la dueña, que por otra parte no forma parte de los “activos” del establecimiento.

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