HOTEL SAVHOTEL

 

Excelente opción en BOLONIA

 

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UBICACIÓN

 

            En la periferia de Bolonia, entrando desde el aeropuerto a través de la avenida Stalingrado, el acceso al  hotel se realiza girando a la derecha por la Via de la Liberazione.

            A los pocos metros recorridos por ésta, volveremos a girar a la derecha por la Via Ferruccio Parri, en la que de inmediato veremos el hotel, de cinco plantas y diseño moderno; fachada gris y lateral marrón y más sobrio.

            Las plazas de aparcamiento cercanas están todas en zona azul (tiene narices el asunto, tratándose de las afueras), por lo que aconsejo la utilización del parking del hotel, al que se accede por el lateral. No es muy grande pero no suele faltar sitio.

           

Savhotel 7

 

            Lo cierto es que la distancia desde el hotel hasta el centro es considerable si se cubre a pie aunque la línea 25 de los autobuses locales, que tiene parada en las inmediaciones, cubre ese trayecto con una frecuencia bastante alta.

 

RECEPCIÓN

 

            Un mostrador moderno, ocupado por una o varias recepcionistas, nos espera al franquear el umbral del establecimiento.

            Sorprende el hecho de que todas ellas hablan un magnífico español (al menos las dos con las que coincidimos esos días) y sorprende algo menos (aunque resulte gratificante) su notable simpatía y amabilidad.

            A la derecha de la recepción se encuentra la entrada al salón-restaurante donde se sirven los desayunos y también las comidas principales del día. Aunque no participé de estas últimas, sí observé que se utilizaba un mayor espacio para las mismas.

            Justo al lado está la cafetería, con cómodos sillones frente a las mesas, un televisor y una pequeña barra donde encargar los cócteles (o cualquier otra cosa) que apetezcan en cada momento.

            A la izquierda de la recepción están los ordenadores a disposición de los clientes; junto con la tarjeta que abre la habitación se entrega el código de acceso a internet, sin límite de tiempo por cierto.

            Los ordenadores están equipados con impresora, lo que resulta particularmente útil cuando, como en mi caso, necesitas imprimir las tarjetas de embarque para el vuelo de regreso.

            Más allá de esta zona se encuentran los ascensores que ascienden a las habitaciones y también los cuartos de baño de la planta baja.

 

HABITACIONES

 

            Elegantes, funcionales y de buen tamaño, las habitaciones están presididas por un minimalista color blanco predominante.

            Dos camas gemelas o una de matrimonio según los casos, con un moderno cabecero del que salen dos pequeñas lámparas flexibles -más estéticas que verdaderamente útiles, por su poca potencia- a ambos lados.

 

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            Los edredones, por cierto, del inevitable tipo nórdico. Cuando hace calor no queda otro remedio que sacar el relleno de su funda o darle caña al aire acondicionado.

            Las mesitas de noche también blancas, como las cortinas y el sillón pequeño que ocupa la esquina, contrastando con el color oscuro del escritorio.

            Sobre éste hay una pequeña lámpara de pie y hueco suficiente para escribir; una silla metálica sirve a tal efecto.

            Y sobre un panel colgado de la pared y también de color marrón está la pantalla plana de televisión, de tamaño más bien pequeño.

 

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            Un portamaletas, un armario empotrado con puertas metálicas corredizas, baldas y espacio para perchas y prendas largas, un hueco ocupado por el minibar y un espejo de cuerpo entero en la parte interior de la puerta de entrada completan el mobiliario de la estancia principal.

 

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            En el baño, un lavabo de diseño moderno, grifería metálica de color gris, una bañera con mampara transparente, inodoro y bidet además de los amenities habituales.

 

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DESAYUNO BUFFET

 

            El desayuno puede parecer razonablemente amplio y variado pero lo cierto es que se trata de uno de los puntos débiles del hotel.

            Ningún problema para una estancia de una o dos noches pero un auténtico aburrimiento si uno se queda más noches. Y yo me quedé siete nada menos.

            Un poco de fiambre (salami y jamón), bacon frito, huevos y queso en la parte de salado.

            Los zumos, de máquina. El de naranja en concreto era sólo aceptable y es que para un valenciano es duro beber según qué brebajes relacionados con nuestra fruta más representativa.

            Galletas, croissants y muy poco bollería. Lo único positivo, cada mañana había una “tarta del día” diferente. Lo único que cambió a lo largo de una semana.

            Y, por supuestos, tostadas, café y leche.

            Debo añadir el hecho de que, a pesar de que la sala de desayunos no es demasiado grande, sólo una mañana tuvimos que esperar para conseguir mesa.

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