BALANCE VIAJERO 2013

Dos pequeños países con encanto

 

Viajes 2013

 

      Por segundo año consecutivo, los pronósticos para el ejercicio se cumplieron escrupulosamente y los viajes realizados respondieron a las expectativas previstas.

            Con una combinación equilibrada entre viajes nacionales e internacionales, la ausencia de un gran proyecto permitió optimizar los recursos monetarios y, a falta de un viaje largo y ambicioso, menudearon otros más asequibles pero igualmente disfrutables.

            Descartados de antemano los desplazamientos fuera de Europa y más tarde, a causa de su elevado precio, algunos destinos como Escandinavia o Croacia, lo fácil fue seguir el guión previsto y aprovechar para recordar lugares visitados en tiempos remotos (Amsterdam, Venecia, Florencia o Pisa) o recientes (Roma, la Bélgica flamenca, Cádiz, Sevilla o Sigüenza) y también para conocer un par de pequeños países todavía desconocidos (Luxemburgo y San Marino) amén de saldar algunas viejas deudas con los hasta ahora inéditos Cinque Terre, Siena, Volterra, San Gimignano y Bolonia en Italia o Delft, Utrecht y Alkmaar en Holanda.

 

 Sevilla

 

1)  CÁDIZ y SEVILLA

            Por segunda vez en tres años (tercera desde 2005) volví de nuevo a tierras gaditanas, una de mis debilidades confesas junto a Granada y Cantabria.

            Como en las dos ocasiones anteriores elegí como alojamiento la zona residencial de Novo Sancti Petri, en el término municipal de Chiclana de la Frontera y junto a la playa de La Barrosa.

            Si en mi primera visita había optado por alojarme en el “Vincci Nova Golf”, tanto en 2011 como en 2013 lo hice en el hotel “Valentín”, mejor conservado que el anterior y con un buffet de desayuno infinitamente superior.

            Tomando Chiclana como base de operaciones repetí visitas a:

- Vejer de la Frontera, el deslumbrante descubrimiento de mi anterior viaje gaditano.

- Medina-Sidonia, donde una vez más volví a proveerme de alfajores y amarguillos en la confitería Nuestra Señora de la Paz, en el número 14 de la calle San Juan.

- Cádiz capital, en una nueva oportunidad para patear su precioso paseo marítimo y ofrecer un saludo rápido a su concurrida catedral; esta vez incluso visité el animado Mercado Central en la plaza Libertad para admirar las múltiples clases de pescado que allí se ofrecen.

- Sanlúcar de Barrameda, en la que paseé por su Barrio de Guía, contemplando por una vez la desembocadura del Guadalquivir en el Atlántico.

- Puerto de Santa María, donde disfruté de una parrillada de pescado acompañada de langostinos y otras delicatessen autóctonas.

- Grazalema, proporcionándome la excusa para volver a probar la deliciosa cocina de “Cádiz el Chico”.

- Arcos de la Frontera; recorrer sus pintorescas calles hasta la parte alta de esta preciosa localidad es un placer del que disfrutaría cada año de tenerlo más cerca.

            En esta ocasión, a fin de ampliar horizontales y habiendo satisfecho mi curiosidad por Gibraltar dos años antes, me limité a darme un garbeo por Barbate y Zahara de los Atunes, que no conocía hasta el momento.

            No cuentan con edificios relevantes ni monumentos especialmente reseñables pero a cambio conservan el sabor de la que en una época fue una próspera zona pesquera.

            Ahora sólo quedan un puñado de barcas en la primera y largas playas de arena hasta donde se pierde la vista en la segunda.

            Para finalizar el viaje y dado que debía regresar a Sevilla para coger el vuelo de vuelta, decidí pasar el último día en la capital hispalense, que no visitaba desde 2002.

            Un auténtico privilegio deleitarse con la obligada subida a la Giralda, un paseo junto al Guadalquivir pasando frente a la Torre del Oro y la plaza de toros de La Maestranza, la inmersión voluntaria en el Barrio de Santa Cruz, la preceptiva visita a la grandiosa Plaza de España (causa sonrojo compararla con otras plazas homónimas de nuestro país) y una apresurada incursión en el Parque de María Luisa.

LO MEJOR:

- Satisfacer mi curiosidad visitando al fin la Barbate de antiguos ecos pescadores.

- Probar los dulces que elaboran las monjas del Convento de San Cristóbal y Santa Rita en Medina Sidonia aunque, en honor a la verdad, siga prefiriendo los de la confitería Nuestra Señora de la Paz.

LO PEOR:

- Asistir a la decrepitud de la citada Barbate.

- La inoportuna lluvia que nos sorprendió en Vejer y que dificultó un tanto el paseo.

- Las dificultades extremas que implica aparcar en Grazalema y no por falta de plazas de aparcamiento sino por el aluvión de visitantes que absorbe esta localidad en las horas de las comidas principales del día.

- Intentar llegar con el coche más allá de la plaza del Cabildo en Arcos de la Frontera y sudar sangre para sacarlo ileso de allí.

 

 Siguenza

 

2)  TIERRAS DE GUADALAJARA Y SORIA

            Alojarse en el espectacular Parador de Sigüenza, enclavado en el majestuoso castillo de los Obispos, es motivo más que suficiente para una visita (o revisita) a esta pequeña ciudad de la provincia de Guadalajara.

            Su imponente Catedral de Santa María y la “Casa del Doncel” (un palacio gótico también llamado Palacio de los Marqueses de Bédmar) son dos de los principales atractivos de esta localidad de casas y calles de piedra.

            También destaca poderosamente su gastronomía, con especial acento en el prestigioso restaurante “Calle Mayor” aunque no la visité en esta última ocasión.

            Pese a haber estado unas cuantas veces en Sigüenza, siempre me había quedado con las ganas de entrar en la cercana Atienza, deseo que pude satisfacer este año.

            La enorme atalaya que preside Atienza sirve de excusa para realizar un pequeño paseo desde las calles del pueblo -en el que pueden visitarse sus iglesias de San Juan del Mercado y de San Gil- hasta lo alto de la misma.

            También aproveché la coyuntura para degustar unas deliciosas migas y unas croquetas caseras con patatas a lo pobre en el restaurante “El Mirador”, totalmente recomendable incluso por su moderado precio.

            A medio camino entre Atienza y Sigüenza hay un par de poblaciones que me sorprendieron muy gratamente:

- Pozuelos, una pequeñísima población amurallada a la que se accede a través de un arco.

- Carabias, cuyo impresionante atrio románico os dejará boquiabiertos.

            Las sorianas Medinaceli y Almazán pusieron punto final al viaje.

            Una vez más disfruté contemplando el arco romano de la primera, su Colegiata y su elegante y señorial Plaza Mayor en la que conviven el Palacio Ducal y la Alhóndiga tanto como paseando junto al Duero y visitando el Palacio de los Hurtado de Mendoza y la Iglesia de San Miguel.en la también Plaza Mayor de la segunda.

LO MEJOR:

- Detenerse, al poco de dejar Sigüenza en dirección a Atienza, para disfrutar de una tremenda panorámica de la primera, con su catedral y su castillo (hoy Parador) dominando el paisaje.

- Recordar “El viaje a ninguna parte”, el mítico film coprotagonizado por José Sacristán y Fernando Fernán Gómez, en la plaza mayor de Pozuelos, donde se rodó la película.

LO PEOR:

- .La crisis galopante que parece asolar al pequeño comercio de Sigüenza y que se hace patente tan sólo con entrar en el recinto de sus modestas tiendas.

- Descubrir que la iglesia de San Francisco en Atienza, uno de los escasos ejemplos del gótico inglés en España, es ahora de propiedad particular y además está adosada a edificaciones profanas.

 

 Coliseo

 

3)  ROMA

            Si hay una ciudad en el mundo que no me canse visitar una y otra vez, ésta es la capital italiana.

            En 2013, cuatro años después de mi penúltimo viaje a Roma, constaté que todavía me faltaban cosas por ver en ella y debo admitir que todavía quedan cosas pendientes para futuras visitas.

            Comenzando con las reiteraciones:

- No concibo estar en la Ciudad Eterna sin dejarme caer por el Foro romano y el Coliseo.

- Tampoco me resultaría fácil prescindir de un saludo a la loba capitolina en Il Campidoglio.

- Una vez más visité el Monumento a Víctor Manuel II aunque en esta ocasión no tomé el ascensor que lleva hasta lo alto para disfrutar de hermosas panorámicas sobre la ciudad.

- Pasear por la encantadora zona del Panteón y de la Piazza Nabona y cenar en sus inmediaciones es otro placer del que no me privé.

- Las Termas de Caracalla, por su parte, constituyen un reducto de paz en mitad de la ciudad que es muy de agradecer.

- Presentar mis respetos al “Moisés” de Miguel Ángel en la iglesia de San Pietro in Vincoli al igual que a otras obras magistrales del genial artista de Caprese -la “Pietà” en la basílica de San Pedro o la fabulosa Capilla Sixtina en los Museos Vaticanos- es algo que raramente dejo de hacer y esta vez no fue una excepción.

- Después de muchos años volví a la Basílica de Santa María la Mayor y también a la de San Juan de Letrán a pesar de tenerla más reciente. Aproveché sin embargo en esta última paraconocer su bonito y tranquilo claustro.

- Como en ocasiones anteriores, me cansé de atravesar la Plaza de España y de subir y bajar las glamurosas Escaleras Españolas.

- Tras una visita completa al Vaticano (Museos, cúpula de San Pedro, Columnata de Bernini, interior de la Basílica de San Pedro) me acerqué al Castel St. Angelo para recorrer sus angostos y laberínticos pasillos hasta alcanzar la figura del Arcángel San Miguel.

            En cuanto a las experiencias inéditas:

- Conocí al fin el barrio del Trastévere (“al otro lado del Tíber”) con su plaza de  Santa María in Trastévere y su basílica homónima.

- En la colina del Gianicolo me acerqué a San Pietro in Montorio y al Fontanone.

- Me acerqué por una vez a la Scala Santa.

- Visité la tienda oficial de Ferrari en la via Tornacelli.

- También descubrí la basílica de Santa María de los Mártires y los Santos.

- Los jardines de Villa Borghese y el Teatro Marcello fueron otras visitas que realicé por primera vez.

LO MEJOR:

- Tomarse un capuccino en Roma (uno al día al menos) es un placer incluso para quienes habitualmente detestamos el café. Los preparan con maestría casi en cualquier sitio.

- Asegurarme de que volveré a la ciudad, tirando la preceptiva moneda a la Fontana di Trevi.

- Saldar mi deuda pendiente con el Trastévere y conocer por fin el pequeño templete de San Pietro in Montorio que diseñara Bramante a petición de los Reyes Católicos españoles.

LO PEOR:

- No conseguí encontrar a nadie (taxistas incluidos) que supiera decirme dónde se encontraba la Cripta de los Capuchinos.

- Tampoco pude cenar en la terraza junto a las Escaleras Españolas debido a lo temprano que cerraba.

- Las colas un tanto absurdas que formamos frente a la Bocca della Veritá los frikis que queremos fotografiarnos con ella. Pero resulta tan tentador...

- Equivocarme al salir del metro y acabar de nuevo en el Foro mientras buscaba las Termas de Caracalla.

 

 Frias

 

4)  MERINDADES y CANTABRIA

            Hacía años que quería acercarme por la comarca burgalesa de Las Merindades y este año aproveché un viaje a Cantabria para establecer un primer contacto.

            Comencé pernoctando en la sorprendente Miranda de Ebro, en la que contrastan su parte más urbana (aunque cuente con algunas fachadas muy bellas) con la más antigua del otro lado del río.

            La iglesia románica del Espíritu Santo, la bonita plaza de España con sus casas solariegas (la “Casa de las Cadenas” y la “Casa de los Urbina”), el antigua convento hoy convertida en hotel (“Hospedería el Convento”) y el castillo de la villa son sólo algunas de sus joyas arquitectónicas.

            Al día siguiente, en plenas Merindades, visité de forma consecutiva:

- Tobera; bucólico lugar que parece sacado de una película de Indiana Jones.

- Frías, un pueblo bellísimo sobre el cual pende peligrosamente la alta torre de su castillo (cuyos puntuales derrumbamientos se han cobrado víctimas mortales en el pasado).

- El puente romano de Frías, a un par de kilómetros de la población, es otra maravilla que remite irremediablemente a Los Gemelos de “Canción de hielo y fuego”.

- Medina de Pomar aunque sólo pudimos acceder al vestíbulo de su castillo de los Velasco, cerrado ese día.

- Espinosa de los Monteros, con su atractiva plaza de Sancho García.

            Para el año próximo queda pendiente una incursión más profunda en las Merindades.

            Ya en Cantabria, me instalé en una elegante casa rural: “Hotel Posada La Robleda”, en el término municipal de Arnuero.

            Desde allí, amén de visitar la cercana iglesia de Nuestra Señora de la Asunción (de estilo gótico tardío) y el Molino de Mareas de Santa Olaja, realicé sucesivas excursiones a:

- Santander, incluyendo una deliciosa cena a base de marisco en la playa de El Sardinero.

- Bárcena Mayor, con sus pintorescas casas junto al río.

- Carmona, con su bello “Palacio de los Díaz Cossío y Mier”.

- Isla, muy cercana a Arnuero y en la que destacan su iglesia de San Julián y Santa Basilisa y el Palacio de los Condes de Isla-Fernández, de propiedad privada.

- Villacarriedo, en la que se ha rehabilitado de forma majestuosa su Palacio de Soñanes para ubicar en él un elegante hotel.

- Nacimiento del río Asón.

- Playas de Galizano, Langre y Loredo.

- Santillana del Mar, de visita inexcusable y una auténtica debilidad personal.

- Ruente, conocida por su célebre manantial de la Fuentona.

- La preciosa Liérganes con su balneario y su “hombre-pez” bajo el puente.

LO MEJOR:

- Descubrimientos como los de Tobera y Frías justifican por sí mismos todo un viaje.

- Regresar, como cada vez que tengo ocasión, a la fascinante Santillana del Mar y pasear por sus calles empedradas, jalonadas de medievales casas blasonadas, cuando cae la tarde y mengua un poco el caudal de sus numerosísimos visitantes.

- Asistir a una interesante explicación visitando el primer molino de mareas de mi vida.

- La comodidad y el estilazo de “La Robleda” y la simpatía y eficiencia del caballero que la regenta (incluyendo la preparación casera de sus abundantes y deliciosos desayunos).

LO PEOR:

- La explotación turística de Bárcena Mayor, que poco tiene que envidiar a la de Santillana, le resta autenticidad y encanto.

- La exagerada niebla que impedía ver más allá de un metro de distancia en la playa de Loredo, por lo que no pude ni imaginármela (mucho menos verla).

- Comer estupendamente en el restaurante “Hijos de Casa Tomás”, junto a Ramales de la Victoria, y constatar que la crisis afecta durísimamente al sector, según se desprende de la inexplicable ausencia de comensales aunque fuese un día entre semana.

 Zaanse molinos junto al agua 1 

5)  BENELUX

            El viaje estival resultó una combinación de revisitación reciente (Bélgica), revisitación tardía (Holanda) y gozoso descubrimiento (Luxemburgo).

            En BÉLGICA no vi demasiadas cosas que no hubiera visto ya pero, en cualquier caso, resultó muy agradable:

- Volver a alojarme en el elegante y cómodo hotel Radisson Blu Royal de Bruselas.

- Pasear de día y de noche por la concurrida y emblemática Grand Place de la capital europea.

- Hacer el ganso de nuevo en el Museo Belga del Cómic, amenazando a Lucky Luke desde la puerta del saloon o fotografiándome junto al cohete de Tintín.

- Visitar una vez más el parque Warande y las plazas del Petit y del Grand Sablon.

- Ver con tranquilidad el Institut Royal des Sciences Naturelles y su espléndida colección de dinosaurios y cetáceos; en 2011 hube de verlo a la carrera porque estaban a punto de cerrar.

- En Brujas, deambular otra vez por sus calles, contemplando sin prisas los canales atestados de barcas con turistas debido al buen tiempo.

- En Gante, contemplar por enésima ocasión su maravilloso Políptico del Cordero Místico en la catedral de San Bavón e inmortalizar esta nueva visita con otra fotografía desde el puente de San Miguel.

- En Lovaina visitar, como en la ocasión anterior, la biblioteca de la universidad y el espectacular y barroco ayuntamiento.

- En Amberes cumplir con la obligada visita a la catedral, la Grote Markt y el Castillo de la Roca.

            Entre los lugares que vi por primera vez destacaría:

- Una visita pausada y concienzuda al Parque del Cincuentenario de Bruselas, que me dejó perplejo al contemplar su Arco de Triunfo, auténtica réplica de la Puerta de Brandenburgo berlinesa.

- Al fin pude ascender a lo alto del Atomium y resultó una experiencia placentera aunque debo confesar que las vistas tampoco son para quitarle el sentido a nadie.

- Dado que la visita estaba incluida dentro de la Brussels Card, eché un vistazo al curioso Autoworld, en el que coexisten desde coches de época hasta monoplazas de carreras.

- También pude cumplir esta vez con mi deseo de penetrar los misterios del Museo Magritte; una vieja deuda pendiente.

- Con tiempo suficiente, pude acercarme a la Basílica del Sagrado Corazón, de estilo art déco.

- En Lovaina subsané el error cometido en mi anterior viaje a Flandes y recorrí -esta vez sí- las empedradas y silenciosas calles de la Grand Beguinague.

- En Gante visité el Castillo de Gravensteen, que me había quedado pendiente en 2011 y también subí por primera vez a lo alto de la Torre Belfort.

- En Amberes pude entrar finalmente en la bella iglesia de San Carlos Borromeo.

            Por lo que respecta a LUXEMBURGO, una jornada maratoniana de un solo día (madrugón en el hotel de Bruselas, traslado de 200 km por autopista, un día intenso de visitas sin apenas pausas y regreso ya de noche a la capital belga) me permitió visitar las localidades más significativas del país:

            - Luxemburgo.- La pequeña capital es una coqueta población en la que destacan sus visitables casamatas (construcciones defensivas hechas en la misma roca), la profusión de estatuas de elefantes coloreados y el tremendo desnivel orográfico entre sus barrios altos y bajos, que puede salvarse gracias a la presencia de un ascensor gratuito.

            - Echternach.- Famosa por su abadía de Willibrord.

            - Vianden.- Denominado “el secreto mejor guardado de Luxemburgo”, está atravesado por un río de considerable caudal y presidido por un impresionante castillo que asoma entre bosques.

            - Clervaux.- Además de su no demasiado esbelto castillo -que contiene, eso sí, una aclamada colección fotográfica a cargo de Edward Steichen, llamada The Family of Man-, el pueblo destaca por su monumento de homenaje a las tropas estadounidenses que lo liberaron de los nazis durante la Segunda Guerra Mundial

            En cuanto a HOLANDA, sin embargo, pude constatar que mis impresiones de dos décadas atrás no eran equivocadas; se trata de un país que me motiva más bien poco.

- En Amsterdam casi disfruté más en la Heineken Experience o paseando por debajo del Rijsmuseum que contemplando sus canales, que acabaron por resultarme monótonos.

- Sí agradecí, en cambio, la visita al magnífico Museo Van Gogh pero me dejaron bastante indiferente la Plaza Dom o el Barrio Rojo.

- Más entretenida resultó la visita a Edam para asistir a la Feria del Queso, que se celebra allí cada miércoles por la mañana y que viene a ser una exhibición turística del transporte tradicional de los quesos artesanos de la zona.

- No muy lejos de allí tuve ocasión de regresar a los pueblecitos pesqueros de Marken y Volendam, siendo en este último muy llamativa la profusa explotación comercial del lugar, con multitud de tiendas y restaurantes.

- De mayores dimensiones, Haarlem me sorprendió por sus curiosas estatuas de bronce diseminadas por las calles.

- La discreta Alkmaar, con sus molinos dispersos por la ciudad y una feria del queso que pretende rivalizar con la de Edam no me quitó el mal sabor de boca que me dejó La Haya (Den Haag), una ciudad a la que sólo puedo catalogar de “fea”.

- Algo más interesante pero sin exagerar resultó Utrecht aunque sólo fuera por su impresionante Torre del Dom (la torre de iglesia más alta de todo el país), el claustro románico de la iglesia de Santa María y el platillo volante que reposa sobre la azotea de uno de sus edificios.

- Lo más destacado con diferencia fueron las visitas a la coqueta Delft (donde se ubica la acción de “La joven de la perla” y donde se rodó la adaptación cinematográfica de la novela), al gran dique Afsluitdijk y al turístico Zaanse Schans, en el municipio de Zaanstad, que reúne más molinos de viento (algunos visitables) que todo el resto del país junto.

LO MEJOR:

- Ascender al Atomium de Bruselas tras mi intento baldío de 2011.

- Conocer Luxemburgo, del que me gustó prácticamente todo y al que merece la pena hacer una visita más reposada.

- En la luxemburguesa Clervaux recordar a la Compañía Easy de “Hermanos de sangre”, que luchó allí mismo como recuerda el monumento erigido en la localidad.

- Disfrutar del excelente Museo Van Gogh en Amsterdam.

- La simpatía (y belleza) de la relaciones públicas y las camareras del “Chicano’s” de la capital holandesa, del que nos convertimos en asiduos.

LO PEOR:

- Si mi recuerdo de Amsterdam no era especialmente atractivo, esta segundo y presumiblemente última visita ratificó mi primera impresión; es, de lejos, la capital europea que menos me ha interesado.

- El cambio a peor del restaurante “De Poste”, en Amberes.

- La relativa decepción que experimenté al visitar el Museo Magritte en Bruselas pues faltan en él algunas de las mejores obras del artista.

- El escandaloso precio de la gasolina en Holanda.

 

 Manarola

 

6)  ITALIA y SAN MARINO

            No contento con el viaje realizado a Roma durante el mes de mayo, decidí regresar a tierras transalpinas en octubre aunque en un plan muy distinto.

            Tomando como base la ciudad de Bolonia me dedique, una vez pateada la misma y recorrido su casco antiguo -la plaza Maggiore/Nettuno, las torres Garisenda y Asinelli de las que ascendí esta última, el Archigimnasio o la preciosa plaza de San Stefano- a realizar exhaustivas excursiones a:

- Les Cinque Terre, cinco espectaculares pueblos de la región de Liguria compactamente ubicados al borde del mar.

- Pisa, donde volví a subir a su torre inclinada.

- Venecia, una ciudad que siempre me deslumbra con sus canales y su atmósfera medieval que no estropea ni la masiva presencia de turistas.

- Florencia, en la que disfruté mucho de las vistas desde el Piazzale Michelangelo.

- Rávena, que merece la visita tanto por la profusión de impresionantes mosaicos bizantinos como por albergar los restos del gran Dante Alighieri.

- Siena, a la que debía una visita desde tiempo inmemorial y que me ganó con su hermosa catedral y su grandiosa Piazza del Campo (aunque no hubiera palio esos días).

- En Volterra no conseguí la inmortalidad (los Vulturi andaban desaparecidos) pero me cautivó por la belleza de sus Palazzos dei Priori y Pretorio y la majestuosidad de su teatro romano.

- Por su parte, San Gimignano, la ciudad de las “Trece Torres” me gustó hasta tal punto que ya proyecto un futuro viaje que la tome como base.

            Entre medias de tanta visita me acerqué al pequeño SAN MARINO en un día particularmente neblinoso.

            Sus tres torres de vigilancia –Guaita, Cesta y Montale- le hacen sentir a uno que ha abandonado el mundo real para penetrar en un cuento.

            Las compras en este pequeño país -que dispone de sus propios euros como miembro de la UE y también desarrolla una saludable afición por la numismática- son significativamente más baratas que en su vecina Italia, por cierto.

LO MEJOR:

- Descubrir esas pequeñas maravillas que comparten el nombre de Cinque Terre.

- Admirar las impresionantes catedrales de Florencia y Siena.

- Extasiarse con la panorámica de Venecia y sus innumerables islas desde lo alto del Campanile (al que, además, se accede mediante un cómodo ascensor).

- Disfrutar de la Toscana y de sus maravillosos paisajes naturales y poblaciones amuralladas.

- Los mosaicos de Rávena, las máscaras venecianas, los licores sanmarinenses.

- Gozar de la gastronomía italiana: en Bolonia, en concreto, se cenaba muy bien sin necesidad de arruinarse.

LO PEOR:

- Encontrar en obras la Basílica de San Marcos en Venecia y su hermosa fachada, por tanto, parcialmente cubierta.

- El precio escandaloso (30 euros a partir de cuatro horas) del aparcamiento en Venecia y Florencia.

- Que las gasolineras italianas cierren a mediodía en días laborables, lo que nos obligó a devolver el coche de alquiler con el depósito vacío.

- La existencia de calles con “tráfico restringido” en Florencia y la perseverancia con que la policía local reclama el pago de las multas subsiguientes.

- El precio a veces abusivo de las autopistas de peaje italianas.

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