CRÓNICA DEL PÁJARO QUE DA CUERDA

AL MUNDO, de Haruki Murakami

  

 Cronica del pajaro que da cuerda al mundo 2

 

 

EXTREMO ORIENTE VS. OCCIDENTE

 

Murakami es autor de la celebrada (y más asequible) “Tokio blues” y está considerado como uno de los autores japoneses más “americanos” pero, si bien eso puede ser cierto en cuanto a estilo y ritmo narrativos, no lo es tanto (o más bien, no lo es en absoluto) en lo tocante a temática, atmósferas o psicología de los personajes.

Traductor al japonés de las obras de Raymond Carver o Scott Fitzgerald y muy imbuido de la cultura pop occidental y de la música estadounidense y británica –con especial hincapié en la de los Beatles-, Haruki regentó durante años un club de jazz en Tokyo: el “Peter Cat”.

Su octava novela, “Crónica del pájaro que da cuerda al mundo”, constituye un plato de difícil digestión si no se está familiarizado con la literatura nipona por cuanto sus personajes obedecen a pautas poco reconocibles y reaccionan de modos no demasiado convencionales para un occidental que no esté habituado a las costumbres de Extremo Oriente.

En cualquier caso, lo que Murakami nos ofrece es la posibilidad de adentrarnos en el Japón actual; un país que es bandera de modernidad a muchos niveles pero que intenta integrar dicha modernidad con su ancestral tradición, sin forzar a ninguna de las dos, lo que no resulta sencillo.

Sus personajes desconciertan y la trama tan pronto avanza como retrocede o incluso queda suspendida en lo que parece ser un bucle interminable pero lo que ni unos ni otra hacen es dejar indiferente al lector.

De algún modo, la novela cautiva o produce un rechazo frontal desde el principio pero difícilmente provocará indiferencia. Eso sí, estamos hablando de un texto de casi mil páginas y no se trata de una lectura fácil, así que, antes de iniciarla, se precisará de un cóctel de motivación y decisión.

Si te atreves, ¡adelante!

 

LÍNEA ARGUMENTAL

 

Tooru Okada acaba de dejar su anodino trabajo en un despacho de abogados cuando recibe la llamada telefónica y anónima de una extraña mujer. Es el primer signo de que algo está a punto de ocurrir.

En efecto, poco después es abandonado por su esposa Kumiko y la nota que ella le deja, donde le confiesa su infidelidad con otro hombre, siembra la confusión en Okada.

A dicha confusión contribuirán tanto la desaparición casi simultánea de su gato Noboru Wataya como a la progresiva aparición de una serie de extraños personajes de las condiciones más diversas:

- Su odioso cuñado Noboru Wataya (sí, efectivamente, el nombre del gato no era casualidad), un brillante economista que inicia una fulgurante carrera política.

- Las enigmáticas hermanas Malta y Creta Kanoo, que hacen alarde de extraños poderes psíquicos.

- La joven vecina May Kasahara, una adolescente tierna y siniestra a la vez.

- El teniente Mamiya, un profesor manco que vivió atroces experiencias en Manchuria y Siberia durante la guerra contra la Unión Soviética.

 

LA NOVELA MÁS ORIENTAL DE UN ORIENTAL

 

A caballo entre lo onírico y lo real, entre lo mágico y lo truculento, entre lo psicológico y lo sórdido, esta “Crónica” conforma realmente un cóctel de complicada digestión.

El nombre de la novela se debe a un pájaro que se posa cada mañana en un árbol cercano a la casa de Okada y a quien éste bautizará como “el pájaro que da cuerda al mundo” como si el ave en cuestión fuese la encargada de poner en funcionamiento la vida cada mañana.

En cualquier caso, lo que sí hace el minúsculo animal es marcar la pauta de la existencia de Tooru, la cual llega a depender del simbolismo de su presencia.

Dicha existencia –la de Okada- comienza siendo algo vulgar e insulso pero que, ante la avalancha de acontecimientos, va degenerando en otra cosa, arrastrando en cierta medida al protagonista, que no puede sustraerse a sus efectos.

Podría afirmarse que “Crónica del pájaro que da cuerda al mundo” es, más que una relación de hechos, una colección de sensaciones que abarcan un número casi infinito de registros posibles y que arrastran con ellas al lector: desde la indulgencia hasta la crueldad, pasando por la serenidad, la ira, la confusión, la espiritualidad, la angustia o el caos, siempre teniendo como telón de fondo un cierto existencialismo.

Los cambios de registro van inexorablemente unidos al interlocutor momentáneo del protagonista, ya que todos ellos vienen a ser como los fantasmas del “Cuento de Navidad” de Dickens sólo que deformados hasta límites insólitos.

Mientras asistimos a la vida cotidiana de una gran ciudad japonesa (parecida a las nuestras pero, en realidad, muy distinta) también compartimos con Okada su convulsa vida interior, adormecida al principio del relato pero más exaltada a medida que avanza el relato.

La galería de sorprendentes personajes que le rodean va modelando su forma de enfrentarse al mundo, tirando de él tanto como tiran de nosotros mismos, arrebatados todos en una suerte de espiral que consigue romper (no sin esfuerzo) el bucle en que Okada se hallaba inmerso.

Se trata de un viaje no carente de sobresaltos, como cuando el teniente Mamiya rememora sus terribles experiencias en Manchuria y en los campos de trabajo de Siberia, sin escamotear detalles acerca de las crueles torturas perpetradas en dichos lugares.

Debo confesar que las escenas en que los soldados japoneses son despellejados vivos superaron mi modesta capacidad de aguante.

Otros momentos resultan más surrealistas, como las conversaciones que Okada mantiene con la joven May Kasahara (muy posiblemente el personaje más interesante de la novela) o con las videntes hermanas Malta y Creta, una de las cuales es una prostituta mental, sea eso lo que sea.

Tampoco falta la angustia claustrofóbica cada vez que el protagonista se funde con su propio pensamiento en el fondo de un hondo pozo (momento en el cual la citada May dará muestras, una vez más, de su singular personalidad).

En definitiva, se trata de una novela diferente, a cargo de un autor multidisciplinar y trotamundos cuyo nivel de cosmopolitismo se deja sentir en lo que, de otro modo, hubiese sido una historia meramente local y sin posibilidades de ser comprendida por un no japonés.

Otra cosa es la interpretación que cada uno hagamos de esta singular historia, en la que se hace más patente que nunca la máxima que reza que un libro es, en realidad, una infinita pluralidad de ellos, de modo que hay tantos libros como lectores.

En cualquier caso, nadie debe esperar una historia ortodoxa ni dotada de un final cerrado y concluyente pues no deja de tratarse de la novela más oriental de un autor al que quizás sea mejor conocer primero a través de otras obras menos complejas.

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar