EL CLUB DUMAS

La novela de Pérez-Reverte se convirtió en “La novena puerta”

 

El Club Dumas

 

 

UNA EXCELENTE NOVELA

 

Siento una notable admiración por Arturo Pérez-Reverte en su múltiple faceta de articulista, corresponsal de guerra y novelista y paulatinamente asisto al crecimiento del volumen de sus obras en mi biblioteca.

Como articulista resulta genial, corrosivo, ácido y desvergonzado. Ahí quedan a modo de prueba sus recopilaciones bajo títulos tan expresivos como “Patente de corso”, “No me cogeréis vivo” o “Cuando éramos honrados mercenarios”, en los que tan pronto pasa revista a algunas de sus vivencias en los conflictos bélicos de medio mundo o a sus andanzas en nuestro propio país como analiza algunos de los problemas inherentes a la realidad hispana (ahora mismo me viene a la memoria su hilarante análisis del récord de pérdida de maletas en el aeropuerto de Barajas) o mundial.

Sin embargo, es en su faceta de novelista donde advierto los mayores contrastes dentro de su obra, no sólo porque oscila entre géneros diferentes sino porque también su resolución de las novelas resulta un tanto irregular.

Tenemos un amplio muestrario para ilustrar mi opinión: desde la bien planteada y mal terminada “La tabla de Flandes” (que hizo renacer en mí el interés por el ajedrez) hasta la magnífica y breve “Territorio comanche” (la historia de un cámara y un reportero españoles que cubren el conflicto bélico de los Balcanes), pasando por la interesante “El maestro de esgrima”, la endeble “La carta esférica” o su estimable saga de “Alatriste”.

Y luego tenemos este interesante thriller, “El Club Dumas”, en la cual reconozco mayores méritos que los que, en general, le han sido otorgados por público y crítica, sin duda alguna influidos por la versión cinematográfica realizada por Polanski y de la que también hablaremos.

 

LÍNEA ARGUMENTAL

 

Lucas Corso es un detective de libros que se gana la vida escudriñando en las bibliotecas ajenas en busca de volúmenes raros o primeras ediciones que luego pueda colocar a coleccionistas adinerados. También realiza investigaciones de toda índole, siempre relacionadas con la autenticidad o no de ciertos libros de raigambre.

Uno de sus escasos amigos, La Ponte, quien se mueve en terrenos parecidos a los de Corso, le pide que autentifique la autoría de un fragmento original de “Los tres mosqueteros” de Alejandro Dumas, que acaba de caer en sus manos tras la muerte de su propietario.

Sin embargo, la voluptuosa viuda está dispuesta a recuperar dicho fragmento por todos los medios, algo que Corso no tardará en comprobar de forma literal.

Por otra parte, el millonario Varo Borja hace otro encargo singular al “detective”: se trata de comparar su valioso ejemplar de “Las nueve puertas” con los otros dos que, según está convenientemente catalogado, quedan en el mundo. Serían los tres únicos supervivientes de la quema inquisitorial.

Siguiendo el rastro de la obra de Dumas, Corso entra en contacto con Boris Balkan, un experto en la materia que le ofrece algunos interesantes consejos. Entre el auditorio habitual de Balkan destaca la presencia de una bella joven a la que Corso volverá a ver poco después.

Concretamente cuando se desplaza en tren hacia Sintra, en busca del segundo de los ejemplares de “La novena puerta”. Interpelada por él, la joven dice llamarse Irene Adler, una broma bibliófila que el detective no deja de apreciar (se trata de un personaje del entorno de Sherlock Holmes).

Corso encuentra en el propietario del volumen a un coleccionista afable y arruinado pero que, aun así, no parece dispuesto a desprenderse de ese libro en concreto aunque subsista a base de vender, poco a poco, los rarísimos ejemplares que todavía conserva.

El ulterior asesinato del coleccionista portugués y el robo de su ejemplar precipita la huida de Corso, que al menos ha tenido tiempo de comparar el libro de Varo Borja con el desaparecido, descubriendo que ambos son casi idénticos.

En el “casi” reside la cuestión, ya que en los dos libros se alternan láminas con detalles diferentes y autoría distinta. Presumiblemente, algunas de ellas estarían firmadas por el mismísimo Diablo, lo que abre posibilidades más bien inquietantes.

Su siguiente parada, acompañado ya de forma permanente por Irene, es París, donde Corso debe afrontar el estudio del tercer ejemplar, en la biblioteca de una aristócrata de ascendencia germana y pasado políticamente dudoso.

 

LIBROS Y CULTOS DIABÓLICOS

 

A pesar de que la novela no goza de un gran reconocimiento, personalmente es mi preferida entre las de Pérez-Reverte, quizás porque en ella se aúnan un thriller de lo más ortodoxo con una atmósfera esotérica y, sobre todo, un indisimulado homenaje al mundo de los libros.

Ojo, no a la Literatura sino a los libros en sí mismos: desde su contenido hasta su continente.

Y ello abarca no sólo la mente que urdió el mensaje escrito que contienen sino también el material del que están hechos y el trabajo artesanal que ha dado forma y textura tanto a sus páginas como a sus cubiertas.

En ese sentido, resultan del máximo interés los hermanos toledanos que aparecen episódicamente en la trama y a través de los cuales conoceremos, si bien someramente, algunas de las técnicas llevadas a cabo en la conservación de los libros antiguos, así como en su estudio e incluso en su falsificación.

Ello pone claramente en contacto la obra de Pérez-Reverte con alguna otra como “Los guardianes del libro”, de Geraldine Brooks, en el cual se relata la historia de un ejemplar singular –la Haggadah de Sarajevo-, analizando cada rastro que queda en el libro (una mancha orgánica, un diminuto fragmento del ala de un insecto) a fin de desentrañar los misterios de su azarosa existencia.

Por otro lado, la novela de Pérez-Reverte también bucea en temas tan dispares como la novela folletinesca o el culto al Diablo.

En el primero de los casos, el protagonismo se cede momentáneamente a un grupo de intelectuales preocupados por recuperar un género considerado “menor” por la crítica pero al cual ellos profesan una devoción que trasciende la mera afición para desembocar en auténtica obsesión.

No sólo son capaces de desembolsar enormes cantidades de dinero para hacerse con ejemplares originales del puño y letra de sus autores predilectos sino que algunos de ellos osan incluso crear nuevos folletines por su cuenta.

Sin embargo, lo verdaderamente importante es el hecho de que la mayoría se reúne bajo el sello de un club selecto y elitista que atrae a las figuras más glamurosas del panorama internacional en busca del más puro divertimento. El club que da título a la novela.

En lo que al culto al diablo se refiere, ahí entramos en un terreno distinto. No se llega a las profundidades aterradoras de un Jean-Christophe Grangé en “Los esclavos de la oscuridad” pero la acción se sitúa en un tenue tono medio, con las suficientes gotas de sutil desasosiego como para incrementar el interés de la trama, bastante atractiva por sí misma y con un notable ritmo narrativo, dicho sea de paso.

Los diferentes escenarios por los que va pasando la acción (y que claramente determinaron su adaptación al cine) se unen al ingenioso retrato de su antihéroe protagonista -el simpar Lucas Corso- para conformar una novela ágil y brillante, muy por encima de mis expectativas, incluso dando por hecho una benevolencia que rara vez otorgo a un autor por mucho que goce de mis simpatías.

 

CORSO

 

Aun siendo un personaje emblemático, el de Corso no obedece del todo a las claves habituales del género aunque tampoco resulte tan atípico como pueda creerse. Se trata de un tipo endurecido, sin raíces, que no cree en las lealtades y que carece del menor sentido moral tanto como del menor escrúpulo.

Tan pronto esquilma a una pobre viuda como estafa a los herederos de una biblioteca, desviando la atención de los volúmenes realmente valiosos (que luego adquirirá a precio de saldo) y ensalzando otros que carecen de dicho valor (lo que pondrá las cosas más difíciles a sus rivales, a consecuencia de su tasación excesiva).

En ciertos momentos se le otorgan algunos rasgos que le identifican con el típico detective privado de novela negra pero, aparte de su agudo instinto y de su astucia desprovista de sutilezas, tampoco es demasiado lo que Corso tiene en común con gente como Philip Marlowe o Charlie “Bird” Parker.

Para empezar, el fuerte de Corso no es el enfrentamiento físico. Ni es proclive a buscarlo ni tampoco parece especialmente dotado para afrontarlo.

Para continuar, su erudición no parece enfocada a otra cosa que al mero beneficio económico, sin que el conocimiento en sí mismo parezca proporcionarle placer alguno. Es más un medio que un fin.

Del mismo modo, su discreto interés por las mujeres guarda escasa relación con la clase de predación que suele caracterizar a los detectives privados de la tradición literaria.

El simple uso de la expresión “detective de libros” ya le otorga un status singular que lo convierte en una rara avis. Un tipo que, por muchos embrollos en los que se vea envuelto, no busca resolver crímenes ni localizar a personas desaparecidas sino que indaga en la intrahistoria de los libros incluso cuando ésta pasa de turbia a tenebrosa.

En el alma de Corso existe, no obstante, una herida. La de una mujer que marcó su vida y a cuyo recuerdo es incapaz de sustraerse. Especialmente teniendo en cuenta su activa contribución al fatal desenlace de la relación que ambos mantenían.

Será en este espacio donde se mueva el personaje de Irene Adler, buscando cobijo en el indeterminado resquicio que dicha ausencia deja en el alma aparentemente inconmovible de Corso.

 

LA NOVENA PUERTA

 

La adaptación cinematográfica que, con el nombre de “La novena puerta” (un guiño al ejemplar que investiga el protagonista), realizó el director polaco Roman Polanski en 1999 recupera parte de su espíritu encarnando a Corso en la piel del inclasificable Johnny Depp

Polanski incluso realiza un trabajo más bien impecable a la hora de construir el espacio físico en que se desarrollará la acción y también da con la atmósfera adecuada del relato pero comete, a cambio, un error imperdonable.

Su mácula, bastante generalizada por desgracia, consiste en traicionar a la novela en su tramo final, buscando un efectismo que obtiene un resultado contraproducente.

Donde la novela juega con lo desconocido, insinuando, sospechando, temiendo siempre pero sin cargar las tintas sobre aquello que en definitiva se desconoce, la película se despacha con un derroche de fuegos artificiales y excesos varios que desembocan en un final que, de tan estrambótico, evita cualquier discusión en torno a su (inexistente) verosimilitud.

Pero antes de descalabrarse en el desenlace, el director polaco coreografía un thriller casi intachable donde Corso pierde algo de su introspectivo yo literario a cambio de desarrollar más su vena sarcástica y fatalista.

Depp hace realmente un buen trabajo, proporcionando su camaleónico físico –de Willy Wonka al capitán Jack Sparrow pasando por Eduardo Manostijeras o el Sombrerero Loco- a un personaje menos dado al histrionismo de lo que suelen serlo los personajes interpretados por el actor de Kentucky.

Misterioso y muy poco empático a la vez, el Dean (que no Lucas) Corso interpretado por Depp comparte el agresivo individualismo del detective literario y sus más bien escasos escrúpulos, aportando además ciertas dosis de impasibilidad que redundan a favor del personaje.

Por otra parte, la puesta en imágenes se beneficia de magníficas localizaciones como la Quinta da Regaleira en Sintra en contraposición a la parquedad de los callejones toledanos o a la luz de las riberas parisinas del Sena.

También destaca la insinuante fotografía que preside las escenas nocturnas –la afanosa búsqueda en coche la sede del misterioso Club, por ejemplo- y la propia relevancia que adquiere el personaje de Irene en la historia aunque siempre sin amenazar en lo más mínimo el absoluto protagonismo de Corso, a pesar de que el rol recayera sobre las bellas facciones de la actriz francesa Emmanuelle Seigner, esposa del director.

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