HENDERS

 

El agridulce debut literario de Warren Fahy

 

Henders

 

WARREN FAHY

 

            Como diría otisblues, mi antiguo compañero en Ciao, “no os molestéis en decir que no conocéis al autor porque nadie le conoce, ésta es su primera obra”.

            En efecto, el estadounidense Warren Fahy es primerizo en esto de escribir novelas aunque posee una amplia experiencia como librero y analista, siendo responsable de varios centenares de reseñas y sinopsis de películas para internet.

                Esta novela que ahora comentaremos y que fuera de España ha sido comercializada con el nombre de “Fragment” ha supuesto la nominación de su autor a los premios BSFA e International Thriller Writers Best First Novel (este último dirigido a los autores que debutan) pero pronto se verá que no es oro todo lo que reluce.

 

LA TRAMA

 

            Han pasado más de dos siglos desde que, a finales del XVIII, el capitán inglés Henders diera, en la mitad del Pacífico más aislado, con una isla acantilada e impenetrable a la que bautizaría con su nombre.

            Fuera de toda ruta de navegación, la isla es avistada de nuevo cuando el Trident, un barco que protagoniza un reality show con ínfulas científicas para un canal de televisión por cable, se ve atraído hacia su costa a causa de la baliza de emergencia de un velero.

            Un grupo de personas procedentes del Trident desembarca en la isla, sólo para comprobar que el velero en cuestión lleva mucho tiempo abandonado.

            Su exploración resultará muy breve, pues el grupo es brutalmente masacrado por la extraña y violenta fauna local, que no obedece a ninguna pauta evolutiva conocida.

            Pronto la armada estadounidense pondrá en cuarentena a la isla mientras en los foros intelectuales de todo el mundo se debate acerca de lo que parece ser un montaje de la cadena televisiva a fin de remontar su mal momento económico.

 

UN PRÓLOGO BIOLÓGICO EXTREMADAMENTE INTERESANTE

 

            Fahy antepone a la historia central de su novela una introducción real y excelentemente documentada sobre los casos más llamativos de invasión biológica que ha sufrido nuestro planeta.

            Los datos que proporciona, además de ponernos en antecedentes de lo que vamos a encontrarnos en su obra de ficción, son de una gran espectacularidad (que muchos calificarían incluso de dramática):

            Destacaré únicamente tres de esos casos:

            - Veintiséis clases distintas de peces han sido exterminadas en el mar Negro por la introducción de una sola especie de medusa estadounidense.

            - El cangrejo de río norteamericano, exportado a Europa en la segunda mitad del siglo XIX para paliar la pérdida de ciertas especies autóctonas aniquiladas por una plaga, acabó adueñándose de todos los sistemas fluviales del Viejo Continente, acabando además con las especies de cangrejo que todavía subsistían.

            - El también norteamericano mapache, incorporado a los bosques alemanes con fines estéticos por los nazis, amenaza en la actualidad la supervivencia de los viñedos del Rin.

            Tras una enumeración tan larga como sorprendente de los desastres ecológicos y las terribles pérdidas (no sólo medioambientales sino también económicas) que producen las “contaminaciones” de los ecosistemas por la repentina presencia de seres que no forman parte de los mismos, el prólogo concluye afirmando que las islas son especialmente sensibles a estos fenómenos.

            Al parecer, este tipo de invasiones que por lo general son lentas y graduales –y cuyos resultados con frecuencia son constatables a lo largo de varias generaciones de vida humana- resultan mucho más rápidas y concluyentes en el caso de las islas. La introducción en ellas de una especie ajena pronto acaba por erradicar a la competencia nativa.

            Eso era antes -se dirá en dicho prólogo- de que se hubiera oído hablar de la isla Henders…

 

UNA PRIMERA PARTE BREVE Y PROMETEDORA

 

            Un breve episodio precede todavía a la parte principal del relato, en un capítulo que tiene lugar en 1791.

            Se nos presenta aquí a una nave inglesa, el Retribution, al mando del capitán Ambrose Spencer Henders.

            Dicha embarcación se queda apenas sin agua potable durante su tenaz persecución del mítico Bounty (quién no recuerda el cinematográfico “motín”) cuando arriba a las costas de la isla a la que Henders acabará prestando su nombre.

            Aunque logran abastecerse de agua, una terrible muerte tiene lugar entre la tripulación. Una muerte violenta de la que no se nos ofrecen demasiados detalles pero cuyas oscuras circunstancias ya hacen presagiar que la isla en cuestión goza de algunas terribles peculiaridades.

            Por si acaso, Henders decide alejar a su tripulación a toda prisa de aquel lugar.

 

UN NUDO IRREGULAR PERO ATRACTIVO

 

            Como queda dicho, más de dos siglos después, una embarcación estadounidense que disfraza de exploración científica lo que no es sino un reality para la televisión por cable, se encuentra con una señal de emergencia procedente de un velero.

            Dado que su audiencia está cayendo en picado, al igual que la credibilidad de los responsables del programa, tanto la realizadora del mismo como los productores –que siguen con nerviosismo los acontecimientos desde los lejanos Estados Unidos- ven en dicha llamada una luz de esperanza.

            Contar con un poco de aventura real e incluso con algo de dramatismo que contrarreste los anodinos intentos por “liar” sexual y sentimentalmente a todos los tripulantes del Trident entre sí, puede contribuir a animar a la dormida audiencia.

            Por desgracia, lo que encontrarán en Henders será un auténtico infierno protagonizado por seres de pesadilla que destruyen de forma voraz e indiscriminada cuanto se les pone por delante.

            Ese extraño ecosistema, cuya similitud con la del resto del planeta es tan inexistente “como si viniera del espacio exterior”, presenta una agresividad extrema y permanente que alcanza a todas las fases de la existencia de sus habitantes, desde la reproducción hasta la nutrición o la mera superviviencia.

            Ello entrará en conflicto con las teorías científicas existentes, siendo los mejores especialistas llamados a capítulo por el mismísimo Presidente yankee.

            A propósito, los dibujos que Fahy intercala en su novela, atribuidos a los científicos desembarcados en la isla, reproducen la morfología de las especies de Henders y no sólo resultan atractivas sino también muy útiles, ya que las descripciones escritas –a las que dotan, de este modo, de un mayor rango de verosimilitud- son en ocasiones un tanto enrevesadas para quienes no estamos versados en Biología.

            Por momentos parece que estemos asistiendo a la confección de un antiguo manual de Zoología sólo que referido a especies enormemente extrañas.

            Los científicos llegan al extremo de enfrentar algunas de las especies terrestres más invasivas (la mangosta, el avispón gigante japonés, el escorpión, la serpiente de cascabel) a la fauna de Henders pero todas ellas son “despachadas” con insultante facilidad.

            El uso de la más vanguardista tecnología -tanto en el tratamiento de los especímenes de la isla como en el traslado de los científicos por la letal jungla de la isla- constituye otro atractivo añadido que redunda en la espectacularidad "casi visual" de esta parte de la novela.

 

LA DEBACLE LLEGA A HENDERS… DE LA MANO DE SU AUTOR

 

            Por desgracia, cuando mayores son las expectativas, cuando toda la carne está ya en el asador y hasta conseguimos (o casi) olvidar la penosidad de los diálogos de los personajes, gracias a las magníficas escenas de acción y aventura que siguen in crescendo, el autor se saca de la manga una “ocurrencia” que destroza la novela sin remisión.

            Llegados a un punto, que cualquiera reconocerá si lee la novela, todo será un cúmulo de despropósitos hasta el final.

            Resulta evidente, desde que tiene lugar la escena en cuestión, que aquello no va a tener vuelta de hoja pero los niveles de ridiculez a los que llega Fahy intentando justificar su imperdonable torpeza son de los que dejan con la boca abierta hasta a los lectores más avezados. Toda una lástima.

 

EN DEFINITIVA…

 

            Sin duda, “Henders” es una novela atractiva y además se lee con absoluta rapidez por su alto ritmo narrativo y por la muy visual coreografía de sus escenas de acción.

            Sin embargo, los diálogos son bastante pobres salvo cuando tienen que ver con la ciencia.

            Digamos que las distintas exposiciones teóricas de los científicos así como sus confrontaciones dialécticas resultan creíbles e interesantes pero cuando se pretende pasar a un plano de relación personal y/o sentimental, Fahy naufraga con estrépito.

            Su incapacidad para definir sentimientos verosímiles o reproducir diálogos mundanos que no produzcan un violento sonrojo resulta superlativa.

            De hecho, si hay una cosa que me gusta hacer es diseccionar a los personajes principales de las novelas o películas que analizo pero, francamente, en este caso me voy a ahorrar el esfuerzo, ya que los protagonistas de “Henders” carecen casi por completo del menor relieve.

            Y los que hubiesen podido tenerlo en un primer momento, acaban siendo tan risibles (o llorables) como el resto.

            Para hablar pues de personajes tendría que aludir más bien a las "ratas Henders", a los "Spigers, a las "avispas Henders" y demás fauna de la isla, mucho más interesante que sus visitantes humanos.

            Los planteamientos de la novela son, en cualquier caso, interesantes, sus escenarios atractivos y las situaciones propuestas altamente adictivas pero el evidente interés del autor por oponerse a la teoría según la cual todo “ser inteligente” amenaza con destruir su entorno a causa precisamente de su inteligencia, determina una táctica totalmente equivocada que destroza la novela en su último tercio.

            Si generalmente me molesta que una buena novela desmerezca por un mal final (ejemplos claros son “El secreto” de Dona Tartle, “Pepa Niebla” de Torcuato Luca de Tena o “El último catón” de Matilde Asensi), en esta ocasión la cosa va más lejos puesto que la pifia llega a alcanzar dimensiones extraordinarias.

            Una novela divertida, entretenida y perfectamente disfrutable, que podría tener como referente desde el “Parque Jurásico” de Crichton hasta el “Más allá del hielo” de Douglas Preston & Lincoln Child o “La isla del Doctor Moreau” de H.G. Wells y estar en sintonía con las mejores novelas de aventuras de todos los tiempos (novelas sobre exploraciones científicas al interior de la selva, historias de búsqueda de ciudades extintas o tesoros perdidos, relatos de naufragios en islas repletas de misteriosos peligros) se convierte en un enorme fiasco.

            Tanto como para anular las virtudes atesoradas hasta ese instante. Y es que, desde que tiene lugar el acontecimiento que insinuaba, el relato cambia en un solo párrafo, pasando de ser un thriller de aventuras científicas con altas dosis de emoción a convertirse en un pastelón indigesto que provoca un doble malestar: por arruinarnos lo que llevábamos leído hasta el momento y por empeñarse en demostrarnos hasta el final de la novela que hubiéramos hecho bien en abandonar la lectura en dicho punto.

            Desde luego, si a Fahy se le ha nominado para diversos premios –aunque no me consta que haya alcanzado ninguno de ellos-, incluyendo el de Mejor Primer Novela, todos sus méritos para ello se concentran en los dos primeros tercios del libro; el tercero es más bien como para rogarle que siga escribiendo reseñas y se olvide de la Literatura.

            En cuanto al hecho de utilizar a nivel de marketing el nombre de “Lost” para promocionar la novela, debo decir que fuera de la existencia de una isla no hay ni la más remota relación entre la serie televisiva (que precisamente profundizaba bastante en la psicología de sus personajes, en sus pasados respectivos y en los elementos que los interrelacionaba) y la novela.

            Dicho esto, no me cabe duda de que habrá quien disfrute de la novela y a quien no le molesten tanto los estereotipos super-requete-trillados con que el autor de ésta se carga su propia obra y espero no haberles arruinado a ellos la posibilidad de leerla sólo por el hecho de que a mí me haya decepcionado.

            Pero sobre todo me queda un pésimo sabor de boca al saber que simplemente con haber acortado un poco la novela, incluso dejándola con un final abierto, hubiésemos estado ante una divertidísima novela de bio-thriller, aventura y ciencia ficción.

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