LOS RENGLONES TORCIDOS DE DIOS

de Torcuato Luca de Tena

 

Los renglones torcidos de Dios

 

 

UNA FICCIÓN MUY REAL

 

            De Torcuato Luca de Tena sólo había leído hasta el momento su desigual (aunque fascinante) “Pepa Niebla”, de la cual hablaré en otro momento.

            Ambas comparten un interés evidente por los temas psiquiátricos pero en el caso de “Los renglones torcidos de Dios”, según comenta en el prólogo de la edición de Booket el mismísimo Juan Antonio Vallejo-Nájera, Luca de Tena fue mucho más allá.

            A fin de dotar de verosimilitud y rigor su ambicioso relato, el autor llegó al extremo de provocar (como la protagonista) su internamiento legal y anónimo en un manicomio (uno de los doctores de la novela señalará que ahora se les llama eufemísticamente “sanatorios psiquiátricos”).

            Ello le permitiría, como así fue, documentar convenientemente todos y cada uno de los trámites por los que debía pasar un paciente desde su registro en un centro de tales características hasta su eventual puesta en libertad.

            El resultado de tanto celo es un relato tan riguroso como inquietante (a la vez que emotivo y hasta tierno) y de desenlace bien incierto.

 

LÍNEA ARGUMENTAL

 

            La bella y elegante Alice Gould llega al Hospital Psiquiátrico de Nuestra Señora de la Fuentecilla, próximo a Zamora, acompañada de un hombre.

            Éste la ingresa en el sanatorio, donde es interrogada por el doctor Teodoro Ruipérez, el ayudante del director Samuel Alvar.

            La dama afirma desde su llegada ser una detective diplomada, secuestrada legalmente por su marido, Heliodoro Almenara, quien presuntamente desearía inhabilitarla legalmente para hacerse con su considerable fortuna.

            Sus afirmaciones son recibidas con la lógica reserva por parte de Ruipérez, que la deja en manos de Montserrat Castell, una bonita joven que hace las veces de psicóloga, monitora de gimnasia y auxiliar social a un tiempo.

            Desposeída de sus lujosas ropas y reducida a una existencia miserable, a Alice se le concede al menos la moratoria de no iniciar tratamiento alguno hasta tanto no regrese el director, de viaje en esos momentos.

            Durante las semanas posteriores, “la rubia” (o “la Almenara”, como también la denominan los enfermos) se dedica a estudiar a sus compañeros de confinamiento pues, según confesará poco después a Montserrat, la verdadera razón de su presencia en el manicomio es investigar desde dentro un asesinato. En concreto, el crimen no resuelto del padre de un eminente doctor.

            Las sospechas apuntan al psiquiátrico porque las amenazas recibidas por la víctima, antes de que se consumara su asesinato, estaban escritas en hojas de papel con el membrete del propio hospital.

            Sin embargo, cuando al fin regresa Samuel Alvar, no hace intento alguno por comunicarse con Alice, quien se ve obligada a solicitar formalmente una entrevista con el director. Para su sorpresa, el médico no sólo afirma desconocer cuanto ella dice (incluyendo su versión de hallarse allí con su consentimiento y haber adoptado el papel de una paranoica según consejo epistolar del propio director) sino que la considera realmente enferma y necesitada de tratamiento.

            El que propone, llamado “choque insulínico”, lleva al paciente al borde mismo de la muerte, provocándole una hipoglucemia progresiva hasta inducirlo al coma. Llegado a las puertas de la agonía, el enfermo es “revivido” mediante la administración de dosis masivas de glucosa. Y, apenas repuesto, se repite el tratamiento cuarenta o cincuenta veces a lo largo de tres o cuatro meses.

            Caso de fracasar el sistema, se optaría por el electroshock, haciendo pasar por el cerebro del paciente una corriente eléctrica de hasta 130 voltios, capaz de provocar convulsiones, pérdida de conciencia y amnesia, a fin de lograr que se olvide el delirio.

            Asustada lógicamente por la brutalidad de la terapia propuesta pero a la vez segura de sus propias fuerzas, Alice se lanza a una campaña de desacreditación del director que encuentra eco en médicos y enfermeras.

 

ALICE GOULD, SEÑORA DE ALMENARA

 

            Esta dama distinguida, de ascendencia británica y nacionalidad española, se nos presenta como una mujer de alrededor de cuarenta años y de llamativa belleza.

            Llamativa, entre otras cosas, por sus rasgos más bien exóticos: piel muy blanca, pecosa, nariz aristocrática, pelo rubio ceniza y manos finas de largos dedos.

            Su poderosa inteligencia, su superior formación y su talento para la argumentación y la oratoria la convierten en un rival dialéctico terrible pero es precisamente su locuacidad así como la coherencia y congruencia de sus argumentos lo que alimenta la sospecha de que su paranoia pueda ser real y no fingida.

            Por otra parte, su dulzura y capacidad de compasión hacia sus semejantes más desafortunados e indefensos contrasta con una mal disimulada conciencia de clase que evidencia cierta dosis de altivez.

            La novela habrá de dar respuesta al interrogante acerca de su salud mental (o la falta de ella) así como a otras cuestiones subsidiarias como el papel en la trama tanto de su enigmático esposo como del cliente que presuntamente la contrató, así como a la ambigua actitud del director del hospital.

 

GALERÍA DE “RENGLONES TORCIDOS”

 

            Entre los desafortunados compañeros de Alice a los que aludía, y que constituyen una auténtica galería de dolencias, patologías y degeneraciones mentales médicamente tipificadas y documentadas, hay varios que destacan por sus chocantes características. Veamos varios de ellos.

            - El Hombre Estatua, por ejemplo, que permanece totalmente estático en la posición en que cualquier otro le coloque (sin importarle la incomodidad que pueda suponerle dicha postura).

            - El Caballero Llorón, que cree haberse acostado con su nuera, traicionando de ese modo terrible a su único hijo (cuando lo cierto es que tal traición sólo existe en su mente perturbada).

            - Ignacio Urquieta, un apuesto bilbaíno fóbico al agua (cuya fobia obedece a un terrible acontecimiento de su infancia que su mente ha olvidado).

            - El Gnomo, que se dedica a palpar las nalgas ajenas y a provocar a los dementes más agresivos.

            - Carolo Bocanegra, falso mutista (no carece de la capacidad de hablar, como demuestra al tomar parte del coro en la iglesia, pero sí de la voluntad de hacer uso de la palabra) y ciego voluntario (se tapa los ojos cada vez que Alice se le acerca).

            - Rómulo, también llamado “el Niño Mimético” por su capacidad de imitar la actitud de cualquier otra persona. Aunque no reconoce a Remo, su hermano gemelo, adoptará a la “Niña Oscilante” como hermana pese a no serlo.

            - El Astrólogo, autor de la Teoría de los Nueve Universos.

            - La Gran Duquesa de Pitiminí, obsesionada con el sexo y el chismorreo.

            - Norberto Machimbarrena, mecánico de la Armada ingresado tras haber asesinado a tres compañeros por creerlos vascos separatistas.

 

LOS ETARRAS

 

            Un importante detalle que nos habla de la coyuntura sociopolítica de la obra (la novela se escribió en 1979) es el hecho de que, durante la estancia de Alice en el hospital, son encerrados allí dos militantes de ETA.

            Los médicos y enfermeros les denominan “políticos” (“los jueces nos han colado dos políticos”) y el autor se refiere a ellos con inequívocos epítetos (“los sociópatas de ETA”, “los racistas de la ETA”).

            Por su parte, los dos etarras se dedican, durante su permanencia en el sanatorio, a agredir físicamente a los pacientes que, como Ignacio Urquieta, son de origen vasco pero no se expresan en “vascuence”.

            En ningún momento se utiliza el término “terrorista” para designarles, lo cual constituye un rasgo de la máxima importancia a la hora de considerar el marco temporal en que tiene lugar la acción.

 

PUNTUALIZACIONES

 

            En definitiva, nos encontramos ante una novela ambiciosa e ilustrativa de las muchas y terribles dolencias que puede padecer la psique humana, de las cuales Luca de Tena nos ofrece un amplio muestrario.

            En semejante contexto se desarrolla la aventura de Alice, la brillante protagonista que se debate entre las dudas de los médicos y la adoración de los enfermos.

            Me gustaría comentar que, en muchos sentidos, la investigación de Alice constituye un Mcguffin en toda regla (recurso habitual en las películas de Hichcock), ya que si la detective avanza en su investigación no se nos hacen patentes dichos avances.

            Y, por otra parte, vista la trama desde el final de la misma, el crimen no resuelto tiene una importancia prácticamente nula salvo como pretexto para justificar el ingreso de la protagonista en el hospital. McGuffin pues a todos los efectos.

            En otro orden de cosas, Vallejo-Nájera insiste en resaltar que, si bien la mayor parte de las descripciones psiquiátricas de enfermedades y tratamientos se ajusta maravillosamente a la realidad (circunstancia que elogia sin rodeos), no ocurre otro tanto con el llamado choque insulínico, que en su opinión dista mucho de ser tan cruento ni de consecuencias tan brutales como las apuntadas por el autor.

            Por último, debo señalar que el Hospital de la Fuentecilla no existe realmente y, tanto para describir la institución como a los enfermos y profesionales que la pueblan, Luca de Tena recurrió a su experiencia real en otro sanatorio psiquiátrico cuya identidad no ha trascendido, por expreso deseo del autor.

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