TODOS LOS NOMBRES

Una Odisea pergeñada por José Saramago

 

 Todos los nombres

 

 

SARAMAGO

 

José Saramago, uno de los más ilustres y laureados escritores portugueses de la Historia y dignísimo sucesor de la tradición de otros grandes de las letras lusas como Fernando Pessoa (al cual homenajea en "El año de la muerte de Ricardo Reis"), nos dejó en 2010.

De trato difícil según algunos de sus colaboradores y de prosa generalmente amable, su figura se fue tornando cada vez más controvertida debido a sus posicionamientos políticos e ideológicos.

De hecho, en los últimos años vivió en la isla española de Formentera, en un intento de alejarse de la confrontación continua con la prensa de su país.

También mantuvo, hasta el final de sus días, una relación más que tensa con la Iglesia católica a raíz de la publicación de “El Evangelio según Jesucristo”, una novela particularmente áspera en la que presentaba a Jesús como un personaje más bien hosco y sin ninguna pretensión de divinidad.

Su comunismo militante, no obstante, no evitó que acabara rompiendo formalmente toda relación con el gobierno de Fidel Castro en 2003, tras el fusilamiento de tres disidentes cubanos que habían secuestrado una lancha con cuarenta pasajeros a bordo, a fin de intentar llegar a la costa de Florida.

Mucho mejor fue la relación del escritor nacido en la pequeña Azinhaga (menos de 2.000 habitantes) con el mundo académico, de las letras y del pensamiento. La gran relevancia de su obra acabó siendo reconocida con el Premio Nobel de Literatura de 1998, doce años antes de su muerte.

Ampliamente reconocido por diversas universidades a ambos lados del Atlántico –incluyendo varias españolas, como la Politécnica de Valencia-, que le otorgaron la distinción de Doctor Honoris Causa, hay que recordar que Saramago fue prácticamente autodidacta pues la precaria situación económica de su familia le obligó a abandonar los estudios muy pronto.

Y, aunque es su “Ensayo sobre la ceguera” (por su excelente adaptación cinematográfica) el que han atraído principalmente el interés en los últimos años, me apetecía rescatar, a modo de homenaje, este no menos interesante “Todos los nombres” que ahora veremos.

Esta novela –la undécima de las dieciocho que escribió, contando la inconclusa “Alabardas, alabardas, Espingardas, espingardas”- viene a ser una reflexión acerca de la vida, de la muerte y de lo que ambos ocultan detrás del sencillo y elemental escaparate que son los nombres con los que llegamos a este mundo y que dejamos atrás, como mero recuerdo, al abandonarlo.

Como el propio Saramago, sin ir más lejos.

 

LÍNEA ARGUMENTAL

 

Don José es un veterano escribiente de la Conservaduría General del Registro Civil. Tan veterano que es el único que todavía reside en la casa aneja a la propia Conservaduría.

Ello le permite introducirse a hurtadillas y con nocturnidad en el edificio oficial, a través de la puerta interior que lo comunica con su propia vivienda.

El motivo de sus incursiones nocturnas es recabar los datos (fecha y lugar de nacimiento, matrimonios y divorcios) de los famosos a los que compulsivamente colecciona en sus archivos privados. Lo mismo obispos que futbolistas, actrices que políticos.

Tras una de sus expediciones nocturnas al archivo, la ficha de una mujer desconocida queda adherida a la de varios famosos y, con ello, Don José desarrolla la obsesión de averiguar cuanto pueda acerca de ella.

De este modo, sirviéndose de la dirección que la mujer tenía de niña, el funcionario inicia sus pesquisas en el antiguo inmueble de ella, donde interrogará a una joven madre que teme los celos de su marido y a una señora madura que vive en el entresuelo derecha y que resulta ser la madrina de bautismo de la mujer desconocida. Por esta última averigua el colegio en que su ahijada estudió.

Don José elige una noche lluviosa para allanar el centro educativo, en el cual pasa la noche entera antes de abandonarlo acompañado de un fabuloso botín: las fichas escolares correspondientes a los doce años que la mujer desconocida pasó en el colegio.

 

DON JOSÉ

 

Con un estilo peculiar que prácticamente convierte todo el texto en un interminable “punto y seguido” (aunque hay algunas pausas; las que delimitan los capítulos), Saramago nos participa con su genialidad de la historia de un personaje cuanto menos singular.

Don José –así: sin apellidos, sin filiaciones, sin más rasgos distintivos que unos brochazos acerca de su endeble aspecto físico y sin otros datos objetivos que su profesión y la modestia de su condición en la escala jerárquica funcionarial- es un hombre solitario, timorato y aparentemente taciturno.

Sin relaciones significativas con el sexo contrario salvo las que se desprenden de sus propias palabras puntuales (“cuando la necesidad se hace imperiosa, pago como los demás”) y con escasas relaciones de cualquier índole salvo aquellas a las que no puede sustraerse por causa de su trabajo (con los funcionarios del Cementerio General, por ejemplo), la única afición conocida de Don José es su colección de famosos.

En su peculiar fichero sólo tiene cabida aquellas personas que han alcanzado un mayor o menor grado de celebridad, sin importar el mérito, la causa o la condición.

Como buen mitómano, el gris funcionario dedica todos sus esfuerzos a dar con cuantos datos objetivos le sea posible acerca de los sujetos de su particular colección.

Descubre así datos asombrosos sustraídos a la opinión pública. Sin ir más lejos, la edad real de ciertos famosos y también algunos de sus avatares conyugales y extraconyugales, incluyendo los nacimientos de hijos fuera del matrimonio.

La irrupción de la realidad –en forma de desconocida que “intersecciona” con su colección de famosos-, le mostrará su mayor poder de fascinación, rompiendo en mil pedazos sus conservadores principios existenciales.

 

LA ODISEA

 

Condenado a priori a vivir una existencia insulsa y anónima, la particular Odisea de Don José le redimirá, enfrentándole no a cíclopes ni a sirenas sino a polvorientos y oscuros archivos, a desconfiados ciudadanos reacios a colaborar e incluso a su propio sentido de la rectitud y del deber.

Las olas del Mediterráneo y sus recovecos (la gruta de Calypso o la mítica Troya) se transmutan aquí en las “rúas” de una ciudad portuguesa igualmente llenas de peligros y de secretos.

Porque, para llevar a cabo la misión autoimpuesta de desentrañar la vida de la mujer desconocida que se ha cruzado en su camino –y que es más próxima y real que cualquiera de las decenas de famosos que atesora- el protagonista tendrá que desafiar no sólo a sus miedos (escalando paredes y rompiendo ventanas en medio de la lluviosa oscuridad o bien pasando la noche en desiertos cementerios) sino también las normas que rigen tanto su metódica vida cotidiana como la férrea y fuertemente jerarquizada vida profesional que desarrolla en la Conservaduría.

En este viaje iniciático que Don José/Ulises realizará antes de regresar a su particular Ítaca, el funcionario habrá de desafiar leyes y tabúes nunca soñados. Desde la confección de falsas credenciales que le franqueen las puertas de los inviolables domicilios ajenos hasta un creciente absentismo hasta entonces inédito en su trayectoria.

Eso sin contar con algunas actitudes que generarán cuanto menos la extrañeza en su ámbito laboral: ir a trabajar sin asearse ni afeitarse o directamente dejar de presentarse en su puesto sin avisar siquiera cuando su investigación personal le requiere de forma poderosa.

Don José descubrirá en sí mismo una capacidad de empatía desconocida incluso para sí mismo y que le acercará a sus dos interlocutoras femeninas: la amable señora del entresuelo derecha que invariablemente le obsequia con un te o la joven madre siempre temerosa de su celoso marido.

Una empatía difícilmente observable hasta ese momento por cuanto su vida social se había circunscrito única y exclusivamente al mundo de la Conservaduría.

En esta, como veremos, no existe otra cosa que indiferencia –cuando no envidia- entre los compañeros y servilismo y temor respecto a los superiores; en especial hacia el propio Conservador.

 

EL ARCHIVO DE LOS VIVOS Y EL ARCHIVO DE LOS MUERTOS

 

Por encima de todo -y como apuntaba en la introducción-, Saramago reflexiona en la novela acerca de los nombres en cuanto máscaras tras las cuales se oculta la verdadera realidad de lo que somos o fuimos.

Una realidad difícilmente descifrable mientras vivimos y casi imposible de determinar una vez hemos muerto.

La Conservaduría en la que trabaja Don José actúa pues como una metáfora del mundo. Un mundo en el que, por amargo que resulte, hoy estamos en el lado del Archivo de los Vivos y mañana pasamos al fondo del Archivo de los Muertos, más amplio e insondable.

Si en los poemas homéricos el Inframundo de los muertos se encontraba “más allá del horizonte occidental”, en la realidad de Don José vivos y muertos están claramente separados pero a la vez coexisten dentro de la Conservaduría.

El autor se servirá no sólo del personaje de Don José sino de muchos otros –la madrina de la mujer desconocida, que anima al funcionario a perseverar en sus pesquisas aun después de haberle desenmascarado, el pastor que interpreta a su modo los deseos de los suicidas del Cementerio y, sobre todo, el Conservador que pretende fundir ambos archivos- para subvertir el orden establecido y romper la convención en un intento de trascender.

La trascendencia estribaría, en este caso, en conseguir llegar más allá de “todos los nombres”.

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