SAGA BERNIE GUNTHER

Parte I

Un detective privado en la Alemania nazi

 

Trilogía berlinesa

 

 

DE TRILOGÍA A SAGA EN TODA REGLA

 

En 1987, el escritor escocés Philip Kerr, de quien ya escribí en la reseña sobre la novela “Una investigación filosófica”,

http://rincondesinuhe.com/homepage/41-una-investigacion-filosofica

puso en el mercado su novela “Violetas de marzo”, la primera de las que componen la Trilogía Berlinesa (o “Berlin noir”).

Luego vendrían los títulos que completaban dicha trilogía -“Pálido criminal” y “Réquiem alemán”- aunque tardaron casi una década en llegar traducidos a nuestro país.

Ignoro, por otra parte, si Kerr tenía desde el primer momento la intención de proseguir con las aventuras y casos del detective Bernhard Gunther después de ese tríptico inicial pero lo cierto es que hasta el momento son ya nueve las novelas que componen la que es su saga “Berlin noir” más otra que está ya en camino.

He aquí los títulos:

  1. Violetas de marzo
  2. Pálido criminal
  3. Réquiem alemán
  4. Unos por otros
  5. Una llama misteriosa
  6. Si los muertos no resucitan
  7. Gris de campaña
  8. Praga mortal
  9. Un hombre sin aliento

 

UN ATÍPICO CONTEXTO PARA UN CLÁSICO SABUESO

 

Muchos son los detectives que en el mundo de la Literatura han resultado relevantes; desde el medieval Fray Guillermo de Baskerville hasta el sueco Kurt Wallander, pasando por Sherlock Holmes, Perry Mason, Hercules Poirot, Harry Bosch, el comisario Ricciardi o los guardias civiles Rubén Bevilacqua y Virginia Chamorro.

Si Sam Spade se movía en el San Francisco de los años 30, Philip Marlowe hacía lo propio en el Los Ángeles de los 40 y Pepe Carvalho en la Barcelona de los 70, Berlín entra en el mapa de la investigación privada con la saga protagonizada por Berhard Gunther, un detective hasta cierto punto típico: ex policía, duro, cínico, deslenguado, analítico y temerario.

Lo que hace a su saga completamente distinta de cualquiera que le haya precedido es su contexto absolutamente inédito y sorprendente.

Y es que Philip Kerr ubica su saga en los momentos previos al desencadenamiento de la Segunda Guerra Mundial, en una Alemania que ya dominan los nazis y en la que se multiplican los signos y acontecimientos inquietantes.

Los que creyeron que el nacionalsocialismo era la respuesta a sus plegarias comienzan a constatar hasta qué punto es cierto que hay que tener cuidado con aquello que se desea mientras que los que ya temían a los nazis antes de que alcanzaran el poder comprueban con desaliento que sus peores presagios fueron demasiado optimistas.

En medio de un clima de violencia creciente, de exacerbado nacionalismo, de continuos crímenes de Estado y de un intento patente por parte de muchos alemanes de mirar hacia otra parte mientras los judíos “desaparecen” o se persigue despiadadamente todo aquello que se salga del “pensamiento único”, Gunther intenta sobrevivir llevando a cabo pequeñas investigaciones que se irán complicando en la misma medida que lo hacen las circunstancias del país.

 

BERNIE GUNTHER, EL PERSONAJE

 

Bernhard Gunther –Bernie para los amigos y las damas- se nos presenta como un berlinés nacido en 1896.

De constitución fuerte y pelo rubio, con ojos azules, la nariz rota y una mandíbula “parecida al parachoques de un coche”, según sus propias palabras.

Destinado en Turquía durante la I Guerra Mundial, volvió de la misma como sargento y condecorado con la Cruz de Hierro de segunda clase. Una distinción a la que él resta todo valor, convencido de que se la daban a cualquiera, incluyendo el mismísimo Hitler.

Después de trabajar como funcionario y de perder a su mujer, Gunther se hace policía en 1922 y llega a ser Kriminalinspector en la Kripo.

Dejará el cuerpo previsiblemente antes de ser despedido del mismo, no a causa de su falta de pericia –no en vano gozará de una buena reputación profesional- como por su falta de simpatía hacia el pujante nazismo.

No soy nacionalsocialista pero tampoco soy un mierda de Kozi. Me gustan los bolcheviques tan poco como al partido”.

Después de eso, Bernie pasa a trabajar como detective en el hotel Adlon, en las inmediaciones de la Puerta de Brandemburgo.

Será al dejar el hotel cuando se establezca como “investigador privado”, evitando de forma deliberada la palabra “detective”.

En cuanto a su carácter, Gunther hace gala de un notable cinismo, oscilando entre la ironía amable y el sarcasmo más hiriente.

En ocasiones no será demasiado hábil a la hora de elegir los momentos más propicios para hacer uso de su habilidad dialéctica, lo que se traducirá en golpes y problemas.

Su rijosidad también es más explícita que en otros colegas de profesión, lo cual atestiguarán tanto sus palabras como sus actos, evidenciando una cierta predilección por las mujeres más bien rellenitas.

Por lo general, Bernie es de los que no se abstienen de analizar sexualmente a las damas que va encontrando por el camino, con independencia de la relación que se establezca entre él y ellas.

Tal agudeza se hace patente igualmente cuando ha de juzgar a sus interlocutores masculinos, a los que suele diseccionar mentalmente en sus aspectos físico, intelectual y hasta moral.

En su trabajo, Gunther es concienzudo, tenaz, perspicaz y muy comprometido. De hecho, rara vez le hace ascos a la posibilidad de meterse en la boca del lobo incluso cuando no es imprescindible.

Su peculiar rebeldía y su tajante independencia le convierten en un personaje incómodo para las autoridades, lo cual le granjeará no pocas enemistades pero también el respeto de alguna que otra figura de la época.

 

 

GLOSARIO BÁSICO

 

SA (Sturmabteilung).- Los miembros de la Sección de Asalto, como bien podrían traducirse las siglas, eran conocidos como los “camisas pardas” en base a su indumentaria característica. Se trataba de una milicia del nazismo que propició el ascenso de Hitler y que más tarde sería absorbida por las SS. En el momento en que da inicio la saga de Gunther, dos años después de la tristemente célebre “Noche de los cristales rotos”, ya había sido prácticamente desarticulada.

SS (Schutzstaffel).- Las Escuadras de Defensa constituyeron una organización militar, policial, política, penitenciaria y de seguridad en la Alemania nazi. Sus miembros llevaban uniformes negros y camisa blanca, a diferencia de los camisas negras italianos.

Gestapo (Geheime Staatspolizei).- La Policía Secreta del Estado fue una organización dual del SD, totalmente subordinada a las SS. La mitad de sus doce años de existencia estuvo bajo el mando de Reinhard Heydrich.

SD (Sicherheitsdienst).- El Servicio de Seguridad era el servicio de inteligencia de las SS; el primer organismo de esas características creado por los nazis y que venía a ser hermana de la Gestapo. Durante sus primeros años de existencia estuvo bajo la autoridad de la SiPo.

SiPo (Sicherheitspolizei).- La Policía de Seguridad, por su parte, se encargaba de la investigación de los delitos con connotaciones políticas, incluyendo huelgas y disturbios.

KriPo (Kriminalpolizei).- La Policía Criminal fue el organismo estatal encargado de las investigaciones criminales durante el nazismo. En 1939 quedó bajo el control de las SS y al comienzo de la Segunda Guerra Mundial fue integrada en la Oficina Central de Seguridad del Reich, desapareciendo tras la derrota de los nazis en la contienda bélica. Bernhard Gunther está adscrito a la KriPo de Berlín hasta que la deja más o menos voluntariamente. Sus cargos más relevantes anteponen el nombre del cuerpo: Kriminalkomissar (Comisario de la policía criminal), Kriminalinspektor (Inspector de la policía criminal), o Reichskriminaldirektor (Jefe de la policía criminal) en orden creciente.

Violetas de marzo.- Eufemismo con el que se alude a los nazis conversos a última hora. Aquellos que se subieron al tren cuando se empezó a vislumbrar el poder que el nacionalsocialismo cobraría en Alemania y en el mundo

 

Parte 1 – VIOLETAS DE MARZO

 

LINEA ARGUMENTAL

 

En 1936 Berlín se está preparando para el inminente comienzo de los Juegos Olímpicos y las autoridades hacen todo lo posible para lavar la cara a una ciudad que se está convirtiendo, a pasos agigantados, en un símbolo de la represión y la intolerancia.

Así, unos hombres de la SA descuelgan una vitrina roja del diario antisemita “Der Sturmer” de la pared de un edificio mientras el investigador privado Bernhard Gunther se dirige a una boda.

Se casa Dagmarr, la bonita secretaria de Bernie. Éste cuenta entonces con 38 años y hace 16 que enviudó. En cuanto a la chica, contrae matrimonio con un aviador de las Fuerzas Aéreas Nacionalsocialistas con quien el investigador no congenia.

El trabajo de Gunther, que tiene su despacho en la Alexanderplatz, estriba sobre todo en localizar personas desaparecidas (generalmente judíos) aunque sus pesquisas suelen acabar del mismo modo: “un cuerpo arrojado al canal Landwehr por cortesía de la Gestapo o las SA, un solitario suicidio con una barca en el Wansee o un nombre en una lista policial de condenados enviados a un KZ, un campo de concentación”.

Cuando regresa de madrugada a su apartamento, Bernie es interceptado por un hombre que le conmina a acompañarle tras mostrarle una tarjeta que le identifica como “Doctor Fritz Schemm, abogado alemán”. Este último término provoca la risa de Gunther, ya que es consciente de que pretende únicamente marcar la diferencia con los judíos, a quienes se ha prohibido ejercer la abogacía en Alemania.

Aunque Bernie está cansado y bebido, el doctor le ofrece 200 Reichsmarks (marcos estatales), el sueldo de una semana, por dos horas de su tiempo.

El cliente a quien representa Schemm es Hermann Six, un millonario del acero que conoce de la reputación de Gunther, no en vano éste recuperó para un amigo ciertos bonos robados que la KriPo no fue capaz de encontrar en su día.

Six vive en una mansión en Daglen, al borde del bosque Grunewald. Allí, el magnate le informa del asesinato a tiros de su hija y del marido de ésta. Según todos los indicios, el móvil parece ser el robo de la caja fuerte, tras el cual los asesinos prendieron fuego a la casa del matrimonio.

Antes de entregar al asesino a manos de las autoridades, recuperará usted mi propiedad”, le encarga el millonario. Y la propiedad en cuestión consiste en unas joyas pertenecientes a la primera mujer de Six y madre por tanto de su asesinada hija. El valor estimado de las mismas es de 750.000 Reichsmarks. Una auténtica fortuna.

 

SUGESTIVO DESDE LA PRIMERA LÍNEA

 

La ambientación de la historia, en los días previos a la celebración de los Juegos Olímpicos de 1936 es sencillamente magistral e impecable la documentación de Kerr, que reproduce de forma asombrosa los usos y costumbres de la época.

Desde las indumentarias de los viandantes –incluyendo a los miembros de la Gestapo, que han plagiado de los agentes de la Kripo la costumbre de llevar bajada el ala del sombrero- hasta sus actitudes, sin perder de vista el temor latente a decir algo comprometedor que a uno le pueda meter en problemas.

Tras bromear a costa del flamante marido de su ya ex secretaria, algo que gustará muy poco al serio aviador, Gunther dará nuevas muestras de su irónico sentido del humor nada más llegar a la mansión de Six.

Allí, un mayordomo árabe le pide el sombrero y él le responde: “Prefiero conservarlo si no le importa. Me ayudará a mantener las manos alejadas de la plata”.

Hay algo más que una ligera influencia de la prosa de Raymond Chandler en las hipérboles sarcásticas del investigador privado cuando afirma “Esperamos en la biblioteca. No era grande si se comparaba con el Bismarck o el Hindenburg y no cabrían más de seis coches entre el escritorio, del tamaño del Reichstag, y la puerta”. El Bismarck, por cierto, fue un acorazado alemán y el Hindenburg fue el Titanic de los dirigibles –o Zeppelines- germanos.

Gunther seguirá en esa línea al ver imágenes de las joyas robadas: “Yo había visto piedras más grandes pero sólo en las fotografías de las pirámides”.

Sin embargo, llegará fácilmente al sarcasmo cuando tenga ocasión de contemplar a Ilse Rudel, la segunda esposa de Six, una beldad rubia y joven que es además una de las más famosas actrices de Alemania. “Que esa diosa estuviese casada con el gnomo sentado en el estudio era la clase de cosa que refuerza la fe de uno en el dinero”.

Su notoria animadversión hacia el nazismo queda igualmente clara cuando, en el depósito de cadáveres, repara en la presencia de un cuerpo cuya cabeza está destrozada. “¿Qué estaba haciendo, darle un beso en la boca a un oso polar? Sólo puede ser eso o que lo besó Hitler”.

La inopinada seducción de que será objeto por parte de Ilse y que termina entre las sábanas de ella tiene una conclusión un tanto abrupta cuando él le hace saber que sus esfuerzos han sido baldíos, ya que Six no le ha contratado para vigilarla sino en relación con el asesinato de su hija.

Despechada, la actriz envía a un hombre a matar a Gunther pero es el investigador quien mata al frustrado asesino.

Para librarse de problemas habrá de pagar 100 marcos a Tesmer, el jefe en la Kripo de Bruno Stahlecker, un buen amigo de Bernie.

 

Parte 2 – PÁLIDO CRIMINAL

 

LINEA ARGUMENTAL

 

En el tórrido verano de 1938, los movimientos de las tropas alemanas en la frontera de los Sudetes checos hacen contener la respiración a toda Europa tras la anexión de Austria de ese mismo año.

Bernie, que está a punto de cumplir los 40 y se halla en un estado de celo permanente, recibe un anónimo en el despacho que comparte con su nuevo socio Bruno Stahlecker.

En él se le pide que se acerque esa noche a la ruina calcinada que es ahora el Reichstag, ya que el misterioso remitente posee información sobre un antiguo caso suyo. El de una persona desaparecida.

Cuando acude a la cita, el autor del anónimo resulta ser nada menos que Arthur Nebe, un viejo conocido de Gunther que ahora ostenta la jefatura de la Kripo, la policía criminal de Berlín.

Ambos comparten la idea de que Hermann Goering y Joseph Goebbels estuvieron detrás del incendio del edificio en el que ahora se encuentran aunque el condenado fuera un comunista holandés oportunamente a mano.

Aunque es cierto que Nebe posee la información que prometía en el anónimo, la verdadera razón de su cita con Bernie es advertirle de que Heydrich, el director de la Gestapo, está interesado en que regrese a la Kripo, algo que el propio Nebe ve con buenos ojos. Sin embargo, no le informa de la misión que pretenden encomendarle.

Mientras espera lo inevitable, Bernie sigue con su negocio y a tal efecto visita a Frau Lange, la oronda propietaria de la Editorial Lange.

La dama está sufriendo chantaje por parte de alguien que tiene en su poder varias cartas que revelan la relación homosexual de su hijo Reinhart con un doctor austríaco apellidado Kindermann.

El chantajista le va devolviendo las cartas –de las que afirma poseer una decena- de una en una y por cada una pide más dinero que por la anterior, a sabiendas de que si trascendiera la homosexualidad de Reinhart ello podría costarle la vida al joven a manos de las autoridades nazis.

Gunther pasa unos días en la clínica de Kindermann por el módico precio de 100 marcos al día, que debe costear Frau Lange y, aunque el doctor está ausente, el investigador averigua que éste no goza de ninguna popularidad entre sus empleados.

Una nueva nota de chantaje llega a manos de la señora Lange y Bruno es el encargado de depositar el dinero en una papelera cercana al zoo de Berlín.

Gunther supervisa la operación y, cuando un chico recoge la bolsa con el dinero, le sigue hasta que el joven la entrega a un hombre vestido con un traje azul.

Siguiendo entonces a éste llega hasta un edificio en el que reside Klaus Hering, un empleado despedido de la clínica de Kindermann por robar drogas.

Bernie deja a Bruno vigilando el apartamento de Hering pero esa noche la Gestapo le despierta para darle la noticia de que su socio ha sido asesinado.

Mientras le hacen esperar en el Alex, Arthur Nebe hace su aparición y le acompaña hasta Heydrich, quien informa al fin a Gunther de que un maníaco ha violado, matado y mutilado a cuatro chicas alemanas (o sea, arias) en otros tantos meses.

Es deseo del propio Heydrich que Gunther regrese a la policía criminal y se haga cargo de la investigación.

Dado que no tiene alternativa, el investigador impone al menos sus condiciones: investigará también el asesinato de Bruno y, mientras dure la búsqueda del asesino en serie de muchachas, ostentará el rango de Kriminalinspektor en lugar del de Kriminalkomissar.

 

UN REGRESO INESPERADO

 

Un Bernie que sólo piensa en fornicar recibe una misiva que ya anuncia el principio de un nuevo estado de cosas.

Los periodistas reciben boletines, los soldados reciben partes y los detectives reciben anónimos. Si hubiera querido recibir cartas lacradas me habría hecho abogado”.

No recibirá con ninguna alegría la noticia de que el siniestro Heydrich, máximo dirigente de la Gestapo, pretende reintegrarle al Alex, donde tiene su sede la policía criminal.

Sí se sorprenderá un tanto ante el desencanto de Arthur Nebe, quien no es exactamente su amigo pero sí en cierto modo un benefactor que le tiene bajo su protección: “Cuando vi cómo corroía a la policía el liberalismo durante los años de Weimar pensé que el nacionalsocialismo restablecería el respeto a la ley y el orden en este país. Pero ha sucedido lo contrario: ahora es peor que nunca”.

Como respondiendo al galimatías de organizaciones policiales que se entrelazan en la Alemania de la época y que son mencionadas por Nebe, será Gunther quien las compare con las salchichas: “con el Sipo y la Gestapo era igual que con la Bockwurst y la Frankfurter: tienen nombres especiales pero su apariencia y su sabor son exactamente iguales”.

Tanto Arthur Nebe como Reinhard Heydrich son personajes rigurosamente reales y de hecho el tratamiento benévolo del primero ha provocado a Kerr alguna que otra crítica pero en esta segunda parte de “Berlin noir” es Heydrich quien goza de un mayor protagonismo aunque nada positivo.

En boca de su personaje se indica que a Heydrich le molestan como policía los disturbios antijudíos: “Cuando decidamos liquidar a los judíos será de la forma adecuada; no será la chusma quien lo haga”.

El propio personaje pone como ejemplo de lo negativos que son los disturbios para los negocios la destrucción de una sinagoga en Nüremberg dos semanas antes: “Dio la casualidad de que estaba muy bien asegurada por una compañía alemana. La indemnización les costó millones de marcos”.

Gunther será muy consciente de que su elección para dirigir la búsqueda del asesino en serie se debe no tanto a su reputación (de la notoriedad propiciada por la detención de “Gormann el estrangulador” han pasado ya más de diez años) como a la ineptitud de los detectives del departamento de policía.

Y es que Heydrich, loco pero no estúpido, sabe perfectamente que estos se limitarán a buscar un culpable judío y entre tanto los crímenes seguirán produciéndose.

También él estará de acuerdo con la petición de Gunther de ser distinguido con un grado superior, ya que eso le permitirá evitar la interferencia de los oficiales de alto rango ante los previsibles prejuicios que va a provocar el regreso del investigador a la Kripo.

En realidad, su nuevo equipo le mirará con una mezcla de temor y aversión, tomándole por un espía de Heydrich y ese es un aspecto muy interesante de esta entrega de la saga.

Otro aspecto atractivo para quienes conozcan la actual Berlín es seguir los pasos de Gunther por la antigua ciudad.

Así, cuando el investigador persigue al chico que ha recogido la bolsa del dinero, atraviesa la Handerbergplatz, el zoo de Berlín (con la morisca casa de los antílopes, el templo chino o el acuario que tiene su sede en un edificio verde), la Budapester Strasse, la Ansbacher Strasse, hasta llegar al Ka-De-We (Kaufhaus des Westens o Grandes Almacenes del Oeste), el comercio más popular de la ciudad tanto entonces como ahora.

 

Parte 3 – RÉQUIEM ALEMÁN

 

LINEA ARGUMENTAL

 

En 1947 Alemania ha sido derrotada en la Segunda Guerra Mundial y está en manos de sus enemigos estadounidenses, ingleses y sobre todo rusos (los “ivanes”), que siembran el terror entre los alemanes.

Bernhard Gunther está casado ahora y habita un modesto apartamento circundado de edificios hundidos. Hasta la puerta de su casa está desencajada.

Allí recibe al Doctor Novak, un ingeniero de procesos metalúrgicos que ha visto su anuncio de investigador privado en una pared de la larguísima avenida Kurfürstendamm.

El doctor, que está dando unas conferencias en la universidad de Berlín, ha recibido un telegrama de su esposa pidiéndole que vuelva a casa por una grave enfermedad de su madre.

Pero Novak está seguro de que el telegrama es falso y un mero pretexto de los soviéticos para deportarlo y obligarle a trabajar en una de sus fábricas.

Encargarse del caso le supondrá a Gunther entrar en “la Zona” hasta Potsdam, donde conoce a alguien del cuartel general de las fuerzas armadas soviéticas en Alemania a quien podría sobornar.

El precio del soborno se cifra en una estilográfica Parker (unos 1.400 dólares en el mercado negro), casi tan apreciadas por los rusos como los relojes.

En cuanto a los honorarios de Gunther, dado que el doctor trabaja en metalurgia y tiene acceso a una fundición, se estipulan en 50 kilos de carbón.

El investigador resuelve favorablemente su excursión a Potsdam aunque lo que averigua es lo que temía: que la esposa del doctor está en poder del MVD, la policía política secreta soviética.

Mientras Bernie regresa en el tren de la noche a Berlín, un soldado ruso (Bernie concluye que checheno) sube a su vagón.

El detective hace como que lee el periódico, repleto de noticias sobre violaciones y robos a mano armado, casi todos a cargo de soldados del Ejército Rojo, cuando el checheno intenta robarle la chaqueta.

Los dos se enfrentan ferozmente en una lucha que se intuye a muerte y en efecto el soviético acaba perdiendo la vida en el salvaje enfrentamiento.

Bernie tira el cadáver por la ventana del tren y, ya en las calles de Berlín, se lava con nieve la sangre de la cara.

A la mañana siguiente, su mujer Kirsten le preguntará acerca de esas heridas aunque Gunther tiene sus propias dudas acerca de cómo ella consigue traer a casa tantos víveres procedentes del Economato Militar restringido a los militares norteamericanos.

Sus dudas se verán confirmadas cuando una noche decide seguirla y la ve practicarle una felación a un joven oficial estadounidense entre las ruinas de un bloque de pisos bombardeados.

A la mañana siguiente, un coronel del MVD soviético, Poroshin, se persona en el apartamento de Gunther y le informa de que un antiguo compañero de Gunther en la Kripo, Emil Becker, ha sido detenido en Viena por el asesinato de un capitán del ejército estadounidense.

Según Poroshin, Becker es inocente del cargo pero los americanos tienen pruebas sólidas y pretenden colgarlo.

Por medio de su abogado, Becker ha hecho llegar a su amigo Poroshin, a quien salvó la vida en el pasado, la petición de contratar a Gunther para que pruebe su inocencia, para lo cual le ofrece 5.000 dólares tanto si pierde como si gana.

Aunque se trata de una oferta estratosférica, el detective la rechaza aunque más tarde visita por su cuenta a la mujer de Becker en el barrio de Charlottemburg, sólo para constatar el profundo odio que ella siente por su encarcelado marido.

 

UN CIERTO AROMA AL “TERCER HOMBRE”

 

La primera parte de la novela se caracteriza por una considerable sordidez: desde la indefinición del doctor Novak, que duda si abandonar a su esposa a su suerte en manos de la policía secreta rusa, a las sospechas de Gunther acerca de las actividades nocturnas de su mujer, pasando por la desagradable escena en el vagón de tren, todo se muestra a través de un tamiz de destrucción tanto física como moral.

Berlín parece, a finales de 1947, una colosal Acrópolis de muros derrumbados y edificios en ruinas.

Sus calles principales serpentean –nos contará el propio Bernie- como ríos alrededor de montones de escombros malolientes y peligrosamente inestables.

Entre tanto, el pueblo alemán malvive en húmedos sótanos o en los pisos inferiores de los edificios semiderruidos.

Las noticias que el propio investigador lee en el periódico se entrelazan con sus propias impresiones y con las historias referidas por su esposa, una de cuyas amigas fue violada por no menos de cinco soldados del Ejército Rojo en una comisaría de policía en Rangsdorff.

Contagiada de sífilis a raíz de la agresión, la chica trató de presentar una denuncia pero se vio sometida a un examen médico forzoso y fue acusada de prostitución por las autoridades soviéticas, que poco tienen que envidiar a sus predecesoras nazis.

Claro que, según nuestro protagonista, tampoco falta quien afirma que los ivanes (como llaman a los rusos) se limitaban a tomar por la fuerza lo que las mujeres alemanas estaban más que dispuestas a vender a los británicos y a los norteamericanos.

Será en un escenario tan deprimente donde sorprenderá el detective a su esposa Kirsten –una maestra que trabaja como camarera en un bar en el barrio de Zehlendorf (en los límites de la ciudad, al sur de Charlottemburg) abierto sólo para los militares norteamericanos- practicándole un francés a un capitán estadounidense.

Y la reacción de este Gunther tan venido a menos como su propio país será hacer mutis por el foro, tragarse el orgullo, coger una borrachera de órdago y dormir en el sofá, lo que su esposa atribuye exclusivamente a su embriaguez.

Por fortuna, tras esta desalentadora introducción, que resulta tan inquietante y desasosegante como los avances del nacionalsocialismo a los que asistíamos en las dos primeras novelas, vendrá un cambio de decorado que se revela como un enorme acierto.

El traslado de Gunther a Viena para hacerse cargo del caso de Becker –su cambio de opinión vendrá determinado por el odio arrollador que advierte en la esposa del detenido cuando decide visitarla tanto como por su propia necesidad de cambiar de aires- nos llevará a otra ciudad con una atmósfera muy distinta.

Yo también estuve en un campo de concentración soviético, Frau Becker –la amonesta el detective cuando ella desconfía de la liberación de su esposo- y menos tiempo que su marido. Eso no me convierte en espía: en un tipo con suerte quizás. Pero para gente como la policía, como usted o como mi propia esposa, que apenas me ha dejado tocarla desde que volví a casa, me he convertido en alguien que está de más”.

El detective descubrirá a su llegada a Viena que, como en Berlín, también estadounidenses, británicos, franceses (que siempre salen malparados en las comparaciones debido a su derrota en la guerra y a su incongruente papel de vencedores tras la misma) y soviéticos se han repartido la capital austríaca.

Viena es una ciudad decadente en la que también se hace sentir el peso de la derrota del Eje frente a los aliados pero aun así persiste en ella una nota de elegante distinción, de orgullo nunca rendido del todo que recuerda poderosamente a las imágenes de la magistral “El tercer hombre” de Orson Wells, con el imborrable recuerdo de sus escenas en las calles vienesas y, sobre todo, en el Prater.

La intriga policíaca que se desarrollará en torno a la investigación de Bernie, que pretende demostrar la inocencia de Becker mientras trata de evitar por igual a todos los ejércitos aliados de ocupación, también contribuye a acercarnos a esa misma atmósfera.

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