UNA VACANTE IMPREVISTA

JK Rowling se pasa a la novela adulta… y sórdida

 

 Una vacante imprevista

 

 

JK ROWLING

 

            En la serie de artículos que dediqué al “Universo Harry Potter” elogié sobradamente a esta madre de familia abandonada que se había convertido, con mucho esfuerzo y más talento todavía, en la autora viva más leída del planeta.

            Pero, una vez finiquitada la saga del niño mago -aunque no hay que descartar nuevas sorpresas en el futuro-, la Rowling ha decidido foguearse en la literatura para adultos, separándose de forma radical del género fantástico.

            Muy lejos de la magia, su primer trabajo adulto sorprende por lo áspero de la propuesta, ya que no sólo hace gala de una mordacidad hasta ahora inédita en su producción literaria sino que la pátina de sórdido realismo que cubre la novela hace poco probable encontrar puntos de contacto entre este trabajo y los anteriores.

            Habría resultado más sencillo y menos impactante escribir una novela romántica o haber recurrido al noir pero parece que eso estaba muy lejos de las verdaderas aspiraciones de la autora británica.

            En lugar de ello, JK se desmarca con una historia densa, incómoda, llena de matices reivindicativos y con una alta carga sociopolítica que no esconde su objetivo último de retratar lo peor del ser humano: la insolidaridad, los malos sentimientos, las actitudes todavía peores y el clima de tensión y violencia que late bajo los convencionalismos sociales incluso en los círculos más pequeños. Quizás especialmente en ellos.

UNA VACANTE IMPREVISTA – LÍNEA ARGUMENTAL

            En el minúsculo municipio inglés de Pagford tiene lugar una pequeña tragedia cuando la vida de Barry Fairbrother se apaga inesperadamente a los 44 años de edad.

            Un aneurisma cerebral, sufrido en el aparcamiento del club de golf en el que se disponía a celebrar su decimonoveno aniversario de boda junto a su esposa Mary, acabará con este hombre singular cuya muerte desencadenará un huracán de acontecimientos en el pueblo.

            Fairbrother, miembro del concejo parroquial de Pagford, era profesor en el Instituto de Enseñanza Secundaria Winterdown, donde entrenaba también al equipo de remo femenino.

            Dejará tras de sí una desolada esposa y cuatro hijos pero también buenos amigos.

            La doctora de origen paquistaní Parminder Jawanda, el subdirector del instituto Collin Wall (“Cuby”) y el abogado Gavin Hughes serán quienes más acusen la ausencia de Barry.

            No menos profunda será su huella en las jóvenes Krystal Weedon -problemática hija de una prostituta yonqui- y Sukhvinder Jawanda -la atormentada hija menor de Parminder- pues sus inesperados éxitos en el remo constituían la única válvula de escape para ambas.

            Pero Barry, ferviente defensor tanto del deprimido barrio de los Prados del que era originario como de la clínica Bellchapel de desintoxicación de toxicómanos, también dejará una vacante en el concejo parroquial de Pagford que sus enemigos los Mollison (Howard y Shirley) intentarán adjudicar a su hijo Miles para cabreo de la mujer de éste, Samantha.

            Dicho cambio en el concejo podría suponer la ansiada desconexión de los Prados que los conservadores de Pagford llevan décadas persiguiendo.

            Dos serán los candidatos principales a ocupar el puesto que ambiciona Miles: el subdirector de Winterdown “Cuby” Wall, que pretende continuar la obra de su fallecido amigo y el maltratador (y figura desconocida para la mayor parte del pueblo) Simon Price, cuyo único objetivo es lucrarse ilegalmente.

            Sin embargo, cuando el hijo de Simon, Andrew, haga valer sus conocimientos informáticos para entrar en la web del concejo y acusar anónimamente a su padre de los robos y trapicheos que acostumbra a protagonizar, desencadenará un auténtico infierno en Pagford.

            Siguiendo el ejemplo de Andrew Price y utilizando como él el siniestro seudónimo de “El Fantasma de Barry Fairbrother”, será más tarde su compañera Sukhvinder quien se introduzca en la poco protegida web a fin de acusar a su madre, la doctora Jawanda, de haber estado siempre enamorada de Barry, lo que sumirá en la angustia a Parminder y sembrará dudas en su matrimonio.

            El resto de candidatos al puesto de concejal experimentarán desde entonces un intenso terror a que sus secretos sean los próximos en desvelarse. Algo que se hará real cuando un tercer e improvisado hacker se haga pasar por “El Fantasma” para vertir nuevas acusaciones.

UN LUGAR FALSAMENTE IDÍLICO

            La novela presenta al inexistente Pagford (no faltan quienes lo identifican con la pequeña Kelso, cerca de la frontera escocesa) como “un diminuto pueblo recogido en una hondonada entre tres colinas: una de ellas coronada por las ruinas de una abadía del siglo XIII. Un riachuelo serpenteaba bordeando esa colina y pasaba por el pueblo, donde lo cruzaba un puente de piedra que parecía de juguete”.

            Sin embargo, bajo el aspecto inocente y bucólico del pueblo subyacen los peores vicios de la sociedad actual, que la autora no se privará de airear convenientemente. En especial los que afectan a las poblaciones pequeñas, aisladas y encerradas en sí mismas, con la carga de resentimientos, envidias, celos y pequeñas y mezquinas ambiciones entrecruzadas.

            Acoso escolar, pederastia, robo, drogadicción, violencia de género, prostitución, malos tratos infantiles… La galería de depravaciones y disfunciones que late a poca distancia bajo la superficie en este lugar aparentemente pulcro serán mostrados con la sordidez más morbosa, sin escamotear detalles desagradables, como la chica que se corta en los brazos con una cuchilla de afeitar o las parejas que protagonizan escenas sexuales desprovistas del menor erotismo.

            No faltarán las enemistades públicamente difundidas ni los enfrentamientos soterrados en una guerra que tiene como excusa el problema de los Prados pero que entra de lleno en el terreno de lo personal.

POLÍTICA LOCAL

            Pagford no goza de la consideración de municipio, lo que impide que el omnipresente Howard Mollison ostente la distinción de alcalde pero el concejo parroquial del pueblo que él preside -cuyos miembros se reúnen una vez al mes en un bello y antiguo edificio de estilo victoriano- pasa por ser el más vociferante, discrepante e independiente de cuantos componen la Junta Comarcal de Yarvil.

            Esta ciudad es la que proporciona la mayor parte del empleo de Pagford a través de sus tiendas, oficinas y fábricas, además del hospital South West General y es también el lugar que los jóvenes escogen para pasar las noches de los fines de semana pero los pagordianos considerarán a Yarvil poco menos que un mal necesario.

            La desconfianza de Pagford hacia la ciudad se habría visto incrementada medio siglo atrás cuando Yarvil construyó Cantermill, una urbanización de viviendas de protección oficial a medio camino entre ambas.

            Pero sobre todo cuando Aubrey Fawley, dueño de la solariega mansión Sweetlove, accedió a vender a Yarvil los campos que lindaban con dicha urbanización, lo que permitió la construcción de una segunda barriada más cerca de Pagford y con materiales y arquitectura de peor calidad: Los Prados.

            Mientras que la prestación de la mayor parte de los servicios a los Prados y el mantenimiento de las viviendas recayeron en el ayuntamiento de Yarvil, cuestiones como la conservación de las aceras, el alumbrado o los bancos públicos pasaron a ser responsabilidades de Pagford.

            Lo peor para los más conservadores vecinos del pueblo fue que los niños de los Prados quedaran dentro de la circunscripción de la escuela primaria anglicana de St. Thomas. Sería el caso de Barry Fairbrother o, muchos años después, el mucho más polémico caso de Krystal Weedon.

            Los recién llegados aprenderían con rapidez que aborrecer la barriada de los Prados constituía un salvoconducto necesario para contar con la buena disposición de la vieja guardia de Pagford.

            Sesenta años después, la muerte de Barry llega en un momento en que la Junta Comarcal de Yarvil está considerando absorber la barriada de los Prados con fines electorales, aprovechando el descontento de sus moradores con las medidas de austeridad impuestas por el Gobierno central.

            Ello viene de perillas a Howard Mollison y a su aliado Aubrey, hijo del Fowley que compró la mansión Sweetlove más de medio siglo antes, quienes están en conocimiento del hecho de que casi dos tercios del humilde vecindario de los Prados vive de las ayudas estatales y de que una proporción considerable de los mismos frecuenta la clínica Bellchapel para drogodependientes, de la que también pretenden librarse.

            Así las cosas, no es de extrañar que los distintos capítulos de la novela estén precedidos por extractos de la normativa que rige la administración local.

LOS MOLLISON

            Howard Mollison es el orondo presidente del concejo parroquial y verdadero alcalde de Pagford.

            Hijo predilecto del pueblo, regenta desde tiempo inmemorial una tienda de delicatessen junto a su socia Maureen (“Mo”) Lowe, viuda del socio original de Howard, con la que está a punto de inaugurar un restaurante: “La Tetera de Cobre”.

            Su esposa es la estirada Shirley, que presta servicios voluntarios en el hospital South West General de Yarvil, donde trabaja como enfermera Ruth Price, casi su única amiga pese al abismo social que las separa.

            Miles Mollison es el hijo varón de Howard y Shirley y el orgullo de ambos (de la hija, Patricia, sólo sabremos algo en la parte final de la novela).

            Respetado abogado, Miles comparte bufete con Gavin Hughes y está casado con la inestable y exuberante Samantha, cuya afición a la bebida aumenta su ya de por sí excesiva tendencia a la franqueza.

            Por otra parte, las relaciones de “Sam” con su suegra distan de ser idílicas aunque su suegro tenga mejor opinión de ella, pellizcándola a la menor ocasión.

LOS PRICE

            Simon Price -o “Simoncete”, como le llamarán jocosamente su hijo y el amigo de éste- trabaja en la imprenta Harcourt-Walsh desde que finalizó sus estudios.

            Nacido en los Prados, Simon es un psicópata maltratador, que martiriza de palabra y obra tanto a su sumisa esposa Ruth, que trabaja como enfermera en el hospital de Yarvil, como a sus hijos Andrew y Paul, a quienes veja, amedrenta y golpea sin la menor compasión.

            Sus súbitas ambiciones políticas serán fruto de un cotilleo -además falso- que acusa al fallecido Barry Fairbrother de haber aceptado sobornos durante su concejalía.

            La mente enferma y criminal de Simon maquinará de inmediato que, si el finado concejal (que, paradójicamente, ganará enteros a sus ojos por el hecho de haber transgredido supuestamente la ley) podía enriquecerse a costa de su puesto, también él puede conseguirlo.

            A ninguno de los miembros de su familia les hará ilusión alguna su decisión de presentarse al puesto vacante en el concejo parroquial y, de hecho, esa será la gota que desborde la paciencia de Andrew, que se infiltrará en la endeble web municipal para glosar algunas de las actividades delictivas de su progenitor.

            Por otra parte, Andrew, apodado “Arf” por su inseparable amigo Fats, sentirá una abrumadora atracción por la recién llegada Gaia, quien en principio no parece experimentar el  mismo interés por él.

LOS JAWANDA

            Parminder Jawanda es una competente doctora a quien unía una profunda amistad con Barry, con quien siempre estaba de acuerdo en las deliberaciones del concejo parroquial.

            También de origen pakistaní es su esposo Vikran, un guapísimo (Samantha Mollison dirá de él que es “un dios del sexo y el único atractivo de Pagford”) cirujano cardiovascular por quien Howard Mollison siente auténtica devoción, ya que le salvó la vida en la mesa de operaciones.

            Paradójicamente, el presidente del concejo profesará una antipatía igualmente intensa a Parminder, que es su médico de cabecera y a la que se enfrenta sistemáticamente en cada votación del órgano del que ambos forman parte.

            Los hijos del matrimonio Jawanda son Jaswant, Rajpal y Sukhvinder pero será esta última -curiosamente, la más ninguneada- la que cobre relevancia en la historia, a causa de su profunda infelicidad.

            Incomprendida por su propia madre y acosada por Stuart Wall, sublimará sus sufrimientos con ayuda de una hoja de afeitar.

LOS WALL

            Collin “Cuby” Wall es el subdirector del Instituto de Enseñanza Secundaria Winterdown y objeto de las burlas generalizadas de los alumnos, a causa de sus manías.

            Muy alto y con una amplia frente que empalma con su calva, serán sus peculiares andares -con los brazos pegados a los costados mientras cabecea- los que le granjeen muchas de dichas burlas pero también su obsesión por calificar de “cubículos” lo que todos los demás llaman casilleros. De ahí el mote que ostenta.

            Sin embargo, Cuby, que sentirá como pocos la desaparición de Barry, cuenta con obsesiones más delicadas que nadie salvo su esposa conoce hasta que una incendiaria misiva aparecida en la web del concejo parroquial las hará del dominio público.

            Su esposa Tessa, amiga de Mary Fairbrother y descrita como una mujer gorda que viste ropa fea y anticuada, es la orientadora escolar de Winterdown y observa una paciencia casi infinita con las múltiples manías de su marido.

            No obstante, la decisión de éste de presentarse al puesto que dejó vacante Fairbrother sumirá a Tessa en una desazón que el enconado enfrentamiento entre Collin y su hijo Stuart no hará sino empeorar.

            En cuanto a Stuart Wall, conocido como “Fats”, es un muchacho desgarbado y dotado de un caústico sentido del humor que no le excluye siquiera a él.

            Amigo de Andrew desde el jardín de infancia, su delgadez, su cara chupada y sus andares de pasos largos le harían acreedor a no pocas pullas y burlas pero su ingenio  y su capacidad casi infinita de contraatacar le pondrá a salvo de cualquier crítica.

            Ello no será óbice para que, a su vez, torture de forma cruel a la inofensiva Sukhvinder Jawanda, apodándola cruelmente “la morsa tetuda” o tachándola de hermafrodita cuando la tiene cerca.

LAS BAWDEN

            Kay Bawden es una asistente social comprometida con su trabajo y preocupada realmente por las familias a las que intenta ayudar.

            Recién llegada de Londres para reunirse con su supuesto novio Gavin, será claramente rechazada por éste desde el principio, lo que no pasará inadvertido a su hija Gaia ni supondrá un menoscabo de su profesionalidad.

            Cuando otra asistente social llamada Mattie se ve obligada a solicitar una baja laboral, Kay entra en contacto con la complicada familia monoparental de los Weedon, cuya causa abrazará como una cruzada que también extenderá a la reivindicación de la clínica Bellchapel para drogodependientes que el concejo de Pagford pretende desmantelar.

            En cuanto a Gaia, una atractiva chica “de pelo largo, castaño cobrizo, nariz corta estrecha y recta, pestañas espesas y ojos color avellana verdoso”, no aceptará en ningún momento que su madre la haya arrastrado hasta un poblacho desde su Londres natal, por lo que las relaciones con su progenitora distarán de ser idílicas.

            Consciente de la admiración que despierta en los chicos del instituto, de la que se toma nota en la novela sin la menor sutileza, Gaia hará mella en Andrew pero también, sin connotaciones sexuales, en una Sukhvinder a la que adopta desde el principio, dejando claro que no necesita confraternizar con la gente guai de Pagford.

LOS WEEDON

            “Weed on” significa hacer pipí, por lo que no es difícil imaginar el estigma que supone tener ese verbo por apellido, como será el caso de Krystal.

            Belicosa, descarada, exhibicionista, malhablada, impúdica, la chica reúne todos los requisitos para ser utilizada como excusa por quienes pretenden desligarse de la barriada de Los Prados, de la que Pagford quiere librarse por cualquier medio y en la que reside Krystal junto a su madre Terri y su hermano pequeño Robbey.

            Porque Terri Weedon es una prostituta heroinómana que no consigue salir de su espiral de autodestrucción, quedándose siempre a medias en sus intentos de desintoxicarse en la clínica Bellchapel, donde ya cumple su tercera etapa con la metadona.

            Su tóxica relación con un repugnante camello llamado Obbo, al que conoce desde su época escolar, será la principal rémora de esta mujer envejecida prematuramente.

            Krystal, pese a sus defectos, será quien se encargue a regañadientes de su hermano pequeño, con la permanente amenaza de que los servicios sociales vuelvan a llevárselo, como ya ocurriera con anterioridad durante una de las recaídas de Terri.

            La tragedia de la desaparición de Barry, de hecho, tiene como corolario la progresiva degradación de una Krystal en la que el fallecido profesor había puesto toda su fe.

            Y la relación meramente sexual que la chica iniciará con Fats, para descomunal sorpresa de todos, no hará sino acelerar su cuesta abajo.

BARRY FAIRBROTHER

            La pregunta que subyace cuando uno acaba de leer la novela es, precisamente, quién era Barry.

            Nacido en Los Prados, lo que en principio supone una barrera insuperable para alcanzar relevancia alguna en Pagford, sólo tras su desaparición se pondrá verdaderamente de manifiesto su peso en el pueblo.

            Bajo de estatura y con una barba pelirroja, el carisma de Barry parecía trascender su modesto aspecto físico, gracias a su facilidad innata para conectar con los jóvenes.

            Esa capacidad para sobreponerse a su origen sería lo que Fairbrother intentaría inculcar a sus paisanos, esforzándose especialmente con Krystal, puesta siempre por los pagfordianos como el ejemplo negativo de lo que conlleva una barriada marginal.

            Capaz de suscitar como mínimo el respeto de sus rivales políticos y también la admiración y el verdadero afecto de cuantos trabajaron con él, su muerte precipitará los acontecimientos en el pueblo, dando inicio a una enfermiza cuesta abajo que supondrá el hundimiento de algunas de las personas por las que más hizo.

            Paradójicamente, será su viuda, celosa del tiempo y de las atenciones de las que su marido le privaba para dedicarla a otras personas más necesitadas, quien conserve un recuerdo más agridulce de Barry, cuya muerte marcará la historia de Pagford tanto o más que su vida.

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