EVEREST 1996

La réplica a “Mal de altura

 

 

Everest 1996

 

UNA HISTORIA REAL

 

La historia que relata “Everest 1996” alude a la tragedia real acaecida el 10 de mayo de 1996 en la cumbre más alta del mundo.

Ese día, marcado en rojo en la Historia del Alpinismo, murieron 8 personas pertenecientes a tres expediciones distintas y ya me referí a esta dramática historia en los artículos relativos a la película “Everest”.

http://rincondesinuhe.com/homepage-3/230-everest-parte-i

http://rincondesinuhe.com/homepage-3/232-everest-parte-ii

Como comentaba entonces, los pormenores de esa trágica jornada fueron recogidos en “Mal de altura”, un magnífico libro a cargo del periodista y escalador estadounidense Jon Krakauer, que participó de la ascensión, enrolado en la expedición de “Adventure Consultants” que dirigía el neozelandés Rob Hall.

Esta crónica novelada está considerada una de las cimas de la literatura de montaña y constituye sin duda un valiosísimo documento para comprender las causas que derivaron en la pérdida de ocho vidas humanas.

La narración de los prolegómenos y el desarrollo de la expedición de Hall así como el retrato de sus principales protagonistas resultan absolutamente magistrales y desde luego atan al lector al libro desde la primera línea hasta su dramática conclusión pero, no obstante sus enormes méritos literarios y testimoniales, la obra de Krakauer adolece de ciertos juicios de valor que cabría tachar como mínimo de cuestionables.

Los principales damnificados de su juicio sumarísimo fueron los fallecidos Rob Hall y Scott Fischer, a quienes sus opiniones ya no podían hacer daño, pero sobre todo Anatoli Boukreev, a quien Krakauer colocó en su punto de mira.

Krakauer sostiene que fue la negligencia del ruso una de las principales causas de varias de las muertes, en especial de la de su propio jefe.

Así, la víspera del ascenso final, Scott habría ordenado a Boukreev que cerrase la marcha hasta el campamento alto y vigilara a todo el mundo pero el ruso habría hecho caso omiso, levantándose tarde, duchándose y poniéndose en camino casi 5 horas después que el último cliente. Cuando uno de ellos se vino abajo con una cefalea, el ruso no estaba para ayudarle y Scott tuvo que ir corriendo a por él y bajarlo hasta el campamento base antes de volver a subir. Como consecuencia, Fischer estaba reventado antes de iniciar el ascenso definitivo, en lugar de disfrutar del imprescindible día y medio de descanso.

También la decisión de Boukreev de subir sin oxígeno y sin mochila es considerada por Krakauer una irresponsabilidad, ya que se suponía que el guía no ascendía para sí mismo sino que estaba trabajando, de modo que su temeridad supuso que no tuviera la fuerza suficiente para ayudar a los clientes cuando estos empezaron a derrumbarse ni tampoco el material (oxígeno, botiquín, cuerdas) necesario para hacerlo.

Nadie tendría por qué dudar del testimonio de Krakauer, que al fin y al cabo fue testigo presencial y protagonista en primera persona de los hechos descritos pero hete aquí que en “Everest 1996”, publicado un año después, el escalador ruso así señalado por él contraataca con gran elegancia, ofreciendo su honesto punto de vista con el que desmonta, sin cargar las tintas sobre quien tan injustamente le había tratado, todos los argumentos de Krakauer.

De este modo, “Everest 1996. Crónica de un rescate imposible” es la respuesta de Boukreev a las explícitas acusaciones vertidas por Krakauer en su aplaudida novela.

Y también su defensa que, como recoge el propio libro, no pudo ejercer por ningún otro medio, habida cuenta de la parcialidad informativa que evidenciarían las publicaciones especializadas estadounidenses.

OTRO PUNTO DE VISTA

Cuando uno afronta la lectura de “Everest 1996” tras haber hecho lo propio con la magnífica “Mal de altura” se enfrenta al hándicap de tener que volver a leer la misma historia.

Una historia de la que, además, se conoce ya su fatal desenlace e incluso muchos de sus prolegómenos.

Sin embargo, el enfoque de “Everest 1996” resulta distinto sobre todo por el hecho de estar presidido por los testimonios en primera persona de Anatoli Boukreev.

La trayectoria del escalador ruso, su carácter y sus circunstancias, marcan el tono del relato, que el espectador sigue a través de su particular visión, siempre modulada por su colaborador: el director de cine y escritor Gary Weston Dewalt.

La diferencia más llamativa entre “Mal de altura” y “Everest 1996”, además de la inferioridad literaria de este último, estriba pues en el desplazamiento del punto de vista.

Si en la novela de Krakauer eran Rob Hall, sus guías, sus clientes y su entorno quienes ocupaban el centro de la acción, siendo el propio Boukreev o Scott Fischer personajes secundarios de la trama, en el libro de Boukreev y Weston es precisamente la expedición dirigida por Fischer la que centra la acción.

De hecho, Rob Hall y su equipo tienen una presencia absolutamente marginal, circunscrita a la jornada del ascenso final, lo que nos da ocasión, por el contrario, de conocer a los clientes y guías de Scott, que apenas si eran mencionados en “Mal de altura”.

En cualquier caso, hay que aclarar que el análisis de dichos personajes resulta bastante superficial y no guarda relación alguna con la magistral caracterización de que eran objeto los protagonistas de la novela de Krakauer.

Veremos, en todo caso, el proceso de selección y de aclimatación de los miembros del grupo, las negociaciones de Boukreev para conseguir el carísimo oxígeno que precisaba la expedición o las dificultades para conseguir las tiendas de campaña diseñadas por Scott Fischer y todo ello constituye una historia diferente de la que se narra en “Mal de altura” y se reproduce en la película “Everest” (Baltasar Kormákur, 2005) aunque todas estas obras acaben confluyendo en el desenlace dramático de la ascensión.

Una puntualización previa a la exposición de “las razones” de Boukreev –quien, por cierto y a pesar de las acusaciones de su acusador estadounidense, fue condecorado por su heroísmo- es el significativo hecho de que ninguno de los ocho clientes de “Mountain Madness” perdió la vida durante la tragedia, encontrando la muerte únicamente el jefe de la expedición (Fischer), cuya seguridad debía ser capaz de garantizar él mismo.

LOS CLIENTES DE “MOUNTAIN MADNESS”

Resumiendo grosso modo la información que la novela de Boukreev y Weston proporciona acerca de los ocho clientes captados por la compañía de Scott Fischer y guiada por Anatoli Boukreev, Neal Beidleman y el propio Fischer:

-          MARTIN ADAMS.- Broker retirado de 47 años, entre sus ascensiones figuraban el Aconcagua, el McKinley y el Kilimanjaro pero nunca había acometido un “ochomil”.

-          CHARLOTTE FOX.- Escaladora de 39 años, en su palmarés sí figuraban dos ocho miles y trabajaba patrullando las pistas en la estación invernal de Snowmass Ski Area, en la estadounidense Aspen.

-          TIM MADSEN.- Compañero de Charlotte en la estación Snowmass, era a sus 33 años un alpinista sin experiencia en ochomiles.

-          PETE SCHOENING.- A sus 68 años, se trataba de una leyenda del alpinismo estadounidense debido a su amplia experiencia y a alguna que otra heroicidad que le habían granjeado la admiración y aprecio de todos. De haber coronado el Everest, se habría convertido en el hombre de más edad en lograrlo. Sin embargo, consciente de sus limitaciones, no llegaría a intentarlo.

-          KLEV SCHOENING.- Sobrino de Pete, tenía 38 años y era un antiguo competidor de esquí alpino que nunca había ascendido un ocho mil.

-          DALE KRUSE.- Dentista de 45 años y amigo personal de Scott Fischer, era probablemente el menos preparado de todos los miembros que conformaban su expedición, ya que pese a su fortaleza física tenía una gran propensión a enfermar en las grandes altitudes.

-          LENE GAMMELGAARD.- La escaladora danesa de 35 años era una mujer espectacular tanto por su atractivo físico como por su considerable fortaleza. Se mostraría muy quisquillosa y crítica con Scott pese a que éste le había ayudado a encontrar financiación e incluso le había perdonado una parte significativa del precio. Confiaría más, sin embargo, en Boukreev y en Pete Schoening.

-          SANDY HILL PITTMAN.- Celebridad neoyorkina de 41 años, Sandy fue la única en pagar los 65.000 dólares que constituían el precio por formar parte de la expedición. Cubriría la misma para la página web de la NBC y en la novela se le describe como una mujer ambiciosa y engreída. Baste decir que, pese a ser una de las tres personas a las que Boukreev logró rescatar con vida, ni siquiera se dignó mencionar el nombre de su salvador en el artículo que escribió para “Vogue”.

ANATOLI BOUKREEV

Anatoli Nikolaievich Boukreev era, mediados los noventa, un prestigioso alpinista que había ascendido el Everest tres veces (siempre sin oxígeno) pero también el Manaslu en invierno, el Dhaulagiri en 17 horas o el Makalu en 46 horas y había atravesado, en un solo intento, las cuatro cumbres de más de 8.000 metros de altitud del Kangchenjunga.

Con la desintegración de la Unión Soviética y las enormes dificultades financieras que la sucedieron, Boukreev adoptaría la nacionalidad kazaja, experimentando en sus propias carnes los efectos de la gigantesca crisis post soviética, obligado a vender su propio equipo de escalada al finalizar cada expedición.

Así las cosas, la oferta de Scott Fischer, el reputado escalador que dirigía “Mountain Madness”, una próspera compañía de actividades de aventura con sede en Seattle, llegará en un momento muy oportuno para Anatoli, casi duplicando los emolumentos que le ofrecía Henry Todd, de “Himalayan Guides”, para una labor análoga.

La ambición de Fischer de lograr un mayor reconocimiento –y, de paso, mayores ingresos- le llevará a intentar emular al neozelandés Rob Hall con su “Adventure Consultants”.

Por ello, la “traición” de la revista especializada “Outside”, incorporando a la expedición de Hall al escritor y escalador Jon Krakauer tras haber estado negociando durante meses con “Mountain Madness”, enfadará lógicamente a Fischer, por lo demás un tipo extraordinariamente afable.

Scott había intentado escalar el Everest en cuatro ocasiones y al fin lo había conseguido en 1994 pero no como guía, de manera que la primavera de 1996 marcaba su primera visita a la cumbre más alta del mundo al frente de una expedición comercial.

También era la primera aventura de tal envergadura para “Mountain Madness”, lo que no evitaba que se perfilara ya como la gran rival de la neozelandesa “Adventure Consultants” para los siguientes años.

Probablemente por ello Rob Hall, temiendo que su competidora le comiera una porción demasiado grande entre su clientela básicamente norteamericana, decidiera hacer una contraoferta a la revista “Outside” y “robarle” a Krakauer, que ya tenía un acuerdo tácito con Fischer.

Pero volviendo a Boukreev, en “Mal de altura” es descrito como un tipo de carácter difícil, individualista y asocial.

Incluso se apunta a ciertas tiranteces entre él y su jefe aunque en la película “Everest”, que toma prestada mucha información de la novela de Krakauer, Fischer y Boukreev parecen mantener una excelente relación.

Tampoco Scott sale indemne del análisis de Krakauer, que le acusa de flirtear con las drogas y el alcohol, del mismo modo que se critica la ambición desmedida de Rob Hall y su negligencia durante la escalada final, que habría que sumar a la serie de errores concatenados que llevaron al amargo final, tales como la falta de preparación de las cuerdas fijas que habían de utilizarse, la mala actitud de los sherpas, enfrentados entre sí y algunas otras cuestiones.

Al menos Krakauer no negó la heroicidad de Boukreev al salir a buscar por su cuenta a los clientes rezagados cuando éstos parecían desahuciados después de que nadie pudiera o quisiera volver a por ellos (Krakauer incluido).

El valor y la determinación de Anatoli salvaron vidas que más tarde le valieron un reconocimiento por desgracia no del todo unánime pero, en todo caso, el periodista parece insinuar que el alarde de heroísmo del kazajo obedecía a su mala conciencia por haberse equivocado antes.

Algo que no parece justo cuando uno lee el libro de Boukreev y pondera sus razonamientos.

A saber, por ejemplo, que la decisión de no ascender con oxígeno obedecía no a un egocentrismo individualista sino a la prudencia pues su falta de costumbre en el uso del mismo podía ocasionarle un bajón de rendimiento si se veía obligado a prescindir de oxígeno a mitad de jornada. Algo que podía preverse debido a lo justa de material que iba la expedición.

O también que Anatoli y Scott hablaron específicamente del rápido descenso de Boukreev cuando ambos se cruzaron por encima del Escalón Hilary; el guía propuso bajar deprisa y prepararlo todo por si algún cliente presentaba algún problema y, siempre según su versión, su jefe habría accedido a seguir dicho plan.

Sea como fuere, “Everest 1996” hace justicia a la memoria de un grandísimo escalador cuyo nombre fue injustamente mancillado en base a pruebas escasamente concluyentes.

Un mes después de la publicación de este libro de descargo y apenas unos días después de ser galardonado, Anatoli halló la muerte en el Annapurna, víctima de una avalancha.

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar