GORA

Rabindranath Tagore ("El amor os hará libres")

 

Gora

 

TAGORE, UN GENIO DE NUESTRO TIEMPO

 

            Resulta extremadamente difícil definir a un genio como Rabindranath Tagore y por supuesto, la mera idea de considerarlo “etiquetable” es absurda en sí misma.

            Pero son tantas las facetas de este hombre universal nacido en Calcuta y con formación tanto bengalí como británica y tan grande su aportación al mundo del pensamiento que quizás habría que definirlo como pensador sin más.

            Poeta, novelista, filósofo, dramaturgo, compositor, pintor, ensayista… parece mucho para adornar a un sólo ser humano, más allá de algunas figuras míticas como la de Leonardo da Vinci.

            Me avergüenza confesar lo poco que le he leído y lo escasamente que lo conozco, siendo alguien cuya obra es tan digna de ser conocida pero, puestos en el camino de intentar corregir mis errores de omisión, empiezo hoy aconsejando la lectura de esta novela entrañable que leí en mi adolescencia y volví a leer mucho tiempo después.

            A Tagore -aunque sea poco probable que ello le llenara de orgullo pues la vanidad no era uno de sus defectos- le cabe el indudable honor de haber sido el primer indio en ser galardonado con el Premio Nobel de Literatura.

            En su producción literaria prima la poesía (“La luna nueva”, “El jardinero” y “La fugitiva”) aunque, junto a “Gora”, también puede destacarse otra novela –“La casa y el mundo”-, además de los dramas “Kacha y Devayani”, “El cartero del rey”, “Ciclo de la primavera” y “La máquina”.

 

GORA, LA NOVELA

 

            En la India sometida por la Corona Británica, un joven de enorme estatura e insólita tez blanca, Gora, se convierte en ídolo de la juventud hindú por su apego a las tradiciones y por su gran religiosidad.

            Con sus palabras y su ejemplo, el joven se erige, más que en un referente, en un símbolo vivo de cuanto sus compañeros de fe pretenden alcanzar en materia espiritual y moral.

            Sin embargo, el mundo de Gora se tambaleará cuando su inseparable amigo Binoy, hindú como él, se enamora de Lolita, una de las hijas de un piadoso musulmán llamado Paresh Babu.

            La unión de Binoy con Lolita es imposible porque su sociedad impide la mezcla de castas y credos pero los dos jóvenes desafían al mundo con su amor pese a los consejos y amenazas más o menos veladas que reciben.

            Su desafío llega al extremo cuando, efectivamente, contraen matrimonio.

            Gora se resigna a la “caída” de su amigo y lo juzga a la vez con dureza y magnanimidad desde su gran altura (no sólo física sino también moral),

            No obstante, cuando averigua de labios de aquel a quien creía su padre que sus verdaderos progenitores eran británicos (de ahí la blancura de su piel), el joven sufrirá una transformación radical que afectará a toda su vida y a las creencias que él creía inamovibles.

 

EL AMOR NO ENTIENDE DE LEYES

 

            Desde que el mundo es mundo siempre ha habido artistas que han pretendido ensalzar al Amor, permitiéndole siquiera en la ficción superar las barreras más altas.

            Así, William Shakespeare inmortalizó el amor entre un hombre y una mujer de familias enfrentadas en “Romeo y Julieta”, Pasternak sublimó el adulterio hasta lograr un clímax de lirismo en “El Doctor Zhivago”, Nabokov hizo otro tanto al unir a un viejo profesor con una adolescente precoz en “Lolita” o Goethe decidió involucrar al mismísimo Diablo en la cuestión (como, de forma más amable, también hizo Alejandro Casona en su delicioso “Otra vez el Diablo”).

            Son sólo algunos ejemplos de los cientos de miles a los que podríamos apelar y, en atención a la multidisciplinariedad que adornaba a Tagore, permitidme que os diga que también el cine ha repetido hasta la saciedad los intentos por anteponer el Amor a cualquier otra consideración, en ocasiones de forma infructuosa pero exitosa en otras.

            A modo de ejemplos, baste con citar “West Side Story”, que extrapolaba el mito de Romeo y Julieta al mundo de las bandas callejeras; “Pretty woman”, que unía a un magnate de las finanzas con una prostituta; “My fair lady”, en la que el creador se enamora de su propia obra o “Venus era mujer”, en la que un modesto dependiente rendía a una deidad (a la que además daba vida la mismísima Ava Gardner).

            Todos estos ejemplos, sin embargo, palidecen ante la envergadura de lo que plantea Tagore en su novela.

            Porque resulta inconcebible que un hindú y una musulmana puedan no ya unirse sino mirarse siquiera en la India de la época. También en la actual, ya puestos...

            Las diferencias de casta y de religión dejan en anécdota el enfrentamiento mortal entre los Capuleto y los Montesco.

            Y la mera existencia de esta novela, tanto como el hecho de haber sido escrita a principios del siglo XX, constituye un desafío por parte del autor sólo comparable al que afrontan los amantes de su novela cuando rompen todas las amarras para seguir el camino juntos hasta donde la vida se lo permita.

            La India que nos muestra la novela no es, sin embargo, un lugar idílico y exótico abonado para el amor. Antes al contrario, por debajo de la visión sublimada del propio Gora, se trata de un país explotado, empobrecido, donde la gente arrastra su miseria, su hambre, su insatisfacción e incluso la humillación que supone no ser dueño de su propio país.

 

GORA VS. TAGORE

 

            Es inevitable relacionar la figura de Rabindranath Tagore con la de su compatriota Mahatma Gandhi -con quien se reunió en diversas ocasiones y con quien parece compartir una misma inclinación hacia la no confrontación- pero también parece difícil disociar algunos de los aspectos del carácter y la actitud del propio Gora de los de su creador.

            Así, por ejemplo, sabemos que Tagore se convirtió al hinduismo tras haber sido ideólogo de la fe Brahmo, lo que permite a sus personajes debatir con conocimiento de causa acerca de sus doctrinas.

            Gora habla con un dogmatismo que en ocasiones parece contradecir su propio mensaje. Porque la solidaridad y la comprensión que promulga vienen de la mano de una cierta arrogancia. La que señala a quien cree equivocados a cuantos no comparten sus creencias.

            El joven gurú se opone a la violencia pero a la vez llama a la revuelta. Parece comprensivo con los fallos y las debilidades ajenas pero en realidad es condescendiente. Aparenta respetar a quienes no piensan como él pero llega a ofenderles por su obcecación.

            No puedo afirmar que Tagore purgue en su personaje algún pecado inconfeso de soberbia ideológica pero sí me parece significativa la transformación moral y doctrinal de Gora a lo largo del relato aunque el detonante sea la revelación de su origen, que le aleja teóricamente del mismo pueblo del que creía formar parte. Sólo teóricamente, como averiguará quien lea la novela.

            Pero también me parece adivinar que en Tagore hay mucho de Paresh Babu, el piadoso padre de Lolita y Sucharita cuya sabiduría y sosiego contagian a quien con él habla u ora.

            Personalmente es el personaje que más admiración me produce y su infinita capacidad de infundir paz y concordia entre quienes le rodean me sugiere una nueva asociación, de modo que a la pareja Gora-Tagore habría que unirle una segunda: Paresh Babu-Gandhi.

            Por otra parte, la influencia del padre resulta decisiva a la hora de conformar los muy distintos temperamentos de sus dos hijas (más vehemente la una, más tolerante la otra), cuya capacidad de fascinación comprobarán los jóvenes hindúes en sus propias carnes.

            Y éste es otro elemento a destacar: contra lo que pudiera esperarse en una época y en un contexto en que el papel de la mujer queda por debajo de lo anecdótico, las mujeres que nos muestra Tagore resultan arrebatadoras.

            No por su excelsa belleza o por la suavidad y femineidad de sus gestos sino más bien por su considerable inteligencia que les permite discutir en un plano de igualdad (y hasta de superioridad) con sus interlocutores masculinos.

            Son personajes atractivos que atrapan por su humanidad y por su integridad y, aunque un fundamentalista podría deducir (con toda la razón desde su perspectiva) que el acceso de la mujer a la educación puede ser el ariete que derribe las tradiciones ancestrales y subvierta el orden de las cosas para siempre, Tagore se muestra entusiasmado ante esa misma perspectiva.

            Si la India debe levantarse, no puede dejarse a un lado a las mujeres. Ellas deberán formar parte de esa nueva nación que resurja de las cenizas. Una muestra más del talante librepensador de Rabindranath.

 

UNA TRIPLE REFLEXIÓN EN LA MIRADA DE TAGORE

 

            En cualquier caso y en definitiva, podemos concretar la esencia de “Gora” como una reflexión de su autor sobre tres puntos principales:

            - La realidad de un país sometido y dividido.

            - El amor como fuerza irresistible.

            - La futilidad y la arbitrariedad de las barreras que el hombre se autoimpone.

            Como observaremos, la India no sólo es un país dominado por una potencia extranjera sino que sus propios oriundos se enfrentan entre sí a causa de sus diferentes extracciones sociales o creencias religiosas, lo que minimiza sus posibilidades de sacudirse el yugo británico.

            Por otra parte, el Amor subvierte toda realidad circundante, haciendo baldíos los esfuerzos por sofocarlo. Cuando el sentimiento prevalece, nos dice Tagore, todo razonamiento resulta estéril y las barreras caen de forma irremisible, arrastrando cualquier obstáculo como el agua que se libera de una presa.

            Por último, Tagore nos participa de una verdad innegable: el hombre posee la dudosa virtud de levantar infinidad de barreras entre sí y sus semejantes, haciendo hincapié en aquello que les separa en lugar de en lo que podría unirles.

            Dichas barreras obedecen a la ciega arbitrariedad de quien promulga leyes y decretos en función de su propia voluntad pero, al final, el individuo está por encima de las mismas y, aunque se necesite de un estímulo para impulsarle a superarlas, llegado el caso no habrá cadena capaz de sujetarlo.

            Es el caso tristemente habitual de las religiones esgrimidas antes como arma para defender la propia fe de la pujanza de las ajenas que como alivio espiritual de quienes la profesan. El autor hace autocrítica en este sentido quizás purgando, como insinuaba con anterioridad, algún exceso doctrinal pretérito.

            Se trata, en suma, de una novela hermosa y evocadora que muestras grandes amores y sentimientos excelsos y redentores pero que no elude el compromiso.

            La denuncia social y religiosa lleva implícita la reivindicación, por encima de todo, de una India real, sudorosa y sanguinolenta, pobre y atrasada, pero digna y capaz del sacrificio necesario para reinventarse a sí misma. Para sostenerse sobre sus propios hombros aunque sea tambaleándose y aunque, para ello, haya de desprenderse de las barreras que los propios hombres han creado para separarse entre sí.

            Casi un siglo más tarde, la lucha continúa…

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