EL EGIPTÓLOGO

 

Una extravagancia de Arthur Philips

 

El egiptologo

  

UN ARGUMENTO QUE NO ES LO QUE PARECE

 

En 1954 y en un asilo australiano, el ex detective Harold Ferrell recibe la noticia de la muerte de Margaret, rica heredera bostoniana de la que estuvo enamorado allá por 1922.

La persona que le proporciona la luctuosa noticia resulta ser otro detective, sobrino de la fallecida, el cual se propone reconstruir la historia de la familia.

Ferrell recrea pues su investigación de tres décadas atrás, cuando se le encomendó la búsqueda de uno de los herederos bastardos del multimillonario estadounidense Barnabas Davies.

Sus pasos le guiaron en aquel entonces hasta Paul Caldwell, un joven problemático que huyó de casa y terminó como soldado australiano en Egipto, desapareciendo poco después de acabar la Primera Guerra Mundial.

Investigando la relación de Caldwell con un tal Marlowe, oficial británico que paradójicamente recomendó el ascenso del soldado australiano (algo más bien poco convencional), Ferrell llegó hasta Boston.

En la capital de Massachusetts, Ferrell conocería al financiero Chester Finneran y a su hija Margaret.

Ésta, mujer fatal adicta al opio, está prometida a Ralph Trilipush, un arqueólogo inglés que busca en Egipto la tumba del apócrifo faraón Atum-Hadu.

Pero el detective descubrirá que Trilipush nunca estudió en Oxford como afirma y también le considerará el posible asesino tanto de Caldwell como de Marlowe aunque no vea la forma de probarlo y de abrirle, de paso, los ojos a su amada.

 

VAGAS IMPRESIONES

 

Debo reconocer que esta obra es capaz de desconcertar al más pintado. De hecho, si lo que uno espera es una novela de aventuras o un thriller al uso, garantizo algo más que un desengaño.

Hay investigación, sí. Hay excavaciones arqueológicas en el Egipto de la primera mitad del siglo XX, hay romance y hay asesinatos.

Como también hay mentiras, embrollos, embustes, manipulaciones y distorsiones deliberadas de la realidad.

Pero conjuntamente con todo ello, el autor mezcla una altísima dosis de socarronería y de sarcasmo, de modo que en ocasiones cuesta delimitar qué es verdad y qué ironía a cargo del señor Arthur Phillips.

Los personajes son tan excesivos, vienen a ser tan extremos, que resulta evidente la poca importancia que su creador otorga al hecho de que puedan no resultar creíbles.

Desde la figura del faraón cuya tumba busca afanosamente el escurridizo Ralph Trilipush hasta el propio arqueólogo, todo constituye un gran enigma o tal vez una enorme broma.

Curiosamente, la localización en el Valle de los Reyes constituye la parte más fiable de la novela y no me resultó difícil durante la visita que realicé a la zona imaginarme los paseos diarios del gran Howard Carter (quien ocupa un lugar muy secundario en la historia, un mero referente comparativo) y del propio Trilipush ni los apuros de este último por sobrevivir sin apenas recursos en un medio tan hostil.

En cualquier caso, entre los aciertos de la novela cabe destacar su desenfado y una cierta dosis de intriga a la que no podréis sustraeros siempre que seáis capaces de soportar que el señor Philips os tome un poco el pelo y se divierta un tanto a vuestra costa.

A nivel formal, el texto se estructura a partir del diario de excavación de Trilipush y de las cartas que Ferrell envía a su colega estadounidense (del que, por cierto, nunca obtendrá respuesta).

 

ATUM-HADU

 

El nombre de este faraón significa literalmente “Atum está excitado”, lo que ya os da una pista acerca del cachondeo que se lleva Phillips entre manos. Autor de unos presuntos “Consejos de Atum-Hadu” de índole erótica, sería el último rey de la XIIIª Dinastía.

Ni que decir tiene que se trata de un personaje inventado que no se apoya en ninguna figura histórica, respondiendo por tanto a la calenturienta imaginación de Philips.

En cualquier caso y tratando de tomárnoslo en serio (lo cual resulta un tanto difícil), se supone que su tumba se halla oculta en el Valle de los Reyes y a ese descubrimiento fía el peculiar Trilipush todo su futuro, embarcándose en una aventura que puede suponer un quebranto financiero para su futuro suegro y para el círculo de amistades de éste, patrocinadores de la expedición.

Trilipush pretende obtener la gloria académica pero los hombres que le financian tienen otra idea en mente, sobre todo después del espectacular hallazgo de Howard Carter. Los tesoros de Tutankamón (en realidad, la única tumba del Valle de los Reyes no saqueada antes de su descubrimiento científico, como ya comenté hablando "en serio" del lugar), con su impresionante Máscara a la cabeza, abren a priori una enorme gama de atractivas posibilidades crematísticas que quién sabe si se concretarán.

Para empezar, dentro del mundo académico de la época, algunos eruditos dudan incluso de la existencia del apócrifo faraón, lo que asusta sobremanera a los inversores, que sospechan pueden ver enterrado su dinero entre las arenas de algún remoto desierto egipcio.

 

RALPH TRILIPUSH

 

Este individuo viene a ser un enigma andante tanto o más que el faraón por el que pretende ser inmortalizado.

Sus orígenes son, más que difusos, oscuros como una noche sin luna.

Sus referencias resultan engañosas, por no decir directamente que falsas. De hecho, cuando Ferrell tira del hilo de su pasado sólo encuentra callejones sin salida.

En Oxford, sin ir más lejos, donde su supone que había estudiado, no encuentra ni una sola referencia suya, lo cual resulta más que sospechoso por mediocre que hubiera sido su expediente.

Sin embargo, los pocos atisbos de información con que logra dar indican, por un lado, que parece haber usurpado una personalidad ajena y por otro que su orientación sexual desentona con el compromiso matrimonial contraído con Margaret.

Ferrell concluirá con rapidez que la única motivación del arqueólogo para realizar dicho compromiso es la consecución de los fondos necesarios para llevar a cabo su aventura. No es menos cierto que dicha interpretación favorece a sus intereses, ya que el detective ha perdido locamente la cabeza por la hija del millonario.

El autor resulta especialmente ocurrente cuando profundiza (siempre hasta cierto punto) en las motivaciones de ella para suscribir el compromiso en cuestión. Digamos que el sarcasmo preside tanto la relación de la pareja como las inverosímiles cartas que ambos prometidos se envían el uno al otro durante su larga separación.

 

MARGARET FINNERAN

 

Entre la peculiar fauna que pulula por esta novela debemos destacar a Margaret, prototipo de mujer fatal de cualquier novela negra que se precie pero que, en este caso, se desquicia más de la cuenta. La adinerada y agraciada dama no sólo es víctima de una atroz dependencia opiácea sino que sus reacciones oscilan entre lo pueril y lo procaz sin solución de continuidad.

No negaré que el personaje tiene su interés pero lo cierto es que se las trae… Consciente de la atracción que suscita en el pobre detective australiano que va tras ella como “geisha por arrozal” (versión light del dicho popular que todos conoceréis), Margaret utiliza despóticamente su ascendente sobre él para manipularle a placer.

Sus juegos dejan en calzones los que se llevaba entre manos la protagonista de la magnífica “Travesuras de la niña mala” de mi admirado Vargas Llosa (a quien aprovecho para reiterar mi más sincera enhorabuena por su más que merecido Nobel de Literatura).

Por otra parte, Margaret parece plenamente consciente del desinterés afectivo y sexual de su ambiguo prometido hacia ella, que contrasta altamente con la alta consideración que sus encantos tienen a los ojos no sólo del pobre detective (que, en definitiva, viene a ser un vulgar “Pagafantas”) sino, sobre todo, de cierto amigo especial que le suministra el opio.

Un personaje, en suma, el de la señorita Finneran de armas tomar pero con algunos altibajos de melodrama que acentúan la intención satírica de toda la novela.

 

HAROLD FERRELL

 

El "sabueso" que rememora toda la historia –con las susodichas intersecciones extraídas del equívoco Diario de Excavación de Trilipush- es un pobre pelele que primero es manejado por Margaret y décadas después por el pariente de ella que le comunica su definitiva desaparición.

Puedo aseguraros que el australiano carece de la apostura o el aplomo de un Philip Marlowe o de la capacidad deductiva de un Sherlock Holmes, componiendo un personaje de opereta que hará las delicias de quienes posean un sentido del humor muy desarrollado y no se molesten por las burlas excesivas.

La relación epistolar unidireccional –sus cartas nunca son respondidas- que inicia el detective nos servirá de hilo conductor desde el inicio hasta el final de la novela, que no desvelaré pero que resulta el remate perfecto para la estrambótica historia que Philips nos cuenta.

Si llegáis hasta el final –a algunos directamente os aconsejo que no iniciéis esta lectura si no estáis seguros pues podríais llegar fácilmente al cabreo e incluso pagarlo conmigo por haber sacado esta obra a la palestra-, seguro que éste no os decepciona y hasta os sorprende.

Como para no sorprenderse...

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