OTRA VEZ EL DIABLO

Delicioso cuento de "miedo"

 

Otra vez el Diablo

 

 

ALEJANDRO CASONA

      

      Casona es un comediógrafo y dramaturgo asturiano escasamente conocido por las nuevas generaciones.

            Coetáneo de Federico García Lorca, su obra se concentra, como la del genio granadino, en la primera mitad del siglo XX.

            Entre sus comedias más celebradas cabe destacar “La sirena varada”, “La dama del alba”, “La barca sin pescador”, “Los árboles mueren de pie” o “Prohibido suicidarse en primavera”.

            Se ha apuntado que los tres grandes temas del teatro de Casona son Dios, la Muerte y el Amor pero eso, que en Sartre o Camus conducía a una angustiosa tristeza, a un pesimismo áspero y desgarrador, encuentra un enfoque optimista y soñador en el escritor gijonés.

            Sólo de cuando en cuando hace su aparición la melancolía (más ascética que amarga) pero, en general, son la luz y la belleza las que prevalecen en sus atmósferas.

            No voy a negar la evidencia, por otra parte, de que algunas de sus obras han envejecido mal, al punto de resultar demasiado ingenuas en la actualidad. Sin embargo, otras han llegado hasta nuestros días sin perder un ápice de lirismo ni de fina ironía. Y es entre estas últimas donde cabe situar a la deliciosa “Otra vez el diablo”.

 

            Descrito como un “cuento de miedo en tres jornadas y un amanecer”, el propio Casona explicará, por boca del bufón Cascabel, que los cuentos de miedo “son siempre farsas ingenuas y bondadosas; los han inventado las madres para que sus hijos tuvieran los ojos grandes”.

            Humor y poesía pues en lugar de miedo.

 

LÍNEA ARGUMENTAL

 

            Un grupo de bandoleros intenta establecerse en un reino que carece de precedentes en ese tipo de actividades.

            Como consecuencia de dicha falta de tradición, los integrantes de la banda no logran siquiera recuperar su “inversión inicial” ya que, por un error de cálculo, han comprado las armas y las provisiones en lugar de robarlas.

            Al fin, los hombres interceptan en la montaña a un joven que resulta ser un Estudiante de Salamanca que va camino de las universidades alemanas y ha perdido el rastro de la Tuna. Su doble condición de estudiante y de español entusiasma al Capitán.

            Precisamente la noche anterior el grupo había acordado (si bien con un voto en contra) comenzar a robar a los pobres, dado que los ricos se defienden vergonzosamente bien. El Estudiante cumple perfectamente con la condición de pobre y, de hecho, se convierte en el primer asaltado, circunstancia que él acepta como un gran honor.

            No esperaba menos de él el Capitán, consciente de la gran tradición de los bandoleros en España. De manera que, después de tomar nota de las escasas pertenencias que contiene el hatillo del Estudiante, despide a éste con un emotivo abrazo.

            Cuando el muchacho queda solo, se sienta frente a una encrucijada de caminos, a fin de pensar en lo que debería hacer a continuación.

            Justo entonces aparece el Diablo y el Estudiante le reconoce de inmediato. Aquél no intenta negar la evidencia; antes bien, se muestra orgulloso de ser quien es y tampoco se asombra de que el chico no le tenga ningún miedo, dado su origen español.

            Dispuesto a demostrar que sus detractores se equivocan y que es capaz de hacer el bien si se lo propone, el Diablo ha concebido el plan de adoptar al Estudiante para guiarle por los caminos de la vida. Sin embargo, el joven lo despacha despectivamente pues se siente fuerte y seguro de sí mismo.

            Tan pronto desaparece el Diablo, hacen su aparición una hermosa Infantina y su bufón Cascabel.

            El Estudiante queda hipnotizado por la belleza de la doncella, por su risa y por sus ojos, y escucha embelesado los versos que el bufón dedica a su ama.

            Cuando la Infantina se apercibe de su presencia, muy apurada, le pregunta si es un bandido pero él la decepciona respondiéndole que no.

            Cascabel, que no ha dejado de burlarse del Estudiante y de los harapos que éste viste, arrastra a su ama hacia el castillo sin dejar de glosar los encantos de ella. Y el Estudiante, que pretende seguirles, se agacha para recoger el pañuelo que la Infantina ha dejado caer y tropieza con la deliberada zancadilla que le pone el cruel bufón.

            Mientras las voces de ambos se pierden en la lejanía, el Estudiante queda a cuatro patas en el suelo. Así lo encontrará el Diablo.

            Pero esta vez ya no recibe una negativa por parte del derrotado Estudiante, que repite absurdamente los versos del bufón ante la evidente decepción del Diablo, a quien subleva verle derrotado con tan suma facilidad.

            El Diablo promete al enamorado favorecer su pasión, para lo cual se hace nombrar Pedagogo de la Infantina (aprovechando que el titular de la plaza va a asumir funciones más urgentes ante la inminencia de la guerra).

            Por aquel entonces, la peste, el hambre y la proximidad de la guerra asolan el reino y el Diablo inspira a su nueva pupila para que considere que el único medio para terminar con tanta desgracia sea… matar al propio Diablo, con cierto puñal adornado con una amatista.

            Dicho puñal, supuestamente perteneciente al Diablo, obra en poder de un Estudiante, que acaba de alcanzar el puesto de Capitán de los bandoleros.

 

LOS BANDIDOS Y EL ESTUDIANTE

 

            La ubicación física de los bandidos ya suscita de por sí una sonrisa pues, según se indica, se encuentran en una encrucijada en el monte, a cuyo lado hay una cruz de camino “con gradas” sobre las cuales están ellos sentados con sus mantas y trabucos.

            La jovialidad y el humor más fino se traslucen en cada frase mientras los bandoleros disertan sobre la conveniencia de seguir adelante con su objetivo o bien abandonar, reintegrándose a la vida “civil”.

            Será justo entonces cuando sus avanzadillas regresen con un prisionero que resulta ser un Estudiante español que iba camino de las universidades alemanas.

            Metido en una pelea, el Estudiante ha perdido el rastro de la tuna y sigue camino él solo. Al principio se resiste creyendo a sus captores guardias del Rey pero, una vez descubre que se trata de bandidos, se entrega de buen grado y manifiesta su interés por conocer al Capitán.

Estudiante:      Conque bandoleros. ¡Quién me lo iba a decir! Yo suponía a este reino mucho más atrasado.

Capitán:          Lo está, lo está. Hasta ahora no ha tenido más que ladrones de pega, sin romanticismo y sin paisaje. Yo, ya lo ves, he intentado darle un barniz europeo; pero como si sembrara sal.

Estudiante:      ¿No se ha correspondido a vuestro esfuerzo?

Capitán:          ¡Quiá! Nuestro pueblo no tiene conciencia de la literatura.

Clotaldo:         Somos una nación sin ideales. Sin cultura estética.

Capitán:          Los villanos nos odian y los señores se regocijarían de vernos un día en la horca. ¡Qué asco! En cualquier país del Sur, una institución como la nuestra tendría una subvención del Estado. Pero aquí... Vete con ideales a un pueblo de analfabetos y mercaderes.

            Sin llegar a hacer sangre, la sátira tontea con el sarcasmo a la menor ocasión, poniendo un punto de hilaridad en la poesía que preside el cuento.

            Paradójicamente, el bandidaje resulta ruinoso en un país rico pues los ricos se defienden bien. De ahí que los bandidos hayan votado sobre la posibilidad de robar a los pobres.

Capitán:          Sí, es un recurso muy socorrido; lo hace todo el mundo. Pero ¿qué quieres, hijo mío?

            Desde que se realizó la votación, el Estudiante es la primera víctima. “Honradísimo”, sólo lamenta poder entregar únicamente su triste hatillo en el que, además de tres modestos escudos de plata y algo de “vellón” (calderilla), sólo lleva “dos mudas, una empanada, un rizo de mujer y un tratado de Retórica y Poetica”.

            Los bandidos todavía tienen tiempo de abrazarle antes de salir en pos de una nueva víctima y el Capitán incluso le ofrece empleo por si alguna vez lo precisa.

 

EL DIABLO Y EL ESTUDIANTE – Primer Encuentro

 

            Mientras el Estudiante permanece sentado sin saber qué dirección seguir, el Diablo –de luto riguroso, sin misterio pero también sin ruido- se le aparece y él lo identifica de inmediato.

Estudiante:      Pues te advierto que conmigo pierdes el tiempo. No estoy dispuesto a venderte mi alma a ningún precio. Yo soy católico apostólico romano.

Diablo:            Yo también.

Estudiante:      ¿Tú?

Diablo:            ¡Te lo juro! ¿Pues qué creías?

            Más tarde, alegará:

Diablo:            Yo no soy un tramposo ni un aprovechado. Es verdad que he firmado algunos pactos pero siempre favorables al hombre. Si yo daba el amor, la juventud o el dinero, lo daba en buenas condiciones. En cambio, hay que ver lo que mis contratantes me entregaban: unas almas remendadas, llenas de lepras y vicios. Un asco.

            Los santos, sigue lamentando el Diablo, también se han portado mal con él, a pesar de lo mucho que trabajó por su santidad, “privándome del sueño, tentándoles sin descanso y en horas extraordinarias, a veces hasta las cuatro y las cinco de la madrugada”.

Diablo:            Los filósofos me consideran como una negación y los teólogos sostienen que no podré hacer el bien aunque quiera. Y eso sí que no. Yo tengo que darles un mentís a esos charlatanes. ¿Comprendes? Tengo que hacer un bien antes de jubilarme. Pero un bien diabólico… con intriga y tentación.

            Y es que el Diablo no es ninguna hermanita de la Caridad, no va a regalar nada al primero que llegue ni está por la labor de dar limosnas sino que más bien precisa de “lucha, inteligencia y esfuerzo”, algo para lo cual el Estudiantes le viene de perlas.

            En sus propias palabras, puede templar su alma al hierro y al fuego y volverla tan valiente y sana como su cuerpo.

            Sin embargo, el Estudiante se niega a aceptarlo como compañero.

Diablo:            Algún día te arrepentirás. Hoy eres joven y crees bastante en ti mismo pero la vida es dura, los años pasan…

 

LA INFANTINA, CASCABEL Y EL ESTUDIANTE

 

            La muchacha llega cantando mientras especula con los años que faltan para su feliz casamiento, lo que nos pone en relación con la época en la que fue escrita la obra.

            Al son de la canción que ella entona, su bufón Cascabel imita a un pájaro cuco pero lo hace de modo que a su ama no le resulte sencillo contar los “cucús” que indican precisamente los años que faltan para la efemérides.

            Sí los cuenta el Estudiante, que la mira embelesado hasta que ella se apercibe de su presencia y se asusta, si bien mínimamente.

            Viendo el azoramiento de él, pronto logra el aplomo suficiente para entablar una conversación con el desconocido aunque Cascabel recibe de peor humor la irrupción del forastero, al que trata de mendigo.

Cascabel:        Ante la Infantina, cuya risa hace amanecer de emoción todos los dominios del Rey mi señor, ¿conservas tú esa postura? ¿Arrodíllate, desdichado! Y di luego por el mundo que hoy has visto un milagro de plata con cabellos de lluvia y ojos de agua salada. Que has visto a la Infantina de los poetas.

            Ella le hace callar y le reprende pero el Estudiante, hiponotizado, preferiría más bien que prosiguiera.

            La Infantina se interesa y se decepciona a partes iguales cuando el Estudiante le refiere su encuentro con los bandidos, a los que ella andaba buscando.

            De modo que cuando ella le pregunta cómo era el Capitán –“como todos los capitanes de bandoleros: joven, guapo, ojos ardientes, capa y caballo”-, se lamenta de no haberlo encontrado pues aspiraba a ser raptada por él.

            En cambio, su interlocutor no es bandido ni siquiera poeta aunque, al menos, es extranjero y nada menos que español, lo que arranca un “oh” a la Infantina.

 

EL DIABLO Y EL ESTUDIANTE – Segundo Encuentro

 

            Cuando el Diablo vuelve a escena encuentra al Estudiante a cuatro patas, buscando el pañuelo que la Infantina ha dejado a caer a propósito.

Diablo:            Ahora mismo estabas pensando en conquistar un reino, en ganar batallas y en llenar toda tu vida con el amor de una mujer.

Estudiante:      ¿Cómo lo has sabido?

Diablo:            Es lo primero que se os ocurre a todos cuando os ponéis a cuatro patas.

Estudiante:      Pero ¿la has visto? ¿La has oído reir?

Diablo:            Riendo son iguales todas.

            El Diablo lamenta de veras una derrota tan vergonzante a cargo del mismo Estudiante que le despreciara poco antes y que ahora repite como un pelele los elogios de un mísero bufón. Aun así le vuelve a ofrecer su ayuda.

Estudiante:      ¿Tú puedes darme esa mujer?

Diablo:            ¿Dártela? Gánatela tú. Poseer sin el placer de conseguir: saltar de estudiante mozo a doctor Fausto. No seas niño: el amor es un ideal mezquino.

            La aventura y la gloria –le abre los ojos el Diablo- son los objetivos aun si la recompensa de conseguir a la mujer no llega. Sin embargo, el Estudiante se muestra timorato porque él es pobre y ella hija del Rey.

            Además –lloriquea-, la Infantina está enamorada de un Capitán de bandoleros al que ni siquiera conoce.

El Diablo le anima entonces a convertirse él mismo en Capitán pero el muchacho sigue repitiendo los versos del bufón mientras hunde su nariz en el pañuelo de la joven.

Diablo:            Ese pañuelo lo traía para el Capitán. Y ya lo traicionó contigo. Y a ti te traicionará con tu recuerdo. Y a tu recuerdo con los bigotes de un escudero.

            El Estudiante sale con brusquedad de su aturdimiento y blande la espada:

Estudiante:      ¿La insultas? ¡Eso sí que no! Defiéndete.

            “Al fin”, piensa el Diablo.

Diablo:            Por ella sacaste tu espada contra el Diablo. ¡Igual la hubieras sacado contra Dios!

 

MÁS IRONÍA QUE TRASCENDENCIA

 

            Bajo el inocente aspecto de un cuento infantil, Casona afronta uno de los temas principales y más trascendentes del teatro español de todos los tiempos: la posibilidad de matar al Diablo.

            Lejos de espectacularidades grandilocuentes, el comediógrafo afronta dicha posibilidad circunscribiéndola al espacio individual, al mundo concreto del alma de cada individuo, que es el terreno en el que tiene lugar la lucha.

            Obviamente, el Diablo que nos presenta dista mucho de ser el Mefistófeles de Goethe (al que hay una referencia directísima, por cierto) sino un “pobre diablo” de fábula medieval.

            Vestido de negro, sin cuernos ni rabo (atributos indecorosos que él achaca a la maledicencia popular), se permite el lujo de “amustiarse” cuando el estudiante le rechaza en primera instancia y tampoco se le caen los anillos a la hora de sumarse al mundo laboral, aunque sea en palacio donde, por otra parte, afirmará sentirse muy a gusto.

            Las acotaciones de la obra participan de la sorna con que Casona afronta la historia, caracterizando también al resto de personajes con comentarios del tipo:

- “Son bandidos por estética y como tal, poseen mantas, trabucos y un sentido infantil del derecho”.

- “Basta verlo para comprender que en su vida ha tocado la bandurria” (refiriéndose al pedagogo original).

            - “Es un rey grotesco, como escapado de una baraja española

            Así, a los bandidos se les retrata más como intelectuales pedantes que como forajidos, el Estudiante tiene mucho del típico (y tópico) pícaro español, la Infantina resulta una excitante mezcla de inocencia y determinación y el Rey sufre de amagos de cólico nefrítico con cada latinajo que se pronuncia a su alrededor.

            Con todo, el personaje central –y no sólo porque dé título a la obra- es el Diablo, con sus manejos, que van de lo ordinario (enredar y contribuir a que los rumores sobre su figura se acrecienten) a lo alambicado y perverso (cierta bebida que dejará al alcance del estudiante para que éste pruebe su alma) y sus diálogos suelen protagonizar los mejores momentos de una obra deliciosa e imperecedera que nadie debería perderse.

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